<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213</id><updated>2011-12-13T17:58:33.885-08:00</updated><title type='text'>Desde la isla de Java</title><subtitle type='html'>Ya no soy hijo y dudo que sea padre; es verdad que tengo hermanos que amo y amigos entrañables que le dan sentido a mi existencia, mujeres que quiero y que me quieren, nombres que recuerdo y nombres que seguramente ya me olvidaron. Sin embargo, nada me ata a la geografía y esos afectos seguirán creciendo en la distancia, o se diluirán en el tiempo, aunque jamás me mueva de la casa que fue de mis padres.  Entonces, ¿por qué no?, ¿por qué no partir, volar, andar, emprender, lanzarse a la aventura?</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>46</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-3366577300242973590</id><published>2011-09-13T08:07:00.000-07:00</published><updated>2011-09-13T08:09:19.273-07:00</updated><title type='text'>Cosas que pasan por estos lares</title><content type='html'>Quiero hacer un experimento y voy a imponerme el reto de lanzar breves textos acompañados (casi) siempre de una fotografía. No soy fotógrafo y no pretendo serlo, eso se lo dejo a quienes tienen el talento de capturar en una imagen la historia, solo soy un impertinente armado de una vieja máquina-cámara-teléfono que toma muy malas fotos pero que, sin embargo, pueden decir algo más de lo que escriba (o deje de escribir) en estos pocos párrafos que pretendo enviar con la regularidad de los noticieros, al menos una vez al día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta vez me hallan acá:&amp;nbsp;&lt;a href="http://jlmejia.wordpress.com/"&gt;http://jlmejia.wordpress.com/&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-3366577300242973590?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/3366577300242973590/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=3366577300242973590' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3366577300242973590'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3366577300242973590'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2011/09/cosas-que-pasan-por-estos-lares.html' title='Cosas que pasan por estos lares'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-3677717736005741311</id><published>2010-10-01T17:12:00.001-07:00</published><updated>2010-10-01T19:32:46.050-07:00</updated><title type='text'>45.- Las mil islas, 5 (Pulau Seribu, lima)</title><content type='html'>45- Las mil islas, 5 (Pulau Seribu, lima)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De hundirse, el barco semi-sumergible, no se hundió.  Se mantuvo firme y a flote, aunque las paredes crujieran y la fibra de vidrio de las ventanas situadas debajo de la línea de flotación dejara ver sospechosas marcas, arañones y rajaduras.  Felizmente, después de que el pánico diera paso a esa gris resignación que nos permite pensar con claridad, descubrí que la claustrofobia bien puede paliarse distrayéndose en los ojos ilusionados de la compañera de encierro, cuyas mentiras (¿qué ojos verdes no mienten?) me infundieron (y me infunden todavía) ese coraje espartano del que naturalmente carezco.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La única verdad como una montaña era que estábamos allí; una docena de incautos que nos creímos eso del “paseo submarino” cuyo “inolvidable espectáculo” de peces y corales estaba garantizado.  Atrapados en medio de las aguas poco profundas y a menos de cincuenta metros de la orilla (¡uno –que si ha de morirse ahogado– sueña con hundirse como capitán de trasatlántico desafiante herido en medio de una feroz tormenta!).  La sola idea de perecer a dos palmos de la superficie y a tiro de piedra de la playa, hizo el asunto tan patético y melodramático que solo supimos reírnos.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como todo lo que teníamos al frente era agua y corales y peces, nos pusimos a observar lo que la aventura nos ofrecía.  Lo primero que quedó evidenciado fue que lo único que no se ha detenido en esta isla –que, según me cuenta Maite, surgió hace un par de décadas como la alternativa cercana y moderna para alejarse los fines de semana de los ajetreos de la ciudad–, es el deterioro. De inmediato fue tomando cuerpo la sensación de que nos encontrábamos de espectadores de uno de esos programas televisivos cuya única intención es denunciar el avance de la contaminación y la destrucción de los mares.  Así, fuimos avanzando por unas aguas que conservaban aún luz suficiente como para  hacer pública la destrucción, lenta pero sostenida, de la flora y la fauna del lugar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si se nos hubiera anunciado un paseo por un cementerio de corales el asunto se hubiera entendido mejor.  Al comienzo creímos que se trataba solo de los primeros metros, que un poco más allá ese universo acuático se llenaba de vida y que los animales marinos lo iluminaban todo paseando, fugaces y coloridos, por las aguas transparentes.&lt;br /&gt;   &lt;br /&gt;Pero no.  Andar por esta muralla gris de corales muertos fue como visitar un campo de batalla en el cual solo quedan los restos que los buitres devoran.  Algunos peces, distraídos o indiferentes, rondaban como los asaltantes que buscan cualquier cosa de valor entre los cadáveres de los soldados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sería injusto decir que todo fue igual de fúnebre, hubo atisbos de naturaleza viva, hubo instantes en que los corales parecían tener color (aunque no tanto, ni tan encendido ni tan brillante) y en los que la masa de peces se hacía más compacta y menos extraña y más variada y menos ajena a ese paisaje.  Pero fueron momentos.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El paseo duró lo que demoraba rodear esa isla enana a la velocidad de un paralítico entusiasta. La vista, tan lejos de lo que uno pudiera suponer, nos sorprendió tanto que nos distrajo y olvidamos un rato esa cárcel de madera y metal.  Desde la ventana pudimos observar, pasmados, la decadencia absoluta de lo que debió ser un verdadero paraíso.  ¿Cómo no pensar entonces en los bosques de este archipiélago que han sido arrasados por la codicia, en las ciudades atrapadas entre el tráfico monstruoso y la contaminación, y en los ríos envenenados y repletos de basura que lo inunda todo en las épocas de lluvia? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ponerme ecológico, metafísico y esdrújulo, era –que me perdonen los “grin pis” y todos esos muchachos y muchachas verdes, idealistas y maravillosos– lo menos recomendable en aquella isla, con aquella muchacha y bajo un sol que aún prometía esperanzas.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que, abandonado el barco-submarino, tras comprobar que nada podíamos hacer por esos agónicos corales sino tributarles el homenaje de esta denuncia literaria, decidimos que ya estábamos bien de aventuras ecológicas y, ya que el efecto tranquilizador de los chocolates estaba desvaneciéndose, resultaba saludable aprovechar la cercanía del comedor y hacer uso de los boletos aquellos que por algún lugar de mis bolsillos andaban y que nos garantizaban almuerzo gratis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La caminata fue breve, un centenar de metros separaba el muelle donde recalaba el transporte y la entrada principal de un restaurante que de tal solo tenía las mesas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegamos, y con nosotros los que habían estado en el navío, cuyas tripas  hambrientas les habían sugerido la misma idea, nos recibió un inmenso local con mesas interminables, como los grandes comederos que tiene la tropa para “pasar  rancho”.  El ambiente se encontraba, como todo en la isla, tomado por ese aire polvoriento de lo venido a menos.  Los muebles eran viejos y los manteles, donde los había, de plástico.  A un lado, unos empleados apilaban platos y llenaban bateas metálicas con esa comida tan poco atractiva de los restaurantes locales (¿por qué la comida indonesia que muchos –yo no, perdónenme– encuentran sabrosa, es tan poco agradable a la vista?; si “la comida entra por los ojos”, la culinaria javanesa tiene mucho trecho que andar).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las moscas, que no eran pocas, los cocineros, que no eran un dechado de limpieza y los empleados, que no destacaban precisamente por su prolijidad, nos hicieron dudar; el refrigerador lleno de “cocacolas-dayet”, heladas, nos decidieron.  Un par de latas, pedirlas, pagarlas (que esas no estaban incluidas en el “almuerzo gratis”) y salir de allí en busca del sol prometido, de la paz prometida, de esa ilusión de playa encantadora que empezaba a desvanecerse en medio de tanto desorden, caos, polvo y decadencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La rubia, cuya sonrisa se nubla pocas veces (y entonces sí que se ennegrece el mundo), no le dio importancia al asunto, sacó cuentas mentales, me dijo que aún sobraban dulces en la mochila (“sobre todo esas cascaritas de naranja bañadas en chocolate amargo, que le gustaban tanto a tus padres”) y yo me olvidé de todo mientras avanzaba buscando un poco de sombra donde abrazarla.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-3677717736005741311?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/3677717736005741311/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=3677717736005741311' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3677717736005741311'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3677717736005741311'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/10/45-las-mil-islas-5-pulau-seribu-lima.html' title='45.- Las mil islas, 5 (Pulau Seribu, lima)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-3062159478265577841</id><published>2010-09-11T04:11:00.001-07:00</published><updated>2010-09-12T02:52:55.805-07:00</updated><title type='text'>44- Las mil islas, 4 (Pulau Seribu, empat)</title><content type='html'>Bueno, tan espantosa no era, solo decepcionante.  Estaba medio abandonada y solo correteaban por allí un par de chiquillos bulliciosos y dos o tres parejas que no se animaban a ir a buscar el sol en la playa.  La piscina era grande, como en el encarte, y podía figurarse uno que había vivido días de gloria (en los que, seguramente, se enseñorearon los bikinis que ahora se me negaban), pero ahora aparecía descuidada, a maltraer, como todo en la isla.  Asemejando un viejo león marino que agonizaba en la arena, lucía abandonada, derrotada por el tiempo y víctima de la desidia de quienes, más mal que bien, le daban mantenimiento.  Decir que era impresentable sería una maliciosa exageración, no, ni siquiera tenía la redención de lo insalvable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una piscina “venida a menos”, decadente, como esas familias que viven de las glorias idas y han congelado su existencia en el momento en que todo fue esplendor y no se dan cuenta de las telarañas que se han adueñado de todo.  Una enorme y triste piscina en la que se descubría el mazazo de los años en las mayólicas cuarteadas, en el moho que va apoderándose con paciencia de los espacios y en el agua que empieza a verdear sospechosamente.  Agréguesele a esto que las poltronas de alrededor (que eran pocas) seguían la pauta descendente de las que estaban distribuidas por la isla, que las sombrillas eran de plástico desteñido y que el encargado de limpieza no parecía ser muy eficiente en su trabajo.  Por no ser menos (perdóneseme la ironía) el “cambiador” era un cuarto infame cerca de un baño más infame aún donde, una vez más, se clavaba en el cerebro el olor proveniente de los líquidos indescifrables que inundaban el suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, no nos quedamos allí.  La rubia, que como ya está dicho tiene una voluntad a prueba de balas y un optimismo que siempre acaba por entusiasmarme, me recomendó que mejor siguiéramos caminando en busca de las otras actividades prometidas.  Como bien me lo recordó, el reloj avanzaba y ya estaba cerca la hora del paseo submarino que nos permitiría apreciar la belleza de los corales en aquellas islas paradisíacas…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabido es que andar a pie es saludable y ayuda a mejorar la circulación, será por eso que caminamos (o porque las extremidades inferiores eran el único medio de transporte en la raquítica isla aquella).  La mochila, ya liberada de la carga de las bebidas y con algunos chocolates y galletas menos, no resultaba tan dolorosa, aunque el sol, animado por la cercanía del medio día, quemaba como el infierno (ese del que mi padre, librepensador hasta donde pudo, dudaba, y del que yo, condenado a él si me equivoco, no creo ni en mis noches más febriles).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvimos a la recepción del hotel/isla/“risort” que, como en un cuento fantástico, era el comienzo y el fin de todo en aquel lugar.  Preguntamos por el paseo submarino y nos dijeron “allá”, con esa precisión imposible de todos los que por acá no saben decir no sé y responden cualquier cosa con tal de no quedarse callados.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seré justo, el encargado esta vez sí acertó.   El “allá” al que nos dirigimos siguiendo la línea imaginaria trazada por su brazo, era el muelle.  Un segundo muelle, más pequeño, al lado del que nos había recibido a la llegada.  Tras unos cuantos pasos en la madera se descubría una especie de construcción metálica sumergida en el mar, una “celda” de unos 30 ó 40 metros cuadrados en la que, de repente, vi la aleta inconfundible de un tiburón.  Un camino, más o menos enclenque formado por los mismos bordes de la jaula llevaba hasta el centro de los laterales y, allí, una escalera dudosa bajaba hasta lo que descubrí que era el una especie de callejón hecho de fibra de vidrio que iba de un lado al otro de la celda y desde donde, lo supuse por las fotos del encarte, veríamos “peces  fascinantes en su estado natural”, a semejanza de los corredores transparentes bajo el agua que existen en muchos inmensos acuarios alrededor del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada personal tengo contra esas construcciones pero digamos que el estado general del mantenimiento de todas las instalaciones de la isla (sin ir más lejos, el óxido reinaba orgulloso en los fierros de la jaula aquella) me detuvo en seco.  “Ni hablar”, dije en español (que la rubia aún no sabe pero que, inteligente ella y conocedora de mis expresiones, comprendió al instante), “nou güey, mai dier”, expliqué en la lengua de Shakespeare como para que la cosa quedara clarita; yo no me metería a esa trampa ni por todo el oro del mundo.  Ella, con esa sonrisa que aún no estoy seguro si es ingenua o provocadora, me respondió, “nou José, dat is not da submarín”, al mismo tiempo que señalaba un desvío a la mano izquierda por el que yo, sin saber cómo ni por qué, ya estaba avanzando.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Detrás de nosotros venían una familia y una pareja, así que, empujado por la gente y debido a la estrechez del espacio, no me quedó más remedio que continuar. A los pocos pasos se abría la boca de una escalera como la que da a los refugios antiaéreos, ¿cómo decirle a la rubia entusiasmada que arriesgaba no solo mi vida sino la de todos en unos escalones tan breves y reducidos que mi humanidad se exponía a quedar atascada entre las tablas?  ¿Cómo le explicaba que mi dominada claustrofobia podía renacer de repente como regresan los pensamientos pecaminosos en las personas castas?  Otra vez su sonrisa de súplica y mandato me llevaba hacia la posible desgracia. Y yo, idiotizado, avanzaba dócil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajé las escalinatas con el cuidado enfermizo que los ancianos ponen en cada uno de sus movimientos porque saben que un mal paso a sus años deja de ser la metáfora de una vida licenciosa para convertirse en un fémur roto o una cadera dislocada que, en la vejez, son sinónimos de largas convalecencias y súbitas defunciones.  Contra todos mis pronósticos (que es muy latinoamericano eso de apostar contra uno mismo) llegué hasta el fondo y me encontré en una especie de barcaza sumergida cuyas lunas plásticas (y aparentemente resistentes) permitían ver lo que ocurría un par de metros bajo el nivel del mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para mi sorpresa (y pánico silencioso –y silenciado–, que esto de hacerse el valiente se convirtió en una maldición de la que solo sería redimido semanas después con un amoroso “yu ar not tu breif, nou?” que me dijo cuando no me animaba a cruzar un riachuelo al lado de otra playa), había otra puerta en la proa del aparato aquel y por allí habían entrado también otros tantos que, a manera de trampa –movimiento envolvente o de pinzas, que le dicen los milicos–, me cerraban el paso por ambos extremos del buque semi-sumergido.  Con lo cual, la única víctima posible de cualquier atascadero en mitad de un accidente sería yo.  Bien por ellos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-3062159478265577841?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/3062159478265577841/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=3062159478265577841' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3062159478265577841'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3062159478265577841'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/09/44-las-mil-islas-4-pulau-seribu-empat.html' title='44- Las mil islas, 4 (Pulau Seribu, empat)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-3638096198636030851</id><published>2010-09-06T09:12:00.001-07:00</published><updated>2010-09-06T20:12:33.277-07:00</updated><title type='text'>43.- Las mil islas, 3 (Pulau Seribu, tiga)</title><content type='html'>A la distancia se veía un pequeño embarcadero, un par de yates y unas construcciones que parecían las oficinas del “resort”.  Cuando ya estuvimos a tiro de piedra nos sorprendió una especie de fuente en medio del mar, cuatro sirenas a las que el tiempo y el viento salino habían arrebatado la natural belleza de su desnudez, nos recibían impávidas, encaramadas sobre una base envejecida, en la redundante tarea de regar agua en el mar.  El estado de conservación de las estatuas fue una alerta que nosotros, distraídos en el mar que acariciaba la arena, ignoramos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como nadie supo indicarnos qué hacer, anduvimos a lo largo del muelle hacia donde había más personas.  Unos locales conversaban y fumaban animadamente, nos ignoraron.  Sería porque, al lado, alguien nos señalaba ya la construcción más grande que, cuando nos acercamos,  mostró su cara de recepción de hotel.  Tras el mostrador, una muchacha se extraviaba en unos papeles.  Un joven apareció y nos pidió los boletos.  Al verificar que éramos “solo por el día”, nos dio un encarte y un brevísimo y acelerado resumen de las actividades: el paseo submarino para maravillarnos con la vista de los corales, la pecera donde veríamos asombrosos animales en su estado natural, los botes para divertidos paseos familiares, la inmensa piscina para relajarse mirando al mar, las caminatas por los paisaje naturales y las playas paradisíacas y , claro, el amplio comedor donde “a las doce” se serviría el almuerzo, “un buffet con lo mejor de la comida indonesia que está incluido en el precio, solo tienen que presentar este papel”, dijo señalando uno de nuestros billetes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos decidimos a buscar la piscina, la foto la mostraba grande, limpia, amable, tentadora, una piscina así estaría llena de bikinis que nos (bueno, me) harían dejar en el olvido ese sospechoso aire de dejadez que se respiraba.  Preguntamos, nos señalaron la izquierda y hacia la izquierda anduvimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerca, se levantaban algunas cabañas donde los turistas se preparaban para ir a la playa, unos chiquillos correteaban y otros adultos dormitaban aburridamente en unas poltronas de metal con tiras blancas de plástico.  Envejecidas, abandonadas a los rigores del clima, con la cobertura plastificada manchada ya del color broncíneo del óxido, las poltronas aquellas ofrecían (después lo confirmamos) la única posibilidad de descanso frente al mar.  Los metros empezaban a pesar pero, entusiastas, seguimos andando.  Un poco más allá las construcciones desaparecían, dando paso al “bosque”, un famélico paisaje natural que se limitaba a unos cuantos cientos de metros cuadrados de un bosquecillo a maltraer en el que los árboles envejecidos se confundían en medio de la maleza y los matorrales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un camino más o menos transitable hizo posible que nuestra aventura prosiguiera bajo el sol (ahora feroz) de las diez de la mañana.  Entonces ni la ilusión de la piscina repleta de sirenas pudo sustraerme de sentir arrepentimiento por la mochila con mudas, galletas, chocolates y bebidas que habíamos traído y que, evidentemente, paseaba impunemente por la isla aquella, encaramada en mis espaldas.  Sin embargo, la Coca-cola, que aún no estaba lo suficientemente caliente como para ser repulsiva, refrescó nuestra garganta y nos hizo sonreír de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin, a través de la sosa muralla de árboles pudimos ver el mar.  Ante la arena se levantaban algunas otras casas, pequeñas, playeras, que, vistas desde la espalda improbable (porque los turistas suelen estar expuestos “al frente” y no al “qué hay atrás”), mostraban la desidia, la falta de cuidado, el “eso no lo ve nadie”, el polvo escondido bajo la alfombra que tantas veces me hace sentir en el mismo y peruanísimo “así no más” en el que solemos vivir.  A veces creo que a indonesios y peruanos solo nos separan los kilómetros, el idioma y el nombre de dios; en todo lo demás (lo bueno y lo malo, la calidez y el descuido, lo fraterno y lo mediocre, la jovialidad y la corrupción) nos parecemos; demasiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Derecha o izquierda? ¿Dónde andaría la prometida piscina redentora? No a la derecha, por donde avanzamos hasta que nos detuvo la maleza; ¿a la izquierda? Podría ser, pero no.  Así que, como los pobres extraviados en medio del desierto que corren desesperados hacia lo que creen que es horizonte, nos encontramos de nuevo en el punto de partida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda vez en la oficina éramos menos los recién arribados y entusiasta turistas y más los acalorados y sudorosos individuos urgidos de hallar la prometida frescura de la piscina marinera.  Preguntamos de nuevo.  Esta vez fue la derecha lo que nos señalaron...  Empezamos a andar pero, felizmente, otro empleado que nos había escuchado nos detuvo y nos dijo “no, por allá”, señalándonos un camino que iba por detrás del edificio a la izquierda de la recepción y a la derecha de la puerta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí estábamos, caminando detrás del comedor, por la retaguardia de la cocina, viendo cómo iban y llegaban los que, supusimos, preparaban el “típico almuerzo javanés” que nos esperaba al mediodía.  No quisimos seguir observando (no se visite, jamás, la cocina de ningún restaurante en el que se esté próximo a comer) y continuamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La rubia se preguntó, con el derecho que le daba la Coca-cola que nos acabábamos de terminar, si habría algún baño cerca donde pudiéramos (además) cambiarnos como para disfrutar debidamente de la piscina soñada que estábamos por hallar.  Un letrero a pocos metros nos dio la respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando sientes que debes hacer de guardia en la puerta del baño que la dama ocupa, algo anda mal.  Los baños eran viejos, los lavatorios desvencijados, el piso inundado quién sabe de qué líquidos olorosos y el inodoro sucio.  Los planes de “cambiarse en el baño” quedaron frustrados, sin tener ni un clavo donde colocar sus cosas y desanimada (desanimados) por las condiciones del lugar, la rubia me dijo que mejor siguiéramos, que seguramente (que lo que le sobra es entusiasmo) en la piscina tendríamos allí donde ponernos cómodos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminamos y caminamos.  Dimos dos o tres vueltas, nos extraviamos un par de veces más, pasamos por media docena de cabañas que siempre nos parecieron la misma, nos cruzamos con gente sonriente que se iba a alguna parte (y que odiamos, humanamente, un poco).  Después de preguntar tres veces, llegamos a la piscina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, era como ustedes se la han imaginado…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-3638096198636030851?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/3638096198636030851/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=3638096198636030851' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3638096198636030851'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3638096198636030851'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/09/43-las-mil-islas-3-pulau-seribu-tiga.html' title='43.- Las mil islas, 3 (Pulau Seribu, tiga)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-1001573198294853260</id><published>2010-08-29T05:39:00.000-07:00</published><updated>2010-08-29T18:25:35.879-07:00</updated><title type='text'>42.- Las mil islas, 2 (Pulau Seribu, dua)</title><content type='html'>Felizmente que a los ingenieros que hacen este tipo de yates se les ocurre poner agarraderas por todos lados;  no hay duda de que es preferible hacerlas de chimpancé con sobrepeso (decir “hacerlas de Tarzán” sería un abuso) a caerse estrepitosamente a las aguas mugrientas del embarcadero y morirse allí ahogado –o envenenado– en medio de los residuos –orgánicos e inorgánicos– de la ciudad.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El “plan B” hubiera sido negarse a abordar la nave aduciendo algún pretexto metafísico lo suficientemente enredado como para que pareciera creíble y como para que la chica no nos abandonara desilusionada por tanta ausencia de coraje.  Pero desistí; la situación requería más temple joliwudense que retórica versallesca, así que hubo que enfrentar dignamente al destino: El rostro sereno, el gesto arrogante, el silencio misterioso, los ojos cortando el aire hasta la infinita mirada de la rubia expectante y las manos, que nadie ve (porque la cámara enfoca el cruce de miradas en cámara lenta), sujetándose fuerte, muy fuerte, como tenazas con las que nos jugamos la vida, y el corazón, ¡valiente músculo!, saliéndose aterrado del pecho, y la mente, tan pretenciosa cuando juega con las palabras, idiotizada y en blanco, pidiéndole encarecidamente, implorándole, al torpe cuerpo sobredimensionado, que se agarre, que no dude, que avance rápido y que por ningún motivo se le ocurra resbalarse, porque es sabido que ni la imaginación galopante, ni la buena voluntad, ni todos los dioses paganos, son suficientes para sostener humanidades como la mía cuando se les da por derrumbarse y experimentan la gravedad en caída libre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es cierto que los músculos me quedaron maltrechos, agarrotados y resentidos, pero la honra se mantuvo firme, como la bandera a tope, flamante, en el asta sobreviviente de un castillo en ruinas.&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;Casi dueño de mí, y mientras buscaba estabilidad en la cubierta de un metro cuadrado, respondí “por supuesto” cuando el “ar yu okei?” llegó con la suavidad de una caricia.  El barquito estaba vacío, ni el capitán ni nadie.  Nos sentamos en la primera fila, “para ver el mar”, y celebramos que los asientos fueran para dos y sin brazos incómodos cortando el paso de ella, que quería  abrazarme, y el peso de mis formas, que buscaban acomodarse en esas sillas hechas para liliputienses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Transcurrió media hora y ya pensábamos que el viaje lo haríamos solos cuando empezaron a embarcar los demás.  Los primeros fueron dos españoles que hablaban con la impunidad de quienes saben (o creen saber) que nadie los entiende.  Eran unos veinteañeros que celebraban con palabras irreproducibles sus hazañas sexuales con las chicas que conocieron en la discoteca, los variados y personales servicios de las muchachas de “relaciones públicas” en los karaokes y su descubrimiento acalorado de la cordialidad femenina en los salones de masajes “solo para hombres” que abundan en Yakarta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego llegaron un par de familias de gringos con sus mil mochilas, su felicidad “tecnicolor”, sus viajes “mástercar” y su optimismo “miquimaus”, armados con sus “aipods” y sus botellas  de agua, coloridas y reciclables.  Después, una pareja más interesada en su soledad y, luego, otros más, seis o siete, que ya no miré porque el cuello me dolía de tanto voltear.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tarde, que la puntualidad no es una de las virtudes indonesias, la nave partió.  Al comienzo la velocidad fue moderada, como para hacernos al vaivén.  En ese rato, el ayudante del piloto (que eso de capitán empezaba a sonar exagerado en el bote aquel) se metió, por una puerta pequeña, a la misma punta del barco (proa que le dicen) y de allí salió con una vasija llena de bolsas de papel que, a su vez, contenían panes bastantes secos y sin relleno alguno que, según entendimos, eran el “esnak” o tentempié prometido como parte del servicio “todo incluido”.  En una segunda vuelta, el entusiasta muchacho nos entregó sendas botellas de agua cuyos trescientos cincuenta mililitros debían ser suficientes para evitar que nos deshidratemos en mitad del mar sin que la vejiga nos traicione.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante los primeros minutos el paisaje de Anchol lo dominaba todo.  Pero cuanto mayor se hacía la distancia entre la playa y el yate, la arena sucia parecía limpiarse, las aguas contaminadas brillaban bajo un sol entusiasmado, y la bahía alcanzaba la categoría de estampa o foto promocional y retocada.  Al poco rato, ya con la velocidad en aumento, empezaron a aparecer las islas.  Así como “de noche, todos los gatos son pardos”, de lejos, todas las islas son paradisíacas.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La situación no podía ser mejor, el yate rompía el horizonte y el mar le daba paso con la gentileza que solo tiene cuando se le antoja (“las olas son femeninas”, me había dicho un amigo sudafricano, machista y salvavidas, “uno tiene que aprender a descubrir su humor y jamás contradecirlas; luchar contra la marea es una batalla perdida, como cualquier pelea con una mujer, es inútil”).  A derecha e izquierda iban asomando islas e islotes, en todos abundaba la vegetación, y las palmeras al borde de la playa anunciaban lugares majestuosos.  Algunas tenían construcciones y se presentaban, por acá y por allá, casas, embarcaderos y yates.  Alguien dijo que todas esas islas eran privadas, “de los ricos”, mientras nuestro barquito seguía su rumbo conducido por el piloto que estaba más interesado en conversar con el ayudante que ver el rumbo por donde navegábamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de veinte minutos el más idílico paisaje aburre y yo, mea culpa, sufro de narcosis aguda causada por el bamboleo de los vehículos en movimiento.  O sea, me dormí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Parece que con cierto estilo lo hice (los ronquidos no me habrán traicionado esta vez) porque la rubia, amorosamente, me despertó una hora después con una sonrisa iluminada y con un “güi ar gier” tan prometedor como la isla de rincones abandonados, palmeras y corales (algo así ofrecía la propaganda) a la que estábamos llegando…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-1001573198294853260?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/1001573198294853260/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=1001573198294853260' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1001573198294853260'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1001573198294853260'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/08/42-las-mil-islas-2-pulau-seribu-dua.html' title='42.- Las mil islas, 2 (Pulau Seribu, dua)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-2047025305735488413</id><published>2010-08-17T18:52:00.000-07:00</published><updated>2010-08-18T17:45:57.225-07:00</updated><title type='text'>41.- Las mil islas (Pulau Seribu)</title><content type='html'>Cuando la rubia encantadora me dijo con su voz de música, “vamos a las mil islas”, supe de inmediato que no se refería a esa salsa –fea de ver, aunque sabrosa– que mis alumnos mexicanos le echaban a la comida sino que me invitaba a acompañarnos en una visita marinera a esas porciones de tierra rodeadas por agua que se encuentran más allá del puerto de Anchol.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro, las mil islas no son mil, son solo un poco más de cien.  Lo único que las emparenta con las otras cadenas de islotes o rocas, bautizados con el mismo nombre, que se hallan en mares, lagos y ríos de Canadá, Estados Unidos, Noruega y China, es su pedestre y común condición de islas.  Las “Pulau Seribu” (que así se dice en indonesio) se encuentran al norte de la isla de Java, al frente de Yakarta, la capital de Indonesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las “mil islas” es uno de los lugares más cercanos para “huir” de Yakarta, para escapar el fin de semana de esta inmensa y caótica ciudad que, con cerca de diez millones de habitantes, se ahoga en su propia contaminación y se desespera en sus casi colapsados sistemas de calles y alcantarillados.  Sus más próximas competidoras son las playas javanesas de Palabuhanratu, Anyer o Sumur; la promesa del clima fresco en las montañas de Bandung o Punchak; o la (radical y más costosa) opción de tomarse un avión a las islas de Bali o Lombok, a una hora u hora y media de distancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como del centenar de islas solo un puñado de ellas se destina al turismo (que las otras o están abandonadas o son propiedad privada de ricachones) y como Yakarta es inmensa y su población demasiada, no es raro que los espacios se agoten.  Al menos eso fue lo que nos informaron; así que, previsores, fuimos a la agencia y Ester, que ha demostrado tener una paciencia de santa, nos dio a escoger entre las pocas islas abiertas al público.  Como quedarse a dormir era imposible, improbable e impensable entonces (larga historia que omito porque no cabe en este párrafo), optamos por “pasar el día”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los precios varían según la isla que se escoja.  Si es “solo por el día”, el costo oscila entre los treinta y los setenta dólares; si el asunto es con sábanas incluidas, la factura puede andar entre los ochenta y los doscientos dólares, por persona.  El monto está directamente vinculado a la mucha o poca la distancia que haya del puerto a la isla seleccionada.  Como los servicios ofrecidos son tipo “todo incluido”, el pago es por el transporte, el ingreso a la isla, el uso de las instalaciones y, dado el caso, la noche en la cabaña (o “coutaish”, como dicen los huachafos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había que estar en el puerto de Anchol a las siete y treinta de la mañana (y yo soy un maniático incurable que detesta llegar tarde), así que salimos del sur de la ciudad –en donde pernoctamos– antes de dar las seis, con las primeras luces del día.  Como es común en Yakarta, llegamos a las seis y media.  Es que si quieres ser puntual y, por ejemplo, tienes una reunión a las siete de la noche, debes salir de tu casa antes de la cinco -y llegarás a las cinco y media y tendrás que esperar noventa minutos–, porque si sales a las seis, es muy probable que arribes a las ocho, junto con todos los tardones –que acá son mayoría–, y de muy mal humor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una banca de plástico a tres metros de una entrada dudosa llevaba a un “muelle” (es un decir) donde había tres barcos (otro decir, que eran tres lanchas, bueno, tres yates o “botes rápidos” como acá los llaman), uno contra el otro, como esperándonos.  Algunos marineros conversaban en los alrededores mientras cargaban cajas, acomodaban amarras y dejaban que los minutos avanzaran con la calma con la que los indonesios (no es crítica ni elogio) se toman la vida.  Al poco rato, una muchacha medio aburrida se apareció por el malecón y se colocó, gorrita distintiva en la cabeza, delante de nosotros.  Le dimos los boletos y ella los canjeó por otros boletos, unos para al transporte y otros para la comida y luego del “y-no-los-pierdan” de rigor, decidió ignorarnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los minutos pasaban y aún nadie más arribaba al embarcadero, eso de “los botes siempre van llenos” empezó a parecernos mentira (aunque solo supimos que no lo era por completo a la hora del regreso).  Intrigados, volvimos a preguntar si ese era el lugar donde se tomaban los botes para ir a la “pulau Putri” (la “isla hija”, aunque nadie supo explicarnos hija de quién…).  La muchacha, que ahora conversaba con otra joven que también pretendía hacernos creer que estaba trabajando, nos dijo que “sí”.  Por segunda vez afirmó con su desentendido “sí” cuando indagamos si podíamos ir subiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿Cuál es el bote?”, fue mi ingenua pregunta y, como cualquiera debiera suponerlo en estas circunstancias, la encargada señaló mi peor pesadilla.  Era el último, el que no estaba pegado al muelle y al cual solo podía accederse balanceándose como chimpancé entre las otras dos embarcaciones que allí nos cerraban el paso. “¿No se va a acercar para que podamos abordarlo?”, fue mi tercera infeliz pregunta y ya no hubo un “sí” como respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué se hace cuando uno se encuentra acompañado de una ágil, joven y voluntariosa muchacha que, como gamo que lleva el viento, salta, sube, se acomoda y atraviesa la barricada de naves y se queda esperándonos, traspasada la barrera, con una sonrisa que más que una tentación resulta una amenaza? Armarse de valor o mentirse valiente, que es lo mismo.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, me encomendé a los viejos Apus y esperé, sin demasiada fe, que los últimos dos años madrugando a las cinco de la mañana, desafiando el frío del alba, desoyendo los cánticos tentadores de Morfeo, y lanzándome a la piscina mordiendo la misma injuria mientras el agua me despierta de un mazazo, hubieran servido para algo.  Aguardé, sin mucha ilusión, que los magros kilos arrebatados a duras penas a la necedad de la balanza, fueran suficientes como para que la aventura no concluyera con mi humanidad ahogada o machucada irreparablemente, dando que hablar en el noticiero de las seis de la tarde…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-2047025305735488413?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/2047025305735488413/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=2047025305735488413' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2047025305735488413'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2047025305735488413'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/08/41-las-mil-islas-pulau-seribu.html' title='41.- Las mil islas (Pulau Seribu)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-1046999978601355578</id><published>2010-03-14T06:16:00.000-07:00</published><updated>2010-06-01T00:55:19.655-07:00</updated><title type='text'>40.- Londres (y Tesco y Portobello)</title><content type='html'>Me dijeron que Tesco era el supermercado más conocido, así que me fui allí a ver qué ofrecían sus estantes. Me pareció un lugar sin alegría.  Muy bien ordenado, bastante  funcional, adecuadamente abastecido, pero sin gracia, frío, lejano.  Lo caminé por completo, me tenté con algunos dulces, me distraje con la variedad de yogurts y observé a los londinenses, tan aburridos como su supermercado, hacer las compras sin demasiada pasión, como quien cumple un rito que, de repetido, ha perdido significado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solo me llamó la atención la sección de las revistas.  Se hallaba al lado de unas refrigeradoras inmensas que contenían decenas de sánguches empaquetados y listos para ser consumidos.  Había revistas de todo tipo, abundaban las de fútbol y las de chismes, aunque la variedad alcanzaba para mil gustos.  Lo gracioso fue hallar que las dedicadas a la decoración se encontraban especialmente protegidas de las manos de los curiosos dentro de bolsas plásticas transparentes.  Todas las demás, inclusive las que mostraban mujeres en ropa de Eva y en acrobáticas posiciones (junto a avisos de nobles damas ofreciendo solidariamente sus servicios de compañía), se hallaban exoneradas de tan odiosas limitaciones plásticas y podían ser manoseadas libremente por los entusiastas que por allí transitaran con la excusa de comprarse un emparedado de jamón. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de pagar los dulces que escogí, traté de hallar un taxi y un empleado me dijo que allí no había pero que podía llamar a la empresa “desde ese teléfono” que me señaló y que “demoran media hora en llegar”.  Yo, que en tres días ya me sentía local en Londres, respondí que mejor lo buscaba en la calle “porque estoy apurado”. Salí envalentonado.  La calle que pasaba al frente del edificio era una autopista y la otra hacía una curva extraña que empujaba a los taxistas a la derecha cuando yo los esperaba, impaciente y en el paradero, a la izquierda.  Sesenta minutos después, capturé uno.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“A la calle Portobello”, dije en mi inglés tortuoso mientras acomodaba mi humanidad en esos inmensos asientos traseros que hacen algo menos infames las libras esterlinas que se van sumando a una velocidad trepidante en el taxímetro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mercado de Portobello es una calle de una docena de cuadras que bajan y suben por lo que alguna vez fue una verde colina.  La primera impresión que me dio fue la de hallarme frente a un “mercado de pulgas”, esos lugares donde es posible hallar de todo un poco y en los que las curiosidades son más frecuentes que los productos convencionales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empezando en la parte más elevada uno puede encontrar una variedad infinita de cosas.  Desde una tienda de viejas máquinas de coser hasta otra donde venden planos y mapas antiguos y, entre una y otra, relojes viejos, máquinas de escribir, instrumentos musicales usados, muñecos, juguetes, implementos antiguos de golf o boxeo, miniaturas, cuadros y pinturas, ropa de pieles sintéticas y reales, alfombras, vestidos,  bisutería de todas las formas y colores, zapatos, zapatillas, muebles, libros, adornos de todos los tamaños y cuanto quepa en la imaginación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar es eminentemente turístico.  A diferencia del delicioso mercado dominguero que visité en Bruselas, donde el único turista era yo y en donde todos los que allí estaban eran residentes que iban a comprar lo que necesitaban para la semana, Portobello se hallaba inundado de extranjeros que colmaban las calles como una marea humana que entraba y salía de las tiendas desordenadamente.  La pista estaba cerrada al tráfico de automóviles y por allí se movía la gente.  Las veredas habían sido tomadas por vendedores ambulantes, muchos de los cuales, hasta donde entendí, eran parte de las tiendas formales que sacaban la mercadería con la finalidad de atraer la atención de la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La experiencia fue interesante.  La calle era un sitio animado, uno de los espacios más animados que hallé en Londres. La gente deambulaba arrastrada por la multitud.  Visitaban una tienda, curioseaban en otra, compraban algo aquí, regateaban por algo allá, se tomaban un café o disfrutaban de una cerveza en los restaurantes y bares que aparecían cada tanto como para darles un descanso a los andantes.  Se escuchaban todos los idiomas.  Franceses, españoles, alemanes e italianos (y japoneses y rusos y de todas partes) llenaban esas veredas y lo hacían con un entusiasmo que le daba energía al lugar.  Músicos callejeros hacían más ligero el ambiente y el público los rodeaba y ellos tocaban y se ganaban unas libras y avanzaban un poco más allá a buscar más clientes.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Portobello es bastante más desorganizado que el famoso Covent Garden (que, dicho sea de paso, me pareció demasiado preparado, demasiado “a la medida”, demasiado copia hipertrofiada de lo que fue el viejo mercado de frutas y verduras, demasiado estilizado, demasiado hecho para atraer turistas dispuestos a gastar sin andar haciendo cuentas), sin embargo, Portobello tiene más variedad, más vida y más cara de verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si uno se anima y sigue caminando, entonces uno se encuentra con el mercado propiamente dicho, con los vendedores de verduras y de frutas, con manzanas chilenas, con plátanos centroamericanos, con aceitunas mediterráneas, con quesos de todas partes y con gente de verdad que está con su canasta haciendo las compras del día.  También se topa uno con los puestos de comida al paso, callejera y olorosa, una paella española, unos chorizos alemanes, unos sánguches inmensos de atún o de pollo, unos panes calentitos que atrapan, unos bizcochos que provocan, unos pasteles que seducen y unos “braunis” colosales en los que el chocolate se derrite pecaminoso al contacto con los labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y eso no es todo, si uno es más animoso aún y la emprende por la misma calle, pero un poco más allá, donde las multitudes languidecen y donde los turistas no ingresan, es posible hallar otro mercado, que es el mismo pero es distinto, localísimo, de cosas más viejas y de ropas más usadas.  Las tiendas se tornan oscuras, los bares pierden a los bulliciosos visitantes y el ambiente se hace más pesado, más barrio pobre, más lugar común, más policías, más zona marginal inglesa, con cantinas destartaladas que huelen a rancio, donde esa cerveza prolongada a voluntad es, seguramente, la última que podrán tomarse ese día, y con una casa de apuestas, bastante descuidada, donde la  gente, barbuda y desordenada, pone, en las patas de los caballos, sus ilusiones y sus pocas libras...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-1046999978601355578?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/1046999978601355578/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=1046999978601355578' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1046999978601355578'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1046999978601355578'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/03/40-londres-y-tesco-y-portobello.html' title='40.- Londres (y Tesco y Portobello)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-7376002254165057142</id><published>2010-03-06T02:38:00.000-08:00</published><updated>2010-03-07T03:28:03.868-08:00</updated><title type='text'>39.- Londres (y fish and chips)</title><content type='html'>Todo lo que yo quería era comerme un plato de “fish and chips”.  Luego de tres días en Londres y medio harto del pantagruélico “English breakfast” (que el hotel incluía en su infame costo por noche), le dije a Martín, el jefe de botones, muy español y muy agradable, “no puedo irme sin comerme un pescado con papas fritas…” y él, como quien sabe, me dijo, “el mejor lugar es Simpson, por Picadilly Circus, cerca del Támesis”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arrastrado por la ignorancia de mi propia fantasía, me imaginé “el mejor pescado de Londres” debían venderlo en una taberna vieja con sillas desvencijadas, mesas cuarteadas, una barra llena de borrachines, humo por todas partes y baños hirientes.  Creí estar yendo al Londres ciego de neblina que aparece en las películas y en donde, en cualquier esquina, puede esperarte algún heredero distraído de Jack, el destripador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Puesto que me voy a un lugar infame donde a lo mejor me asaltan, lo haré con clase…”, pensé idiotizado por mis delirios novelescos.  Así que tomé un taxi porque me daba mucha flojera caminar los saludables (y helados) quince minutos que me separaban de la estación de “Baker street”.  Como sufro de una narcolepsia antojadiza que me hace dormir profundamente cada vez que subo al bus, al tren, al avión o a un automóvil cualquiera, no vi las veinte libras de calles que me separaban del lugar y reaccioné con el “hemos llegado”, seco y malhumorado del taxista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por afuera el lugar engañaba, es decir, una puerta amplia, un edificio antiguo, una entrada que anunciaba un lugar entrado en decadencia hacía décadas.  Me equivoqué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, que saliendo del hotel me había encontrado con una bodega donde hallé los dulces que me habían encargado, entré al lugar vestido de turista, con mi “jean”, mis zapatillas gastadas, una inmensa casaca color amarillo eléctrico, una abrigadora y olorosa bufanda de lana de alpaca arropándome el cuello y, siniestra en la siniestra, la bolsa de plástico contaminante que me dieron en la bodega con el montón de dulces adentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A unos diez metros, después de un amplio recibidor donde se lucía la foto del chef principal, me encontré con un señor de esos que tienen pinta de nobles empobrecidos que terminan de anfitriones de restaurantes aristocráticos y que, si han extraviado la fortuna,  no han perdido ni un milímetro de su soberbia. No me miró, me inspeccionó. Un gesto extraño cruzó su rostro mientras me invitaba, con la mayor amabilidad que le era posible, a dejar “su saco” en el guardarropa, donde un encargado me esperaba con cara de “otro más”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me disponía a entrar al salón, el anfitrión me preguntó si no deseaba lavarme las manos con ese tono condescendiente que empezaba a darme urticaria.  Fui al baño, en el segundo piso.  Vi, al pasar, un hermoso bar que, en ese momento, estaba vacío.  Me lavé las manos y arreglé un poco las pocas mechas que  me quedan todavía en la cabeza.  Bajé dubitativo, mirando los cuadros donde estaban los planos del lugar, las remodelaciones, las fotos de más gente, preguntándome qué diablos había entendido Martín cuando le pregunté por “el mejor lugar para comer pescado con papas fritas”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra vez llegué hasta la puerta del salón.  El anfitrión la abrió amable y displicente, y me encontré con un gran comedor lleno de gente muy bien puesta en el cual un sinnúmero de mozos elegantemente uniformados deambulaban atendiendo a los comensales.  Me recibieron los acordes que salían de un viejo y majestuoso piano que un pianista (más viejo y menos majestuoso) tocaba sin gracia pero con talento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sentaron en una de esas odiosas mesas para dos que quedan entre dos mesas grandes.  A mi derecha había una familia más o menos joven y a mi izquierda dos parejas, una de ancianos y otra de personas entradas en la cuarentena.  Todos tenían un cierto aire aristocrático, sus ropas eran bastante formales y los gestos y las joyas eran suficientes como para entender que las lámparas de cristales, las mamparas talladas y el enchapado de cedro o caoba estaban para ellos y no para mí.  La gente me miraba, con desconfianza y curiosidad.  Me acomodé con sigilo, tanto como pueden acomodarse ciento veinticinco kilos en una de esas delicadas sillas sin desbaratarlas ni golpear al vecino, y coloqué discretamente mi bolsa de plástico a mi siniestra.  La amable septuagenaria, que había estado siguiendo mis movimientos por el rabillo del ojo, bajó discretamente su brazo derecho, buscó su cartera y la alejó cautelosamente de mí…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto, el mozo ya se había acercado y me había ofrecido vino y dije que no, me ofreció luego agua mineral y dije que no, después insistió con un jugo natural y dije que no mientras cortaba su lista de frutas de la estación con un “coca-cola-diet-con-hielo-plis” que, por la cara que puso, debió causarle calambre en algún músculo facial.  Se marchó medio ofendido, abandonándome con el menú en la mano donde me topé con una serie de nombres que de haber estado escritos en sánscrito hubieran sido igual de crípticos para mí. Agoté varias veces las letras del menú buscando ansioso el “fish and chips” que me había llevado hasta allá, ¡no había!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo demás lo pueden imaginar.  Almorcé un “roast beef” demasiado sangrante porque mi idea de “midium” no tenía nada que hacer con la que tenía el señor que lo servía (en un encantador carrito de metal y con todos los malabares del caso). La atención dejaba mucho que desear, la comida demoró y, si bien mi ánimo no era el más favorable para hacer juicios, en general hallé que el servicio era bastante mediocre para tanto postín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando terminé con la carne cruda (al menos con toda aquella parte que no había mancillada por una agria y odiosa salsa que el sujeto no entendió que la quería “a un lado”), las verduras –que abandoné casi invictas– y un pan seco e inflado, una luz de esperanza llenó el lugar.  Una muchacha, joven y hermosa, la única en medio de ese mar de mozos viejos o envejecidos, se me acercó sonriente con la carta de los postres.  Miré la lista y cuando, un instante después, alcé los ojos, la mujer (y con ella mi esperanza), había desaparecido.  Luego la vi andar por otras mesas pero a mí no me sonrió más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, después de unos helados que redimieron en parte todo un almuerzo que andaba camino al desastre, pedí un capuchino, y me trajeron un expreso.  Lo bebí amargo y en silencio.  Solo fueron expeditivos al cobrarme.  Cuando me trajeron la cuenta ni siquiera la miré, ofrecí mi tarjeta con un gesto displicente y agradecí enormemente que el plástico  resistiera el embate sin hacerme pasar vergüenzas.  Me levanté con la prudencia que ordenan mis kilos y, aunque la mesa dudó, se mantuvo firme.  Recogí mi casaca y me fui, sin dar propina, prometiéndome no volver. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La calle me recibió con sus vientos fríos pero con su gente común andando despreocupada y desprevenida.  Entonces caminé y caminé por avenidas inundadas de seres humanos y llegué, como el náufrago que pisa la arena, a los callejones turbios y a las escaleras estrechas del Soho donde la vida no es elegante, no es glamorosa, no es segura ni es santa, pero, definitivamente, es vida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-7376002254165057142?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/7376002254165057142/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=7376002254165057142' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/7376002254165057142'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/7376002254165057142'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/03/39-londres-y-fish-and-chips.html' title='39.- Londres (y fish and chips)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-5493074693424319651</id><published>2010-02-27T03:12:00.000-08:00</published><updated>2010-02-27T03:17:09.169-08:00</updated><title type='text'>38.- Londres (y el teatro)</title><content type='html'>Si tuviera que elegir una razón para volver a Londres no sería por la majestuosidad de sus monumentos y palacios, ni por sus museos interminables, ni por sus bibliotecas infinitas, ni siquiera por las minifaldas agresivas de sus mujeres arrogantes y hermosas (aunque más de un amigo prefiera cabelleras californianas, caderas brasileñas, ojos italianos, o delicadas y firmes manos asiáticas).  Si tuviera que dar una sola razón para volver a Londres, sería por sus teatros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminar por el “West End” es una delicia, a cada paso aparecen teatros en los que, si bien abundan los musicales, también pueden verse obras de Shakespeare o Moliere, de Beckett o de Pinter.  Entre los teatros abundan los cafés, los bares, los restaurantes donde, antes o después de la función, puede uno calentarse con un capuchino o entusiasmarse con una cerveza o engañar el hambre con un muy británico “fish and chips”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que debe hacerse es tomar una decisión y entonces Hamlet llega con todos sus ímpetus y el “ser o no ser” se apodera de uno inmisericorde.   ¿“Noche de reyes” o “El fantasma de la ópera”?   ¿“Stomp” o  “Chicago”?  ¿“Esperando a Godot” o “Los miserables”?  Cuando se tiene tanta variedad el asunto se pone complicado.  Es como enfrentarse a uno de esos “buffets” inmensos (en uno en esos hoteles de plástico en Las Vegas) o a una carta interminable de vinos (que no tomo).  Felizmente, como la zona atiende a más de un millón de espectadores cada mes y como no todos los teatros tienen funciones todos los días, la decisión se aliviana entre los “ya no quedan entradas” y los “hoy no hay función”.  Resuelto aquello hay que proceder a comprar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Adquirir una entrada para una obra de teatro es un rito, no un trámite.  Por esa razón, si bien en las calles abundan las tiendas y los quioscos que venden boletos rebajados y “llamadores” que ofrecen “los mejores sitios” y “los mejores precios”; desprecié esa opción.  Comprar en esos puestos es como hacerse de una novela en un supermercado.  Algo parecido me pasa con la adquisición de entradas “on line”, eso que los precavidos realizan con meses de anticipación, la misma noche que separan el boleto de avión o reservan la habitación del hotel; cierto, son compras reales, simples y prácticas, pero sin alma, sin linaje, espurias como los libros digitales, el café descafeinado y el sexo con preservativo (y no nos pongamos melodramáticos que en cien años, anticuados y postmodernos, cardiacos y deportistas, precavidos e irresponsables, estaremos amable y definitivamente muertos).    &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para comprar un boleto de teatro hay que caminar, ir a la puerta misma, pasar por los carteles, respirar el aire del lugar y acercarse con incertidumbre.  ¡Si hasta resulta placentero es encontrarse con los letreros de “entradas agotadas”! (no porque sufra de algún “masoquismo esquizofrénico” –si eso existe-, sino porque anima ver cómo la gente llena las salas).  Por supuesto que es mucho más emocionante aún acercarse a la ventanilla de los teatros que no tienen los avisos de “todas las localidades vendidas” y preguntar qué sitios quedan para la función de la noche y escoger ese lugar que no es el mejor (porque los mejores, o ya fueron tomados o, si alguno nos coquetea, es impagable) pero que, como alguien dijo, “no importa, porque esos teatros están bien construidos y en un buen teatro todos los sitios son buenos”.  O, es todavía más hermoso, decirse por “esa” obra, no dejarse amilanar por las malas nuevas y atreverse a hacer una paciente fila en la calle del al lado (cerca de la puerta por donde entran los actores), a dos grados sobre cero, para ver si es posible capturar las devoluciones de alguno que perdió el vuelo o el tren o la paciencia y no llegará a tiempo a recoger sus entradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera noche en Londres debe ser para Shakespeare. “Noche de reyes” es una deliciosa comedia de identidades equivocadas que, con una actualidad permanente (en estos tiempos de mil falsas personalidades en Internet), hace reír al público y lo solidariza con unos personajes, lo enemista con otros, lo conmueve con las penas de amor y lo emociona con los amores realizados.  Los actores impecables, el vestuario preciso, las luces adecuadas, todo contribuyendo a un ambiente que ilumina hasta los adentros de uno y nos envuelve en esa magia invencible y milenaria del buen teatro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No escuché un solo teléfono interrumpir los monólogos de Shakespeare, no oí los cuchicheos irritantes de los idiotas que creen que es inteligente contestar para decir “estoy-en-el-teatro-no-puedo-hablar” (y repetirlo tres veces porque el cretino del otro lado del auricular no entiende nada), no hubo ninguna indiscreta luz de celular deslumbrándome mientras alguna subnormal cree responder discretamente el mensaje que el pretendiente de turno le envía, no me perturbó el ruido de ningún troglodita atragantándose en medio de la obra y nadie salió ni entró de la sala cuando la función había comenzado.  Una delicia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche siguiente fue “Los Miserables”, el musical basado en la obra de Víctor Hugo. El protagonismo de Jean Valjean es impecable y la cándida belleza de Cosette resulta inolvidable, sin embargo, el espectáculo se lo roban los Thénardier, esos odiosos, sucios y repudiables, taberneros provincianos que hacen de su actuación un fluir de emociones que van desde el desprecio más profundo hasta la más espantosa –pero paradójicamente cómica– familiaridad.  La música es extraordinaria, las voces limpias y apasionadas, la obra, como un todo, completa.  De todas las escenas, tres son impagables, la de las obreras que condenan a Fantine por cuidar cobarde y egoístamente de sus miserias, la de la cantina de los Thénardier donde el mesonero se muestra en su más simpática y despreciable realidad y, la mejor de todas, la del llamado que realizan los jóvenes idealistas al pueblo de Francia para que respalde la rebelión y alce las barricadas “de los que se niegan a ser esclavos nuevamente”.         &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por no ser (o hacer) menos, la última noche elegí a Beckett y esa obra maestra del absurdo en la que Vladimir y Estragón esperan inútilmente a aquel que jamás llega.  Previsor, fui al teatro al promediar la tarde y compré el boleto.  Tenía tres o cuatro horas y me lancé por las calles del Soho a curiosear.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anduve por callejuelas y pasajes poco transitados, subí y bajé escaleras estrechas y empinadas, abrí y cerré puertas, vi gente, mucha gente, gente de todas partes, buscando la felicidad o el momento (que me empiezan a parecer lo mismo), reí y rieron, conversé y me conversaron, y el tiempo (ese canalla) se me escapó sin darme cuenta.  Y así, sin demasiado remordimiento, está vez fui yo el que dejó a Godot esperando…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-5493074693424319651?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/5493074693424319651/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=5493074693424319651' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5493074693424319651'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5493074693424319651'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/02/38-londres-y-el-teatro.html' title='38.- Londres (y el teatro)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-2364797580133361195</id><published>2010-02-20T01:58:00.000-08:00</published><updated>2010-02-23T19:27:42.346-08:00</updated><title type='text'>37.- Londres (antes Múnich y Praga)</title><content type='html'>Múnich y Praga serán, en mi memoria, dos amables ciudades cubiertas de nieve. En menos de veinticuatro horas es difícil hacerse una idea clara de las cimas y simas de los pueblos.  Pero siempre puede decirse algo.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo frío hay en los alemanes.  Aún al final del viaje, cuando empezaba a escribir estas líneas en el aeropuerto de Frankfurt, esperando el avión que me regresó a los calores indonesios (y de sus indonesias), resentía mis espaldas un vientecillo frío que no tenía relación con la nieve que empezaba a caer, modosa, sin demasiadas ganas de arruinarme el vuelo.  No era, como quise creerlo, alguna imperfección en las selladas ventanas del imponente aeropuerto, era, más bien (o “más mal”), la amabilidad eficiente pero congelada de las encargadas de la aerolínea.  Personas correctas, educadas, pero con una sonrisa fallida que fracasa al querer transmitir esa sensación de “realmente me importa” que los latinos, por ejemplo, podemos contagiar con tanta facilidad (y, a veces, falsedad).  En todo caso, los alemanes pueden no tener ninguna posibilidad en un concurso de simpatía pero son eficientes y mi paso –fugaz por Múnich y efímero por Frankfurt– me dejó la idea de una sociedad que, sin demasiadas delicadezas, funciona y funciona bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De Praga conocí literalmente el aeropuerto, el colegio que visité, el hotel y las avenidas que me llevaron de uno a otro lugar.  Sin embargo, habiendo visto tan poco, Praga se me antoja caótica, mucho más “como nosotros”, mucho más tirada al “así está bien” o al “como salga” que me devuelven a mi país y a nuestros propios desórdenes.  De todo el viaje, en el único hotel donde las reservas no existían (aunque luego aparecieron cuando intervino el gerente) fue en Praga.  El único lugar donde registrarnos nos tomó más de una hora, donde la llave electrónica no funcionaba, donde la atención se aproximaba a lo lamentable, fue en Praga (“y eso que estamos en uno de los mejores hoteles del país”, dijo alguna, “y eso que en Alemania y en Bélgica nos alojamos en hotelitos mucho más modestos pero largamente mejor organizados”, pensé yo).  Lo paradójico es que, aunque el poco orden visible amenazaba con desbaratarse en cualquier momento, la gente hizo la diferencia.  El praguense (que así se dice) se me dio más humano, y las praguenses más calurosas y más preocupadas porque nos sintiéramos bien (aunque hicieran todo tan amablemente mal).  No vi el centro, que dicen que es maravilloso e inolvidable, pero me quedaron ganas de volver y eso dice mucho de un país.  Algo más a su favor.  En el aeropuerto hallé libros fundamentales para ellos (como el de las “Leyendas judías de Praga” o algunas obras de Kafka) traducidos en varios idiomas (francés, inglés, español) y pude leer, en la lengua de Cervantes, la leyenda de “El Golem” que tantas veces había disfrutado antes en el poema homónimo de Borges. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Hay que decir que en ambas ciudades la belleza de sus mujeres es sorprendente, no obstante, las diferencias de carácter crean abismos.  Por ejemplo, entre la joven que estaba a cargo del comedor en Múnich y la muchacha que me atendió en el restaurante del hotel en Praga, había varios mundos de distancia.  La eficiente frialdad de la alemana, que hizo todo perfecto y sin una sonrisa, palideció frente a la joven que se demoró en atenderme, se equivocó en el pedido, se le enredaron las cuentas y, sin embargo, me hizo creer, con la magia de sus gestos y con esos ojos que brillaban como espejismos, que esas papas refritas y ese “clud sanduish” graciosa (y grasosamente) mal acomodado, eran algo así como la máxima expresión de la culinaria checa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contemplando a las mujeres europeas (con el descaro y la libertad que dan los años), no pude dejar de recordar esos versos de Chocano –el malamente olvidado poeta peruano– que hablan de “la tristeza del Inca” enamorado de esa mujer que “tiene añil en las venas, un trigal en los bucles y en la boca un coral”.  Sospechaba, sentado en el restaurante del aeropuerto de Múnich, viendo pasar a las muchachas de piernas interminables, caderas fuertes, pechos ágiles, rostros imposibles y ojos luminosos, lo que incas y aztecas, nuestros tatarabuelos, habrían sentido al enfrentar esa belleza tan extraña a los que eran sus propios modelos de hermosura.  Intuí también cómo, de la misma manera y en exacta e inversa proporción, los rubios conquistadores que se lanzaron por el mundo a engordar sus imperios, sucumbieron ante lo exótico de estas muchachas de pies breves como un sueño, de formas ligeras como el viento, de piel bronceada como la caoba, de ojos concentrados como la noche, que transformaron el ideal grecolatino de la belleza por algo, para ellos, mucho más fresco, cálido y natural. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Queremos lo que no tenemos” dice el dicho y eso de la bíblica prohibición de desear “a la mujer de tu prójimo” no es sino el límite civilizatorio que quiere ponérsele a nuestra natural tentación por lo ajeno. Sin embargo, en el caso de las razas, el hombre que desea a la mujer de rasgos diferentes o la muchacha que suspira ante los colores distintos del varón de la otra tribu, hacen bien, porque nos ofrecen un mestizaje que no es solo estéticamente hermoso sino que es, sobre todo, humanamente indispensable.  Será por eso que los adoradores de esa estupidez llamada “pureza racial” se me antojan no solo idiotas sino enemigos de la naturaleza que tan deliciosamente hace atractivo lo distinto y permite una mezcla que es hasta genéticamente saludable.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Así, distraído por la belleza de sus mujeres y pensando, sin haberme ido, en regresar a Europa, llegué a Londres.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marisol y Manuel, dos queridos y cosmopolitas amigos míos, me hablaron maravillas de la capital de Inglaterra.  Para Marisol (que tiene un alma argentinísima que la pone en esa paradójica situación de amar lo inglés a pesar de las Malvinas), Londres es “la ciudad” y Picadilly Circus “el lugar”.  Para Manuel, más “niuyorquino” y más crítico, Londres es la capital de un viejo imperio que, majestuosa aún, está llena de lugares famosos y estatuas y monumentos dignos de verse. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Armado de sus recomendaciones encaré a la “Rubia Albión”, tomándola por asalto desde el aeropuerto de Heathrow, que es inmenso, o me lo pareció, y donde uno tiene la sensación de que aún no ha pisado Londres pero que, inevitablemente, va a perderse...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-2364797580133361195?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/2364797580133361195/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=2364797580133361195' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2364797580133361195'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2364797580133361195'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/02/37-londres-antes-munich-y-praga.html' title='37.- Londres (antes Múnich y Praga)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-6529492791676064122</id><published>2010-02-07T14:50:00.000-08:00</published><updated>2010-02-07T14:54:11.369-08:00</updated><title type='text'>36.- Bruselas</title><content type='html'>Pisar por primera vez Europa y hacerlo por Bélgica, es lo más acertado.  Solo el viaje inicial en el taxi es toda una bienvenida.  Amanecer un domingo en una ciudad sosegada, amable y acogedora, hace que las casi quince horas de vuelo que separan Yakarta de Bruselas se desvanezcan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando supe que iba a pasar por Bruselas le escribí a mi amigo Luc.  “Tengo medio día, ¿qué hago?”, pregunté. Eficiente, respondió con tal cantidad de buenos lugares que, conocerlos, demandaría de unas largas vacaciones y no este paso fugaz y laboralmente obligado.  “Luc –le  dije– en tan poco tiempo solo tengo dos propósitos, comprar chocolates y comer papas fritas”.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hotel es casi un albergue, pequeño y suficiente, a veinte minutos del centro.  Es muy temprano y la habitación aún no está libre así que hay que caminar un poco.  Los casi cero grados de temperatura no son excusa suficiente y a quince minutos andando me aguarda (como si hubiera estado toda la vida esperándome) un mercado dominguero.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es un descubrimiento delicioso.  Todo está limpio y todo es fresco; los mangos peruanos, las manzanas españolas, las mandarinas ecuatorianas y los plátanos caribeños.  Veo aceitunas en todos sus colores, quesos en todas sus texturas, embutidos en toda su gama de grasas, ¡y panes! Inmensos, olorosos, calentitos, recién salidos de un horno que no puede andar muy lejos.  Y  pollos sabrosísimos y dulces que no empalagan y verduras nuevas y tulipanes ansiosos.  Es un mercadillo dominical donde la gente parece conocerse desde siempre.  Una anciana le entrega la bolsa al vendedor y en la bolsa está la billetera y en la billetera el dinero y el vendedor cobra y guarda el vuelto en la cartera y devuelve la bolsa, con lo comprado, con la naturalidad del nieto frente a la abuela que siempre hace el mismo pedido.  Solo ese mercado sería razón suficiente para vivir en Bélgica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de abandonarlo, me cruzo con dos muchachas hermosas (dos más, porque esa ciudad está sobre poblada de belleza) que, sonrientes, me ofrecen pan relleno de chocolate.  La tentación es grande (y es doble) y no pienso y pago y me confundo entre los ojos verdes de la morena y los azules de la rubia que me miran entre agradecidos y condescendientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Anda a la Gran Plaza y allí puedes caminar hasta que te aburras” –me había aconsejado Luc– “allí encontrarás las papas y los chocolates”.  La plaza, como dice su nombre, es grande, y está llena de gente. Hay una iglesia. Camino.  Me encuentro con una figura de una diosa femenina empotrada en una pared.  Parece famosa porque todos se toman foto con ella.  “Es que trae buena suerte en el amor”, me dice alguien en un delicioso francés que no entiendo.  “Lo más representativo de Bruselas son la plaza y el niño que orina”, aclara alguien más (en un piadoso y mordido inglés) y me acuerdo de la decepción que se llevó mi madre hace cuarenta años “con esa estatua pequeñita y perdida en una esquina”.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si es porque es domingo pero todas esas calles están cerradas para los vehículos y la caminata por el empedrado me recuerda a los viejos pueblos de las provincias peruanas.  Pasan a mi lado familias, grupos de jóvenes, chicas inolvidables y perros, muchos perros, con sus dueños y sus cadenas y paseando orondos y casi civilizados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, es verdad.  El niño que orina es una estatua minúscula casi extraviada en una calle repleta de tiendas y de turistas que lo andan buscando. Tomo una foto sin mucho entusiasmo y, liberado, entro en varias de las innumerables tiendas de chocolates.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Los Leonidas son los que más me gustan”, me había dicho Luc.  Una muchacha muy simpática me atiende. Compro una cantidad infame y le digo a la chica que necesito que estén en latas “porque el viaje hasta Yakarta es muy largo”. Diez minutos después ella comprende que soy peruano, que vivo en Indonesia, que Java es una isla y que queda en Asia; y hasta promete sonriente que algún día me visitará.  Aprovechando la sonrisa, disparo una pregunta odiosa: “sé que estos son los mejores chocolates belgas” –adulo–, “pero, ¿cuáles son los más caros?”.  Me mira extrañada, sostengo la mirada, tonto pero firme, y ella, que no sabe si seguir sonriendo, responde en automático: “los Marcolini”. No la dejo pensar más y huyo atarantándola con una catarata de “gracias”.  Es que me resulta demasiado embarazoso explicarle que todo esto es por una muchacha de ojos inmensos (que me dijo graciosamente, “de dos tipos, los más sabrosos y los más caros”, cuando le pregunté “qué chocolates belgas quieres”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tienda no está cerca, pero está. Es elegante, las cajas negras y sólidas, y los chocolates un asalto. Pierre Marcolini levanta no uno sino dos grandes locales en la Plaza de Sablón.  Allí también está Godiva y cerca Neuhaus, Leónidas, Cote D'Or, Guylian y un montón de otras marcas famosas de “verdaderos chocolates belgas” (en Bélgica, donde jamás ha crecido una planta de cacao) que compiten con otras tantas tiendas de chocolates artesanales.  Rodeado de chocolaterías, huyo por las calles, estrechas, sucias a veces, cálidas siempre, con pasajes abandonados que no dan miedo y con paredes repletas de grafitis que regalan sus colores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Huyo de los chocolates y me encuentro con “friterías”. Basta caminar un poco para hallar las papas fritas y los cucuruchos de papel y las toneladas de mayonesa y el sabor, áspero y generoso, pero que, sin embargo, no se aproxima al de las inolvidables papas que Luc prepara en Yakarta con su vieja freidora y que tan bien adereza con amistad y afecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si Europa es Bélgica y si Bélgica es Bruselas, yo quiero mudarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero visitar la biblioteca y los teatros y el museo que presenta una muestra de Frida Kahlo. Quiero pasear por esas calles donde los pájaros no se asustan con los transeúntes, donde los cafés cortan amablemente el paso con sus sillas, donde un cine ofrece películas francesas e iraníes, donde se puede andar en bicicleta, donde venden crepas al paso, donde las gitanas quieren leerme la eterna suerte y donde las estatuas Quijote y Sancho cuidan el sueño de Aída, la ecuatoriana –ilegal– que vende artesanías mientras espera, como tantos, que esto, que este sueño que amenaza terminarse en cualquier rato, se haga realidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-6529492791676064122?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/6529492791676064122/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=6529492791676064122' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6529492791676064122'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6529492791676064122'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/02/36-bruselas.html' title='36.- Bruselas'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-7921232519206668966</id><published>2010-01-31T16:22:00.000-08:00</published><updated>2010-01-31T16:24:09.699-08:00</updated><title type='text'>35.- En contra de la esperanza</title><content type='html'>Cuando Pandora cerró el ánfora y logró retener a la Esperanza dejándonos a los mortales con los bienes en estampida y los males infestando el mundo a su antojo, ¿nos hizo un favor o cumplió –total, los griegos eran predeterministas– con un macabro plan que el incontinente Zeus había trazado, rencoroso y enfurecido con la generosidad de Prometeo para con los humanos? Eso no está claro, pero muchos siglos después de que esa creencia se hiciera mitología, José Zorrilla escribió “la esperanza es de los cielos / precioso y funesto don” y bien pueden esos versos servir de respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que en mi casa había, cuando éramos chicos, un hermoso libro cuyas tapas estaban forradas en pan de oro. Alguien, ya no sé quién, se lo regaló a mi hermano. El libro, que no era tal sino un montón de hojas en blanco bellamente empastadas, contenía, escritas a mano, una serie de frases y refranes. “El que vive de esperanza, muere desesperanzado”, decía una de sus páginas y siempre me he preguntado qué tan cierto es aquello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Haití, por ejemplo, y esto me lo contaba Giori que se ha ido allí a ayudar de verdad a los que lo necesitan y no se queda, como nosotros –en nuestras cómodas casas– o como los periodistas mercenarios –atrincherados cobardemente en los hoteles–, veinte mil personas han quedado mutiladas después del terremoto, y otros miles de niños, también, se han quedado sin padre sin madre o sin ambos, mutilados de familia. ¿Debieran ellos tener esperanza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las generalidades no ayudan; el sufrimiento de muchos no es el sufrimiento de nadie en concreto y bien podemos soslayarlo distrayéndonos con el ruido ensordecedor de las ciudades. Pongámosles cara y nombre y lugar y espacio y preguntémonos, entonces, si esas personas deben abrigar esperanzas o si hacerlo solo prolonga su sufrimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cindy, la chiquilla filipina que dejó los estudios y emigró y terminó vendiendo helados en Macao para tener un permiso legal de residencia. Cindy, que se la pasa parada todo el día soportando los avances de todos los chinos corruptos y nuevos ricos que van allí a gastarse lo que no pueden gastarse en Pekin o Shangai. Cindy, que después de su jornada se queda hasta la una o dos de la mañana limpiando casas –ilegalmente– para tener un poco más de efectivo para enviárselo a su madre que cría a la hija que tuvo con ese novio flamígero que desapareció apenas escuchó la palabra embarazo. ¿Debe Cindy tener esperanza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Obdulia, la provinciana peruana que limpia casas de ricachones en Miami y vive en un cuarto con sus dos hijos. Obdulia, la del marido al que ella ayudó, con sus ahorros, a llegar hasta “el sueño americano” y que luego, porque él no regresaba, fue a buscarlo para tener a toda la familia junta y lo encontró con la querida. Obdulia, cuyo marido ya tiene la residencia porque se casó con una cubana para sacar los papeles y que, divorciado ya, no le da la gana de casarse con ella (porque era su marido y no su esposo) y más bien la amenaza, cada vez que se atreve a reclamarle lo de la amante, con que la va a denunciar para que la deporten y le va a quitar a los hijos (que sí tienen residencia porque llevan el apellido del padre). ¿Debe Obdulia tener esperanza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lucy o Susy o Wendy o como se llame en realidad la prostituta tailandesa que emigró a Singapur y que espera a sus clientes solo a dos cuadras del centro de Orchard Road. Lucy, que vive lejos de su aldea y que solo aguarda ahorrar un poco para regresar. Lucy que debe, antes, pagarle al que tramita las visas, al agiotista que le prestó para el pasaje, al dueño del cuarto en donde duerme con otras tantas Lucys en las mismas condiciones. Lucy, que sabe que será prostituta toda la vida o, al menos, hasta que el cuerpo alcance o la mate el sida o vengan otras, mismas Lucys pero más jóvenes, a quitarle el sitio. ¿Debe Lucy tener esperanza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Josefina, la mujer que limpia las habitaciones en ese hotel barato para largas estadías en La Condesa, en México. Josefina, que trabaja todo el día, todos los días, que descansa una vez a la semana y dedica ese domingo a ordenar su casa para que no se venga abajo. Josefina, a quien el marido engaña con otra y no quiere irse y no paga nada y vive de ella y más de una vez le ha levantado la mano. Josefina la de la hija quinceañera que, abotargada por la propaganda, la imbecilidad reinante y los líos entre sus padres, cree que está gorda y ha practicado tanto la bulimia que su cuerpo ha convertido el vomitar en una costumbre que ahora es automática y ya no retiene alimentos y la desnutrición la está matando. Josefina, que no tiene el dinero para la operación indispensable y que sabe que la hija se le muere en cualquier rato. ¿Debe Josefina tener esperanza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nacemos solos y morimos solos. A veces, muchas veces, vivimos solos. Hagamos lo que hagamos allí está el fin, la muerte, la última soledad, vigilando –acechando– nuestra existencia como la espada de Damocles. ¿Deberíamos tener esperanza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿No es la esperanza –como la fe– ese “opio del pueblo” tantas veces denunciado? ¿No nos adormece la esperanza? Dante colocó un letrero en las puertas del infierno, “el que entre aquí abandone toda esperanza” y a veces dan ganas de creer que eso habría que escribir en los portales de todas las maternidades. Sin embargo, quiero creer que los que se tientan a pensar como yo se equivocan, quiero creer que –una vez más– estoy equivocado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Giori, aquel que dejó la comodidad de su oficina para irse a cargar sacos de harina y repartirlos entre los desamparados de Haití, me envía, desde ese infierno, donde ciento cincuenta mil cadáveres se pudren y un millón de personas lo han perdido todo, unas fotos maravillosas de unos niños sonriendo, con los ojos de luna llena, como diciéndole el “no pasarán” a la desesperanza y a la muerte que los cercan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá allí esté el secreto, en la alegría de esos niños, en su sonrisa, en eso tan humano. Esa misma sonrisa que, por instantes –luminosos instantes– he visto aparecer en los rostros de las Cindys, las Lucys, las Obdulias y las Josefinas que han cruzado por mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quién sabe si la alegría sea la verdadera cara de la esperanza.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-7921232519206668966?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/7921232519206668966/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=7921232519206668966' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/7921232519206668966'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/7921232519206668966'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/01/35-en-contra-de-la-esperanza.html' title='35.- En contra de la esperanza'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-6562958273037141157</id><published>2010-01-23T03:32:00.000-08:00</published><updated>2010-01-23T03:33:27.474-08:00</updated><title type='text'>34.- Yapanisonli</title><content type='html'>¿Cuál es la diferencia entre la represión y el autocontrol?  En ambos casos se trata de dominar los naturales impulsos a los que, animales al fin, estamos inclinados. Desde las más antiguas sociedades, la fuerza –o  la amenaza de su uso–, ha sido un persuasivo efectivo. Nadie se metía con la mujer del jefe de la tribu porque nadie quería terminar con la cabeza partida de un mazazo.  A su vez, y por más hambre que tuviera, nadie se comía las ofrendas de los dioses porque nadie quería que le achacasen las próximas calamidades, ni soportaba la idea de sufrir el desprecio social, algo peor que la celosa maza abriéndonos el cráneo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El miedo nos controla hasta donde puede controlarnos.  Enmarcamos nuestras actuaciones públicas dentro de los límites que imponen los códigos, ya sean los legales o los sociales, pero no más.  Dueños de nuestra intimidad, donde ni el Estado ni la sociedad pueden ingresar, damos allí rienda suelta a nuestros arranques y a nuestra fantasía. Eso me pareció entender en Japón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La formalidad rige la vida de la gente.  El silencio –ese que a nuestra latinidad se le antoja un monstruo– es una norma; se respeta escrupulosamente en los buses, en el metro, en el supermercado.  Aún en una sala de juegos, donde los aparatos chillan anunciando ganancias, la gente se mantiene callada, sin grandes expresiones de frustración o de alegría, como si solo el ruido metálico de las máquinas estuviera permitido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se respetan las normas “porque hay que respetarlas” y, como le contestaron a mi amigo Eddie cuando le preguntó a un japonés por qué no cruzaba la pista, aún con el semáforo peatonal en rojo, si era obvio que no venían automóviles por la calle, “porque no soy estúpido”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hay policías.  En una semana, paseando de noche y buscando, como siempre, zonas complicadas (toléreseme el eufemismo) solo vi un patrullero en Shinjuku.  En pleno mediodía un auto policial había detenido un coche y estaba interviniendo al conductor. Nadie parecía fijarse en el hecho, el “si no es tu asunto, no te metas” es una norma no escrita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, como Hamlet sospechaba, “algo se pudre en Dinamarca”.  Algo sucede que no sabemos pero que vislumbramos, algo “diferente” subyace bajo tanta civilización.  Tanta rigidez, tanto acartonamiento, tanto deber y tanta tradición, no son indefinidamente soportables.  Una olla a presión estallaría si no tuviera un “desahogo” (curiosa palabra utilizada en el México de las masajistas extrovertidas) que liberara –discretamente– el vapor acumulado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces es cuestión, como sentenció Yuki, de echarse a andar y hallar, por ejemplo, a la salida del metro de Yokohama, una tienda donde venden revistas de manga (la famosa historieta o cómic).  Si resulta interesante saber que allí no hay ni un solo muchacho leyendo al odioso ratón “Miqui”, más llamativo resulta confirmar que la inmensa mayoría de los miles de ejemplares que allí se ofrecen contienen las más variadas, malabáricas y lascivas fantasías.  En esas publicaciones despunta la presencia protagónica de célibes muchachitas adolescentes vestidas casi invariablemente de escolares.  Es el paraíso de las Lolitas libinidosas que, a veces consintiendo desde el principio y otras forzadas por algún depravado al que luego miman, se someten a las más alucinantes variaciones sexuales. Los primeros planos y la proliferación de fluidos esparcidos por todas páginas terminan siendo tan hastiantes y empalagosos como una de esas películas pornográficas donde hasta el camarógrafo interviene entusiasta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa fascinación por la “inocencia” se halla también en tiendas de lencería que, en vez de complicados encajes negros o escarlatas o en vez de sedas y transparencias, abundan en prendas casi infantiles, de algodón, blancas o en todas las tonalidades del rosado, con mariposas y florecillas, absolutamente castas, tanto como las púberes imaginadas que aparecen inmortalizadas en los libros de manga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El área de Shinjuku es toda una  experiencia.  Junto a tiendas de electrodomésticos y cafés, se levantan, por ejemplo, cinco pisos que contienen la más grande tienda de películas pornográficas con la que me he cruzado en la vida (más grande aún que esas inacabables “sex shops” de Miami que tienen toda una sección dedicada a lo más variado del cine de la triple X).  Cinco pisos de videos donde las diferencias se hallan en los colores de las portadas pero que –según se observaba en las pantallas que exhibían los “priviús”–  dan vueltas, con uno que otro giro, al eterno tema de la mujer –casi siempre con cara inocente y falda minúscula– enfrentada a los instintos más o menos rampantes de media docena de actores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco más allá, protegido por la discreción de lo subterráneo, se puede encontrar un cine en el sótano de un edificio donde se proyectan películas “para adultos”.  En lo que me recordó a las tardes más decadentes de los cines Colón o Brasil de mi adolescencia, hallé allí, en una sala a media luz, un par de docenas de ancianos que trataban de robarle a la proyección algo de calor que los protegiera del viento invernal y penetrante que afuera corría. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para los más tímidos –que los japoneses piensan en todo– se encuentran, cuadras más, cuadras menos, varias tiendas de alquiler de películas.  La única diferencia es que el cliente no se lleva el video sino que lo renta para verlo allí, en unos cubículos por los que se paga por hora.  No vi a nadie entrar emparejado, así que supongo que se trataba, como en todos los casos anteriores, de otro reino del onanismo más o menos público, más o menos supuesto, más o menos aceptado.  Reino de abandonados y solitarios en un Tokio donde nadie conversa con nadie, donde nadie mira a nadie y donde los seres humanos son mutuamente transparentes e ignorados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente vienen los famosos clubes, los “water business”, los “soap lands”, los “host club”, los “fuzoku”, las casas de masaje tailandés, los burdeles clandestinos y todos esos lugares de los cuales Yuki me habló.  Poco o nada puedo decir de ellos; en cada entrada recibí un “no”, en cada puerta me detuvieron haciendo una cruz con los brazos, en cada umbral uno o varios tipos con cómico aspecto de criminales de película (lentes oscuros, terno negro, pelo corto y pintado) repitieron el “yapanísonli” que impidió a este gris cronista de callejones y lupanares entrevistar a alguna amable señorita para tener algo más que compartir con sus curiosos lectores.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-6562958273037141157?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/6562958273037141157/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=6562958273037141157' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6562958273037141157'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6562958273037141157'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/01/34-yapanisonli.html' title='34.- Yapanisonli'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-1798840889765943694</id><published>2010-01-16T02:15:00.000-08:00</published><updated>2010-01-16T02:25:59.483-08:00</updated><title type='text'>33.- Yuki</title><content type='html'>Yuki tiene veinticinco años y trabaja en un “cabakura”, una especie de club.  El local está bajo la protección de la “yakuza” (los chicos malos de Japón) y ella puede hacer un promedio de cinco mil dólares al mes en una jornada de cinco horas diarias, seis días a la semana.  Todo esto sucede cerca de la estación Yokohama, en el puerto del mismo nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki puede atender visitas de extranjeros porque estudió en los Estados Unidos “hasta los veintiún años” y habla inglés, algo que sus compañeras no pueden hacer pero que tampoco necesitan, casi todos los clientes, salvo algún cronista curioso o extraviado, son japoneses.  Le pagan como veinticinco dólares por cada hora y recibe comisiones por todos los vasos de alcohol que consigue que le inviten.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki se ufana de sus muchos “clientes fijos”, esos que en Latinoamérica serían “parroquianos”, visitantes consuetudinarios que se sienten perdidamente atraídos por ella y que gastan cientos y miles de dólares por gozar de algunas horas de su compañía.  Cuatro de cada diez repite el plato y se convierte en reincidente.  Esos gastan más porque se empeñan en complacer los gustos de la redondeada muchacha (algo extraño en un Japón sintético y despótico, si se comprende aún ese juego de palabras pasado de moda, como yo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki, que primero dice que no tiene angustias económicas porque el papá es arquitecto y la madre “importadora de cosméticos”, le paga la universidad a su hermano.  La mamá de Yuki, antes de dedicarse al comercio exterior era “maiko”, aprendiz de geisha, y se enamoró del padre de Yuki, un cliente persistente con el que finalmente se casó.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Yuki sueña con tener el dinero suficiente para hacer un cabakura para mujeres, dice que de eso no hay en Japón, que es una sociedad machista. Cuando lo piensa un poco más confiesa que no sabe lo que quiere pero que un bar así “sería un buen negocio”.  Su “vida útil” en este trabajo es corta, podrá permanecer cinco año más, hasta los treinta.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki cuenta que para empezar en uno de estos clubes es necesario que alguien te reclute, hay sujetos que andan buscando jovencitas hermosas y medianamente preparadas para este empleo.  Por cada chica que llevan, los dueños de los cabakuras les dan una comisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki tiene que invertir en su apariencia, las uñas sobredimensionadas y pintadas de forma estrambótica “están de moda” y son una obligación.  “Si no me pinto las uñas o si no me hago un peinado cada día, me multan”, es decir, se lo descuentan de su salario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki se ríe, “¿japoneses reprimidos?, de alguna manera, pero no”,  lo que abunda en Japón son los lugares “de tolerancia”.  “Las prostitutas están en Ginza”, allí empezaron a acudir las jovencitas japonesas que se alquilaban para regocijo de las tropas vencedoras norteamericanas después de las bombas atómicas.  También producto de la necesidad de “relajar” a las tropas democráticas del tío Sam surgieron plazas de tolerancia en Tailandia (Pattaya) y en Hong Kong (Wan Chai), y solo son ejemplos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki dice que los “water business”, los “soap lands”, los “host club”, los “fuzoku” están en Ginza y en Shinjyuku, si vas por Tokio, “pero también acá cerca, en Kannai, encontrarás esos lugares” donde el sexo se vende (se alquila) más o menos explícitamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki me explica que “la gente viene para hablar” y parece cierto.  Hay varias chicas que acompañan, en otras mesas, a una serie de clientes.  Al contrario de cualquier otro espacio público en Japón, allí las personas hablan desenvueltas, levantan el tono de voz, se ríen a carcajadas, escandalosamente, como sucedería en cualquier país de Latinoamérica.  Los japoneses parecen relajados por primera vez. “Vienen directamente del trabajo, salen de la oficina y se vienen para acá, por eso la actividad comienza como a las seis de la tarde”, no se trata de gente de bajos recursos, “para venir acá hay que ser ejecutivo, hay gente que gasta cientos de dólares en una noche, vienen, se sientan con nosotras, nos miran, juegan a enamorarse y, sobre todo, conversan, conversan de todo, del trabajo, de los problemas de la oficina, de la casa, de la mujer que también es ejecutiva y con la cual no puede comunicarse porque esta es una sociedad muy competitiva”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki señala que “por eso no entran extranjeros, porque no entienden cómo funciona este lugar, no comprenden que se pueden gastar muchos de dólares y, en el mejor de los casos, si la chica quiere, podrán agarrarle la mano o acariciarla”.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki dice que tiene una vida propia y un novio.  Vive tranquila, sus padres saben en qué trabaja porque “no hago nada malo” y, además, “acá aprendo mucho porque toda esta gente es educada, acá vienen banqueros y economistas y me hablan de todas sus cosas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki cree que trabaja en “en un lugar decente” y, de alguna manera, es verdad.  Cada media hora (porque, como en un estacionamiento para automóviles o un karaoke, cobran por tiempo) se acerca uno de los encargados y muy amablemente informa que cargarán treinta minutos más (y sus respectivos yenes) a la cuenta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki también es decente (como sus jefes) y generosa (como su escote).  Parece que le caigo en gracia, que eso de “voy a escribir un artículo” la entusiasma. Solo ha bebido un whisky, “porque tengo que pedir algo para estar contigo”, y es el trago más barato del lugar.  Se lo agradezco. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuki no sabe quién es pero no tiene tiempo para esas preguntas.  “En Japón todos somos ateos, porque si hubiera dios este mundo sería mejor”, dice sonriendo con amargura mientras yo me despido sin contar el vuelto que dejo sobre la mesa, en el mismo sobre blanco y elegante en el que me lo han dado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-1798840889765943694?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/1798840889765943694/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=1798840889765943694' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1798840889765943694'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1798840889765943694'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2010/01/33-yuki.html' title='33.- Yuki'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-8196283879143489040</id><published>2009-05-25T10:33:00.000-07:00</published><updated>2009-05-25T16:49:34.972-07:00</updated><title type='text'>32.- Tokio, metro y puertas cerradas</title><content type='html'>Cada estación del metro de Tokio (telaraña que pareciera interminable y que funciona con la precisión de un reloj suizo) tiene una personalidad especial.  El turista que tuviera el tiempo necesario podría dedicarse a bajar en cada uno de los paraderos, subir a la superficie y recorrer las calles de los alrededores para descubrir los muchos “japones” que alberga la ciudad (se dice que “Japón es mucho más que Tokio”; habría que agregar que “no hay un solo Tokio” sino que la capital es de una diversidad sorprendente).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como pasar por todas las estaciones requeriría media vida, visitar cuatro o cinco permite al turista darse una idea de lo que sucede “allá arriba”, en las diferentes partes de esa inmensa metrópoli. Shibuya, por ejemplo, es una estación “normal”, con gente común y silvestre andando por las calles atestadas e invadiendo comercios de todo tipo.  Ginza es la “fashion”, una estación donde se congregan los más grandes locales de las tiendas “de marca” y donde todo parece brillar un poco más. Shinjuku es la de los jóvenes, tiene un aire provocador y rebelde, abundan las tiendas “para adultos” y no es raro que, haciéndose el distraído, algún sujeto te ofrezca mujeres (dicho sea de paso, fue el único lugar en donde había un patrullero).  Kannai quiere parecerse a Shinjuku pero con menos pretensiones (será porque queda a las afueras de Tokio y aún conserva, si es posible, un aire algo más provinciano).  Por último, la estación central de Yokohama (una ciudad que ha sido absorbida por el crecimiento urbano de Tokio) es un poco de todo, con centros comerciales, tiendas, restaurantes, cines, supermercados, karaokes, bares y especímenes humanos de todo tipo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alrededor de la estación de Yokohama se levanta un sinnúmero de edificios de 5 ó 6 pisos en una especie de maraña interminable que incluye pasajes estrechos, callejuelas oscuras, trastiendas con botaderos y todo lo que podría poblar la imaginación postmodernista y urbana de cualquier autor de novelas de suspenso policial protagonizadas por mujeres libérrimas y atractivas, guardias de mirada torva, sujetos de evidente malvivir, jóvenes drogadictos y, claro, la Yakuza, la “Cosa Nostra” japonesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un tipo de negocio llamó mi atención.  Se trataba de discretas puertas cerradas, con uno o varios matones vestidos de escrupuloso traje negro que controlaban la entrada.  Un letrero anunciaba algo en japonés y había fotos de chicas y precios en yenes.  Lo primero que podría uno pensar es que se trataba de un bar de mujeres dispuestas (tipo los “gogo bar” de Tailandia) pero los montos anunciados (entre 30 y 70 dólares) eran muy tímidos para una de la ciudades más caras del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intenté entrar en varios de ellos; en todos me di con el sujeto inmenso que cruzaba los brazos en forma de equis sobre el pecho (lo que significa “no”) y repetía “onli yápanis” que, después lo comprobé, era la única frase en inglés que se habían aprendido.  Recorrí las calles y hallé muchos de estos establecimientos y fui rechazado en todos, en algunos casos ni siquiera podía acceder al edificio que anunciaba varios locales porque el “onli yápanis” y los brazos cerrados me impedían el paso de inmediato.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé cuántas puertas toqué ni en cuántas ocasiones volví sobre mis pasos, lo cierto es que, por una sola vez, comprendí y me sentí solidario con el vendedor que va de casa en casa sin perder la sonrisa tras sucesivos rechazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, la terquedad, un letrero en cristiano (“Bambina”), una puerta entreabierta, un guardia distraído, un administrador al teléfono y un salón vacío jugaron a mi favor.  La ausencia del guardia permitió que avanzara más allá de la puerta y que me encontrara cara a cara con quien (eso lo supe después) se hallaba encargado del local.  El gerente intentó decirme “no” pero, supongo que obligado por la cortesía de su posición, trató de explicarme la negativa, en su inglés elemental.  Aprovechando la confusión que en él causaba su manejo inútil de la lengua de Shakespeare, pasé a la ofensiva.  Le respondí que no comprendía su explicación pero que lo único que quería saber era de qué se trataba el negocio “porque soy escritor” (frase mágica que abre puertas tanto como el “soy poeta” solivianta voluntades…).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando ya nos encontrábamos, agotado –él– de intentar ordenar su inglés y preocupado –yo– de que fuera a echarme, pareció suceder algo mágico.  Se le iluminó el rostro, dijo “un momento” y se marchó dejando al hombre de negro (que ya había aparecido) “cuidándome” y esperando la orden para expulsarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los cinco minutos apareció una muchacha alta, cuyas formas, desproporcionadamente generosas para el común de las japonesas, resaltaban debajo del ceñidísimo vestido de seda cuyas costuras resistían –indómitas– la presión de las notables curvas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mirándome a los ojos, sin pestañar, me extendió la mano y –suave y segura y en perfecto inglés– me dijo: “Hola, me llamo Yuki y te voy a explicar de qué se trata esto”.  En ese mismo instante una gota –traidora y perversa– resbalaba por mi mejilla ensuciando para siempre mi segura y estúpida sonrisa...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-8196283879143489040?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/8196283879143489040/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=8196283879143489040' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8196283879143489040'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8196283879143489040'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/05/32-tokio-metro-y-puertas-cerradas.html' title='32.- Tokio, metro y puertas cerradas'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-4336295128147050500</id><published>2009-05-19T05:40:00.000-07:00</published><updated>2009-05-19T20:11:06.832-07:00</updated><title type='text'>31.- Minifaldas y tacones</title><content type='html'>Según una amiga chilena (cuyos escotes –es necesario confesarlo– me han distraído repetidamente en las últimas lunas), las mujeres orientales lucen las piernas porque no pueden mostrar lo que Natura (tan generosa con ella) les negó a las hijas de Asia.  La verdad es que ya no sé si fue ella o fui yo quien hizo la afirmación, es más, recuerdo que en la misma noche y en la misma charla, una hermosa china participaba explicándonos algo que ahora me es imposible recordar con claridad y que bien pudo ser lo que arbitrariamente le acabo de atribuir a la santiaguina.  Sucede que –sigamos con las confesiones– la minifalda negra de la amable descendiente de Confucio me distrajo, sin contemplaciones, de los botones agobiados de la blusa de encajes de la compatriota de Neruda, y sus extremidades –caprichosamente entrelazadas– se impusieron, haciendo del norte sur, consiguiendo que mi concentración –ya de natural limitada y vaga– se dispersara sin reparo en paraísos que la palabra –por desgracia y felizmente– no puede reproducir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No será difícil, entonces, imaginar cómo anduvo congestionado mi raciocinio paseando por las calles de Tokio y Yokohama en las que turbas desenfrenadas de jóvenes japonesas ponían en tela de juicio mi ya improbable serenidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no sé por qué, si será porque es lo que mejor pueden lucir o si será por tradición, por vanidad, por necesidad, por el alma calurosa o por alguna razón que se pierde en la noche de los tiempos (pienso en posibilidades que van desde alguna costumbre arrastrada desde los días de los samuráis hasta la consecuencia directa de la ocupación norteamericana después de esas aberraciones que fueron Hiroshima y Nagasaki), lo cierto es que las mujeres japonesas, despreciando el frío feroz de diciembre, lucían las piernas con minifaldas que en algunas sociedades serían poco menos que escandalosas (ni qué decir del Irán de los ayatolas, donde acabarían en la cárcel, o del Afganistán de los talibanes, donde las lapidarían; sin olvidar, claro, a los fanáticos cristianos y católicos que –como ya no pueden quemar a nadie con el pretexto de la brujería– se santiguarían espantados y encenderían hogueras morales donde piadosamente las achicharrarían a todas, junto con los que no piensen o actúen como ellos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se trata de la minifalda que lucen muchas mujeres en nuestras tierras cuando –coquetas ellas– van a una fiesta, a una discoteca o a una reunión más o menos importante en la que desean impresionar a alguno o algunos de los invitados.  No.  Se trata de un uso absolutamente generalizado, masivo, común, multitudinario, tanto así que ver a una mujer con faldas largas o pantalones resulta, de alguna manera, provocador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro que ni todas las piernas son conmovedoras ni todos los andares dignos de la pasarela, sin embargo, ninguna se desanima.  Llama la atención que no sean pocas las que tienen un transitar “patichueco” que a un occidental le parecería bastante desagradable pero que en Japón no incomoda y hasta gusta.  Una japonesa me dijo que había las de “piernas abiertas” y las de “piernas cerradas”, según la dirección, hacia adentro o hacia fuera, a la que apuntaran sus piernas al avanzar libérrima y gloriosamente por las calles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las minifaldas van siempre acompañadas de tacos feroces, inmensos y reveladores, que encumbran a las féminas hasta alturas que hacen de una sencilla caminata una exhibición punzante pero arrulladora.  Todo ejecutado con sobriedad y sin dudas, como quien sabe lo que hace y por qué lo hace.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es de celebrar que no exista ningún remilgo puritano en estas mujeres que deambulan dueñas de su mundo, sin reparar en nadie.  Y es que en Japón todos parecen ser mutua y correspondientemente invisibles, por eso del “espacio del otro” y la “privacidad” nadie hace contacto visual, las miradas no se intersecan y la gente ha desarrollado un talento atroz para mirar a través del otro como si verdaderamente no interrumpiera su campo visual –algo que, dicho sea al pasar, un obeso irrecuperable pudiera encontrar deliciosamente novedoso–.  Sin duda en ese ignorarse (llámese indiferencia o respeto) reside mucha de la libertad de las bisnietas posmodernas de la Eva desnuda y trasgresora de nuestras culposas y púberes lecturas bíblicas.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En estas chicas no hay sonrojos, no hay melindres ni gazmoñerías, avanzan confiadas en sí mismas.  Si tienen que sentarse, lo hacen, sin aspavientos; cruzan generosamente las piernas y siguen su rutina, sin vergüenzas ni mojigaterías.  No vi a ninguna que anduviera (como sí lo hacen nuestras latinas asustadas por eso de la culpa y del pecado, del “qué dirán” y de “lo debido”) jalándose la falda hacia abajo, doblando incómodamente las piernas, pretendiendo esconder en el pequeño continente de la tela el contenido desbordante de los muslos, como si a último momento, en la hora undécima, se arrepintieran de sus minúsculas prendas.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni en Tokio ni en Yokohama –habrá que agradecerlo–, caminan las muchachas pidiendo disculpas; saben lo que hacen o, al menos, parecen saberlo.  Deambulan, ni escandalosas ni acomplejadas, mostrando libremente lo que se les antoja mostrar y por esa maravillosa emancipación del “porque me da la gana”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-4336295128147050500?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/4336295128147050500/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=4336295128147050500' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/4336295128147050500'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/4336295128147050500'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/05/31-minifaldas-y-tacones.html' title='31.- Minifaldas y tacones'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-2424119618917739797</id><published>2009-05-09T21:05:00.000-07:00</published><updated>2009-05-10T05:17:49.486-07:00</updated><title type='text'>30.- Madre</title><content type='html'>Es difícil hablar de la madre sin caer en la cursilería o en la exageración grandilocuente.  Tendemos a convertirlas en íconos de lo venerable y hasta nos las arreglamos para ponerle una madre a Dios, humanizándolo y haciéndolo nacer de una mujer “inmaculada”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre enciende pasiones y con ella nadie puede competir (“todito te lo consiento / menos faltarle a mi madre”, dice el poema).  Ella está sobre todas las cosas y se debe mantener fuera de cualquier disputa.  Su sola mención en la boca del enemigo (“con mi madre no te metas”), abre las puertas de la furia y anuncia la tragedia (porque “la madre es sagrada”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juramos en su nombre como se jura ante la divinidad (“por mi madre”) y el más descastado de los criminales puede emocionarse frente a la anciana de mirada extraviada en la vejez que, si pudiera hablar (y si se diera cuenta y si fuera honrada), le diría lo arrepentida que está de no haberlo abortado.  Porque todos tuvimos madre y muchas de ellas deben haberse preguntado “qué hice tan mal” cuando vieron las fieras en las que se convirtieron sus hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay buenas madres y hay madres perversas, madres que se prostituyen por sus hijos y madres que prostituyen a sus hijas, madres que son capaces de tolerar la peor humillación porque sus hijos no tengan que sufrirla y madres que lanzan a sus hijos a la infamia porque son ambiciosas.  Hay madres que dan alas y crean seres humanos libres y madres que castran y crían acomplejados.  Madres que enseñan dignidad con el ejemplo y madres que hacen de sus hijos lobos para disfrutar –ellas– de sus presas.  Hay para todos los gustos y, generosas o avarientas, ejemplares o viles, dedicadas o egoístas, monógamas o promiscuas, todas son madres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La maternidad es un hecho biológico que se repite incansablemente sobre la tierra; nos reproducimos por la necesidad de seguir existiendo y el sexo (y el goce de la sexualidad, eso que tanto condenan –o envidian– algunos tonsurados) no es sino el mecanismo con el que la naturaleza nos convence amablemente de seguir embarazándonos y pariéndonos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las fiestas sirven para celebrar, pero también justifican nuestros olvidos.  Podemos tener postergada a la madre todo el año pero si la llamamos en “su día”, nos sentimos bien.  Pasa con ella, pero también pasa con el padre, los hermanos o los amigos.  No olvidarse de “la fecha” suele interpretarse como una virtud y hacerlo, aunque del mejor hijo se trate, coloca al desmemoriado en la vergüenza (la culpa es religiosa pero la alimentan muy bien los comerciantes).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La celebración del “día de la madre” se remonta a los tiempos de los griegos y probablemente ya se festejaba antes.  La primera madre es la tierra, la madre de todos, y la tierra siempre se identificó con lo femenino, con la fertilidad y la reproducción, esas cualidades sin las cuales esta vida no existiría y este planeta azul sería nada más que un páramo yermo como tantos miles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada país escoge la fecha que mejor le acomoda; muchos celebran el segundo domingo de mayo porque los mercaderes se pusieron de acuerdo en prostituir el día que la norteamericana Ana Jarvis quiso (en recuerdo de la muerte de su propia madre) que estuviese dedicado a cada una de las progenitoras que en el mundo son o han sido; otros escogieron el primer domingo y otros se decidieron por el 10 de mayo (que fue la fecha original sugerida por Jarvis aunque luego se cambió –supongo que por razones prácticas– al domingo más próximo).  Muchas naciones prefieren que coincida con alguna celebración “femenina”, ya sea civil, como el día de la mujer (8 de marzo) o la primavera boreal (21 de marzo), o religiosa, como la Asunción (15 de agosto) o la Inmaculada Concepción (8 de diciembre).  Y no faltan los que aprovechan alguna festividad nacional, el recuerdo de alguna sacrificada heroína o el nacimiento de la reina para conmemorar a todas las progenitoras del reino, del sultanato o de la república.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Indonesia, hoy, amanece otro domingo más (acá el día de la madre es el 22 de diciembre) y a nadie le importa que en Lima –y en muchas grandes ciudades “del otro lado”– miles de hijos olvidadizos o poco previsores estén buscando desesperados un regalo (descubriendo, una vez más, que no saben qué regalarle a sus madres porque ignoran sus gustos y porque jamás conversan con ellas). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, de alguna forma estaré allá (cuando acá sea la noche y allá amanezca), acompañando a mis hermanas y a mi hermano, al pie del acantilado donde hace nueve años arrojamos las cenizas de nuestra madre, cinco años después de las de nuestro padre.   Nosotros, que no vivimos una sola jornada sin pensarlos, estaremos allí (donde jamás he vuelto y donde acabaré mis pasos), con las rojas rosas de siempre, celebrándolos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-2424119618917739797?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/2424119618917739797/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=2424119618917739797' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2424119618917739797'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2424119618917739797'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/05/30-madre.html' title='30.- Madre'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-6747967842294809305</id><published>2009-05-03T04:22:00.000-07:00</published><updated>2009-05-03T17:51:02.127-07:00</updated><title type='text'>29.- Japón o el silencio</title><content type='html'>Llegar a Japón es llegar al silencio.  La conversación bullanguera, esa que en muchos pueblos es indispensable (y que a los latinos nos acompaña desde la sala de partos hasta el velatorio), parece haber sido erradicada como si de un estigma se tratara.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El respeto por la paz de los demás (que, en buen romance, es la otra cara de la moneda de la obsesión nipona por la propia tranquilidad) llega a niveles casi esquizofrénicos para quienes hallamos en el bullicio un compañero de jornada que simboliza que estamos rodeados de seres humanos y que seguimos vinculados al mundo de los vivos.  El silencio es la ley de los cementerios (y solo cuando ha concluido el funeral y todos se han marchado).&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Ni bien se baja del avión en el aeropuerto de Narita, amables damas de sonrisa fabricada y rostro pétreo te indican por dónde ir. Una vez en Migraciones, el encargado de aceptarte o no en el Imperio del Sol Naciente revisa los pasaportes con empeño detallista pero sin emitir palabra; al comprobar la veracidad de las visas, pone el sello y con la misma gélida amabilidad concede el paso.  Recoger el equipaje es el mismo silencioso procedimiento y, si nada hay que declarar, la salida será guiada por más corteses, fríos y callados uniformados.  Al atravesar la puerta que lleva a la sala donde en los aeropuertos latinoamericanos esperan decenas de familiares y taxistas peleándose por llevarnos (o llevarse nuestra maleta), en el aeropuerto de Tokio no hay nadie, o casi nadie. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Comprar el boleto para bus que se dirige a Yokohama o esperarlo bajo el frío del invierno implica estar rodeado del mismo mutismo.  Viajar en el trasporte público, sea en el metro –esa maravillosa, eficiente, limpia y funcional telaraña– o en los buses –que pasan a la hora establecida y en los cuales a nadie se le ocurre sentarse en los asientos reservados para las embarazadas o los ancianos– es una experiencia traumática para cualquiera que relacione el bullicio con el hecho elemental de saberse vivo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Pregunté a algunos japoneses (con los que pude comunicarme que, contrariamente a lo que uno pudiera suponer, la inmensa mayoría o no sabe o no quiere hablar en inglés) por las razones de su conducta, por los motivos de ese obsesivo deseo de no interrumpir la paz ajena, de no violar, con palabras de más, con ruidos molestos o con intervenciones en voz alta, esa pública intimidad de quienes caminan por las calles como aislados por cápsulas invisibles e impenetrables.  Pocos pudieron explicarlo, alguno dijo “educación”, alguno pronunció “respeto”, pero varios aceptaron –sobre todo los más jóvenes y después de las insidiosas preguntas de rigor– que la razón pasaba, sí, de alguna manera, por la cortesía con el vecino pero que, en el fondo y en realidad, había una gran presión social, un temor reverencial a la censura, “al que dirán” de esos mayores que miran –siempre en silencio–  con ojos de desaprobación.  No sentí que era por el “es bueno respetar a los demás” sino que, más bien, era por el “no quiero que los demás se metan conmigo” que la gran mayoría se comportaba así.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Un ejemplo claro de esa consciencia de “hacerlo así porque es así como se hace” se encuentra en la respuesta que un japonés le dio a mi amigo Eddie.  Estaban ambos por cruzar la pista, en una esquina, frente a un semáforo, por la línea de cebra, era tarde y, a pesar de que no había un automóvil alrededor ni a lo lejos, el nipón no movía ni un músculo esperando, inconmovible, que la luz pasara del rojo prohibitivo al verde permisivo para atravesar la calle.  Curioso y temiendo violar alguna norma, mi amigo argentino le preguntó “¿hay alguna multa por cruzar cuando el semáforo está en rojo?”, a lo que el súbdito de Akihito contestó parco, “no creo”; “¿entonces, si no viene ningún carro y no hay multa, por qué no cruza”, “porque sería estúpido”, respondió el japonés amable y seco. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Al contrario de Singapur, no se trata de que exista (como en la isla-estado) el punitivo rigor de las multas feroces (por ejemplo, los 350 dólares que cuesta ser sorprendido comiendo en el metro), es que existe el rigor, más feroz, más poderoso, más disuasivo, de la censura pública, de avergonzarse y avergonzar a la familia siendo el “estúpido” que no hace lo que “se tiene que hacer” y rompe las reglas.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Los jóvenes (que suelen ser los que andan dinamitando normas y costumbres por esa saludable necesidad de ir contra la corriente) tampoco transgreden las fórmulas establecidas por el tiempo, y van callados.  Sin embargo, se han atrincherado en la modernidad (esa arma que manejan con una habilidad que horroriza a los mayores), rompen el claustro (acá se entiende lo de “claustrofóbico”) y escapan del silencio por las rendijas digitales de sus celulares (que todos tienen), agarrándose feroces de los millones de mensajes de texto que lanzan al mundo desde esos teléfonos (con los timbres callados y los vibradores como única y sensual advertencia).  Como modernos robinsones, arrojan miles de botellas al mar del ciberespacio para decirle a quien quiera escucharlos (o, más bien, leerlos) que están vivos, que tienen palabras y que la comunicación –que todos sabemos que corre el riesgo, sí, de hacerse tan ruidosa que nadie escuche– es mejor, siempre es mucho mejor, que ese silencio que convierte el cuerpo en una isla y el alma en un cementerio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-6747967842294809305?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/6747967842294809305/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=6747967842294809305' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6747967842294809305'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6747967842294809305'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/05/29-japon-o-el-silencio.html' title='29.- Japón o el silencio'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-2436363884985029158</id><published>2009-04-27T02:44:00.000-07:00</published><updated>2009-04-27T02:45:14.993-07:00</updated><title type='text'>28.- Papa Noel en bikini</title><content type='html'>El gringo es mi amigo y tiene en Bangkok tanto tiempo como yo tengo en Yakarta; es diciembre y esos cinco meses han sido para él toda una vida, toda una nueva vida.  Ha descubierto este mundo desbordado de mujeres entusiasmadas (por la paga o por la visa) y se encuentra encantado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hemos quedado en reunirnos en un centro comercial (uno de las decenas de centros comerciales superpoblados que tiene la capital de Tailandia); es 24 de diciembre y eso no significa nada para los budistas.  Pero los comerciantes, que son budistas pero no son tontos, saben complacer a los clientes en un país con tantos turistas occidentales.  Abundan los adornos alusivos a la fecha (los que no tienen contenido religioso), así, campean los árboles con nieve artificial, los renos de plástico y el sobrealimentado Papa Noel con sus incomprensibles y coloradas ropas polares en medio de calor tropical.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El gringo que me va a presentar a su chica.  La conoció en un lugar de nombre extraño para un país oriental, “Soi Cowboy”, “ella trabaja allí, luego te explico”, me había dicho por teléfono.  Tomamos el metro aéreo que, después de estar peleándonos con las explicaciones, no nos parece tan complicado (no por la abundancia de líneas, que son pocas, sino por lo caótico del lugar).  Bajamos en algún punto que él ya conocía (“aunque salgo pocas veces de la zona en donde vivo”) y caminamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasamos, primero, por un restaurante irlandés.  La cerveza dura poco porque de tanto conversar la hora nos ha traicionado.  “Debemos ir antes de que alguien más se la lleve”, “¿antes de que otro se la lleve?, ¿acaso no trabaja allí?”, “ya vas a entender”, replica mientras paga la cerveza y salimos como apurados.  Es caminar unas cuantas cuadras, atravesar una pista amplia y congestionada, y llegamos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay una especie de portal que se abre ante una calle colorida, bulliciosa, carnavalesca, llena de luces titilantes (“normalmente hay muchas luces, pero hoy hay un poco más, ¿será por la Nochebuena?”).  En la entrada hay un gran aviso como de bienvenida que reza “Soi Cowboy”.  Atravesamos la puerta imaginaria y entramos a una calle muy parecida a las que abundan en Pattayá.  Muchos locales, uno tras el otro, con decenas de chicas en la puerta que, moviendo al aire sus ropas ligeras (muchas veces disfraces de enfermeras o de escolares) nos invitan a pasar a los “go-go dancers”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo me ahogo en ese mar de mujeres pero el gringo no se distrae.  Eso que las hay de todo tipo.  En su mayoría, son más jóvenes y más atractivas que las de la playa.  “Acá están las mejores chicas”, afirma mi amigo, “están controladas por el gobierno que hace inspecciones regulares y todas pasan por exámenes médicos; además estas chicas son absolutamente confiables, están registradas y nunca se van a arriesgar a perder el trabajo engañándote o robándote”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar lo había conocido a las pocas semanas de haber arribado a Bangkok.  Fue arrastrado por unos compañeros de trabajo que intentaban matar el estrés semanal “con algunas cervezas y buena compañía”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Llegamos y, como ahora lo estamos haciendo tú y yo, vinimos directamente a este local, que dicen que es el mejor.  Éramos media docena de extranjeros y tomamos muchísimo alcohol, así que todos estaban contentos.  Las chicas nos rodeaban y nos bailaban; en la barra, en algún punto de la noche, que fue larga, todas estaban desnudas.  Ese día nadie hizo nada, no pasamos de jugar un poco con ellas y nos fuimos.  Yo regresé, solo, una semana después. A mi chica la había visto desde ese viernes y volví por ella.  Se sentó conmigo y me explicó –con su inglés elemental– cómo era que funcionaba exactamente el sistema.  Antes, me pidió que le comprara un trago, porque esa es parte de sus obligaciones, hacer que nosotros, los clientes, tomemos mucho y que, además, les invitemos todas las bebidas que nos pidan, cuanto más, mejor.  Uno puede pasarse toda la noche con la chica, como si fuera tu novia, solo tienes que comprarle cada cierto tiempo otra bebida.  Las chicas sonríen mucho y se ponen cada vez más amables, la idea, claro, es entusiasmarte lo suficiente como para que quieras irte con ellas y eso tiene sus procedimientos.  Una vez que has decidido pasar la noche acompañado, tienes que hablar con la mama-san, la madame del lugar.  Con ella negocias el precio de la salida –que suele estar entre los 20 y 30 dólares, aunque esa noche, en nombre del nacimiento del dios de los cristianos, le había recargado un treinta por ciento– y, una vez que pagas, la chica es tuya.  Claro, es tuya, quiere decir que puede salir contigo, pero allí tienes que iniciar una segunda rueda de negociaciones, ahora con la susodicha elegida, para determinar cuánto le pagarás por irse contigo a tu casa.  Generalmente cobran entre 70 y 80 dólares por toda una noche, con todos los servicios incluidos.  Una vez terminado el trámite ella se convierte en tu novia y actúa como tal, puedes irte a cenar primero o a tomarte un café y después puedes irte a la casa y ella se comporta como si realmente fuera tu pareja.  No hay riesgo alguno, porque, como te he dicho, todo está muy controlado…”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esa calle curva hay unos veinte establecimientos, además de unos diez restaurantes donde también las chicas esperan clientes.  Entramos al local preferido de mi amigo y me presenta a su novia (“a ella le encanta decir que es mi novia, he pasado con ella como tres fines de semana; vengo los viernes, la saco, pago para liberarla de ir al bar por dos noches y me la llevo hasta el domingo; salimos al cine, vamos a comprar al centro comercial, hacemos vida de pareja hasta el domingo en la tarde que la pongo en su taxi y se va a su casa”).  La joven es muy atractiva (y muy joven).  El gringo no tiene clara su edad pero no puede tener más de veintiuno o veintidós años (lo que explica mucho mejor el encandilamiento de mi muy cincuentón amigo norteamericano). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos sentamos los tres y yo hago las veces del violinista voyeur.  Ella, rápidamente y después de los saludos y sonrisas de rigor, pasa a los mimos y a los gestos coquetos; el gringo no resiste ni cinco minutos.  Me dice, “anda viendo cuál te gusta” y se va donde la mama-san “a negociar, porque esta noche es más cara la salida”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la barra bailan, con pretensiones sensuales y a un metro de altura, seis muchachas (des)cubiertas con mínimos bikinis de llamativos colores.  Ninguna es fea; una o dos son tan jóvenes y tan atractivas como “Suni” (que creo que así se llama la chiquilla de mi amigo).  En el lugar habemos una docena de parroquianos y, según veo, los que se entusiasman con alguna la llaman y ella deja la barra y se dedica a embriagar al cliente y alegrarlo lo suficiente como para que se sienta compelido a llevársela a algún espacio más privado (si bien me han explicado que allí uno tiene que “ser formal” en el trato con las muchachas, pronto veo a un par de borrachines cuyas manos entusiastas van bastante más allá de lo que se pudiera considerar “formal” aún en estas particulares condiciones).  Cuando una de las bailarinas abandona la barra, aparece, de no sé dónde, otra que completa el “cuerpo de baile” mientras otras muchas deambulan alrededor de lugar tratando de pescar a algún cliente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay una, con un rostro particularmente bello y unas curvas acentuadas, que me descubre mirándola.  La música suena y, entre todas, es la más sensual en esos movimientos ondulatorios.  Nunca he creído en la hipnosis pero se me hace difícil desprenderme de su mirada.  Yo bebo, como siempre, agua (que cuesta lo mismo que un güisqui) y creo que una gota escapa estúpidamente de mis labios.  Parpadeo, por fin, y la muchacha, que esa noche trae –además del bikini– un gorrito rojo de Papa Noel, ya está a mi costado.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca la frase “feliz navidad” había sido dicha tan irreverentemente perfecta…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-2436363884985029158?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/2436363884985029158/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=2436363884985029158' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2436363884985029158'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2436363884985029158'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/04/28-papa-noel-en-bikini.html' title='28.- Papa Noel en bikini'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-8999049343912020184</id><published>2009-04-19T03:41:00.001-07:00</published><updated>2009-04-19T04:20:09.262-07:00</updated><title type='text'>27.- El mercado flotante</title><content type='html'>El mercado flotante es uno de los atractivos de Tailandia que se halla en las antípodas de esa idea de “paraíso de turismo sexual” que (no sin razón) le ha dado tanta fama al antiguo reino de Siam.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien Joe –el taxista– estaba más interesado en las expediciones nocturnas a bares y cabarets, tampoco desaprovechaba la ocasión de ofrecerme sus servicios diurnos, aunque me hubiera dejado en el hotel a las dos o tres de la mañana.  Estando en Asia uno tiene la impresión de que los choferes no duermen porque están disponibles a cualquier hora (como sus ingresos son miserables –Joe me cobraba 15 dólares por todo un día y a eso hay que descontarle el alquiler del carro, que no era suyo, y la gasolina–, ellos se multiplican y completan la jornada con las comisiones que restaurantes, tiendas, servicios turísticos, fondas, cantinas y salones de masajes ofrecen por cada turista “capturado”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Por la mañana toca el mercado flotante”, me había señalado cuando regresábamos de una de esas salidas noctívagas y no supe decirle que no.  “Vengo a las ocho”, “…pero, Joe, ¡eso es dentro de cinco horas!”, “no hay problema, duermes en el camino, porque es más de una hora de viaje y hay que evitar el tráfico”, zanjó decidido.   Antes de las ocho ya me estaba esperando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del camino no tengo mucho que contar; carreteras, fábricas, edificios y casas para todos los gustos, nuevos, viejos, grandes, chicos, ostentosos y miserables.  Al menos eso fue lo que vi los primeros minutos mientras trataba –angustiosamente– de colocarme el cinturón de seguridad y Joe aceleraba como si una estampida de elefantes estuviera por alcanzarnos.  Después vino la noche, mi noche, y me quedé absolutamente dormido.  Desperté solo cuando abandonamos la carretera y el camino de tierra me indicó que ya habíamos llegado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un gran estacionamiento sin asfaltar, unos baños públicos endebles, una construcción de madera con dudoso techo de paja, una mesa y, en ella, el encargado de cobrar a los turistas por el servicio, era todo el paisaje.  “El servicio” no era otra cosa que un viaje de unos noventa minutos a través de una serie de canales en una especie de Venecia tropical en unos botes semejantes a los “peque-peque” (esas viejas embarcaciones cuya madera el agua del río Amazonas no termina de descomponer), con un motor “fuera de borda” que impulsaba, no sin esfuerzo, el barco que mi sobrepeso asentaba con firmeza sobre las aguas ennegrecidas de lo que debió ser alguna vez un conjunto de mansos y escuálidos ríos azules.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asunto es sencillo, el “capitán” maneja su bote a través de una telaraña de canales y riachuelos; con la habilidad que dan los años, esquiva a los que vienen en sentido contrario y avanza silencioso.  Cada tantos metros se detiene en una especie de tienda “al paso” en la cual los turistas pueden comprar recuerdos y chucherías.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al comienzo las tiendas están distanciadas y los precios, para apurados que quieren comprarlo todo de una vez o para arrepentidos que por andar regateando demasiado no compraron aún lo que tanto querían, son altos y las señoras que allí venden están menos dispuestas a rebajarlos.  Esas pequeñas tiendas, que solo pueden recibir una embarcación por vez, son menos especializadas, son una especie de resumen de lo que uno verá más adelante. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después el canal empieza a ancharse y la navegación se hace más sencilla, el barco recorre el lugar, para, sobre para o sigue de largo siguiendo las indicaciones de quien ha pagado por el viaje. Si por ellos fuera se detendrían en cada lugar diez minutos hasta que la insistencia de las vendedoras convenciera al comprador de llevarse eso que está en oferta, por eso hay que ser firme en las instrucciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al rato se llega “al mercado”, al verdadero y original mercado que, como todo mercado, tiene de todo en puestos especializados.  Allí el tránsito se complica y las barcas se multiplican.  A los puestos “anclados” en la ribera hay que agregarle las tiendas ambulantes, embarcaciones como las que llevan a los turistas pero que, en lugar de seres humanos, transportan frutas, verduras, jugos y una variedad infinita de alimentos. Allí uno puede quedarse detenido por el “tráfico” varios minutos, así que lo mejor es comprarse una botella de agua, acomodarse y distraerse tratando de comprar a un precio razonable alguna de las infinitas cosas que allí se ofertan.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El turista puede hallar de todo en estas “avenidas de agua”, desde fotografías enmarcadas (del mercado, de la selva, de amaneceres, de estatuas de Buda, de niños monjes durmiéndose en medio de los tediosos rezos) hasta carteras coloridas de las más variadas formas y tamaños.  Hay “de todo, como en botica” y para todos los gustos; los nostálgicos de los tiempos coloniales pueden comprar “especias” con las cuales preparar exquisiteces asiáticas en sus casas (y los más sibaritas pueden agregar a la especias algunos de los tantos menjunjes artesanales y embotellados que allí se ofrecen); los turistas compulsivos pueden hacerse de infinidad de baratijas (llaveros, monederos, imanes, marcadores de libros, postales) que llevan convenientemente impresas las palabras “floating market” y “Thailand” como indudable “valor agregado”; los amantes de los objetos de madera hallarán suficientes miniaturas talladas y pequeñas estatuas como para pagar un considerable sobrepeso en el vuelo de regreso a casa; las amas de casa compulsivas se sentirán tentadas por los manteles, las servilletas y los adornos para la mesa; las más vanidosas podrán adquirir telas para hacerse vestidos o blusas o pañuelos; las que aman la ropa de cama encontrarán sábanas y almohadones bellamente estampados; y hasta los que tienen complejo de guerrero arcaico se sentirán satisfechos con la oferta de arcos, flechas, cuchillos y hasta espadas samuráis que allí hallarán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También se puede ver, a lo largo de todo el recorrido, varios carteles que anuncian tres de las grandes atracciones turísticas tailandesas que la falta de tiempo (o de ganas) me hizo postergar para un próximo viaje –o para siempre–; el paseo por la selva en elefante, el enfrentamiento entre cobras y seres humanos, y los combates de Muay Thai o “box tailandés”, tan antiguo y venerado en el país como tan popular y cinematográfico en occidente (versión “jóliwud”, claro).  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mercado flotante hay precios para todos los bolsillos y el regateo es indispensable.  El mismo producto puede costar diez acá y dos más allá, todo es cuestión del “¿cuánto cuesta?” y el “por qué tan caro” de rigor.  El “precio real”, ese que paga el valor del objeto (los materiales, el costo de su producción, el transporte, etc.) y le permite una justa ganancia al comerciante, es un misterio.  Es una tentación afirmar, como dicen muchos, “si pueden bajar tantos los precios es que en realidad te cobran exageradamente para que le pidas descuento, ellos siempre ganan”; por otro lado, pensar que “si no venden, no almuerzan” pareciera más acertado cuando se ven las condiciones precarias en las que viven los comerciantes.  En todo caso, quien no quiera sentirse ni estafado ni asaltante, que regatee un poco, pero no tanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo pasa veloz y quienes sufren las urgencias de una vejiga muy pequeña bien pueden detenerse a mitad del recorrido en un restaurante construido entre la tierra y el río donde es posible, además de gorrear el baño, almorzar una comida típica tailandesa o tomarse una cerveza observando por la ventana el paisaje de una selva –jamás sometida completamente por la brutal mano humana– en la cual los barquitos parecen de juguete.  Es entonces cuando se comprende lo vano, pasajero e inútil de la vanidad del hombre que quiere –y no podrá nunca, porque desaparecerá en el intento– apoderarse de los reinos milenarios de la flora tropical y sus aguas maravillosas e infinitas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-8999049343912020184?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/8999049343912020184/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=8999049343912020184' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8999049343912020184'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8999049343912020184'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/04/27-el-mercado-flotante.html' title='27.- El mercado flotante'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-932332315495120228</id><published>2009-04-08T21:39:00.000-07:00</published><updated>2009-04-08T21:51:18.651-07:00</updated><title type='text'>26.- La inocencia del culpable</title><content type='html'>Todos los políticos son culpables, o casi todos.  Si los juzgara un tribunal formado por hombres “en el buen sentido de la palabra” buenos –como decía Machado–, nueve de cada diez darían con sus huesos y sus delitos en la cárcel.  El poder corrompe y pocos pasan por la Casa de Gobierno sin ensuciarse, con dinero o con sangre, las manos; por eso crean leyes con puertas falsas, dictan normas especiales y tejen un entramado jurídico que garantiza su impunidad.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el Perú, un tribunal civil ha condenado al ex presidente Alberto Fujimori a veinticinco años de prisión como “autor mediato” de una serie de crímenes que incluyen el secuestro, la tortura y el asesinato.  ¿Somos acaso una excepción?  ¿El poder judicial peruano, donde los jueces honrados son las honradas excepciones y en el que la justicia “es una subasta”, ha sabido alzarse sobre sus propias miserias para dictar un fallo histórico, o Fujimori –el primer presidente democrático condenado por crímenes contra la humanidad en Latino América– ha sido vencido por las mismas circunstancias que lo encumbraron?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Es Fujimori culpable?  Un tribunal formado por tres jueces dice que sí y no le faltan razones de hecho ni de derecho para justificar su sentencia en más de setecientas páginas.  Mañana, los juristas discutirán sobre la legalidad del fallo y el veredicto se caerá por sus incongruencias o permanecerá por su solidez; pero hoy, al menos hoy, Fujimori es culpable.  ¿Es el único culpable?&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El año 1990, en las postrimerías del primer gobierno de Alan García, el Perú andaba al borde del abismo, empujado al barranco por la inflación desbordada a niveles africanos, la corrupción voraz y descarada, y la violencia asesina y salvaje de Sendero Luminoso (amén de los secuestros y bombazos del MRTA y de la impunidad mafiosa del paramilitar Comando Rodrigo Franco).  Entonces, la esperanza era una mala palabra y pensar que los jóvenes pudieran rehacerse y rehacer un país desolado era tanta ficción como pretender una noche entera sin apagones, sin coches bomba, sin asesinatos selectivos o masivos, sin la sangre chorreándose por todos los costados de la república.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fujimori se convirtió en presidente de un país en medio del caos.  Llegó al poder porque las circunstancias se lo permitieron; venció a Vargas Llosa merced a una campaña de terror (sembrando más miedo en el miedo) financiada por el aprismo y dirigida por el mismo García (según él mismo ha confesado hace poco).  Fujimori llegó al poder y combatió y derrotó al terrorismo y a la inflación, esos dos monstruos que lo devoraban todo.  Pero para hacerlo convocó a sus propios monstruos: la autocracia criminal y la corrupción rebobinada.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie nos va a contar qué es salir a la calle sin saber si nos va a reventar una bomba a media cuadra o si mañana alguien que conocemos va a ser asesinado.  Nadie va a contarles, tampoco, a las decenas de comunidades campesinas, lo que es vivir entre dos fuegos, entre el horror del terrorismo en nombre de la revolución y la bestialidad del terrorismo en nombre de la democracia; ellos, que no sabían si los iba a matar un comando de Sendero Luminoso o una patrulla del Ejército, recuerdan también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Verdad es que Fujimori rescató al Perú cuando el país se deshacía en medio del pánico inútil de la derecha egoísta y de la inutilidad política de la izquierda pasmada, verdad es que hubo gente honrada –y sí que la hubo– que durante el fujimorismo trabajó desinteresadamente por salvar al Perú; pero también son verdades los crímenes, la corrupción, los asesinatos, la captura del poder, la desfachatez de quienes se sentían intocables, la perversión de la sociedad, la arrogancia de los que tenían las botas y las armas, y la soberbia de un vencedor que no tuvo la grandeza –ni el valor ni la decencia– de irse a su casa.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fujimori nos devolvió el país para quitárnoslo; eso es lo que se condena más allá de la jurisdicción de los jueces.  No se puede combatir el terror con el terror ni la miseria con acciones miserables, no se puede salvar a un país para convertirlo, por complicidad o por miedo, en el botín de una banda de ladrones.&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;Fujimori es víctima de su soberbia.  Regresó de su exilio japonés creyéndose invencible y la correlación de fuerzas, el ajedrez político, esas circunstancias que hace diecinueve años le dieron la victoria, ahora lo condenan.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La política generalmente es un asco y la peruana, tan plagada de ignorantes, ladrones y traidores, no es una excepción.  A Fujimori le debemos haber recuperado el país pero, también, nos debe él muchos crímenes que podrán o no demostrarse ante un tribunal.  ¿Tenemos, acaso, que olvidar la corrupción, los asesinatos y el envilecimiento de la política, tenemos que “dejar hacer, dejar pasar”, tenemos que aceptar que fue “el mal menor” y decirle “gracias”, tenemos que voltear la página en nombre de la reconciliación nacional, tenemos que  tragarnos el asco y decir que “sí”, que “se la debemos”?  Esa es la gran pregunta que cada quien responderá ante el tribunal de su propia conciencia, si la tiene. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más allá de los tecnicismos, la condena es justa porque quien combate el mal ajeno para implantar su mal, no tiene nada de inocente.  ¿Sus enemigos son peores?  A lo mejor.  Habrá que pelear porque ellos también vayan presos y porque a la gente buena alguna vez se le haga justicia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fujimori es culpable y ya está escrito; tal vez su única, su irreversible inocencia, fue creer que sus enemigos iban a tener con él menos ferocidad que la que él tuvo con ellos cuando las circunstancias lo apañaban.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-932332315495120228?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/932332315495120228/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=932332315495120228' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/932332315495120228'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/932332315495120228'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/04/26-la-inocencia-del-culpable.html' title='26.- La inocencia del culpable'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-2796153980011181211</id><published>2009-04-05T06:19:00.000-07:00</published><updated>2009-04-05T16:53:35.927-07:00</updated><title type='text'>25.- Pattayá</title><content type='html'>Para escribir sobre Pattayá necesito estar, como estoy, en un bar, rodeado de gringos viejos y barrigones que, después de su habitual paseo dominical en Harley, se han reunido a ver las carreras de Fórmula 1 que se corren en Kuala Lumpur.  El ruido es insoportable, se escucha el silbar de los motores y en los cinco televisores de cuarenta pulgadas se ve lo mismo, una pista de asfalto cuya monotonía se rompe cada tanto con los carros de colores que, desde la altura de la toma, parecen de juguete.  No somos demasiados esta tarde de domingo en el “Una más”, el bar del hotel que me queda a doscientos metros de la cama.  Una docena de viejos nostálgicos disfrazados de motociclistas adolescentes, seis o siete empresarios solitarios calentando una cerveza mientras matan silenciosamente el fin de semana, las camareras de blusas amarillas y largas faldas negras con emocionantes aberturas, y solo tres de las habituales damas de compañía que hacen infinito un vaso de agua mientras sueñan con el extranjero enamorado y su pasaporte (pero que, cuando llegue y avance la noche, se conformarán con los cuarenta o cincuenta dólares que cobran por matarle la soledad a alguien por una noche).  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien fuma un puro y yo, para no ser menos, me como una hamburguesa.  El vaso en el que tomo la gaseosa dietética huele mal, las papas fritas no están crocantes, la mayonesa es simplona y una botella de Baileys me mira como si fuera la única capaz de convencerme de abandonar, de una vez por todas, estos casi cuarenta años de abstemio; pero resisto, sigo creyendo que el infarto tiene más dignidad que la cirrosis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando era un adolescente y vi por primera vez “Lo que el viento se llevó” no solo me enamoré de los ojos maravillosos de esa cretina indomable que es Scarlett O´Hara sino que, queriendo imitar en algo al capitán Rhett Butler, imaginaba ser parroquiano habitual de ese burdel donde él iba –más en plan amical que carnal– a saciar su necesidad de ser humano antes que las urgencias de su libido.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creí hallar eso –o la posibilidad de eso– en Yakarta, donde cada hotel, cada bar, cada discoteca, cada spa (y habrán sus excepciones, para que nadie me denuncie) alberga una población de féminas esperando al extranjero designado por los dioses para aliviar sus miserias; me equivoqué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había que ir a Tailandia y había que visitar Pattayá.  Pattayá no es una ciudad, es un burdel; un inmenso burdel donde las prostitutas (mujeres y “lady boys”) se pasean por el malecón las veinticuatro horas del día, donde los bares no cierran, donde puedes pasar la noche con una mujer por diez dólares o una buena cena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pattayá está frente al mar aunque el mar de Pattayá esté sucio de tantos barcos, de tantos yates, de tantas naves para pasear por las islas, de tantas motos acuáticas, de tanta modernidad oxidada y contaminante.  Hay hoteluchos y hoteles de lujo.  Al lado de un hotel cinco estrellas recién estrenado se ve la parte de atrás de un edificio de apartamentos miserables, la ropa recién lavada se seca asomándose por la ventana, las rejas se caen de oxidadas y las ratas y las cucarachas pasean por los restos de basura sin hacerles caso a los homosexuales que, en la trastienda de los bares más baratos, comen un “nasi goreng” o cualquiera otra de las fritangas que abundan en unas parrillas portátiles que deben ser –sospecho– la “cocina” del lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Pattayá la mendicidad y el lujo andan de la mano, como los cientos de septuagenarios soldados norteamericanos retirados de alguna guerra asiática ya olvidada (¿Corea, Vietnam?) que pasean con el torso desnudo –mostrando el pecho y la espalda bordados de cicatrices y de tatuajes– de la mano de muchachas que parecen aún demasiado jóvenes para ser sus nietas.  Las mujeres, si no tienen el atenuante de sus poquísimos años, se encuentran desgastadas prematuramente por la miseria; dientes cariados o amarillentos de tanto cigarrillo, vientres abultados o gelatinosos de tanto parto, piel ajada y endurecida de tanto sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De día es la playa la que acapara la acción.  En ella no es difícil toparse con miles de extranjeros –los que viven allí y los que estamos de paso– acompañados de alguna muchacha local o haciendo uso de los servicios públicos que abundan.  Así a uno le hacen un masaje de espalda, a otro lo liberan de los calambres en las piernas, a este le cortan el pelo y a aquel le realizan una “pedicure” bajo el sol radiante de la mañana.  Todo esto sucede en la playa, donde cientos de sillas plegables se distribuyen en zonas de exclusión en las que los comerciantes se han repartido la arena.  En el mismo lugar es posible tomarse una cerveza o manosear a la mujer que se encuentre más a mano, todo es cuestión de un poco de entusiasmo y unos pocos dólares.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay mucha gente acompañada y hay mucha gente sola.  A lo largo del malecón deambulan los clientes como decidiéndose, como sin saber a qué chica escoger, como si aún no apareciera en el mar de mujeres esa que ellos han estado buscando toda la vida.  Ellas rara vez están solas, generalmente andan en grupo y solo se desmarcan si algún paseante hace el suficiente contacto visual como para que se entienda que hay una posibilidad de negocio.  No hay desesperación en estas mujeres, como si no les importara realmente ser contratadas o como si supieran que, al fin y al cabo, la soledad es demasiado grande como para dejarlas sin parroquianos.  Pasan el día sentadas en el muro que separa la arena del asfalto o en el piso, allí comen, allí beben, allí conversan, allí ven cómo sus hombres –sus verdaderos– juegan ajedrez o damas o fuman, indiferentes a los otros –los extranjeros– que circundan a sus mujeres como gavilanes a su presa.  No hay miradas torvas, no hay molestia, no hay incomodidad ni vergüenza, muy lejos del dios juzgador de las religiones monoteístas y muy cerca de un budismo particular, más liberal y laxo, con altares y ofrendas por todas partes, nada parece esconderse y las prostitutas en la calle venden su cuerpo con la misma naturalidad y libertad con la que otros, en la misma vereda, venden cervezas heladas o baratijas para los turistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como en una especie de Naciones Unidas posmoderna, se confunden en la calle los veteranos norteamericanos de viejas guerras que viven de sus pensiones con los jóvenes rusos que en manadas huyen del invierno feroz de su patria a estas playas donde sus rublos no están tan devaluados y donde el alcohol y las hembras son más baratas.  O sea, un Caribe latinoamericano sin sacerdotes condenando a los lujuriosos a las llamas del infierno donde todo ocurre tan abiertamente que uno llega a preocuparse “de lo que no se ve” (la pederastia y la esclavitud llenan más que la imaginación de los millones de turistas sexuales que cada año vienen a Asia).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si de día las playas concentran la mayor cantidad de público, en la tarde –y toda la noche– las calles toman el control.  Tres son los tipos más notables de locales que abundan.  Uno es el sencillo “salón de masajes” a cuya puerta infinitas mujeres ofrecen sus servicios (donde el “plas-plas” –o “desahogo”, como le decían en México– es parte substancial del servicio y no algo que se consiga tras la negociación indispensable en los “espás” de lujo de los hoteles respetables…); otro es el bar a puerta cerrada (muy parecido a los “go-go bar” que abundan en Bangkok y, sobre todo, en “Soi Cowboy” –esa calle que conocería días después gracias a Marc, mi amigo, el viejo hippie canoso de la cola de caballo–); y, el tercero, son los bares bulliciosos, escandalosos y abiertos que colman todas las calles con sus miles de jovencitas tratando de atraer a los clientes con sus sonrisas, sus minifaldas y su coquetería que –según me dijeron– puede atreverse a más si la noche avanza y el consumo de alcohol lo justifica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pattayá es un burdel y todos tienen su parte en el negocio.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seis horas en un bar son demasiadas, ya Scarlett O´Hara ha muerto y hasta el momento ignoro si el capitán Rhett Butler hubiera sido feliz en Pattayá, donde la fiesta es interminable y donde la soledad –femenina y celosa– nunca descansa porque anda empeñada en recordarnos a todos que no hay cuerpo alquilado –por joven– que la convenza, ni orgasmo –por espasmódico– que la derrote.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-2796153980011181211?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/2796153980011181211/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=2796153980011181211' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2796153980011181211'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2796153980011181211'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/04/25-pattaya.html' title='25.- Pattayá'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-4243793712022259187</id><published>2009-04-01T01:07:00.000-07:00</published><updated>2009-04-01T16:51:51.142-07:00</updated><title type='text'>24.- Ping pong (dos)</title><content type='html'>“No le invites nada a nadie, solo mira el show” fueron las indicaciones de Joe y yo las seguí al pie de la letra.  El lugar estaba deliberadamente mal iluminado pero alcanzaba la poca luz para poder darse una idea del territorio.  Una barra a la izquierda estaba atendida por una mujer que superaría la cuarentena (aunque es muy difícil calcularle la edad a una mujer asiática que bien puede “comerse” diez o quince años sin ningún problema).  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la derecha se levantaba una especie de escenario sin paredes, como la pista de un circo donde desde todos los lados se puede ver lo que sucede.  Al centro había un tablado a un metro del suelo.  Alrededor se habían acomodado sillas como si de una platea se tratase y, más allá, en otro alrededor más alejado, se distribuían tablas largas que, a modo de mesas, contenían las botellas y los vasos de los muchos que allí se hallaban sentados en bancos más elevados. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el lugar habría un centenar de personas.  Entre los asistentes vi dos tipos bastante diferenciados; por un lado los “turistas”, los curiosos que, acompañados de sus parejas, se hallaban allí porque la guía de viajeros recomienda no perderse el espectáculo; y, por el otro, los “clientes”, también turistas, también extranjeros, también atraídos por las noticias, pero –además– ávidos, sedientos, interesados en hacer de ese momento solo el comienzo de una larga jornada de aventura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El “solo agua” fue suficiente congelante como para desanimar el primer avance de las que a mi alrededor pululaban.  Alguien que un bar pide agua es sospechoso en cualquier parte del mundo, allí no fue una excepción.  Sin embargo, dos o tres mujeres, entusiastas, distraídas o desesperadas, se me acercaron, me sonrieron y me dijeron algo que supuse que era un “¿te acompaño?” al que, cada vez –fiel a los consejos de Joe–, respondí con el “no, gracias” mata-pasiones.  Al poco rato se desanimaron por completo y pude apreciar el espectáculo sin distracciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el centro del escenario había una muchacha que se movía –con poca sensualidad y menos ritmo– mientras se iba desprendiendo de la escasa ropa que la cubría.  Un detalle interesante fue que, al quitarse la breve tanga no la puso en el suelo, previsora y profiláctica la amarró a uno de sus muslos y siguió con el espectáculo.  Después de unos cuantos movimientos pélvicos comenzó a hurgar entre sus piernas y sacó de entre ellas la primera porción de una cuerda que me pareció interminable.  Era de esos materiales que brillan frente a la poca luz, como los collares o brazaletes que usan los jóvenes en las discotecas cuando se ponen a realizar esos frenéticos movimientos del “trans”.  El espectáculo duró unos cinco minutos, el movimiento era más o menos reiterativo y la artista iba girando sobre sí misma para que todos, desde todos los ángulos, pudiéramos observar su desempeño.  Los grupos de turistas se reían entre animados y nerviosos; los hombres aplaudían y pedía “más” y las mujeres se decían cosas entre ellas que generaban más comentarios y más risas.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo lo que siguió fueron variaciones de lo mismo.  Entendí que la idea era demostrar todo lo que estas mujeres eran capaces de almacenar en el útero al mismo tiempo que realizaban algunas proezas pélvicas.  Ignoro si había algún truco, la luz era poca y los actos lindaban con los artificios circenses de un mago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de la muchacha de la interminable cuerda sicodélica, pasaron por el escenario media docena más de chicas con diferentes “especialidades útero-vaginales”.  El espectáculo era –al comienzo– más o menos el mismo; un par de minutos de contorsiones que pretendían ser sensuales al mismo tiempo que se quitaban las ropas y amarraban la pieza inferior del bikini en uno de sus muslos, como si de una especie de cábala o amuleto se tratase.  Luego venían las variaciones y cada una se empeñaba en realizar un acto más complicado.  Así, una se sacó unos muñequitos de papel, otra pañuelos de colores, otra apagó una vela con el aire que –no sé cómo– acumuló en la matriz, otra se introdujo un plumón en salva sea la parte que de inmediato utilizó (la parte sosteniendo el plumón) como si de una mano diestra se tratara y fue capaz de dibujar en un papel una especie de diablo que decía “bienvenidos” en inglés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos de los actos más aplaudidos fueron el de la que destapó una botella a fuerza de contracciones pélvicas para después introducirse en el útero el contenido de una célebre gaseosa y expulsarlo delicadamente –y sin derramar–, dentro de otra botella transparente; y el de la más audaz –o imprudente– de todas, que retiró de entre sus piernas unas tres docenas de cuchillas de afeitar atadas sucesivamente a una cuerda delgada que iba sacando con más cuidado que gracia mientras los turistas miraban pasmados y las otras chicas la ignoraban más preocupadas en conseguirse un cliente que en ver esa presentación de la que son parte cinco o seis veces cada noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El penúltimo acto fue el de las pelotas de ping-pong (y es de allí de donde toma el espectáculo su popular nombre).  Una joven, que cumplió con todo el ritual previo, despidió, sacó, expelió y desalojó de su cuerpo media docena de pelotas de ping-pong.  Pero ese solo fue el comienzo, luego se dedicó a jugar a “mete la bolita en el vaso” (introduciéndolas nuevamente y expulsándolas del susodicho espacio corporal) y anduvo un buen rato afinando la puntería hasta que logró llenar el bendito vaso con las seis esferas blancas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última presentación fue el “sexo en vivo” y acá ocurrió algo digno de ser mencionado.  Cuando la chica de las bolas de ping-pong había terminado, dos jóvenes pasaron al escenario y se dedicaron, por algunos minutos, a realizar lo que debía ser un lujurioso, sensual y excitante baile lésbico.  Al rato, como dejando a la clientela con la miel en los labios, una de ellas se retiró entre miradas matadoras y cedió el terreno al único hombre que se apareció el tabladillo.  Estaba como su madre lo parió, absolutamente desnudo, mostrando, arrogante, su virilidad a tope cubierta solamente con un transparente preservativo de plástico (dicho sea de paso, Tailandia es uno de los países donde la prevención y control del SIDA a través de la distribución masiva de condones ha permitido la disminución significativa de esa y otras enfermedades de transmisión sexual).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que siguió fue el más aburrido espectáculo de sexo en vivo que se pueda imaginar y, sin embargo, a pesar de su nulo erotismo, fue una demostración espectacular de malabarismo y control muscular.  El sujeto y la mujer se acoplaron y, así, como si de un solo cuerpo se tratara, empezaron a realizar una serie de movimientos que casi nada tenían de sexual y sí mucho de equilibrismo, colocándose en cuanta posición pudiera uno imaginarse con el detalle de que en ningún momento separaron las respectivas pelvis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo singular para mí no estuvo en el desempeño de esta pareja sino en las que se hallaban entre los espectadores.  Todas las mujeres occidentales reaccionaron con risas nerviosas cuando el individuo en traje de Adán entusiasmado se paró exhibicionista en medio del escenario, luego, cuando el acto comenzó se fueron haciendo comentarios, volteaban donde sus novios (maridos o amantes, vaya uno a saber) y rápidamente abandonaban el lugar.  Al final de los diez minutos de la presentación solo quedábamos en la sala los solteros y las muchachas solícitas y de faldas diminutas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al parecer a las turistas que allí se divertían viendo a las muchachas tailandesas introducirse y sacarse a través de la vagina cuanto objeto estrambótico se les pudiera ocurrir, les afectó o les ofendió ver al hombre desnudo y el sexo acrobático que desarrolló con su pareja de turno.  Encontré cierta majadería, mucho de doble moral y algo de cinismo en esa actitud ambivalente que se divierte frente a la mujer y su sexualidad convertidas en espectáculo circense pero que rechaza con cierto mohín de dignidad ofendida al hombre orgulloso y erecto que se les pasea por la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco minutos después terminaba el espectáculo y entraban nuevos clientes, algunos solos, otros en pareja, se sentaban alrededor del escenario y volvían las mismas chicas a repetir, una vez más, la misma rutina.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debo confesar que el asunto –después de la sorpresa inicial– se hizo monótono y empalagoso, que el vaso de agua –a precio infame– se me terminó, que estaba cansado y que me fui a comer una hamburguesa porque tenía hambre y al día siguiente debía levantarme temprano porque nos íbamos, con Eddie y Julieta, de viaje a Pattayá…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-4243793712022259187?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/4243793712022259187/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=4243793712022259187' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/4243793712022259187'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/4243793712022259187'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/04/24-ping-pong-dos.html' title='24.- Ping pong (dos)'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-4838155830871974736</id><published>2009-03-20T19:58:00.000-07:00</published><updated>2009-03-20T20:02:44.754-07:00</updated><title type='text'>23.- Ping pong</title><content type='html'>“No hables con nadie, no le hagas caso a nadie, no le invites nada a nadie, tú solo entra y mira y cuando te aburres sales”.  Las instrucciones eran claras y precisas.  Esa noche estábamos Joe y yo en el viejo Volvo devorando kilómetros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No supe dónde íbamos pero luego me enteré de que andábamos por Pat-Pong, el viejo barrio de tolerancia de Bangkok, hoy venido a menos.  Es un lugar que quiere ser recuperado por nuevos negocios que intentan devolverle el aire de simpática y amigable zona rosa que tuvo antes y cuya primacía se robó, hace ya un tiempo, “Soi-cow-boy” y sus chicas “más jóvenes, más hermosas y más limpias”, según me asegura un amigo, gringo y hippie, que hace un tiempo es parroquiano leal de los fines de semana en la calle de los vaqueros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La zona era oscura, las calles andaban medio abandonadas, los autos empezaban a escasear y, de no ser por esa idea elemental de “Joe trabaja para el hotel y es improbable que me lleve a una trampa porque su negocio son los turistas y no los asaltos”, me hubiera sentido algo más nervioso.  Algunos consejos de otros “Joes” que en mi mundo han sido, me hacían sentir más aliviado.  “Dejar los documentos en el hotel, no llevar jamás tarjetas, no cargar con las llaves y con nada de valor, solo el efectivo que se tiene planeado gastar o perder, si hay un asalto; nada de cámaras, nada de mapas, nada de guías de calles, nada que te delate como turista; no dudes, no pienses dos veces, pon cara de malo y actúa siempre como si tuvieras la certeza absoluta de lo que estás haciendo; no bajes la mirada, no mires como asustado y pisa firme, sin embargo, trata siempre de evitar un enfrentamiento, los buscapleitos y asaltantes nunca vienen solos, siempre traen compinches y aquí-corrió siempre es mejor que el aquí-murió”.  Así que solo cargaba el efectivo y el pellejo (bueno, y los kilos) y avanzábamos por las avenidas que se hacían calles y por las calles que se volvieron callejones y llegamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Ya sabes, pagas, son como veinte dólares, entras y ves el show”, así que, “sí mi capitán”, y entré.  Antes de la puerta, en unas sillas viejas, se hallaba una docena de choferes aburridos.  Imaginé que, como Joe, habían traído clientes al “ping-pong” y mataban el tiempo fumando y conversando.  En la puerta había un tipo cobrando y otros “acompañándolo”, no lo sé pero tenían cara de esos que “conversan” contigo si a la hora de pagar la cuenta no te alcanza.  Di el dinero que me pidieron, más de mala gana que gentiles, y entré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que se observa no deja de ser sorprendente.  A primera vista es como cualquier otro centro nocturno con chicas con pocas ropas en el escenario y gente alrededor idiotizada.  Fue imposible para mí evitar esa imagen del pasado que llegó de repente como un latigazo.  Un lejano recuerdo –el más lejano que de estos lugares guardo en mí– llegó como llegan las tormentas en el Pacífico, sin avisar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tendría diecisiete, había empezado a “practicar” (en mi primer año en la Facultad de Derecho) y “mi tío Manuel” me había abierto las puertas de su notaría donde era “el baby”, porque era el menor entre la tropa de practicantes veinteañeros en el último año de la carrera y porque, es verdad, era “el recomendado”.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entusiasta e ignorante (¿quién a los diecisiete no lo es?), me dejé arrastrar por los avisos de “show caliente en vivo” (y por el entusiasmo de las hormonas que, cuando bullen, dejan inútiles a esas aguafiestas de las neuronas) e ingresé a uno de esos sótanos infames mal iluminados que abundaban en la avenida Colmena, en el centro.  Bajo el influjo de unas indigestas luces sicodélicas, una mujer, con más grasa que gracia, se contoneaba aparatosamente al ritmo de esa famosa melodía de puticlub francés venido a menos.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como a los diecisiete se hace complicado ver mujeres desasiéndose de sus ropas y como, en esas circunstancias –y a esa edad– nadie es tan exigente, me senté.  Como a los diecisiete todos somos idiotas –o eso quiero creer para no sentirme tan mal–, acepté más que complacido la compañía de otra damisela apretada cuyo escote privó a mis últimas neuronas de cualquier capacidad de discernimiento.  Involuntariamente dije que “sí”, como un poseído cuyo cerebro ha sido succionado por los zombis, cuando me pregunto si le invitaba “un trago”.  Cuando su mano atrevida tocó mi muslo (que entonces era joven, y más entusiasta amén de menos expandido) y me dijo “allá adentro hay un show privado”, mi babeante humanidad solo atino a decir “ya” y anduvimos los pocos metros que nos colocaron –después de superar el olor húmedo y a vinagrillo de una vieja y sucia cortina fucsia– en una especie de cabina telefónica que dejaba ver, a través de un vidrio ahumado por el calor corporal de las visitas previas, un podio donde una mujer, algo más beneficiada que la anterior en la proporciones que del reparto de carnes le tocó, moviéndose, con la gracia de una tortuga de mar en el desierto, mientras se iba desprendiendo torpemente de sus pocas ropas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A estas alturas de más está declarar mi entonces nula experiencia en estas lides.  Muchos de mis amigos del colegio me llevaban larga ventaja en estos juegos del “toma y qué me das” gracias a sus visitas constantes a célebres lugares repletos de mujeres “de otro nivel” (como me explicaba alguno) ansiosas de ligarse a algún clasemediero entusiasmado.  Sus aventuras en “La Herradura” –bebedero nocturno al borde del mar–, en la avenida de la Marina –y sus sangucherías inolvidables y posmodernas– o en el “Swing”–discoteca de dudosísima reputación–, les habían otorgado una maestría que –en esos lamentables años de mi adolescencia– me hacía una alarmante falta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, mal preparado, pésimo conquistador de barrio, rimador inútil, romántico de cantina (y, para colmo, abstemio), fui víctima de mi poca capacidad para razonar a esas alturas de la taquicardia evidente.  Sin tener en cuenta la limitada capacidad de mis escasos recursos de practicante universitario, le dije “sí” al segundo trago de la noche que la sujeta me pidió y bebió en el acto con la misma avidez del árbol, bajo la única lluvia de verano, en mitad del desierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo demás es predecible.  Algún trago más, pero no tanto, una mano audaz, pero no tanto, la nudista tras el vidrio desnudándose, pero no tanto, las palabras atrevidas, pero no tanto, y la cuenta inmensa, ¡y sí que tanto!  El “pero, ¿cómo es posible?, con eso podría tomarme veinte cervezas…” inútil del jovenzuelo airado y la calentura enfriándose en los diez segundos que se demoraron tres negros inmensos en rodearme. La billetera entregando exánime hasta sus últimos centavos, la cuenta que no se saldaba, los matones cercándome y el billete, ese, el ahorrado “para las emergencias”, saliendo del rincón donde se hallaba doblado para salvarme el pellejo.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis últimos recuerdos son los sujetos mirándome con esa cara de “pobre idiota” y alguno de ellos, el más humano, diciéndoles “ya dejen ir al chico” que partía (partí) con la indignación en la garganta, el miedo en el estómago, la vergüenza en los pómulos y las lágrimas –infames, cobardes y traidoras–  resbalándose por la mejilla ardiente y colorada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero eso fue hace veintidós años; esa noche, en Tailandia, yo ya sabía…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-4838155830871974736?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/4838155830871974736/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=4838155830871974736' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/4838155830871974736'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/4838155830871974736'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/03/23-ping-pong.html' title='23.- Ping pong'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-7567710886823429796</id><published>2009-03-15T03:41:00.001-07:00</published><updated>2009-03-15T08:50:19.139-07:00</updated><title type='text'>22.- El palacio del rey</title><content type='html'>El palacio del rey es muy hermoso.  El mundo admira el palacio del rey.  El palacio del rey es un palacio y todos somos súbditos en él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un rey, uno de esos que no somos nosotros, uno de esos que gobierna en nombre de dios o de sí mismo (porque a veces el rey es dios o, cuando eso es demasiado, se conforma con ser hijo suyo o conspicuo camarada que lo representa –en esas vulgaridades odiosas de presidir ceremonias, cobrar impuestos y eructar langostas–), un rey decidió un día, cuando agonizaba el siglo XVIII, que había que construir una nueva capital “al otro lado del río” y se lanzó (bueno, lanzó generosamente a sus súbditos) a la noble tarea de angostar sus días y anchar la gloria del reino edificando un conjunto de templos, residencias y oficinas administrativas que hoy son una de las mayores atracciones turísticas de Bangkok.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los trabajos al oeste del río Chao Phraya (en cuyo detalle irrelevante de costos, en vidas y fortuna, nadie debiera reparar –y, de hecho, nadie lo hace–), dieron origen al desarrollo de lo que hoy es la moderna capital del antiguo reino de Siam, cuya joya máxima es el palacio.  Un cúmulo de edificios brillantes y deliciosamente construidos se alza en un terreno de poco más de doscientos mil metros cuadrados para memoria de la imperecedera trascendencia de la monarquía (que esto de los reyes, en oriente u occidente, es más o menos la misma –sagrada– historia; monarcas inmortales que admiten –generosos y nobles– pasar una temporada en la efímera tierra para aliviar –con su presencia– la pesada carga de esta piedra –tan simplona– que es morirse). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El “río de los reyes” –que así se traduce “Chao Phraya”– es el medio de comunicación fluvial más importante de Tailandia y parte en dos la actual Bangkok.  El turista curioso y entusiasta puede recorrer sus aguas a bordo de uno de esos cruceros nocturnos, bulliciosos y felices, en los que grupos de extranjeros –sobre todo árabes y rusos– no se dan cuenta –distraídos en la honesta tarea de pelearse un trozo de carne del bufet– del paisaje iluminado donde los templos destacan soberbios en medio de ese río surcado por pequeños y grandes botes.  La travesía dura lo que demoran doscientas almas en devorar la comida, tomarse todo lo tomable y cantar, dirigidos por la voz noble de una escotada animadora que sabe canciones de todos los rincones del mundo y que nos –¿regala?– con “living la vida loca” cuando se entera de que somos latinoamericanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De día (y de cerca) el palacio es aún más glamoroso.  Las paredes doradas impresionan a los turistas que toman (tomamos) cien mil fotos con nuestra intrascendente presencia entre la cámara y las paredes hermosamente adornadas con figuras fantásticas de dioses o demonios que amparan o asustan y ante los cuales los devotos pasan con respeto y los demás (con sus mochilas, sus botellas de agua, sus anteojos oscuros) pasan sorprendidos de la magnificencia pero sin preguntarse nada más allá del “dónde está el baño” o “qué almorzaremos esta tarde”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Joe, mientras nos conducía al palacio, nos ha adiestrado, “vayan directamente a la boletería, no escuchen a los que quieren abordarlos en la calle, no les den dinero ni les hagan caso, ustedes caminen a la puerta de entrada y allí los atenderán las personas encargadas”.  Por que Joe es generoso con sus consejos y avaro con su negocio.  En la puerta del palacio, como en todas las puertas de todos los lugares concurridos por turistas, hay mil Joes esperando al siguiente pasante, al próximo viajero al cual ofrecerle alguna visita guiada, alguna vuelta por el museo, algún internarse por la ciudad de día y sus atracciones o algún perderse por la ciudad de noche y sus infinitas mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hemos decidido ser fieles a Joe (algunas fidelidades son indispensables cuando se es turista) y seguimos sus indicaciones.  Avanzamos por entre el mar de personas que pretenden convencernos de los mejores restaurantes y de los más exóticos paseos por la ciudad, y llegamos a la entrada.  Como se trata de ingresar a un palacio –y como los palacios son lugares importantes–, no se admiten pantalones cortos (esos con los que todos los turistas deambulan por la ciudad –menos yo, que soy alérgico a los mosquitos y que algo de pudor guardo ante el exceso de mis muslos–), así que hay que pasar por el “vestidor” donde –para ser digno de la majestad de tan noble edificación– te proveen de unos pantalones deportivos de poliéster que –amén de ridículos– queman feroces las piernas de los pobres infelices que no tuvieron la precaución de ir con una ropa más afín a tan noble espacio que alberga –o albergó– a la célebre casta de los Chakri.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo demás es lo mismo; maravilloso, impresionante, sorprendente, pero lo mismo.  Espacios amplios, construcciones suntuosas, templos revestidos de oro, paredes con maderas talladas al milímetro, altares enormes y opulentos, ornamentos fantásticos e inolvidables, fuentes, techos, puertas y avenidas por donde paseamos admirando la capacidad del hombre de producir belleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro, todo lo visto evoca de inmediato la imagen de los reyes, su liderazgo sabio, la forma en que hicieron de un pequeño reino un país que progresa.  Todo hace pensar en esta monarquía indispensable para entender Tailandia, la monarquía que construyó el palacio donde se siente aún la presencia de tan iluminadas personas y en donde más de una vez se habrán desarrollado magnos eventos que fueron –sin duda– asombro de los reinos amigos y envidia de los enemigos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solo unos cuantos aguafiestas miramos con otros ojos y vemos en cada una de estas maravillas, las cientos, las miles de vidas entregadas, el trabajo de sol a sol, los capataces, las exigencias y los látigos, los plazos y los tiempos, los músculos cansados, los cuerpos alienados por el sudor, las mentes embrutecidas por el esfuerzo, los seres humanos sometidos o engañados –que engañar es someter al otro a nuestra mentira– ofreciendo sus días y sus noches, sus fuerzas y sus ganas, su fe, sus ilusiones y sus esperanzas, para construir la gloria ajena. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solo unos cuantos pensamos en las miles de existencias donadas a la tarea de levantar la pirámide donde otro dormirá el sueño eterno –rodeado de tesoros que los miserables jamás verán ni en cien vidas–; a la labor de erigir el zigurat donde otro hablará –como él solo sabe y como él solo puede– con ese dios o esos dioses que no pierden su tiempo con la gente simple; a la faena de construir la muralla impenetrable para que los bárbaros de afuera no entren –y no reemplacen a los bárbaros de adentro–; a la actividad febril –trascendente o inútil, según se mire– de darle forma al panteón, al templo, al palacio, a la construcción imperecedera que sobrevivirá a los siglos, a las arenas y a las dinastías para recordarnos –a nosotros, tristes turistas armados de cámaras y tarjetas de crédito– que los hombres somos polvo, que la gloria del reino es lo importante y que todo lo demás –incluyéndonos– es solo la anécdota pasajera que le da el marco temporal a lo eterno de la estupidez humana.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-7567710886823429796?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/7567710886823429796/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=7567710886823429796' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/7567710886823429796'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/7567710886823429796'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/03/22-el-palacio-del-rey.html' title='22.- El palacio del rey'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-174358041649670913</id><published>2009-03-08T22:34:00.000-07:00</published><updated>2009-03-09T09:43:15.373-07:00</updated><title type='text'>21.- Taxistas, hoteles y sastres</title><content type='html'>Cuando uno llega a un aeropuerto nuevo donde no tiene ni la menor idea de las distancias, no sabe qué tan buena o mala es la seguridad, no sospecha bien ni mal de los parroquianos que andan alrededor ni tiene la menor idea de cómo llegar al hotel donde le han hecho las reservaciones, lo mejor es tomar uno de esos taxis oficiales que ofrecen amablemente en los mostradores que se hallan justo después del control de aduanas.  Así me lo recomendaron y así lo hice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Esos son más de cincuenta dólares”, le dije a la señorita que hablaba tan mal inglés como yo.  “Bueno, señor, es que el trayecto es largo, su hotel está lejos, el taxi se va a demorar, por lo menos, una hora…”.  A esas alturas de la noche, y tras un viaje que, entre trasbordos, esperas, demoras y burócratas, ya había durado como doce horas, dije “está bien, vamos”.  Ella preparó el recibo, me cobró en dólares, me dio el vuelto en bahts –la moneda tailandesa– y me dijo “sígame”, con una de esas “mil sonrisas” que ofrece la propaganda oficial.  El auto era nuevo y el taxista amable.  El viaje de una hora duró veinte minutos y el revelador “acá tienes que regatear en todas partes, a nosotros nos costó la mitad” del desayuno, llegó demasiado tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hotel no era bueno ni malo, era decadente.  Un hotel que seguramente gozó en algún tiempo de cierto postín pero que ahora no se aproximaba a las fotos maravillosas con las que nos convencieron en la página web, en la que, por ejemplo, una poza de dos por dos aparecía –gracias a un lente de gran angular– como una maravillosa piscina en la que planeaba pagar mis excesos cada mañana.  Los ascensores viejos y los corredores peores.  En cada piso había una especie de recepción que, en los días de esplendor, debió de utilizarse para un servicio personalizado y eficiente que ahora, abandonada, sirve para que los fumadores dejen las colillas de los cigarrillos justo en el basurero que dice “gracias por no fumar”.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La poca luz siempre me da mala espina. La habitación era vieja, las camas pequeñas y los colchones sobrevivientes de viejas jornadas entre turistas de bajo presupuesto y masajistas “plas-plas” (término que usan en Indonesia para hacerte saber que a los precios hay que sumarle los impuestos y que, por extensión, se usa para aludir al “y su agregado más” que no es difícil imaginar si de masajes se trata).  La mesa del escritorio, elemental; la silla, endeble; y el congelador, vacío y ligeramente oxidado.  El baño –obsesión de mis obsesiones–, agonizante.  Los sanitarios rojo-amoratados, sospechosos; el piso –ligeramente cuarteado–, pidiendo perdón a unas cortinas –descoloridas– que clamaban venganza ante la silenciosa herrumbre de la bañera.  Solo cuando mi amigo Eddie me dijo la mañana siguiente, “ché, qué querés, estás pagando treinta y cinco dólares”, recordé que el “confort” y las habitaciones baratas son inversamente proporcionales y que Eddie, que escogió el hotel, es un estoico sobreviviente de las incomodidades del desierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El desayuno –previa entrega de unos “tickets” que me recordaron las libretas de racionamiento– no era maravilloso pero se dejaba comer; los huevos revueltos y las papas fritas, el pan caliente y la abundante mantequilla, salvan cualquier buffet de la desgracia.  Lo mejor fue encontrarme con Julieta y con Eddie, amigos míos y entrañables, por quienes me había aventurado –viajero haragán– a enrumbar hacia Tailandia para pasar unos días de diversión y conversa.  Ellos, que me llevaban dos días de ventaja, ya habían “limpiado el terreno” y tenían información que vendría a redimir mi condición infame de turista distraído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero, el transporte.  Por quince dólares el día, Joe y un viejo Volvo, nos proveerían de la movilidad indispensable.  Joe debe tener unos treinta años, habla suficiente inglés como para dejarse entender, y se halla parado en la puerta del hotel junto con otros choferes que ofrecen el mismo servicio.  Los automóviles –él me lo contó después– no son de ellos, son “de la empresa” que se los alquila.  Parece que con la abundancia de turistas (un poco maltratada por la toma de los aeropuertos por parte de activistas de la oposición a fines del 2008) hace que el negocio sea rentable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer viaje es al sastre, “porque no hay mejor lugar para hacerse ropa a la medida”.  Allí está Sammy, un tipo muy simpático.  Él (y casi todos los de la tienda) son de la India, emigraron en busca de una mejor vida y en Bangkok (y en Jakarta, y en Singapur y en medio Asia) han abierto las famosas sastrerías indias, “con la mejor tela y el mejor servicio”.  De lo primero no puedo dar fe, por ignorante.  Acostumbrado a andar con ropas comunes y silvestres (de esas que le enroncharían la piel a algunos de mis aristocratizados amigos), se me hace complicado diferenciar entre una buena tela y “una mejor”.  Puede ser que entre la sensación plástica del poliéster y el fresco alivio del algodón tenga suficiente distancia como para no extraviarme, pero cuando se pasa al terreno del detalle, de la precisión, de la calidad definible solo por expertos, soy un fiasco (confesión que es poco inteligente hacer frente al que te está vendiendo “las mejores telas” a un precio –según él– insuperable). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sammy es amable y cortés, Sammy sabe su trabajo y me toma medidas con precisión y rapidez, Sammy hace las cosas con tal ligereza que hasta me olvido por un instante de su esfuerzo por transformar mis excesos en números que reflejen las proporciones necesarias de esa camisa o de ese pantalón que vendrá al rescate de los maltratados de mi última compra en la tienda para gordos.  Un sastre así es una maravilla en un lugar del mundo donde –todavía– la obesidad no es un problema de salud pública y donde –por el contrario– el metro sesenta y los cincuenta kilos se consideran absolutamente normales.  Si no fuera por esa gota de sudor que lo traiciona, se diría que a Sammy no le cuesta trabajo transformar mis redondeces en esos guarismos que solo él puede entender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La conversación es larga y es amena, Sammy y los otros tienen tiempo para todo, nada los apura, el cliente es primero y así hablamos de Japón –donde viven mis amigos– y de Indonesia –donde vivo yo–, hablamos de la India, de la casa, del hogar, de los viajes y de los paseos.  Una cosa lleva a la otra y le hago a Sammy la pregunta que tenía atravesada desde que leí que Tailandia es –aún más que otros países del sudeste asiático– el paraíso de los solteros. “Sammy, ¿cuál es la playa que nos aconsejas visitar”, pregunto como quien no quiere la cosa. “Eso depende”, me responde, “si es un viaje familiar o de diversión”.  “Digamos que no tengo hijos”, contesto y él sonríe. “Perfecto, si de diversión se trata, visiten Pattayá, allí la fiesta nunca termina”.  “Muy bien”, interviene Eddie que ha estado escuchando nuestra conversación, “iremos a Pattayá y esta vez el hotel lo escoges tú y a ver a dónde nos llevas…”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pudimos quedarnos allí toda la mañana pero Joe nos esperaba.  Íbamos a ir “al palacio del rey” y debimos despedirnos.  La ropa, “lista para llevar”, estaría terminada en tres días “pero mañana en la mañana hacemos la prueba”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Joe enrumbó al palacio.  En el camino (yo me senté adelante) me habló por largo rato de las maravillas turísticas de su patria.  Porque Joe no solo maneja, también hace de relacionista público o representante de una serie de empresas locales que prestan servicios para los millones de turistas que llegan a Tailandia.  Con Joe el aburrimiento es imposible, su cartera de posibilidades va desde la sastrería a la que fuimos hasta el palacio del rey, pasando por templos, restaurantes, palacios, clubes, mercados, excursiones y cuanta cosa pueda uno imaginar hacer o deshacer –de día o de noche– en Bangkok, ese lugar fascinante y sórdido, luminoso y turbio, interesante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Esta noche vamos al ping-pong”, me dijo en tono cómplice.  Solo horas después descubriría uno de esos bares surrealistas, donde las mujeres desnudas realizan unos bailes mundialmente famosos.  Es un lugar repleto de  mujeres sirviendo y tomando alcohol, mujeres bailando, mujeres esperando, mujeres y mujeres, donde los únicos hombres somos los turistas (aunque también hay mujeres, y muchas) y la media docena de “elementos de seguridad” que con caras de perro y sin saludar, te reciben en la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, en la noche fuimos al ping-pong, pero antes fuimos al Palacio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-174358041649670913?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/174358041649670913/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=174358041649670913' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/174358041649670913'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/174358041649670913'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/03/21-taxistas-hoteles-y-sastres.html' title='21.- Taxistas, hoteles y sastres'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-805341532765770402</id><published>2009-03-02T06:18:00.000-08:00</published><updated>2009-03-02T07:08:11.580-08:00</updated><title type='text'>20.- Vacunas en Tailandia</title><content type='html'>Llegué tan temprano al aeropuerto que la señorita aquella del moño ceñido y los ojos licenciosos, me preguntó, entre coqueta e incrédula, “¿seguro que no desea viajar en el vuelo de la mañana?, estamos aún a tiempo…”.  Dije que sí porque me es complicado decirle no a las chicas buenas que parecen malas y porque ese “estamos”, tan plural y tan falso, me encantó.  Además –la feroz verdad sea dicha–, dije que sí porque tengo una vieja y escatológica fijación con los baños y, entre los de Yakarta (viejos, escasos y sucios) y los de Singapur (nuevos abundantes e impecables), “no hay dónde perderse”, como solía decir mi amigo Pedro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La espera en el Aeropuerto Internacional Changi de esta ciudad/isla/estado fue plácida y pasteurizada.  Singapur es el ejemplo de cómo una sociedad odiosamente punitiva –que multa todo y por todo, con leyes que se cumplen o vas preso– funciona porque los seres humanos seguimos siendo unos patanes, más o menos simpáticos, con arranques bárbaros que hay que contener a punta de gendarmes (que, claro, también son salvajes pero con uniforme y autorizados por el gobierno por eso del “monopolio estatal de la violencia” que estudié hace veinte años en la Facultad de Derecho y que nunca terminé de creerme porque eso de que “las bestialidades son exclusividad del estado” me sigue sonando ligeramente fascista).  Con todo –y perdóneseme la previa y melancólica digresión–, la gente amable, los servicios impecables, la comida sabrosa, las ofertas llamativas y las mujeres hermosas hacen de la espera en el terminal aéreo singapurense un buen momento para relajarse y comprarse (con tarjeta de crédito) esas mentiras deliciosas del progreso y el “confort”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vuelo a Tailandia fue cómodo y amable como las azafatas de la línea aérea más célebre del sudeste asiático (con sus metro setenta, sus piernas infinitas y esos inolvidables vestidos –al mismo tiempo sensuales y elegantes– que hacen olvidar al más asustadizo –mea culpa– el natural temor que nos causa volar con alas prestadas).  Noventa minutos son suficientes para gozar de una atención amable e impecable y llegar al moderno y frío aeropuerto tailandés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que sigue es la rutina (en infinitivos –por lo interminable–) de tratar de ser admitido en un país como el turista simpático y endeudable que uno pretende ser ante los encargados de migraciones que en casi cualquier parte del mundo (no en Singapur donde hasta caramelitos te regalan) nos odian un poquito.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avanzar por largos pasadizos, arrastrar el maletín de mano (que siempre pesa demasiado), revisar los papeles, ignorar la tienda de chocolates, llegar a la fila de espera y escuchar a la señorita encargada (que, por no parecer débil, nunca sonríe) que debo ir no sé a dónde –porque no entiendo su inglés tan mascado como el mío–, verla desesperarse tratando de explicarme lo que no comprendo y saber que no me va a dejar pasar, que debo hacer algo –no sé qué– que no hice antes, allá, por donde vine, a la izquierda. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dar media vuelta, buscar al uniformado más cercano, explicarle lo que no tengo claro, verlo pensar, oír pedirme el pasaporte, dárselo y observar cómo descubre lo que sucede, cómo se le ilumina el rostro con el acierto, cómo sabe ya que es indispensable que presente un certificado de haber sido vacunado contra no sé qué odiosa enfermedad tropical (nadie entiende que Lima no es Iquitos) contra la que mi neurosis me vacunó hace meses justamente porque venía al Asia y allá (en América) son ellos (los asiáticos) los posibles infectados que se libran de la cuarentena indignante después de la propina respectiva con la que el de migraciones se hace que vio, aunque no viera, el certificado correspondiente (pero ese es otro cuento y es largo como la corrupción que tan emotivamente nos hermana). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entender, aceptar, regresar, encontrarse con el cartel ignorado, leerlo (“relación de países que requieren certificado de vacunación contra la fiebre amarilla”) y acercarse al mostrador que dice algo así como “control médico” para darse cuenta –ingenuo inútil– de que a la media noche no hay nadie que atienda, nadie que ponga el sello indispensable, nadie que demuestre que no tengo fiebre amarilla, nadie que decida que me encuentro lo suficientemente sano como para compartir mis días (y mis noches) con la tremendamente amable población tailandesa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esperar, dar vueltas, aprender cada uno de los carteles que anuncian cualquier cosa, zapatear aburrido, silbar un valsecito nostálgico, retar a la paciencia, empezar a maldecir quedito, como quien no quiere, preguntarse dónde diablos está “el doctor”, dar más vueltas, y entender que cuando el encargado de otro mostrador dice “toque” es por voluntarioso y no porque piense que soy tarado y que aún no he golpeado la puerta del cubil donde los burócratas suelen esconderse para hacernos creer que hacen algo importante mientras duermen o dormitan su flojera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aceptar como válidas las caras de “no sé” y los “espere” de cualquier uniformado que pasa por el corredor y verificar, media hora después, que el médico regresa caminando pacientemente de la cafetería, del baño o de donde fuera que se fue, que no pide disculpas, que no mira a los ojos, que se sientan en el trono de su silla reclinable, que se escuda tras el poder efímero del mostrador que lo protege, que me entrega aburrido un formulario, que me dice “llénelo” sin explicación alguna y que se pone a leer quién sabe qué revista en un alfabeto incomprensible. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poner “no” en todas las casillas, jurar que soy más sano que un atleta adolescente, que no he estornudado en el viaje ni porto en mis venas bacteria alguna que ponga en peligro la seguridad nacional, ver cómo al tipo no le interesa lo que escribo, observar cómo ignora mi certificado de vacunación, cómo me dice “firme”, cómo detesta estar allí a esa hora, cómo pone el sello y dice “vaya” como quien dice “déjeme en paz” y enterarme (en el desayuno de la mañana siguiente) que “no se necesita ninguna vacuna ni certificado, eso de la vacuna obligatoria lo dicen los carteles pero como necesitan más turistas basta con llenar la ficha donde declaras que estás sano y te dejan pasar”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volver por donde fui (y de donde me devolvieron), hacer otra cola, encontrarme, (¡malditas coincidencias! –“señales” las llamaría mi amigo Boris–), con la misma antipática encargada de Migraciones, fraguar otra vez una sonrisa, repetir “turismo”, “una semana”, “gracias” y pasar a buscar una maleta roja que –¿señales, anuncios, premoniciones?– da vueltas en la banda sin fin, abandonada e inútil, como la prostituta que espera –ya sin esperanza–, en la calle infinita, al cliente trasnochador de presupuesto exiguo que anda pidiendo descuentos a las cuatro de la mañana.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-805341532765770402?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/805341532765770402/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=805341532765770402' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/805341532765770402'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/805341532765770402'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/03/20-vacunas-en-tailandia.html' title='20.- Vacunas en Tailandia'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-6630887489250354730</id><published>2009-02-15T06:24:00.000-08:00</published><updated>2009-02-15T16:58:45.701-08:00</updated><title type='text'>19.- En todas partes hay burdeles</title><content type='html'>Cuando en un apretadísimo resumen definí a Tailandia como “un inmenso burdel de mil sonrisas que esconden viejos resentimientos que se tapan pronto y mal con dólares de jubilados impotentes” cometí –como siempre que se generaliza– una injusticia.  Una atenta lectora, que ha andado por esos lares trabajando en programas de desarrollo –no como yo que anduve de turista infame, distraído, quejoso y criticón– hizo bien en recordármelo.  Cuando ella me dice “mi impresión es que son países con pueblos sufridos, pero optimistas y listos a trabajar duro para salir adelante”, solo puedo pensar que tiene razón, y cuando sostiene “si usted estuvo en Bangkok fascinado con PatPong no ha conocido nada... los tailandeses son mucho más que las masajistas y los travestis de PatPong”, no tengo argumento que contrarreste la sencilla pero aplastante verdad de sus palabras. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así como el Perú no es “Las suites de Barranco” –ese burdel de ricos– o los travestis prostituidos del puente Quiñones –ese abrevadero de placeres al paso de clasemedieros decadentes–, ni México las muchachas minifalderas que se congelan durante el invierno en la avenida Sullivan, ni Japón los burdeles más o menos indiscretos de Shinjuku, Tailandia tampoco es el viejo barrio de tolerancia de PatPong ni “Soi Cowboy”, la calle de las “go-go dancers”, ni el malecón de Pattayá donde cientos de prostitutas se pasean al mediodía ofreciéndose a precio de ganga al primer septuagenario que se antoje.  Sin embargo, y aunque sabemos que en todas partes hay burdeles, parroquianos, prostitutas y proxenetas, tampoco deja de ser verdad que el antiguo reino de Siam se ha convertido en uno de los destinos preferidos de los millones que se lanzan a ese moderno deporte del turismo sexual (en busca de ese viejo oficio que miles de mujeres –conscientes o engañadas, compelidas o voluntariosas– ejercen libérrimas, amparadas por la serena mirada de un rey cuyo venerado retrato se halla en todas partes).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tailandia es el único país del sudeste asiático que ostenta el orgullo de no haber sido regido nunca por una potencia occidental, si bien franceses e ingleses fueron mutilando el reino a través de los años, los reyes de “la casa Chakri” se las arreglaron para adaptarse a las circunstancias y mantenerse independientes del poder colonial desde fines del siglo XVIII.  Al menos formalmente, Tailanda jamás fue colonizada aunque ahora, premunidos ya no con arcabuces sino con tarjetas de crédito, vengan “los hombres blancos” (y los chinos enriquecidos, y los japoneses industrializados, y los rusos mafiosos) a comprárselo todo a precio de oferta que apesta a explotación y ronda la infamia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El turismo es una de las fuentes más importantes de ingresos del país (5% del PBI), es el motor que mantiene andando la economía de la calle, el negocio pequeño, el restaurante diario, los mercadillos, los taxis, los talleres de artesanías y todos aquellos negocios que reciben centavo a centavo esos once millardos (once mil millones) de euros que entran cada año al presupuesto tailandés y que le dan trabajo directo a más de dos millones de personas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si Tailandia fue siempre un poco el paraíso, todo se aceleró en los sesenta.  Los estadounidenses necesitaban de espacios seguros para que sus soldados (que morían por cientos y mataban por miles en las selvas de Vietnam) pudieran descansar y recuperarse (R&amp;R, “rest and recuperation”, por sus siglas en inglés).  Una base militar norteamericana fue el punto de partida para que germinara el gran negocio del turismo en Tailandia, un país que recibe casi catorce millones de visitantes cada año.  Las playas paradisiacas, los dólares codiciados, la pobreza rampante y la oferta inmensa de mujeres (se estima que hay, al menos, 200,000 trabajadoras sexuales, sin contar a las otras tantas que no cobran porque sueñan con la pensión del jubilado al que le darán un hijo –indispensable– y el dudoso presente griego de un último y voraz matrimonio), produjeron una combinación que convirtió al ex reino de Siam en uno de los lugares preferidos de muchos turistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si al comienzo fueron los norteamericanos, al paso de los años los tigres asiáticos se han convertido en una fuente inmensa de visitantes.  Chinos, japoneses, singapurenses e indios forman parte substancial del contingente de millones en busca del sol y de los placeres de esa tierra de comida celebrada a nivel mundial y mujeres exóticas.  Últimamente los rusos, que huyen en masa del feroz invierno, vienen a refugiarse en estas tierras cálidas donde no es raro verlos, sexagenarios y sudorosos, de la mano de muchachas que dudosamente pasan los veinte años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un país con una mayoría budista cuya visión de la existencia no carga con la aplastante piedra judeo-cristiana del pecado y de la culpa ha sido terreno fácil para desarrollar esa imagen de relax y sensualidad, comodidad y placer que entusiasma tanto al turista.  Desde un reconfortante y profesional masaje (en un spa de lujo en un hotel de cinco estrellas), hasta los más sórdidos “soap business” (en los que se puede escoger mujeres como se eligen los chocolates en la vitrina o, más precisamente, el pedazo de carne para la parrilla), todo el espectro de posibilidades halla cabida en un país que a veces se me antoja demasiado amable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es verdad que uno halla esas “mil sonrisas” de las que habla la propaganda, pero –en muchos casos– son sonrisas impostadas, prefabricadas, aprendidas en la academia y practicadas incansablemente frente al espejo.  Como todo exceso, esconde una mentira; algo turbio se camufla en esa amabilidad y es posible vislumbrarlo si uno se toma la molestia de prestar atención y mirar a los ojos.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un lugar donde se escucha comúnmente el “kopunkap” (gracias) de los que prestan servicios y muy rara vez el “kaluna” (por favor) de los clientes, debe guardar un silencioso rencor, un recóndito desprecio, un odio jamás pronunciado hacia esos extranjeros ignorantes y soberbios –y muchos son así– que llegan a un país heredero de una cultura milenaria a apoderarse de sus playas, de sus paisajes y de sus mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No resulta extraño que el turista –merecidamente las más veces– sea visto como el cretino con dólares al que hay que sonreírle para que sea generoso con las propinas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-6630887489250354730?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/6630887489250354730/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=6630887489250354730' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6630887489250354730'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6630887489250354730'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2009/02/19-en-todas-partes-hay-burdeles.html' title='19.- En todas partes hay burdeles'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-156727186032086026</id><published>2008-12-08T06:18:00.000-08:00</published><updated>2008-12-08T06:21:18.673-08:00</updated><title type='text'>18- Idul Adha</title><content type='html'>Setenta días después del fin del Ramadán (el mes sagrado de los musulmanes) se celebra el Idul Adha o “la fiesta del sacrifico”, que conmemora la obediencia de Abraham (Ibrahim) quien, al recibir la orden divina de sacrificar a su único hijo, Isaac (Ishmael), no cuestionó el mandato sino que, aceptando la voluntad de su dios, procedió a ejecutar a su vástago (aunque su brazo homicida fue providencialmente sujetado por el creador cuando éste verificó la fidelidad de su siervo salvándose así el muchacho y la fe del patriarca).  Según la tradición (que es verdad sagrada para los creyentes), una vez detenido el sacrificio de Isaac, Abraham procedió a ofrecerle a dios un cordero.  Desde entonces, el décimo día del Dhu al-Hijjah (el último mes del año en el calendario islámico) todos los musulmanes del mundo recuerdan este gesto de “obediencia absoluta” ofreciéndole a dios el sacrificio de un animal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ceremonia varía según las particularidades de cada comunidad pero, esencialmente, se trata de ofrecer un cordero a dios (o una vaca o un chivo o un camello).  El animal debe cumplir con ciertos requisitos (edad, salud, alimentación) para ser considerado “digno” para el sacrificio.  Las festividades empiezan la noche anterior e incluyen rezos durante muchas horas (me acosté a la una de la mañana escuchando las letanías de las mezquitas y me levanté a las seis con los mismos sonidos).  La ceremonia “en sí” empieza como a la siete de la mañana y termina varias horas después cuando, tras la oración, se sacrifica a los animales.  Luego se divide la carne en tres partes, una para el dueño, una para sus familiares y la tercera para los pobres; todos comen, todos se reúnen, todos celebran porque ese día nadie debe quedarse sin recibir un plato de alimento.  El significado de la festividad no es solo la sumisión absoluta a la voluntad divina sino, también, la renuncia a lo propio y la entrega, generosa y solidaria, de comida a los desamparados.           &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro, la realidad tiene siempre más colores que las formas aplanadas de lo que “se supone”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer problema es determinar la fecha de la celebración.  Ya el solo hecho tener que conciliar el calendario musulmán con el gregoriano es un dolor de cabeza.  Sin embargo, lo más complicado es que todo el mundo islámico se ponga de acuerdo en la fecha.  En Arabia Saudita, donde además la fecha coincide con el fin de la peregrinación a la ciudad santa de La Meca (peregrinación que todo musulmán en capacidad física y económica debe hacer siquiera una vez en su vida) y con el sermón que desde el monte Arafat se ofrece a todos los creyentes, la fijación de la fecha no es predecible con la sola lógica del calendario.  Si bien debiera ser “el día diez del mes doce”, en la práctica (que siempre es la feroz embestida de la realidad), Arabia Saudita recibe por esos días a un millón setecientos mil musulmanes provenientes de todas partes del mundo y las autoridades siempre deciden variaciones en la fecha.  Si bien la mayoría de los países islamitas respeta el calendario fijado por Riad, algunas comunidades se guían sus propios cálculos y así, por ejemplo, un grupo sufí en Sumatra decidió celebrar el Iduh Adha hace dos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Indonesia se declara feriado religioso y la gente aprovecha para ir a visitar a sus familiares (este año coincidió con “la Inmaculada Concepción”, día que en muchos países de nuestro “secularizado” occidente sigue siendo feriado en nombre de una celebración católica –donde se conmemora que María fue concebida sin mácula, sin pecado original y no que “concibió sin pecado”, como me responden los desinformados creyentes cada vez que hago esa pregunta–).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como en todas partes, hay indonesios que nacieron musulmanes pero que no practican la fe de sus antepasados, ya sea por flojera, por desidia o porque el tiempo los hizo descreídos (al nacer deben elegir una religión –la eligen los padres– entre las seis monoteístas que reconoce el Estado –islamismo, protestantismo, catolicismo, hinduismo, budismo y confucianismo–, la que figurará en la cédula de identidad; poner “ateo”, “agnóstico”, “judío”, “animista” o cualquier otra profesión de fe, no está permitido).  Como es un país tolerante, más allá de la desaprobación social (la misma mala cara que las tías viejas y católicas ponían en Lima o en Santiago hace treinta años), nadie castiga la apatía religiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cuanto a los animales para el sacrificio la realidad también se ha encargado de enmarañar la tradición.  En Yakarta, por ejemplo, una ciudad que tiene entre ocho y doce millones de habitantes (la población flotante es inmensa y nadie se pone de acuerdo) es imposible que la gente críe a sus propios animales siguiendo las reglas establecidas por las autoridades religiosas, entonces, los compra (se estima una venta de unas 50,000 cabras y unas 12,000 vacas para la festividad). Una semana antes de la fecha puede verse cómo la ciudad se va llenando de corrales informales; en cualquier lugar donde haya un espacio que pueda funcionar como tal se levanta una pequeña cerca y se ponen dentro vacas, chivos u ovejas (aún no he visto camellos) que gozan por unos días de abundante alimento hasta esta mañana de lunes en que pasaron por la bendición y el degüello.  Si bien, en teoría, el cuadrúpedo debe haber pasado por una serie de cuidados antes de ser entregado en sacrificio, en la práctica es un negocio y ya el ministerio de agricultura (la “Agencia de ganadería y pesca”) ha advertido sobre posibles brotes de ántrax.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al ser una fiesta religiosa, el Idul Adha supone una serie de restricciones y las autoridades han informado que, por respeto a la tradición musulmana, algunos locales deberán estar cerrados por dos días (la víspera y durante la fiesta).  Los prohibidos de funcionar son clubes nocturnos (con sus “damas de compañía” por 40 dólares la hora), discotecas (con sus mujeres disponibles, las que cobran y las que no), centro de masajes (famosos por el “plas-plas” ofrecido a cambio de una propina que, según el lugar y el servicio “no declarado” puede ir de 10 a 100 dólares), saunas (idem), bares, locales de música en vivo, billares (cervezas, mujeres dispuestas, minifaldas) y karaoke (ambos, los “familiares”, que se anuncian así, explícitamente, y “los otros” donde por 250 dólares puede alquilarse un salón para que el cliente se desgañite cantando por una hora con una botella de güisqui y tres “acompañantes”, entusiasta, liberadas y liberales, dispuestas a pasar “al otro nivel” por, claro, otra tarifa que se acordará en su debido momento).  La multa por desobedecer la orden de cierre temporal es ridícula (415 dólares), lo que encarece “el arreglo” son los tres meses de cárcel… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los lugares más evidentes, los que atienden con puerta a la calle, estaban cerrados ayer y continúan cerrados hoy; algunos de los otros (“respetables” hoteles de cinco estrellas) hacen su agosto y, si bien no atienden sus discotecas, mantienen abiertos los “café/bar” encubierto en el híbrido nombre y (según escuché) permanece activo su discreto servicio de masajistas “en la habitación”…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-156727186032086026?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/156727186032086026/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=156727186032086026' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/156727186032086026'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/156727186032086026'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/12/18-idul-adha.html' title='18- Idul Adha'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-8058747987647907751</id><published>2008-11-30T17:32:00.000-08:00</published><updated>2008-11-30T22:43:52.389-08:00</updated><title type='text'>17- Formalismo</title><content type='html'>Cuando preparaba maletas para mudarme a Indonesia me advirtieron de los controles y me aconsejaron que estuviera preparado para soportarlos, porque “desde las bombas” (Bolsa de Valores 2000, Bali 2002, Marriot 2003, Embajada de Australia 2004) se habían multiplicado las medidas de seguridad. Así que, la noche que aterricé, me acerqué al control dispuesto a ver pasar por los Rayos X mis cuatro maletas repletas de ropa y libros. En ese momento me acordé del incidente en el aeropuerto de Lima:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso pasó cuando aún vivía en México y llevaba, de regreso de mi visita limeña donde había presentado un libro, copias suficientes para repartir entre mis amigos y tratar de convencer a algunas editoriales aztecas de las bondades de mis letras (no sé si mis amigos leyeron mi texto pero sí sé que no convencí a ninguna editorial y de México me marché –seis meses después– sin haber publicado ni siquiera un poema en el boletín parroquial de la iglesia del barrio de Loreto donde vivía y a la que, ahora que lo recuerdo, solo fui una noche angélica y navideña a decirle adiós a ese país y a esas circunstancias que abandoné y me abandonaron). Hacía horas había llegado al aeropuerto, mis maletas estarían ya en el depósito del avión y la tarjeta de abordaje se estropeaba entre mis manos impacientes, embarradas con los varios chocolates que (como ritual del “porsiacaso”) siempre como antes de treparme a un armatoste de varias toneladas de metal que por no sé qué secreto de la física se mantiene en el aire y desprecia olímpicamente la ley de la gravedad que a mí me tiene aprisionado en el suelo. Estaba por abordar y la señorita de seguridad me dijo circunspecta “hemos recibido una llamada de la policía, usted no puede abordar hasta que hable con ellos”. Media hora después de reclamos, quejas, “losientos”, malas caras, llamadas, mensajes ininteligibles de radio, coordinaciones y mal humor en aumento, aparecieron dos sujetos con cara de muy pocos amigos. “Señor, somos del Escuadrón Antinarcóticos y se han detectado elementos extraños en sus maletas, unos bloques cuadrados, blancos y sospechosos”, “¿unos bloques..?”, “sí, señor, y nos vemos en la obligación de pedirle que nos acompañe para aclarar el asunto…”, “¿unos bloques como estos?”, corté de mala manera al sujeto blandiendo una de las copias de mi libro, “soy escritor y, si se fija, acá, en la contratapa, está mi foto, los bloques son libros y lo blanco, son hojas, que lo revisen si quieren…”. Los dos policías se miraron confundidos, tomaron mi libro, lo hojearon, voltearon para conversar entre ellos, empezaron a hablar por radio, pronunciaron palabras que quisieron ser en clave, “sospechoso”, “libros”, “fotos”, “blanco”, “gordo” y, luego de un “comprendido”, me miraron de nuevo, me dijeron “ha habido un malentendido en la cadena de comando” y se marcharon.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que, advertido por la experiencia de los “libros-coca” y sabiendo que llevaba en la maleta suficientes como para que la neurosis policiaca pudiera exacerbarse, decidí ser “proactivo” (palabreja odiosa de los libros de autoayuda –que no leo– que no figura en el diccionario) y, arribado a Indonesia después de casi tres días de viaje, me armé con mi mejor humor y me acerqué al uniformado que tenía más galones en el hombro. Le expliqué que era profesor, que me estaba mudando a Yakarta y que, “como usted podrá suponer”, estaba trayendo un gran número de libros. Me miró con cara “otro más”, me dijo “ah, sí, los profesores” y me dejó pasar sin que el contenido infame de mis maletas (los calzoncillos, no los libros) fuera expuesto ante los ojos de sus subalternos. Ser el último de medio centenar de maestros que habrían llegado con igual cargamento de textos –eso lo supuse– me dio paso franco y me evitó un control del que no pudo librarse mi computadora, que exhibió descarada sus jóvenes circuitos integrados ante la aburrida indiferencia de los guardias de turno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegué al hotel, un inmenso y famoso hotel en el corazón comercial de la ciudad, me sorprendió toparme en la puerta con arco un detector de metales por el cual había que pasar y, sobre todo, con otra inmensa máquina de Rayos X dispuesta a intentar desnudar nuevamente el contenido de mi equipaje. Para mi sorpresa, decidieron no revisarlo y entramos (supuse que era tarde, que estábamos todos cansado o que yo no tenía cara de terrorista suicida por lo cual me dieron paso franco).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El transcurso de las semanas multiplicó mis visitas a hoteles y centros comerciales. Se trata de los dos grandes lugares de distracción en la ciudad; en los primeros hallan magníficos restaurantes y bares y discotecas repletos de amables muchachas liberales, amén de discretos salones de masajes (donde, según cuentan, “pasa lo que quieres que pase, pero depende de ti y del efectivo que estés dispuesto a gastar en servicios extras”); en los segundos, que son decenas y cada cual más fastuoso, se puede encontrar desde una peluquería hasta un cine con diez salas simultáneas y comodísimas (una, literalmente, ofrece camas para ver la película “como en tu casa”), pasando por cuanta tienda pueda imaginarse de ropa, artefactos, deportes, adornos o muebles. En estos establecimientos la seguridad es visible y –aparentemente– compleja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo empieza en la puerta, allí uno es detenido, un guardia revisa, ayudado por un espejo que tiene un mango largo, que no haya nada sospecho debajo del coche que circunda mientras que otro agente da una mirada a la maletera verificando que todo se encuentre en orden. En algunos lugares, más previsores, abren la puerta trasera del automóvil y saludan a la persona que allí viaja (como en Yakarta es muy común tener chofer, generalmente atrás está el dueño del automóvil, que jamás va de copiloto). Una vez terminada esa revisión se levanta la pluma de metal que impide el tránsito y el vehículo puede ingresar. Cuando el pasajero baja y se dirige caminando a la puerta de entrada se encontrará, dependiendo de la importancia del establecimiento, con un guardia con un detector manual de metales, con un arco como los que hay en los aeropuertos o con una máquina de Rayos X por donde pasa todo lo que uno lleva. Terminada esa revisión, y si no suena ninguna de las alarmas, uno es libre de ingresar, si algo suena, un amable guardia buscará con su detector manual el origen de la señal de seguridad y, una vez verificado que era el manojo de llaves y no una pistola automática, se tendrá el paso franco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo suena muy bien, muy profesional, llamativo e impresionante. Las primeras veces uno se siente intimidado por ese despliegue de seguridad y temeroso por las razones que le dieron origen. Varios atentados terroristas, decenas de muertos y un duro golpe a la industria turística indonesia (cinco millones y medio de personas en el 2007 con un promedio de nueve días de estadía en el país), hicieron que las medidas de seguridad se incrementaran con el fin de darle a los visitantes la tranquilidad necesaria y evitar la pérdida de los aproximadamente 4,600 millones de dólares que cada año genera esta “industria sin chimeneas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien, y acá viene la “criollada” que emparenta estas tierras con las de nuestra Latinoamérica, todo “se ve” muy seguro pero, en la práctica, no deja de ser una magníficamente montada exhibición que, esencialmente, es inútil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La revisión con los espejos debajo del carro es veloz –hay demasiados coches en la fila– y distraída, el guardia que abre la puerta trasera –cuando lo hace– se intimida pronto y pide disculpas, la revisión de la maletera es “a vuelo de ave” y si hay algún bulto, maleta o cualquier otra cosa ocupando el espacio, nadie se toma la molestia de averiguar qué es, los arcos de seguridad o están descalibrados o se encuentran desconectados –jamás suena la alarma–, y los pobres guardias –que ni están armados ni parecen preparados para detener ni siquiera a un vándalo adolescente en patines– se encuentran más preocupados en no indisponer más al cliente –al que ya le carga el hígado la bendita revisión– que en asegurarse que ningún loco vaya a meter una bomba en el local.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La explicación me la dio un guardia de seguridad en un pomposo hotel provinciano que circunstancialmente visité. Como al genio que diseñó el lugar no se le ocurrió construir un espacio adecuado para hacer las revisiones y como los coches entran y salen constantemente, el encargado decidió que las inspecciones de los automóviles se hicieran rápido y con la pluma de metal levantada, permitiendo el paso al vehículo que se está inspeccionando. Cuando le pregunté que porqué hacía eso me respondió “es un formalismo, señor” mientras dejaba pasar un coche y le sonreía amablemente a la pareja de turistas con sobrepeso que viajaban en él.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-8058747987647907751?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/8058747987647907751/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=8058747987647907751' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8058747987647907751'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8058747987647907751'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/11/17-formalismo.html' title='17- Formalismo'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-8626247051380114497</id><published>2008-11-23T06:16:00.000-08:00</published><updated>2008-11-23T14:53:39.748-08:00</updated><title type='text'>16- Odio las motos</title><content type='html'>No son algunas, son todas y las odio.  Lo invaden todo y están en todas partes, son una plaga y van en aumento.  Se habla de tres a cinco millones y se especula que se suman unas quinientas mil cada año.  No hay forma de detenerlas (ni ganas) y la policía no hace nada; son demasiadas y comenten demasiadas infracciones para que los uniformados se den abasto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las normas solo sirven cuando la mayoría las acata y la minoría las viola; al revés no funcionan, son letra muerta, papel mojado en tinta.  Rota la magia de la obediencia social, las leyes son inútiles o estúpidas y, en cualquier caso, inviables.  La serena, silenciosa y pertinaz desobediencia civil de los motociclistas indonesios me recuerda a la pacífica lucha de los indios por su liberación, una especia de “gandhismo” sin Gandhi y sin otra pretensión que poder movilizarse en una ciudad cuyo sistema de transporte público es ineficaz e insuficiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los arrogantes automóviles y las aparatosas camionetas –todos con choferes a tiempo completo y trabajando por sumas mensuales a veces menores a cien dólares–, parecen lentos y torpes dinosaurios que van siendo barridos de la faz de la tierra por las motos, esos ágiles mamíferos que se adaptan mucho mejor al enmarañado cruce de avenidas, calles, callejuelas y pasajes, atravesando ligeros por espacios en los que los elefantiásicos coches se quedan atrapados malgastando tiempo, gasolina y paciencia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es casi una reivindicación del orgullo del simple habitante de Yakarta ver cómo las motocicletas empiezan a ahogar –como sucede en el ataque de una marabunta– a esos vehículos inmensos (consumidores groseros de combustible y cachetadas insensibles en la cara de los millones de pobres que malviven en esta ciudad).  Cuando el mar de termitas copa, obstruye y rebasa las líneas de los altivos de carros del año, pareciera que se tratara de una silenciosa revolución triunfante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Basta que los cielos empiecen a llorar para ver cómo se detienen las motos a un lado del camino o debajo de un puente.  Si la lluvia es más que un chubasco itinerante y demora en escampar, entonces el número de los que buscan protección a la sombra del puente aumenta progresivamente y, poco a poco, como una mancha de sangre que se va esparciendo sobre la alfombra, las motos van tomándolo todo, van saturando la pista hasta que el tráfico de los automóviles (que se enreda más porque las paquidérmicas camionetas pretenden hacer las mismas maniobras zigzagueantes de las motocicletas) se hace lento, apelmazado y pantanoso.  Por otro lado, si la lluvia es ligera y no se decide a ser el próximo diluvio, las motos se orillan, los conductores bajan raudos, se remangan los pantalones, levantan el asiento y de un minúsculo recinto sacan un bulto que repentinamente se convierte en un pantalón y una casaca impermeables con las que se enfundan y continúan su viaje, otras veces es un gran poncho, generalmente azul o amarillo fosforescente, bajo el cual se protegen mientras retan a la llovizna y se lanzan heroicos y salvajes por las calles resbaladizas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es verdad que –como dice Deden Rukmana, un especialista en el tema del problema del tráfico en Indonesia– “el uso de las motocicletas en Yakarta ha demostrado, también, los sacrificios que hace la clase trabajadora para llegar a sus centros de labores.  Manejar una motocicleta requiere de más energía que viajar en el transporte público.  Es todavía peor cuando hay mal tiempo.  Deberíamos darle a los motociclistas crédito por sus sacrificios...”, es verdad, pero igual odio las motos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las odio porque hacen de la irresponsabilidad una forma de vida, porque el setenta y cinco por ciento de las muertes en las pistas tienen su origen en la forma imprudente –y a veces suicida– con la que los conductores se manejan, atravesando avenidas sin pensarlo demasiado, cruzándose en la ruta de los automóviles y levantando la mano como todo escudo, como si el gesto –estúpido antes que valiente– fuera a detener las dos toneladas de una camioneta.  Sin embargo, las más de las veces –supongo que nadie quiere hacerse de un muerto– los vehículos de cuatro ruedas logran frenar, esquivar o evadir el choque.  El hecho de que en más del noventa por ciento de los choques estén involucradas motos es una muestra contundente del arrojo kamikaze de los motociclistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las odio porque en ellas se evidencia un desprecio absoluto por la mujer y por los hijos.  Los conductores, hombres en su inmensa mayoría, viajan siempre premunidos de un casco pero las mujeres no tienen tanta suerte.  Si hay dos cascos (la policía se pone odiosamente a trabajar a veces), hay tres o cuatro personas en la motocicleta.  El niño más grande va adelante, tapándole la mitad del horizonte al padre que cree que el vástago está seguro en el cerco de sus brazos sosteniendo el timón y, el más pequeño, viaja abrazado por la madre y “protegido” por la espalda del padre.  Por supuesto que los menores no llevan casco ni ningún otro tipo de protección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las odio porque sus conductores se transforman y pierden, escondidos tras las viseras polarizadas de sus cascos, esa sonrisa sencilla con la que –cuando son peatones– saludan amablemente a los extranjeros que pasean por las calles.  El “jeloú míster” que siempre está en la boca de los hombres de a pie parece deshacer en un gesto agrio, en una mirada torva, en unos ojos hinchados de una vieja cólera colonial que ni se ha borrado ni se ha digerido, sino que sencillamente pareciera existir matizada, como en los tiempos del poder político de los holandeses, para hacer la vida más llevadera y guardar furia para “cuando llegue el día”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las odio porque en ellas los más pusilánimes se sienten valientes y arremeten y embisten contra los pocos ilusos que se atreven a andar por las calles; las odio porque no respetan señal alguna, límite alguno ni cartel alguno; las odio porque invaden las veredas con la impunidad de la hormiga que confía en su pequeñez para pasar desapercibida; las odio porque avanzan por las calles contra el tráfico como si no estuvieran sujetas a ninguna ley; las odio porque son, a fin de cuentas, el negocio grosero de unos cuantos que hacen del caos la empresa más lucrativa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-8626247051380114497?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/8626247051380114497/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=8626247051380114497' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8626247051380114497'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8626247051380114497'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/11/16-odio-las-motos.html' title='16- Odio las motos'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-6829352380487232580</id><published>2008-11-17T07:43:00.000-08:00</published><updated>2008-11-17T08:08:51.236-08:00</updated><title type='text'>15- Hasta parece posible</title><content type='html'>Viernes, siete y treinta de la mañana.  Mi salón se ve invadido por un austriaco vestido a la usanza de los tiroleses de su país, dos filipinos con las elegantes camisas que se reservan para fiestas, un indio con una ceremonial camisa sin cuello, tres muchachas luciendo hermosos vestidos indonesios y una coreana que nos sorprende con un traje ruso y una fresca y colorida corona de flores.  Además entran, algo tarde, un norteamericano que trae la camiseta del equipo de fútbol de su Estado, una canadiense (de ascendencia coreana y plurilingüe) que arriba con una llamativa blusa asiática y un japonés (que no lo es, porque es coreano aunque yo me equivoque reiteradamente) que llega con un traje que me recuerda las viejas películas de artes marciales donde Bruce Lee (que no era japonés sino chino) hacía malabares inolvidables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salgo al patio y el espectáculo se multiplica por el número de alumnos de la escuela (que solo en la secundaria sobrepasa el millar).  Hay hermosas holandesas como las fotos de las rubias rodeadas molinos, elegantes pakistaníes vestidos con trajes de gala, vistosas latinoamericanas con ropas alegres y coloridas, escoceses con faldas a cuadros y personalidad de hierro, africanos cubiertos con interminables mantas multicolores y hasta un joven confundido que cree que vestirse con uniforme de combate y pintarse la cara al estilo comando es la mejor forma de representar a su país (nadie es perfecto).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El “día de las Naciones Unidas” se celebra universalmente cada 24 de octubre, cuando se conmemora la entrada en vigor de la “Carta de las Naciones Unidas”, esa maravillosa declaración de principios que tan groseras y repetidas veces olvidamos.  Sin embargo, en el colegio donde trabajo, y por temas más cercanos a su tradición, la fiesta se realiza en noviembre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por una jornada todas las actividades escolarizadas se detienen y se da paso a un programa que empiezan por un concurso (algo así como, “cuánto saben tus alumnos de mundo”, donde me sorprendo al ver cómo manejan datos para mí ignotos como la nacionalidad de una deportista de apellido impronunciable o el nombre de la ciudad dónde se realizarán las próximas olimpiadas de invierno).  El juego es grupal y divertido, avanza con el entusiasmo de los chicos y sólo es interrumpido una vez, cuando dos muchachas, una asiática y otra europea, tocan mi puerta, entran, entregan tarjetas y dulces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego pasamos a las conferencias.  Un expositor (demasiado estadístico y estático para un grupo de adolescentes) trata de explicar los grandes cambios, el crecimiento de la población mundial, la contaminación, el calentamiento global, la escasez de agua potable y alimentos.  Es una pena que un tema, tan apasionante, no cale en los jóvenes, no porque no les interese sino porque el montón de cifras y barras de colores que el experto coloca en la pantalla no logran romper la monotonía de una voz que sería escuchada respetuosamente entre expertos pero cuyo ritmo monocorde arrulla a más de una de las muchachas que madrugó más de lo acostumbrado para arreglarse el traje típico (y el peinado y el maquillaje).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más tarde los estudiantes acuden a una “conferencia de prensa”, nos visitan decenas de alumnos de varios otras escuelas a lo largo de Asia y recrearán los debates que se desarrollan en la sede de las Naciones Unidas (claro, acá se ignorará ese prepotente “derecho al veto” que se arrogan cinco países por haber ganado una guerra que terminó hace más de sesenta años).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto, el patio principal ha estado en ebullición toda la mañana. Las madres de familia, agrupadas por sus nacionalidades de origen, han preparado las más exquisitas recetas que representan magníficamente la diversidad de la gastronomía mundial.  Desde los inevitables “hot-dogs” norteamericanos hasta unas deliciosas empanadas ecuatorianas.  Recuerdo haber probado o curioseado comida italiana, india, japonesa, coreana, alemana, holandesa, indonesia y australiana.  Solo extrañé un ceviche (o una palta rellena o una causa o un ceviche o un lomo saltado o un helado de lúcuma).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminado el almuerzo, nos reunimos en el teatro del colegio y somos testigos de bailes y canciones, clásicas y modernas, que nos dan una visión de la infinidad de expresiones culturales a lo largo y ancho del mundo.  El primer acto es un emotivo desfile de banderas, alumnos de más de medio centenar de nacionalidades pasan por el escenario, anuncian su país y agitan un instante el estandarte; el cortejo lo cierra la bandera de las Naciones Unidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frente a nosotros desfilan franceses que combinan el minué con el “trans”, filipinos que muestran sus habilidades en un extraordinario baile con cocos pegados en el cuerpo que hacen sonar sincrónicamente, rusos que cantan en un coro espléndido, indonesios orgullosos que representan un día en una villa de las islas, japoneses que enseñan una mezcla de artes marciales y bailes modernos, norteamericanos con una sencilla canción de los años treinta, ingleses arremetiendo un “hiphop” eléctrico y, como fin fabuloso de una magnífica fiesta, un centenar de coreanos dando una lección de disciplina y coordinación en un concierto de tambores de distintas formas y tamaños, sin duda, los más espectacular de la jornada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No soy adicto ni al fanatismo patriotero que enfrenta a unos contra otros ni a las banderitas que separan arbitrariamente dos trozos de tierra, los nacionalismo exacerbados me repugnan tanto como los chauvinismos trasnochados, se traten estos de los seguidores de un político, de un cantante o de un equipo de fútbol, pero la identidad, eso que nos señala como quienes somos, que nos imprime el sello individual, que nos forja desde la infancia con el acervo cultura de cientos de años y decenas de generaciones, es algo que celebro ver celebrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando norteamericanos y rusos comparten un escenario, cuando coreanos y japoneses disfrutan de los mismos alimentos, cuando pakistaníes e indios celebran de la mano una fiesta, cuando chilenos y argentinos pueden beber de la misma agua y caminar por la misma calle sin mirar de reojo, desconfiar ni ponerse zancadillas, entonces ser profesor adquiere sentido de nuevo y hasta parece posible esa comunión de seres humanos, hijos de la misma tierra, en la que tantos tan apasionadamente han creído y por la que tantos, tan honradamente, han entregado la vida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-6829352380487232580?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/6829352380487232580/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=6829352380487232580' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6829352380487232580'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/6829352380487232580'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/11/15-hasta-parece-posible.html' title='15- Hasta parece posible'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-7108827959249518409</id><published>2008-11-10T09:17:00.000-08:00</published><updated>2008-11-10T15:59:11.454-08:00</updated><title type='text'>14- La cena</title><content type='html'>Iba a ser un día complicado, ya lo sabía, por eso tomó sus previsiones. A las siete de la mañana en la escuela, revisar papeles, responder correos, alistarse para la jornada. A las siete y treinta atender al grupo de adolescentes a su cargo, ver que todo anduviera bien, repasar con ellos las actividades de la jornada y desearles un buen fin de semana (“manténganse vivos”, suele decirles y ellos se ríen y responden “lo intentaremos”). En el cambio de hora coordinar las actividades que haría quien lo reemplazaría esa mañana. A las nueve, la pre-conferencia, intercambiar opiniones, decir cosas claras en su inglés oscuro, defender posiciones anticuadas (“nosotros manejamos la tecnología, no podemos permitir que la tecnología nos maneje a nosotros”) y dejar que el reloj hiciera el resto. A las doce huir del almuerzo (el de siempre, comida hindú picante, felizmente el “tengo clases después” era una excusa inapelable). A la una conversar dos horas con los más grandes sobre algunos pintores y ver cómo ha avanzado su español o cómo no. A las tres, salir sin distraerse, llegar a casa, bañarse, sacudirse los sudores y ponerse unas ropas más cómodas “y una buena camisa”. A las cuatro, la conferencia, las charlas magistrales y los sanguchitos a los que resistirá en nombre de la cena… ¡La cena!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era viernes en la noche y había una cena en “La trattoría”, el restaurante italiano de “los previos”. Muchos extranjeros se reúnen allí, cenan, toman las primeras copas y parten luego, a las diez u once, a las discotecas o bares que infestan la ciudad (“¿o la redimen?”). Esta vez los comensales serían una portuguesa “con sus años”, una italiana (a la que ya conocía, aún en forma a sus treintaitantos y con unos ojos de antología), un español (“muy agradable”), “algún otro amigo o amiga” que aparecería y la rubia con la treintena recién estrenada cuya sangre gitana, aún fresca, vive despreciando la melancólica soledad de las mujeres occidentales que residen en este país. Todo lo coordinaron por mensajes telefónicos, “el medio más usado en el mundo actual”, según explicaría después uno de los conferencistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fiel a los tiempos, hizo todo con la histérica puntualidad de los relojes suizos. Nada se interpuso entre él y sus planes, las charlas inaugurales de la conferencia no solo fueron amenas sino que, además, terminaron temprano. Los expositores, que venían de lugares tan exóticos como Hong Kong, Bangkok o Praga se encontraban –qué bueno– cansados y, si fueron divertidos, fueron más breves aún. Pocos minutos después de las cinco ya estaba libre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminó acompañado por dos profesoras, una china y otra japonesa, ambas amables, ambas sonrientes, ambas felices de poder irse a casa. La lluvia lo había capturado todo, era “de esas lluvias”, un chaparrón inagotable con el que el cielo parecía descargar el llanto y la angustia de tantas injusticias de las que él –pensando únicamente en la cena, la italiana y la española– no podía, no quería ni debía percatarse en esta tarde de feliz egoísmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la oficina, preámbulo de la puerta que conduce al estacionamiento que lleva al camino de asfalto que se topa con sucesivas rejas con guardias que hay que atravesar entes de llegar a la calle, la maestra de chino (que además domina el japonés, el indonesio y el inglés) le hizo el favor de hablar con el guardia y pedirle que llamara a un taxi. “Demorará veinte minutos, por la lluvia”, dijo el encargado de la seguridad y él respondió “no hay problema”, miró su reloj, “son las cinco y veinte, por más que sean treinta y no veinte los minutos de espera saldré antes de las seis para hacer un viaje que no debiera durar más de una hora”, pensó mientras les decía a sus compañeras –cuyas camionetas y choferes aguardaban a diez metros, desafiando la lluvia– que podía irse, que gracias, que esperaría “leyendo algo”, que no había problema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Sería la italiana y sus ojos verdes o las costillas de cerdo a la parrilla? ¿Sería la española de acentos gitanos o el tiramisú “con mascalpone”? Nunca lo supo, pero su proverbial instinto no funcionó. Pensó que todo andaba bien y se dedicó, como distrayéndose, a repasar viejas fotos donde sus alumnos –ahora adolescentes y pensando en la universidad próxima– miraban con la inocencia propia de los diez años. Siempre disfruta manoseando libros viejos. Tal vez recordó sus propios tiempos, su primaria, su infancia, todo eso que hace tres décadas era verdad y ahora solo es un recuerdo. Dormitó un poco, siempre dormita, ¿serán los kilos o su manera de decirse que, en realidad, “como casi todo”, eso también le era indiferente? Pasaron los minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se dio cuenta ya eran cinco para las seis y el taxi no llegaba. Reaccionó como picado por la electricidad de la tormenta que amainaba. Pidió al guardia que llamara de nuevo, llamó, “ya viene, pero la lluvia” y los minutos ahora avanzaron feroces. Sus neuronas empezaron a reconectarse y la desesperación –esa neurosis– se empezó a notar en el movimiento frenético y cíclico de sus pies. Nunca supo esperar con paciencia, ahora se acordaba. Se paraba, se sentaba, iba de acá para allá, miraba por la ventana. Finalmente, en lontananza, apareció un taxi azul (“el único taxi seguro”) y lo vio recorrer el camino que lo conduciría al frente de la oficina donde él se hallaba. Fueron segundos de alegría que –como toda alegría verdadera– duraron poco. El taxi pasó de largo. Miró al guardia que lo miraba, el hombre salió, fue hasta el automóvil que había estacionado diez metros más allá, habló con un encargado que apareció de entre los muros y volvió. Trató de explicarle algo que él ya no entendió porque la impaciencia, madre de las desgracias, le hablaba al oído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salió al patio, la lluvia había cedido, ya no era un aguacero, tan solo algo más que un rocío, un goteo suave que besó su cara y que a él no le importó. Caminó hasta donde el sujeto y éste le explicó que el taxi había sido pedido por otras profesoras (una flaca y tres caderonas) que enseguida abordaron el automóvil apretujadamente. Le preguntó su nombre, lo verificó en la lista que llevaba en las manos y le dijo “ya viene su taxi”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De allí en adelante todo anduvo peor. Los minutos corrían y se dio cuenta de que media docena de personas aguardaban con él y mantenían con el encargado sonrientes conversaciones que les aseguraban un mejor puesto en la lista de espera. Las odió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran las seis y diez y nada aparecía en el horizonte. Nada. El encargado se le acercó. “Parece que no hay taxis disponibles que vengan hasta acá, pero la movilidad del colegio va a llevar a un grupo de empleados hasta el centro comercial, allá puede hallar transporte con más facilidad”. No lo pensó dos veces, “huir hacia adelante”, esa frase siempre le gustó y más de una vez lo había hecho y había resultado, ¿por qué ahora no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Trepó al mini bus. Eras cinco o seis personas, todas locales (“los bulé tienen camioneta y chofer”), que se limitaron al “buenas noches”. Alguien le abrió la puerta de adelante y se aisló o lo aislaron (¿timidez o desprecio?, “hoy no me importa”). El vehículo avanzó el kilómetro que lo separaba del último control y tomó la avenida. El tránsito era caótico, cientos de motocicletas se colaban por entre los carros que avanzaban a paso de procesión. En un día normal el viaje hubiera demorado dos o tres minutos, estos fueron veinte. El centro comercial quedaba “más al sur” y lo alejaba de la cena “no importa, a veces es mejor da un paso atrás para tomar impulso”. Fue la última mentira que se dijo; después todo fue cólera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el centro comercial los otros ocupantes del bus bajaron y se desvanecieron como sombras en las sombras (“transporte público” escuchó a lo lejos como excusa o despedida). Le dijeron “en el estacionamiento del supermercado, allí abundan los taxis”. Caminó. Llegó y allí donde habitualmente “abundan los taxis” no había nada. Como él, otras tres señoras (cargadas de bultos y de hijos), aguardaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo demás fue una agonía, los minutos que pasaban, el plan que se deshacía, la cena que se alejaba, la gitana, las costillas, la italiana, el tiramisú, la frustración, la impotencia, el idioma ajeno, la ciudad mojada, el tráfico aplastante, el silencio de quien no entiende nada de lo que se dice alrededor, los niños lloriqueando de aburridos, las señoras hablando por teléfono, la espera desesperante, la paciencia oriental de los otros, sus rostros sin emociones, su sangre cegándolo, sus ganas de estrangular al primero que se atreviera a saludarlo o de echarse a llorar al hombro de la primera que se ofreciera (aunque cobrara dólares y no en rupias devaluadas), todo y nada, como siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las siete y treinta, como una puntualísima ironía, pudo trepar a su taxi. Iba a llamar a la rubia, no lo hizo, le mandó un mensaje absurdo y le dijo al chofer “lléveme a casa” cuando comenzaba, otra vez, otra lluvia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-7108827959249518409?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/7108827959249518409/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=7108827959249518409' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/7108827959249518409'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/7108827959249518409'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/11/14-la-cena.html' title='14- La cena'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-5531721987780087371</id><published>2008-11-02T17:40:00.000-08:00</published><updated>2008-11-03T05:58:04.151-08:00</updated><title type='text'>13- Bajo ninguna circunstancia</title><content type='html'>Muerto el ángel –que, en cuestiones de fe, la muerte o el abandono son lo mismo– volví a la realidad de mis amigos que ya andaba muy avanzada. La rubia sobrealimentada seguía maltratando sus cuerdas vocales pero ahora un sujeto, mejor entonado y muy a la moda de “roncarrolero de los setentas”, hacía más llevadero el espectáculo. La gente aumentaba y mis compañeros, una mesa más adelante que yo (que me había refugiado detrás de una bebida sin alcohol y sin azúcar mientras observaba a la bella), andaban rodeados de mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lucha por “con quién me quedo” era amable y silenciosa, todas jugueteaban con todos y, más o menos abiertamente, peleaban por la atención de los “bulé” que, sin hacer ningún esfuerzo –más allá de pagar las cervezas que ellas ya habían aceptado–, tenían aseguradas a varias muchachas. “Este país es de locos” –me diría días después uno de ellos– “el otro viernes salía del un bar donde me tomé unas copas con unos amigos, me iba solo porque estaba cansado y quería llegar a mi casa, en la puerta me encontré con media docena de chicas que estaban como esperando taxi y dije en voz alta que me iba a mi departamento y que aceptaba a la que quisiera acompañarme, se subieron dos…”. “Son prostitutas” –dice una occidental solterona y resentida– “en los bares y en las discotecas están allí esperando a los extranjeros…”. “No es tan cierto” –me aclara una española de pocos años y nobles proporciones– “es como en todas partes, algunas están allí porque buscan enamorarse, ¿acaso no tienen derecho a hacerlo como cualquiera de nosotras?”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de mis compañeros sabe el secreto, “hay que preguntárselo directamente”. “Sí” –insiste cuando ve mi cara de incredulidad– “así funciona. Cuando una de estas chicas se te acerca debes preguntarle directamente si está trabajando, como todas saben que unas sí y otras no, nadie se ofende…”. Su experiencia respalda sus palabras, cuatro de cada cinco veces que ha salido de bares o a una discoteca ha terminado durmiendo acompañado, ya sea en su departamento o en los de ellas (la borrachera y veintiocho años mezclan audacia e irresponsabilidad; la suerte, por ahora, no lo abandona y dice que de ahora en adelante va a escuchar a los experimentados, “nunca te vayas solo sin avisar, siempre acompáñate de alguien y, entre su departamento y el tuyo, prefiere el tuyo, solo allí estás en tu territorio, la ciudad es muy grande para dársela de valiente”, le dice uno de los que sabe de qué habla y que ha sobrevivido a bares y mujeres cazadoras de extranjeros en más de un continente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Además” –me explica alguien como tratando de cerrar el tema del comercio sexual que, sin embargo, parece cada vez más amplio– “la prostitución a toda regla se ejerce en otros lugares. Estos bares son lo más inocente del repertorio, cobren o no cobren, no son sino aventureras en busca de una buena noche o una buena temporada. Las verdaderas prostitutas, las de las mamis y los padrotes, están en otras partes, en las grandes discotecas, para empezar, cuánto más caro el hotel que la alberga, más costoso el servicio hecho a la medida de un país que convive hace ya demasiado tiempo con estos extranjeros que llegan con sus montones de dólares y su soledad a comprarlo todo. ¿Qué puede esperarse?, una prostituta de mediana calidad puede hacer en una noche tanto dinero como el que gana en un mes una chica igual que ella pero que se dedique a ser empleada, vendedora o camarera…”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asunto es mucho más complicado y habría que hablar –ya habrá tiempo– de la infinita industria sexual que, en su inmensidad, confunde a unas con las otras, “basta que me vean contigo caminando en la calle para que crean que soy la típica indonesia regalándose al extranjero por una copa”, me explica una de las pocas mujeres con las que he podido mantener una larga conversación al respecto. “Muchos extranjeros creen que las indonesias solo servimos para la cama y pretenden tratarnos a todas como si fuéramos chicas del bar”, concluye.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que la noche sigue y, de los cuatro que éramos, solo quedamos tres, uno se fue discretamente “a dormir, porque estoy cansado” aunque la chica que lo siguió no fue tan discreta y vimos por la ventana cómo compartían el taxi, “es que vivía por el departamento”, dijo días después cuando nos burlábamos de su cansancio porque, en realidad, su precaución fue insuficiente y los guardias del edificio de departamentos que todos compartimos no saben de discreciones y, en cambio, les encanta practicar su elemental inglés con algún chisme que pueda interesarnos (ese es otro tema inmenso, “la servidumbre” –el término “sirviente”, que arde como un latigazo, es el que los angloparlantes usa para hablar de quienes trabajan para los extranjeros, ya sean cocineras, choferes, niñeras o guardias– lleva una existencia paralela a la de los “boss”, están relacionados por lazos de sangre, amistad, compadrazgo o amorío y se saben la vida, milagros y miserias, de todos los bulé).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche avanza y ahora somos dos porque el tercero ya decidió escaparse con una que le dijo sin demasiados preámbulos “hoy quiero pasar la noche contigo”; él, ni corto ni perezoso, reforzó la declaración con algunas cervezas que soliviantaron más el ánimo, ya bastante alegrón, de la muchacha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asunto se tornó matemáticamente perfecto pero ajeno a mis planes de frío observador de la realidad circundante. Mi compañero –el de los veintiocho años que ha decidido “vivir mi juventud sin miedos y hasta un poco irresponsablemente”– está asediado por dos mujeres, la paciente y la del traje morado. No sé cómo pero ya estamos en un rincón, cerca de la barra de la taberna, uno de esos espacios medio aislados donde nadie quiere estar porque te ponen “fuera de circulación” pero que a nosotros, que ya estamos acompañados, no nos importa. Hubo hasta una tercera muchacha que nos acompañaba pero no le dio la gana de pelear su espacio y se fue; nadie la extraña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este espacio la música cede un poco, los parlantes no apuntan hacia acá y pueden conversarse algunas palabras más. La de morado se mueve siguiendo el ritmo que todavía llega hasta nosotros, está evidentemente pasada de copas, todo le parece “maravilloso”, que mi amigo hable inglés y que yo hable español, ama la literatura (como ama el fútbol, la filosofía, el arte, la moda y las diferentes posibilidades de la escatología) porque ama todo y todo es “perfecto” y “maravilloso” y su juventud se desborda en ese vestido de algodón que no resiste los embates de un cuerpo que no se contiene en sí mismo, que se sacude rítmicamente y cuya sangre se halla en plena ebullición por el calor, por la lluvia –se ha desatado la tormenta–, por los menjunjes dionisíacos y los ardores propios de una libido post adolescente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La paciente inicia su función. A mi amigo –rendido ante el poder de Eros y Dionisios– le interesa cuatro rábanos que la de morado sepa quién era Nietzsche o qué cosa es la lógica aristotélica, la paciente lo sabe –ella viene por la segunda función y conoce perfectamente la rutina– y le bastan cuatro gestos atrevidos para que mi compañero le diga el “¿nos vamos?” que es más una orden que una pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos salimos. Llueve a cántaros, no importa, siempre hay alguien que por unas monedas se empapa por ti y te consigue un taxi. Mi amigo está feliz (aunque después me enteraré que no se acordaba de nada de lo que conversamos en el carro), la paciente está feliz, y su mutua y calurosa felicidad transgrede algunos límites en el coche. No me interesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo pienso en la de morado y la de morado –en el taxi que la lleva a su casa– seguro que ya no piensa y no sabrá jamás que yo –idiota redomado– sigo creyendo que nunca –bajo ninguna circunstancia– un caballero debe aprovecharse de la ligera debilidad de una muchacha embriagada...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-5531721987780087371?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/5531721987780087371/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=5531721987780087371' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5531721987780087371'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5531721987780087371'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/11/13-bajo-ninguna-circunstancia.html' title='13- Bajo ninguna circunstancia'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-1886140276742623549</id><published>2008-10-25T20:49:00.000-07:00</published><updated>2008-10-26T07:41:07.726-07:00</updated><title type='text'>12- La cadena alimenticia</title><content type='html'>“Las mujeres blancas somos el último eslabón de la cadena alimenticia” –me dice alguna– “con la cantidad de asiáticas que se acuestan con un extranjero por un trago, por veinte dólares o por una promesa, nadie quiere darse el trabajo de enamorarnos”.  ¿Hay resentimiento en sus palabras?  “Las que vienen solteras y buscan una pareja terminan yéndose a los dos o tres años, ningún hombre se va a enganchar en una relación seria cuando pueden tener sus esclavas sexuales”, me dice una mujer, extranjera, solitaria y ligeramente amargada, por supuesto. “Eso que todavía no fuiste al “retescuer”, ahí te vas a hartar de ver especímenes bellísimos que hacen que las pobres bulés como yo suframos más de la cuenta en Yakarta”, me comenta más deportivamente otra a la que le faltan años y le sobran lo que se necesita como para andar acomplejándose a pesar de la feroz competencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las mujeres occidentales que llegan a Indonesia vienen generalmente en dos condiciones, o esposas de sus maridos (que suelen ser los que arriban al país con los jugosos contratos de expatriados) o solteras (profesionales animosas y aventureras o profesoras de colegios internacionales).  Unas y otras se enfrentan a la dura realidad de un país con millones de muchachitas jóvenes y atractivas que, en muchas casos (toda generalización, ya lo sé, es asquerosa), no tienen el menor escrúpulo en darle curso al marido ajeno o enamorar, con más libertad y menos exigencias, a los solteros que se dejan seducir por las complacientes féminas que piden poco o no piden nada (hasta que empiezan a pedir, pero esa ya es otra historia).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ángel estaba en la barra, esperaba que le entregaran lo que había pedido.  No escuchaba la música, no miraba a nadie, parecía no estar allí o, peor, parecía que no sabía o no entendía cómo diablos había terminado allí.  Cuando le entregaron el jugo (los ángeles no toman licor) se dirigió hacia la mesa más cercana al escenario donde la rubicunda con sobrepeso seguía cantando o creyendo que lo hacía.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran doce o quince mujeres.  Las había de todas las edades.  La mitad pasaban largamente la cincuentena y sus carnes, animadas por el alcohol, habían perdido momentáneamente la serenidad de su estrenada senectud para sacudirse al golpe del rocanrol sesentero que coreaban felices.  Se me hicieron simpáticas, llenas de vida, divirtiéndose entre ellas con ese entusiasmo de quien ya no tiene que llegar a casa para darle de cenar a los hijos o para acostarse de mala gana con el marido que hace mucho se olvidó de cómo era que realmente ella gozaba.  Estas mujeres tienen la dolorosa libertad de la soledad, de la cama vacía, de la casa habitada de gatos, recuerdos, fantasmas y empleados que caminan sin hacer ruido.  Cantan y bailan como seguro lo hicieron en esa juventud que les queda ahora tan lejos del cuerpo y tan cerca del entusiasmo, llevan en sus manos vasos llenos de cerveza y cocteles de todos los colores.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las otras eran jóvenes y, a ojo de buen cubero, agradables a la vista.  No pasarían los veinticinco años y bailaban también, animadas, felices, con la libertad de sus líneas firmes y dóciles, de sus vestidos ligeros, de sus muslos ágiles, con esas sonrisas que lo iluminan todo, esas miradas brillantes aún, esos labios sedientos y esas almas nuevas.  Mujeres con una frescura que en cualquier parte sería razón suficiente para tener que andar escabulléndose de las hordas de varones entusiastas que las rodearían –como es justo– con sus pretensiones, pidiéndoles bailar la siguiente canción, invitándoles una copa de vino o tratando de hilar una conversación más o menos inteligente que los destaque de los otros en la pelea.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero nada de eso sucedía.  Bailaban solas y ningún hombre se les acercaba.  No era ausencia, era desinterés.  Había hombres, hombres jóvenes con pinta de modernos ejecutivos, recién graduados de universidades de postín que vienen “al fin del mundo” para pagar piso, hacerse un espacio y ganarse, “en la cancha”, el derecho a seguir progresando en sus corporaciones.  Estaban allí, pero no miraban a las jovencitas que bailaban solas junto a la mesa cercana a la banda porque sencillamente tenían los ojos vendados de morenas pieles que serpenteaban a sus lados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿Quién se va a tomar la molestia de abordar a una mujer occidental cuando las indonesias se les meten por los ojos, se ofrecen por nada y se van a la cama con ellos a veces solo por el gusto de acostarse con un hombre blanco?”.  Cierto, las mujeres extranjeras hablan por la herida, pero alguna razón tienen.  “Claro que si quieres, igual puedes tener sexo, tampoco es que no se pueda, basta con comportarse como las locales, tomarse un trago, seducir al sujeto, hacérsela fácil, no pedir compromisos, acostarse con él la primera noche y no esperar que haya una nueva llamada” –me dice una que se niega a vivir así– “porque no me da la gana, porque no quiero andar peleándome por un hombre como si fuera el último macho reproductor del planeta, porque no lo necesito”, se reafirma.  “Ni bien llegan y se enteran de lo fácil que es todo, a los bulé se les trepa el ego, pero después las pagan” –sentencia otra que lanza la maldición–; “no se dan cuenta de que nueve de cada diez lo único que quieren es su dinero.  Después de la primera noche empiezan a adueñarse del cándido que termina vencido por las hormonas y por esa necesidad, tan machista, de sentirse los fuertes, los que todo lo pueden, los protectores.  Luego es solo cuestión de tiempo y, cuando ya los tienen en el bolsillo, comienza la sangría con la mamá enferma, la operación del hermano o la abuela hospitalizada…”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En medio de tanto ajetreo, el ángel se aburre en la mesa.  Alguien le habla y ella sonríe, sin ganas, alguien le presenta a un chico –uno de los pocos que se ha desmarcado de las indonesias que a todos atrapan– y habla con él con nerviosismo, sin fijar la mirada, sin saber realmente cómo comportarse frente a este varón que hace inútiles intentos de avanzar sobre ella.  El pobre tipo, que hace esfuerzos grandes por hacerse escuchar a través del estruendo, no consigue arrebatarle más que la cumplidora sonrisa de estatua de cera que no dice nada y que nada anuncia ni promete.  Pero él no se rinde, entusiasta, dueño del mundo, consigue convencerla y la saca a bailar (“saca” es un decir, se pone a bailar con ella allí mismo, parados junto a la mesa y en medio del bullicio del alocado grupo de mujeres). Ella se mueve modosa, decentita, midiendo los pasos y meditando los gestos, sin aspaviento, sin que la falda, que no llega a ser mini, alce demasiado vuelo, sin entregarse al ritmo, sin realizarse, sin perder el control.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bailar no es lo suyo y él se aburre, en la siguiente canción le dice algo y se retira junto a la barra donde un grupo de amigos suyos departe cómoda y cálidamente con unas indonesias que se acercaron hace un rato.  Pronto las cervezas campean, las risas aumentan el tono, la convulsión de los cuerpos se acelera y los brazos de ellos empiezan a enredarse en las cinturas de ellas como llevados por el ritmo de la música.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ángel se queda allí, sin compañía.  Está rodeada de sus amigas pero no importa, está tan sola que me conmueve.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me tienta acompañarla, pero yo, que ya sé que los ángeles no existen, la dejo abandonada…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-1886140276742623549?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/1886140276742623549/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=1886140276742623549' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1886140276742623549'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1886140276742623549'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/10/12-la-cadena-alimenticia.html' title='12- La cadena alimenticia'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-1259720295266877540</id><published>2008-10-20T02:31:00.000-07:00</published><updated>2008-10-20T02:33:17.469-07:00</updated><title type='text'>11- Falsa alarma</title><content type='html'>No soy yo ni mi pinta de “bulé” aún sorprendido en medio de esta marea de mujeres que se va apoderando del ambiente, quien llama la atención de la minifaldera que se acerca a pasos agigantados, es uno de mis compañeros. Es hacia él –cuyo anonimato me permito– que se acerca la muchacha aquella; no tiene 25, tiene 28. Detrás de ella aparece –menos agraciada pero más decidida– otra amiga. ¿Sus nombres? Los supe, pero ya no me acuerdo. Reales o ficticios, tenían esas “i griegas” precedidas de doble consonante que resumen en “quiero ser” inconfundible. ¿Fanny, Jenny, Sussy?, no importa, lo único cierto es una de ellas había salido la semana anterior con mi amigo (es decir, “salido” de la discoteca donde la conoció y “entrado” a su departamento).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la conversación que sobrevino, los lugares comunes se sucedieron uno tras otro, como las motocicletas en las calles de Indonesia. Que el clima (que en Yakarta siempre es el mismo, calor, con lluvia y sin ella –y esa noche llovió a cántaros–), que el ambiente, que la música, que la gente, “qué te tomas” y un decente jugo de naranja para empezar la noche, y “¿pero, ni una cerveza conmigo?”, y risitas y más frases comunes, “qué linda”, “me encanta tu falda”, “qué bonita está tu amiga”, “qué bien te queda el rojo” y la música martillando y los hombros moviéndose o tratando para seguir ritmo y “sí” y “no” y la repetición hueca de los “cómo estás”, “¿qué te parece el lugar?” y “¿habías venido antes?”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me aburro. Ellas ríen tontamente, como supongo que debe ser la risa forzada por estas situaciones. Beben el jugo de naranja, se muestran sorprendidas ante los avances de mi amigo y al mismo tiempo se le contonean a diestra y siniestra. Otro de nuestro grupo se ha ido “por más cerveza” y se ha detenido a conversar con una muchacha de ropa apretada con la que ya había cruzado largas miradas. Regresa riéndose, pero riéndose de verdad. “¿Vieron a ese tipo?”, nos pregunta a viva voz tratando de hacerse escuchar en medio de la música ensordecedora. Lo vemos, es un armario de casi dos metros de alto, espaldas anchas y cráneo angular, de esos que revelan pocas neuronas, no sabemos cómo es su cara pero la imaginamos perfectamente imbécil mientras la muchacha lo abraza y vuelve a regalar miradas cómplices a nuestro amigo. “Estaba en plena conversación, diciéndole lo linda que era y preguntándole si quería bailar conmigo, cuando sentí una presencia incómoda a mi lado, volteé y lo vi, me miraba molesto y me dijo que ella era su novia, así que sonreí, lo felicité y me fui…”. “Seguro que la tiene reservada toda la noche…”, intervino el cuarto de nosotros, tablista cuarentón con más de cuatro años visitando estas tierras, “ésa ya está pagada, búscate otra”, sentenció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el salón de al lado hay una mesa de billar. Juegan tres mujeres y dos hombres. Ellas, las tres, están de negro, labios rojos, cigarrillo en la boca, ligeros vestidos de algodón o apretados pantalones, escotes pronunciados, tacos altos; parecen uniformadas. Todos miran –miramos– cómo se agachan provocadoras cada vez que les toca jugar, se estiran por sobre la mesa como gatas perezosas, se ponen en puntas de pies, levantan las caderas y se sonríen entre ellas mientras los sujetos –simplones, descamisados, con el gesto estúpido que sobreviene después de la quinta cerveza, con sus relojes recargados, sus cadenas de oro y sus seis décadas encima– las miran babeantes, desesperados porque ese jueguito termine de una vez por todas en la habitación del hotel donde se alojan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No son los únicos; el ambiente está lleno de estos extranjeros, los hay de todas las edades pero hay dos grupos grandes y fácilmente diferenciables: el primero lo conforman los que deambulan entre los veintimuchos y los treintaipocos (muchachos afortunados a los que la distancia y los sueldos de expatriados les ofrecen libertad y seguridad, conversan, ríen, fuman y beben cerveza mientras esperan –con la segura calma de saberse jóvenes– “a la de esta noche”); y, el segundo, el de los tipos que deben andar acabándose los cincuenta o jugándose ya buena parte de la sesentena (peinan canas –si tiene pelo–, cargan vientres abultados, no guardan ni modales ni formas y lo toman todo como sintiéndose con derecho, son prepotentes y salivosos, y miran a las mujeres con los ojos vidriosos y febriles de los que tienen poco tiempo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junto a la mesa de billar hay otro grupo de chicas conversando bajo el fuego de las miradas de los sexagenarios que pululan con sus “güisquis” en las manos. Una de ellas, inmensa, morena, de ojos y labios grandes, es la que más llama la atención. Lleva un vestido morado cuyo algodón muestra sin vergüenza alguna un cuerpo que aún no necesita de sujetadores que sostengan lo que dentro de algunas primaveras cederá al omnívoro poder de la gravedad. Uno de nosotros –el de la escena del novio celoso– decide que “ya es tiempo”, y se lanza directamente al pozo mientras desoye los consejos del otro –el tablista– que le dice “tiene demasiados hombres alrededor”. Al final, los dos se van juntos mientras la de morado se ríe de buena gana con un tipo canoso que seguramente no conoce. Los pierdo entre la multitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedamos los cuatro, y mi amigo –el de la amiga de la salida– se multiplica en bromas, gestos e insinuaciones, tratando de convencer a las dos muchachas para que se beban una cerveza (“sin alcohol, siempre se ponen más difíciles”), pero nada; ellas juegan otro partido. En la segunda cita las reglas empiezan a cambiar, no mucho, pero cambian. Ellas no están allí para un nuevo “choque y fuga”, ya no son “como las otras”, hablan con más familiaridad y buscan un reconocimiento, un gesto, una actitud, que las haga, si no oficiales, al menos oficiosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo me aburro de escuchar frases hechas y mi amigo de decirlas, así que él, que tiene menos paciencia y más movilidad que yo –que estoy sentado en uno de esos bancos odiosamente altos que tienen las cantinas y mantengo el precario equilibrio apoyado simultáneamente contra la pared y la mesa–, decide irse “a rescatar a los otros”. Me quedo allí con las dos mujeres, rodeado, emboscado en mi incapacidad absoluta por mantener una farsa en la que no tengo ningún interés. Lamentablemente, la idiotez no es afrodisíaca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de ellas es sencillamente estúpida; tratar de conversar el más trivial de los temas es como pretender explicarle física cuántica a una foca, decido ignorarla, ella decide lo mismo y se pone a buscar medio desesperada el rastro de mi compañero. La otra, en cambio, tiene, además de la minifalda, una historia que contar y ganas de hacerlo, habla con calma, como quien sabe que posee a su favor el tiempo. Su vida empezó temprano, “a los diecisiete”, cuando conoció a un australiano en la oficina donde fungía de secretaria. “Fui su novia por diez años”, me dice. “Estaba casado” –me aclara cuando le pregunto por qué pelearon– “yo era su mujer en Indonesia, él tenía esposa e hijos en Australia, viajaba a verla cada dos semanas, y a mí no me importaba, me mudé con él y vivimos juntos por casi diez años”. El último alarido del rock que casi me revienta los oídos no me deja entender la razón de la pelea, pero escucho “viajé hasta a Sydney para aclarar las cosas y volví sola, ya no confío en los hombres”. No hay cólera en sus palabras, ni siquiera decepción o tristeza, solo indiferencia, la misma indiferencia con la que ve a su amiga –la mono neural aspaventosa que se aburre como un hongo al lado suyo– tratando de devorarse a nuestro amigo que regresa sonriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Yo que fui a salvarlos de la vergüenza de ser ignorados por la del vestido morado y ellos que ya no estaban”, “¿no estaban?”, “no, resulta que se metieron sin pedir permiso en la conversación y el viejo salió perdiendo”, “¿y, a dónde están ahora?”, “al fondo”, “¿al fondo?”, “sí, al fondo hemos descubierto un ambiente al aire libre donde están dando un concierto, ¡hay un montón de mujeres!, ¡vamos!”. Y fuimos (la elemental renegaba como niña con berrinche, “yo he venido para estar con otras mujeres”, pero igual partió abrazada de mi amigo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasando el comedor, que está en el centro del local, se llega a una zona al aire libre donde una rubicunda añosa, desentonada y con sobrepeso atronaba lo que sospeché que era una canción en una especie de escenario que se alzaba al fondo. La fauna allí era (lo fue por un rato más) diferente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la barra, donde un andrógino sujeto lleno de aretes servía cervezas, vi lo imposible. Era un ángel cuyas alas, perdidas tras algún combate contra el mal, la habían condenado a esa Sodoma postmoderna. Era bella, con esa belleza extraña que combina la armonía de las formas, la inteligencia del rostro y la serenidad de la mirada…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-1259720295266877540?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/1259720295266877540/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=1259720295266877540' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1259720295266877540'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1259720295266877540'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/10/11-falsa-alarma.html' title='11- Falsa alarma'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-1189824276133379969</id><published>2008-10-13T18:44:00.001-07:00</published><updated>2008-10-13T18:45:19.763-07:00</updated><title type='text'>10- Saigón en Yakarta</title><content type='html'>Viernes, nueve de la noche.  El bar, cuyo nombre no recuerdo (algo de unas “promesas”, que refleja bien su esencia), queda en Kemang, “la zona de los bulé”.  Los extranjeros han hecho de ese barrio, más al sur que al centro de Yakarta, su dominio, su lugar de estar, su calle favorita, su fortín y su elemento (el otro paraíso para los expatriados es Kuningan y su triángulo dorado donde se intersecan tres grandes avenidas y en cuyo interior se levantan los más fabulosos hoteles y centros comerciales, pero esa es otra historia).  Kemang es la calle de los bares y los restaurantes, lugares para todos los bolsillos (bolsillos con más o menos dólares, claro) donde puede hallarse desde una hamburguesa colesterona y aderezada hasta un “foie gras” hipertrofiado y carísimo, pasando por el pollo al curry, el “apple strudel” (con helado de vainilla), los nachos con guacamole y la infaltable pizza.  Abunda la cerveza en todas sus marcas y famosas nacionalidades y tampoco es raro encontrarse con un buen ron caribeño o un tequila, ese buque insignia de los alcoholes mexicanos (chilenos y peruanos, que somos cuatro gatos en estas islas, podemos llevar en paz la fiesta; el pisco tiene aún el terreno libre para una nueva guerra de inútiles arrogancias patrioteras cuando alguien se anime a importarlo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis tres compañeros de aventura me han dicho “vamos a jugar billas”, yo no juego pero no me gusta ser aguafiestas, así que partimos del edificio donde vivimos en busca de ese lugar que nadie conoce “donde hay mesas de billar, para pasar una noche tranquila divirtiéndonos y tomándonos unas cervezas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El taxista se da cuenta de que no tenemos idea de a dónde vamos y decide pasearnos media hora por la ciudad en la desesperada pretensión de hacer avanzar más el taxímetro (“pájaro azul” es la única empresa de taxis que la neurosis recomienda para los extranjeros, “son los más confiables” dicen todos).  El abuso del pobre hombre nos ha costado cuarenta mil rupias (un dólar a cada uno) y llegamos al lugar que se descubre como uno más de los muchos que abundan por estas partes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es un bar regentado por algún extranjero que vio la posibilidad de un buen negocio recreando el ambiente de las cantinas norteamericanas en donde sólo atienden mujeres en ropas ligeras (aunque acá no llevan uniforme).  Mi imaginación, que no es poca, comienza a andar, solo falta el segundo piso repleto de habitaciones “en uso” y el piano donde algún virtuoso borrachín alegre a la multitud.  No sé si quedarme con esa imagen de la cantina del viejo oeste (donde el “sherif” y los cuatreros se emborrachan juntos) o con la más moderna visión que se me cruza al ver el número de rubios “acosados” por las muchachas locales, la de un bar en el corazón de Saigón en mitad de la guerra de Vietnam donde los “marines” y las prostitutas se relajaban mientras afuera estallaban los bombazos.  Me quedo con Saigón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar tiene varios ambientes.  La puerta de la izquierda lleva de la calle al comedor pasando antes por un recibidor elemental donde dos o tres mujeres jóvenes y sonrientes nos dan la bienvenida.  Como todas las indonesias (o casi todas) son bajitas, delgadas, de ojos vivos y sonrisa perenne (sigo preguntándome, sin hallar respuesta que me satisfaga, qué tan veraces son esas inmensas sonrisas con las que las muchachas nos regalan).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonríen y sonreímos, todos jugamos a lo mismo.  Una minifalda negra nos conduce a un gran comedor; es el típico restaurante donde decenas de personas (en su inmensa mayoría extranjeros) están “comiendo algo”.  “Comida  occidental”, le dicen, y chorrean grasa las frituras que me llaman desde esos platos repletos de hamburguesas, papas fritas, alas de pollo a la parrilla, pedazos de carme jugosa y algún postre de esos con mucha leche, azúcar y su correspondiente montón de calorías.  Ignoro el llamado del vientre, veo y no consumo, no es falta de ganas, sino de tiempo.  La atención de mis compañeros, que ya me abandonan, se centra en el bar que se halla al lado, los sigo.  ¿Billar?, ¿quién dijo que jugaríamos billar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una puerta a la derecha, en la que no reparé al llegar, ofrecía la entrada directa de la avenida hacia la cantina.  El lugar está repleto, para transitar tienes que amablemente esquivar cuerpos o rozarlos (depende de los gustos y a nadie parece importarle mucho), atravesar pidiendo disculpas “por-si-acaso”, aunque, con la música atronando y el alcohol embruteciendo los sentidos, nadie escucha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero es ir a la barra y pedir una cerveza.  Una jarra inmensa, exagerada, que llena una muchacha de unos veintitantos años cuyos brazos –que observo porque están desnudos– se han endurecido a fuerza de cargar el licor de los demás.  Es diferente a todas, es simple y sencilla, tiene el pelo lacio, oscuro y libre, usa pantalones sueltos y sandalias que dejan ver sus pies minúsculos, lleva –sin coquetería pero sin vergüenza– una blusa de esas que dejan ver los hombros, es sensual, pero no lo sabe (al menos, eso quiero creer).  Los anteojos que lleva puestos denuncian una miopía redimida y le dan un aire intelectual que la descontextualiza de todo lo que ocurre a su alrededor; su mirada, serena detrás de esos lentes dignamente corrientes, no refleja la avidez ni la apetencia que, solo unos centímetros a la izquierda, se adueña de su compañera –más baja, menos agraciada pero más escotada y con una minifalda que deja ver esos muslos sólidos a fuerza de tacones– cuando cualquiera de los parroquianos le habla para pedirle un trago o un encendedor.  Esta muchacha parece ignorar dónde trabaja, parece no pensar o no mirar o no darse el lujo de meditar un poco o abrir los ojos o ver cómo a su alrededor se desenvuelven todos.  Tiene el rostro sereno pero no regala risas, en realidad cualquiera que la observe se daría cuenta de que ella no está allí, pero nadie la mira.  Demasiados escotes, demasiadas minifaldas, demasiadas miradas descaradas, demasiados roces y provocaciones como para fijarse en ella.  A las camareras así no se les deja propina ni se le escriben historias, solo se les olvida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La música es estruendosa, porque siempre es mejor mucho ruido.  Avanzamos hasta el fondo, “cerca al baño” (unisex, dicho sea de paso) y logramos apoderarnos de una esquina.  Hay un abandonado blanco donde duermen olvidados cuatro dardos con los que juego un rato mientras veo a mis compañeros hacerse parte de un ritual que, a lo largo de la noche, se multiplicará y se hará más evidente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya son las diez y las mujeres empiezan a fluir como los pájaros vuelven tras el invierno al llamado de la primavera.  Son muchas.  Todas están “producidas”, poco o bastante, pero empeñadas en ser más atractivas –“menos indonesias”, según sus propios parámetros de belleza (esa es otra historia)– y convocar más miradas y más necesidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una tras otra pasan por la puerta.  No vienen con nadie en especial, llegan, de a dos o solas, sin embargo, parecen conocer a todos.  Con las mujeres que encuentran en el bar se saludan como viejas amigas, como viejas compañeras de jornada, de sueño, ¿de trabajo?  Con los hombres se saludan más amables, más cercanas, más al alcance del abrazo, más próximas a la carcajada alcohólica o al aliento ácido del que está a punto de pasar del mucho al demasiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por esa misma puerta, batiente como en cualquier bar que se respete, ingresa una chica que debe tener unos veinticinco años, es delgada, tiene el pelo corto, la cara con rasgos finos, los tacos altos, la blusa roja, la falda corta y la cartera falsa.  Entra definitiva como una promesa y cruzamos miradas…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-1189824276133379969?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/1189824276133379969/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=1189824276133379969' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1189824276133379969'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/1189824276133379969'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/10/10-saign-en-yakarta.html' title='10- Saigón en Yakarta'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-176162045564228269</id><published>2008-10-03T21:00:00.000-07:00</published><updated>2008-10-04T08:44:05.921-07:00</updated><title type='text'>9- Idul Fitri</title><content type='html'>La celebración del Idul Fitri es la conclusión de Ramadán, el mes sagrado durante el cual los musulmanes disciplinan su organismo con ayuno (puasa) y abstinencia, y es, también, el tiempo en el que la gente vuelve a sus hogares y se reúne con la familia.  Como el día se establece en base al calendario lunar islámico, varía todos los años en nuestro calendario gregoriano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Indonesia, la fiesta da lugar al desplazamiento de una multitud de seres humanos a lo largo de sus casi dos millones de metros cuadrados de tierra, distribuidos en sus más de seis mil islas habitadas.  Este año se estima que se han trasladado unos veintiséis millones de personas (poco menos que la población del Perú).  Las carreteras se saturan, la gente viaja en los techos de los trenes, los transbordadores (no los espaciales sino los muy sencillos "ferris") colapsan con cientos de miles de automóviles y no hay un solo boleto de avión disponible para viajes de último minuto.  Las motocicletas (esa moderna maldición que se ha adueñado de las calles de Yakarta), despreciando prohibiciones, limitaciones y advertencias, toman las autopistas y lo inundan todo con su carga ahorradora e irresponsable de dos, tres y hasta cuatro pasajeros que viajan por la décima parte del costo de un pasaje en tren.  La policía ha renunciado a detener y multar a los infractores, hace rato ha sido sobrepasada en su capacidad operativa y nada puede contra ese mar de motos (entre dos y tres millones) que esta semana recorre las islas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien Indonesia es el mayor país musulmán (85% de sus 240 millones), es una nación tolerante.  Gobernada por el principio "Bhinneka Tunggal lka" ("unidad en diversidad"), permite que templos budistas, hinduistas, confusionistas, católicos y cristianos abran sus puertas a los fieles de distintos credos.  El caso de Aceh (léase Achej) es particular, sus normas están ligadas a la sharía (ley islámica) gracias a un acuerdo de paz firmado el 2005 entre el gobierno central y las fuerzas del Movimiento de Liberación de Aceh (GAM, por sus siglas en achenés) que hizo del norte de la isla de Sumatra un "territorio especial" donde se encuentran los más conservadores y ortodoxos dentro de los musulmanes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Idul Fitri me sorprende en Yogyakarta.  Éste es el nombre de una provincia de la isla de Java gobernada por un sultán, un territorio famoso por la variedad de templos budistas e hindúes que concentra (donde "la joya de la corona" es Borobudur, el más grande templo budista que existe) y porque en su capital (del mismo nombre) se alberga gran variedad de universidades y centros de estudio que le otorgan un gran prestigio cultural e intelectual.  A esta "ciudad universitaria", a una hora de vuelo de la capital de Indonesia (más las tres horas que me tomó ir, en taxi, hasta el aeropuerto de Yakarta), llegué aprovechando un "bréik" en mi trabajo e intentando (inútilmente, una vez más) aprender un nuevo idioma (pero esa es otra historia).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yogyakarta es amable y acogedora, como su gente.  Vive en mitad del camino entre la modernidad (representada en las motos que detesto y un número infinito de pequeñas tiendas donde venden teléfonos celulares) y su pasado (milenario en sus templos y las carretas jaladas por silenciosos y tristes caballos en Malioboro, su calle más famosa).  Tiene tintes cosmopolitas, ancestrales y globalizados (delicioso mazacote que describe –mal que bien– la realidad de Indonesia).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Yogyakarta el Idul Fitri es una fiesta de reencuentro y reconciliación, de amor y perdón.  Vencidos los impulsos del cuerpo tras un mes de ayuno diurno, los musulmanes llegan al "takbirán" (tarde del último día del Ramadán) llenos de alegría.  Tras la oración que anuncia el último ocaso del mes de ayuno, la gente come con libertad, sale a la calle y celebra.  Las calles aparecen atestadas.  El tráfico se hace pesado y miles de hombres, mujeres y niños, se apoderan de los costados de las avenidas, expectantes, como aguardando algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El desfile comienza y va, por barrios y por calles, llevando la comparsa que abunda, sí, de mujeres cubiertas de pies a cabeza como en los más ortodoxos países musulmanes pero que, sin embargo, se contonean con alegría carioca, al ritmo de los tambores (que tocan entusiastas jóvenes que más parecen rocanroleros con sus anteojos negros y su pelo largo) y de los cantos que van identificando a cada grupo.  Lo más sorprendente son los motivos y temas.  Se pueden ver, entremezclados con las más tradicionales antorchas o vestimentas, elementos tan ajenos al mundo musulmán como soldados romanos, serpientes chinas, hanumanes (Hanumán es el leal mono blanco del Ramayana hindú) y hasta un despistado "Bob Esponja" (ese odioso, fronterizo y afeminado personaje de unos dibujos animados televisivos).  Súmese al jolgorio callejero el estruendo de los fuegos artificiales y se tendrá una idea de la primera noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo demás, lo que sucede en los dos días siguientes, lo supe por el maravilloso testimonio de Eni, la única musulmana de las cuatro profesoras que se empeñaron en la imposible idea de hacerme aprender indonesio:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Al día siguiente nos levantamos en la mañana, nos vestimos con el traje para rezar, que es blanco, porque representa la pureza, y vamos a la plaza. Allí nos reunimos todos los del barrio (o de la aldea, si es en el campo) y oramos.  Eso dura como media hora.  Luego empieza a hablar el Imán de la zona, él habla como media hora más y todos lo escuchamos.  Luego de eso vamos a la casa, nos quitamos el vestido para el rezo y empezamos el "silaturahmi", que es la visita del Idul Fitri.  Es por eso que todo el mundo viaja, todos van a visitar a sus parientes, los mayores se quedan en sus hogares y los más jóvenes se pasean por todas las casas de parientes y amigos, saludándose, encontrándose, reconciliándose.  Una vez que llegan a la casa se juntan todos en la sala y se pide perdón con una frase ritual que dice "Salamat Idul Fitri, mohon maaf lahir dan batin" ("Feliz día sagrado, te pido que me disculpes por mis pecados, tanto los de acto como los de pensamiento").  Cuando todos se han perdonado empieza lo mejor, se comparten los bocadillos que han puesto en el comedor.  La comida abunda, hay comida en todas partes, todo el día comes.  Primero vas a la casa de tus padres y después pasas por donde tus tíos, tus primos o gente mayor a la que respetas y honras, en todas las casas se repite la misma ceremonia, como al medio día se para, en donde estés, para rezar.  En mi caso visité más de quince casas. Es agotador, terminas el día como a las seis o siete y solo piensas en irte a descansar.  Al día siguiente, que también es feriado, muchos buscan refugio en los hoteles porque estar en casa cansa, hay que recibir quince o veinte grupos de visitas y no hay nadie que ayude. En Indonesia todo el que tiene un poco de dinero tiene una "pembantu", una (o varias) ayudantes en la casa, pero en esas fechas nadie puede retener a nadie y todas las empleadas se van a sus villas y como las señoras no quieren trabajar el segundo día, los hoteles se llenan y, claro, están más caros porque todo sube de precio, no solo el alojamiento, los pasajes, las cosas en las tiendas y hasta la comida…".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eni sigue con su relato pero yo ya estoy pensando cómo esta muchacha, entrando a la treintena, que defiende su independencia, que anda en motocicleta, que estudia y trabaja incansable, que ama la cultura, que es emprendedora y atrevida y que está llena de vida, representa tan bien a esos millones de musulmanes tolerantes, abiertos, sinceros y honestos, que aman sus tradiciones, critican los excesos y conviven (en sincera paz, no en paz armada) con católicos, cristianos, hindúes, budistas y confusionistas (claro, alguien dirá "pero el estado indonesio no reconoce otras religiones, empezando por los judíos o los ancestrales animistas" y eso es tan cierto como que este día tendrá su noche, sin embargo, en un mundo plagados de intolerancias aceptar las creencias del setenta por ciento de la humanidad creo que ya es un avance).     &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Es más –agrega Eni y me regresa de mis divagaciones, tan vez inexactas, tal vez demasiado entusiastas–, hace unos años el Idul Fitri cayó a fines de diciembre y el gobierno temió que la coincidencia con la Navidad causara enfrentamientos.  Sucedió todo lo contrario, musulmanes y cristianos se visitaron y saludaron mutuamente y nadie se peleó…".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Selamat Idul Fitri, Indonesia! y que todos nos perdonemos algún día…&lt;br /&gt;&lt;i&gt;&lt;/i&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-176162045564228269?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/176162045564228269/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=176162045564228269' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/176162045564228269'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/176162045564228269'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/10/9-idul-fitri.html' title='9- Idul Fitri'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-3575745259579709616</id><published>2008-09-25T10:44:00.000-07:00</published><updated>2008-09-27T17:53:07.291-07:00</updated><title type='text'>8- ¿Más de lo mismo?</title><content type='html'>Mi primera experiencia en charlas "para sobrevivir al choque cultural" fue cuando mis circunstancias me hicieron mudarme de la plastificada Miami al vertiginoso D.F.  Empujado por la burocracia –y por eso del "escoge tus batallas" de mi padre–, participé de la "charla para expats" que una corporación organizó y tuve que soplarme los pobrísimos conocimientos de la historia mexicana e hispanoamericana de los que hizo gala la narcótica dama a cargo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo único cierto es que en esas horas interminables me hicieron tantas advertencias y recomendaciones que –ahora comprendo la neurosis de algunos– empecé a preguntarme si iba a mudarme al Distrito Federal o a Kabul en pleno bombardeo.  Cualquier latinoamericano medianamente pensante puede intuir la realidad mexicana asimilándola como parte de nuestro proceso histórico. Somos más o menos parecidos y por eso nos comprendemos y por eso –seguramente– también nos peleamos.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me dijeron, ya en Yakarta, "charla para expatriados", sonreí sospechoso.  "Más de lo mismo", me dije y me senté a escuchar, escéptico, los "no-deben" y los "no-es-recomendable-que" con los que nos avisan o nos advierten del mundo que hallaremos –"hermoso pero peligroso"– al traspasar la protección dorada del hotel de cinco estrellas que nos alberga por tres días con sus guardias armados y sus detectores de metales en todas las puertas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo había leído sobre Indonesia, su vida como colonia, la voracidad holandesa (que explotó las especias, el café y la azúcar por más de tres siglos), su independencia tardía (1945), su participación en "el milagro asiático" (el enorme crecimiento económico en los setentas), su desastrosa crisis económica (que a fines de los noventa precipitó la salida de Suharto, después de treinta y dos años en el poder), su recuperación (lenta pero sostenida, en la última década), y el golpe que significaron los atentados terroristas en Bali y Yakarta con su saldo de muertos y el deterioro de la imagen de paraíso asiático donde todos los "bulé" son recibidos amablemente.  Sabía que es una nación formada por miles de islas (unas diecisiete mil quinientas con aproximadamente seis mil habitadas) y millones de seres humanos (entre doscientos veinte y doscientos cincuenta), donde el 85% de la población es musulmana.  Pero esos datos, fríos como la pantalla donde los escribo, no dicen nada, no significan nada, no sirven en solitario y necesitan de la urgente inmersión en la realidad para comprender lo que en verdad representan. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estereotipar a los indonesios a partir de lo que vemos en la isla de Java sería un atrevimiento reduccionista y peligroso, pretender entender la idiosincrasia de los pobladores de esta nación tomando en cuenta solo lo que ocurre en Yakarta (que con sus diez o doce millones no representa ni el 5% de la población) sería una muestra de feroz ignorancia.  Sin embargo, resulta indispensable empezar por algún lado y allí estábamos escuchando las experiencias de un extranjero en estas tierras que, como primera impresión o dato aceptado "con beneficio de inventario", fue una reveladora reseña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"No conocen el significado de la palabra puntualidad".  Absolutamente cierto, al menos en lo que a mi limitadísima experiencia se refiere.  Botón de muestra: Vivo en un hermoso departamento, en un edificio en construcción…  El condominio (en el cual el colegio nos aloja) debió estar listo en mayo, estamos en setiembre y, nos informan que "probablemente" terminen con todos los trabajos para enero, mientras tanto un brigada infinita de obreros martilla sin piedad las paredes, rompe, repara, arregla y desarregla a un destiempo maravilloso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Nadie respeta las colas", nadie, absolutamente nadie, ninguna cola, ni la del cajero del supermercado, ni la del cine, ni la de los coches en la calle; cada espacio, cada partícula de espacio que queda libre, es una posibilidad para que, silenciosamente, sin aspavientos y sin violencia alguna, pero con un desparpajo digno del más envalentonado, se cuelen por entre la rendija de luz entre tu cuerpo y el siguiente y termines atrasado sin darte cuenta.  Asumido como un sistema válido, nadie parece molestarse cuando ocurre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Nunca se sabe que hay debajo de su sonrisa", jamás.  El tema de la sonrisa es digno de un análisis largo y mi teoría es que está ligada a los muchos años de coloniaje (un coloniaje diferente al nuestro, más sectario hasta donde entiendo, sin el mestizaje abrumador que caracteriza a los países latinoamericanos).  Difícil definirlo en dos líneas pero me atrevo a decir que esa sonrisa no deja de ser un formalismo, tan formalismo como el "buenos días" con que nosotros saludamos al cretino del vecino bullanguero y pleitista al que solo le deseamos la peor de las jornadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Son curiosos y conversadores", al grado sumo.  Si uno, por amabilidad, se detiene un segundo más del indispensable para el "selamat sore" con el que se saluda al llegar en la tarde, ellos de inmediato toman la iniciativa y empiezan, "de dónde vienes, dónde trabajas, con quién vives" y todo lo que se les ocurra.  Si no preguntan más es porque no saben más inglés y uno no tiene idea del indonesio (por ende, practicar bahasa, cuando se aprende, implica aceptar un constante e infinito interrogatorio).  Otro botón: Hace unos días vinieron a instalarme Internet en el departamento, mientras yo conversaba con el encargado que me hacía llenar el contrato, la chica que lo acompañaba se puso a mirar unas fotografías que tengo expuestas en la sala y dio media vuelta y, sin mediar trámite, empezó a pedirme que le explicara quiénes eran las personas que allí aparecían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"El personal de servicio siempre está en grupo, funciona como una red de información".  Cierto, todos se conocen, hablan, chismean, intercambian datos, crean o confirman historias; el chofer es esposo de la cocinera y la cocinera es prima de la señora que lava la ropa y cuñada de la que cuida al niño y ellas, a su vez, tienen un parentesco lejano con el vigilante de la puerta del edificio o con el que cuida carros al frente.  Cuando Ima, la señora que trabaja en mi departamento (que, dicho sea de paso cocina deliciosamente) vino a entrevistarse conmigo, llegó acompañada del antiguo chofer de Gerardo (quien me la recomendó), "porque habla mejor inglés" y resultó que trabaja ahora con otro profesor, aunque se ofreció a conducir el carro que no tengo "cuando lo compre".  Ellos lo saben todo y lo ven todo; en un mundo donde el extranjero más infeliz gana en dólares (a casi nueve mil quinientas rupias por dólar) y puede alquilar una casa con chofer y cocinera, el sistema informal de monitoreo está garantizado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Les suena parecido?  La charla continuó y miraba cómo los norteamericanos se sorprendían con cada una de las explicaciones.  Yo, que tenía a mi lado a una encantadora y rubicunda venezolana de veinticinco años que, como es previsible, es profesora de primaria, volteé y le dije, "pero, ¿te das cuenta?, nos están describiendo a nosotros".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El paso de los días me daría la razón y, claro, la rubia no.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-3575745259579709616?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/3575745259579709616/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=3575745259579709616' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3575745259579709616'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/3575745259579709616'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/09/8-ms-de-lo-mismo.html' title='8- ¿Más de lo mismo?'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-2844369682552183812</id><published>2008-09-14T06:55:00.000-07:00</published><updated>2008-09-16T17:31:12.452-07:00</updated><title type='text'>7- Más allá del aeropuerto</title><content type='html'>Pasar más allá de los controles de un aeropuerto es como abrir la puerta de un nuevo mundo, mientras uno es un “pasajero en tránsito” (bienvenido o no, maltratado o no, ignorado o no), uno solo percibe esa porción de realidad que los burócratas locales han decidido presentar como “la imagen” de un país. Aún el más sencillo puerto aéreo tiene algún afiche, alguna foto, alguna propaganda con alguna chica sonriente con la que las autoridades están decididas a mostrarnos las bondades del lugar que pisamos; una especie de “primera impresión” maravillosamente tendenciosa que pretende convencernos de los encantos locales. Pero todo se termina cuando uno traspasa las puertas de seguridad y entra a la vorágine de una ciudad –cualquiera– que ni detiene su ritmo ni se lava la cara para recibirnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aeropuerto de Yakarta, con sus desórdenes, sus taxistas esperando y prometiendo tarifas insuperables, sus cargadores de maletas, sus casas de cambio, sus cientos de pasajeros yendo y viniendo, sus tiendas y sus formas, me pareció, en mucho, el Jorge Chávez de hace unos años; no el del desorden con olor a nuevo que caracteriza al remodelado aeropuerto peruano sino al otro, al desgastado, al gris y sombrío que guarda mi memoria, donde las bancas estaban incompletas, las paredes sucias y los baños hediendo como reclamando, a berridos, que reconecten, ¡por favor!, el servicio de agua. Esa fue mi impresión pero puede ser un espejismo o una injusticia, tres días de viaje le nublan la buena voluntad a cualquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yakarta de noche, al menos la Yakarta que recibe a los pasajeros que salen del aeropuerto, es triste. Unas avenidas largas y oscuras, en plena reparación en varios tramos, van dejando ver el rostro gris de la ciudad, grandes descampados, muros, rejas, construcciones que se divisan apenas detrás de las paredes y donde puedo imaginar fábricas que no se detienen y obreros que trabajan por esa nada que los gobiernos denominan con el eufemismo de “salario mínimo”. Me sentía en casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El chofer manejaba en silencio, no me mira a los ojos pero mantiene una sonrisa casi permanente. “En Indonesia el jefe es jefe y el empleado es empleado”, me explica alguien después, tautológicamente, como para hacerme comprender que no se debe confraternizar demasiado. En un “manual para expatriados” (de esos que aparecen en Internet) leo: “con los sirvientes hay que tener un trato amable pero distante para evitar sorpresas incómodas”, lo que supongo que significa “tú eres el jefe, él es el empleado y en esta parte del mundo jefes y empleados no son iguales y no son amigos”. Me sigo sintiendo en casa y la vergüenza es un gusano que comienza a treparme por la cara. La misma miseria pero en diferente idioma. Los casi dieciocho mil kilómetros que separan Lima de Yakarta son solo un accidente geográfico, no es difícil sospechar que, en nuestras sombras, somos parecidos. Yo me encuentro con lo mismo pero más grande, la misma gente pero más gente, la misma pobreza pero más pobres, las mismas ganas de largarse pero más silencio, la misma angustia pero –y el secreto, me dicen, se halla en sus creencias– una sonrisa, como la del chofer del taxi, que no cede ni a terremotos, ni a tsunamis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada de esto lo entienden los “verdaderos occidentales”, pero yo sí, que vengo de una América Morena, tan morena como la piel de las muchachas que deambulan por esta ciudad que me recibe como si estuviera volviendo de un viaje largo del cual ya ni me acuerdo. Sin embargo, por ahora soy diferente, soy, a simple visto, otro expatriado con buena suerte y cuatro maletas que se dirige a un hotel de cinco estrellas donde encontraré el bar atestado de muchachas radiantes. ¿Cómo le explico a esas indonesias veinteañeras que ven en cada “bulé” –extranjero– una posibilidad y un pasaporte, que en mi país a ellas las llamarían “bricheras”, con un tono sarcástico y despectivo, y que yo, simple sudaca de eventual pellejo blanco, necesito tantas visas como ellas para visitar al Pato Donald o “hacer la América” limpiando baños en algún restaurante de comida rápida en algún suburbio norteamericano?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abandono mis pensamientos y regreso a esta realidad donde la avenida, que no puedo llamar carretera, sigue avanzando. Mis impresiones son las de quien maneja (aunque el timón no esté en mis manos porque acá, como en Inglaterra y en un tercio de los países del planeta, el timón se encuentra a la derecha). Ocupo el sitio que es del piloto en los otros dos tercios de las naciones del globo y, al ser mi primera vez, me siento manejando en medio de la gris oscuridad de las calles mal iluminadas en uno de esos carros futuristas que avanzan guiados por sensores sin que yo tenga que preocuparme de esa minucia que es conducir. Solo cuando volteo, me encuentro de nuevo con el chofer cuya sonrisa parece que no se pudiera desdibujar con nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estamos al norte de la ciudad y el recorrido nos llevará hasta el centro, a la zona comercial, moderna, occidentalizada, donde abundan los hoteles. El camino es largo y los minutos pasan y lo que empezó siendo una vía más o menos abandonada pronto se llena de coches y ómnibus que demoran nuestro avance (“y eso que llegaste de noche, de día el tráfico es insufrible”, me advertirá alguien después). Empezamos a recorrer algunas calles que, misteriosamente se van anchando y van convirtiéndose en modernas y anchas avenidas cada vez más congestionadas y sometidas a la tiranía de los semáforos. Nos detiene una luz roja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A través de la ventana veo un número incontable de sombras que empiezan a rodear el taxi descaradamente y me siento, de pronto, como en la carreta aquella que va tranquila por el campo llevando a la doncella y que inesperadamente se ve obligada (la carreta, no la doncella) a atravesar el bosque huyendo de los bandidos a caballo que la persiguen (a la carreta) y pretenden abordarla (acá es donde empiezan los verdaderos problemas de la doncella). Incómodo por los malos pensamientos del fatalista que me habita, miro a mi derecha y hallo que el conductor se mantiene impávido, sonriendo, ignorando (o fingiendo ignorar) el peligro que mi imaginación ha construido. Entonces mi presión se agita, los pensamientos empiezan a ajustarme y me siento James Bond en la necesidad de tomar decisiones inmediatas después de haber sido embaucado por los encantos de la deliciosa mujer que resulta ser cómplice de sus enemigos (que, claro, son comunistas). ¿Será una celada?, ¿habré caído torpemente en una trampa para tontos?, ¿mis días en Indonesia serán tan breves que serán horas? Hago el repaso de los hechos. Llegué al aeropuerto, vi un letrero y me trepé a un taxi sin entender media palabra de lo que me dijo, entre sonrisas, el chofer. ¿Acaso le pedí que se identificara?, ¿acaso pregunté quién lo enviaba o cual era mi destino? Fueron instantes angustiosos en los que mi alucinada imaginación construyó un capítulo de las aventuras de un “doble-ou-ceben” tercermundista, distraído y con sobre peso que, y eso era lo que me indignaba, no iba a perder la vida en manos de la curvilínea enemiga ante cuyos embrujos había sucumbido sino frente a un sonriente, flaco y sudoroso taxista indonesio de cincuenta años que difícilmente llegaba al metro sesenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tensión de disipó de pronto. La luz cambió a verde y los motociclistas (que eran las sombras que me rodeaban) avanzaron raudos ignorándome soberanamente. Vi un poco más allá y me di cuenta que esas decenas de luces que se movían agitadas a los lejos eran más y más motos que en Yakarta suman millones (literalmente, pero eso lo supe después cuando leí en el diario que son casi tres millones y medio de motocicletas que ocasionan casi el noventa por ciento de los accidentes de tránsito en la ciudad).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me reí de buena gana de mi propia neurosis y en medio de mis carcajadas nos detuvimos en el control de seguridad del hotel. El taxista y los guardias reían conmigo (yo de mi idiotez, ellos de mi risa), se reían despacio, sin escándalo, casi discretamente, porque por estas partes todos sonríen pero jamás se escuchan carcajadas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-2844369682552183812?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/2844369682552183812/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=2844369682552183812' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2844369682552183812'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/2844369682552183812'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/09/7-ms-all-del-aeropuerto.html' title='7- Más allá del aeropuerto'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-8571209875757111742</id><published>2008-09-07T20:36:00.000-07:00</published><updated>2008-09-08T05:14:51.850-07:00</updated><title type='text'>6- Complain</title><content type='html'>La muchacha y su gélida belleza me detuvieron un instante, pero la Desesperación, madre de la Audacia, me impulsó de nuevo. Allí me encontraba otra vez, en el aeropuerto de esta encantadora isla, perdida en el Pacífico, contando –en mi imposible inglés– lo sucedido desde Lima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de ese instante, sobrevinieron los lugares acostumbrados: el golpeteo nervioso sobre el teclado, la revisión obsesiva de la pantalla, la llamada telefónica inevitable y el "espere un momento" de rigor, que me terminó enviando a la más cercana de las confortables bancas que me cercaban. Segundos, minutos, impaciencia, pasajeros que empiezan a llegar y a ocupar los vacíos espacios a mi alrededor, otros que se acercan al mostrador y salen –sonrientes– con su "bórdinpas" en la mano, el piloto canoso sonriente y copiloto bisoño con aires de pavo real, los encargados que ocupan el mostrador, maletas que van y vienen, y yo, esperando impaciente. El aburrimiento, el cansancio, el temor a no embarcarme, la gente a mi alrededor feliz y satisfecha, las familias que iban o venían de vacaciones, los ejecutivos, las ejecutivas (una, sobre todo, de largo abrigo negro y piernas interminables), los vendedores viajeros y los extraviados (entre ellos, un delicioso grupo de bolivianos que se dirigían a no sé qué olvidable isla de los alrededores "a trabajar en petróleo"), eran todos más o menos lo mismo hasta que, como quien es partícipe de una revelación, empezó el más extraño desfile que mis ojos han visto en una sala de embarque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegaron despacio, como quien pasea; el moño y la sonrisa eran los mismos que tienen todas las aeromozas del mundo, pero no ellas ni la indumentaria. Ninguna medía menos de un metro setenta ni sobrepasaba los treinta años (miento, había una mayor que luego supe que era algo así como una supervisora), todas poseían rasgos orientales, ligeros y delicados, claros pero no profundos, con las líneas suavizadas que en todas las razas produce el mestizaje (luego lo comprobé, Rose, cuyo nombre asiático –que he extraviado en mi desmemoria– era algo así como "sol del amanecer", era hija de una dama de Singapur con un inmigrante inglés, la mezcla genética –eso que los histéricos y neuróticos racistas consideran una infamia– dio lugar –según lo comprobé &lt;em&gt;in situ&lt;/em&gt;– a una mujer fabulosa, de rostro fino y exótico, cuyas proporciones –precisas y preciosas– hubieran sido aprobadas sin dilación por Buonarroti como modelo para sus famosos estudios sobre la anatomía humana). A todo esto agréguesele el uniforme, un vestido largo y ceñido de una sola pieza multicolor cuyo objetivo notorio –y notablemente alcanzado– era resaltar las formas amables de esas inolvidables mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solo después de la tercera o cuarta vez que lo dijo, me di cuenta de que la rubia andaba pronunciando mi nombre. Regresé del éxtasis que esas mujeres ofrecían y me acerqué sonriente. Me dijo: "no hay problema, puede viajar en el vuelo del mediodía" y cuando mi sonrisa se iba a completar agregó: "solo hay un inconveniente". Me explicó que el cambio de &lt;em&gt;ticket&lt;/em&gt; en Chile generaba "nuevas obligaciones" puesto que "la política de equipaje en esta empresa es diferente" y que "por el exceso de peso" debía hacer un pago adicional de "solamente setecientos cincuenta dólares". No voy a transcribir las palabras (castizas y amargas) que se me quedaron atracadas en la boca pero sí diré que la mirada azul de la muchacha se enturbió de pronto. No obstante, una vez más mis reflejos estuvieron a la altura de las circunstancias. Asumí una actitud serena, la miré respetuoso pero firme y le dije, mientras sacaba de mi bolsillo posterior derecho mi billetera, "no tengo ningún problema en realizar el pago, sin embargo, en Lima me cobraron ya por el exceso de equipaje, me dieron un recibo y me aseguraron que no tendría que realizar más desembolsos, solo le ruego que me diga a quién debo dirigirme para plantear una queja una vez que llegue a mi destino".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es interesante cómo en algunos lugares la palabra "queja" tiene aún un poder mágico. La dama me dijo "espere un momento, por favor", yo sonreí, ella se dirigió a un hombre que tenía cara de supervisor y conversaron, él revisó los papeles, hizo una llamada y se me acercó. "Señor, no se preocupe, ha habido un error administrativo y le pedimos disculpas, usted no tiene que realizar ningún pago adicional por su equipaje".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo lo demás, hay que decirlo, fue divertido y agradable. Las más de diez horas de viaje entre Auckland y Singapur se pasaron con la velocidad del rayo en un avión que hacía honor a la frase "lujo oriental". Solo al subir, así como cuando se entra en un restaurante japonés, nos dieron toallitas húmedas y tibias para lavarnos las manos. Las comidas fueron deliciosas (el almuerzo hasta incluyó helado de postre), la atención de primera, los asientos espaciosos, el avión comodísimo y el viaje un placer. No pasé por "primera clase" (esa sección se hallaba lejos de mi radio de acción y estuvo cerrada permanentemente), pero "bísnez" era ya una encantadora exageración en esto de brindar un agradable vuelo a los clientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegar a Singapur fue otro descubrimiento. El aeropuerto –que luego supe que tiene varias secciones construidas sobre el mar– es inmenso y cómodo, se encuentra perfectamente señalizado y sobran personas. Los baños (tanto los del aeropuerto como los del avión que esta vez –como nunca antes– me atreví a visitar) se hallaban impecables, prístinos, con olor a limpio. Los grandes corredores eran amplios y hasta hallé (en el aeropuerto, que no en el avión) un servicio de "Internet gratis" donde pude avisar a mi gerente de Recursos Humanos del último cambio de horario que me permitía arribar a Yakarta cerca de la medianoche del viernes para poder asistir, desde el principio, a las charlas programadas sobre "cómo sobrevivir en Indonesia".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vuelo entre Singapur y Yakarta fue breve (sin embargo, la atención no decayó y no faltaron las toallitas para lavarse las manos ni la cena ligera pero sabrosa) y todo transcurrió sin contratiempos. Ya en Indonesia, los oficiales de Migraciones fueron muy amables (los peruanos no necesitamos visa para visitar el país de las diecisiete mil islas), mis maletas llegaron completas, y en aduanas –sección de la cual me habían contado terribles cosas– no tuve ningún contratiempo. Busqué al que tenía actitudes de jefe y le dije "soy profesor y vengo a trabajar a Indonesia, en mis maletas hay ropa y libros". Parece ser que el medio centenar de docentes extranjeros que en las últimas horas me había antecedido hizo que mi camino fuera limpio y franco, bastó decir "profesor" para que mis maletas no pasaran por los "rayos X" (los días me han enseñado que por estas tierras la seguridad es más aparente que real) y me dijeran "bienvenido".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí y nadie me esperaba, al menos eso sentí. Un minuto después vi un letrero con el nombre de la institución para la cual trabajo, un taxista, uniformado y sonriente, venía a mi rescate.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-8571209875757111742?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/8571209875757111742/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=8571209875757111742' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8571209875757111742'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8571209875757111742'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/09/6-complain.html' title='6- Complain'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-5683880821406660639</id><published>2008-08-31T18:05:00.000-07:00</published><updated>2008-09-01T06:45:39.283-07:00</updated><title type='text'>5- La puerta número diez</title><content type='html'>“¿Veintiún horas en el aeropuerto?”, la amable señora movió la cabeza afirmativamente mientras me observaba con esa comprensiva mirada de abuela que bien puede interpretarse como un “¿pero, criatura, en qué andabas pensando cuando te dieron el boleto?”, porque, claro, ella no sabía que yo, en el momento en que era desvalijado por las circunstancias en el aeropuerto de Santiago, solo conmigo y mis decisiones, no tuve cabeza como para ponerme a hacer otro cálculo que no fuera el de mi hora de arribo a Yakarta donde un contrato de trabajo me esperaba. Frente a ella, con la lucidez que le da a uno la sola idea de pasarse un día entero en un aeropuerto, atiné a preguntarle, “¿y no sale ningún vuelo más temprano?” Ella, paciente, me dijo “creo que sí, al medio día”, y aclaró algo que en mi distracción no había reparado, “pero este mostrador no corresponde a esa aerolínea, esa empresa no tiene atención en la sala de tránsito, debes llamar desde el teléfono que ves enfrente”. Volteé y divisé un teléfono blanco –de esos de “fri-col”– abandonado en una sala solitaria, hice el ademán de despedirme y salir corriendo a su encuentro cuando la dama, sin cambiar en ningún momento el tono acogedor, dijo, “pero no llegan sino hasta las nueve, tendrás que esperar…”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Era el momento indicado para empezar a leer el libro de gramática española de quinientas páginas? ¿Debía empezar a escribir mis infames memorias del viaje? ¿Dormir, comer, pasear? ¡No! Tenía que revisar mis correos, leer el mensaje que Gaby ya habría enviado al Gerente de Recursos Humanos y, sobre todo, quería saber su respuesta. En las instrucciones de contratación habían sido muy claros, “los nuevos empleados deberán llegar el día veinticinco, no garantizamos el apoyo de esta oficina ni antes ni después de la fecha”. Vi unas computadoras y resultaron ser de esas, modernas y atrevidas, que te van consumiendo dólares con más entusiasmo que la chica desconocida que te trata en el bar –mientras le invitas un trago y te acaloras– como si fueras el viejo amigo de la infancia. Gaby envió un correo impecable donde explicaba, sin rastro de confusión, mis contratiempos. Por su parte, un lacónico “tomo nota del cambio” no me dejaba claro cómo habían procesado mi situación en Yakarta. Nada más en la pantalla. En Nueva Zelanda eran como las tres de la mañana y juro –por quien jurar se precise– que no tenía ni la más remota idea de qué hora era en las otras ciudades del mundo. El hecho de haber salido del aeropuerto de Santiago un miércoles por la noche y hallarme, catorce horas después, en la madrugada de un jueves, me desconcertó y me dejó extraviado en esta burbuja de comodidad y paz que resultó ser el aeropuerto de Auckland.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al rato, cuando se me terminaron los billetes para seguir alimentando la voracidad de la computadora, me paré, fui al baño (materia fascinante la de los baños, que hoy dejaré pasar) me refresqué y empecé a recorrer curioso los alrededores. La zona en la que me encontraba estaba repleta de “gente en tránsito”, familias enteras, grupos de jóvenes, señoras de vacaciones, infinidad de personas esperando el siguiente vuelo quién sabe a dónde. Comían pizza, bebían gaseosas, deambulaban o dormían en los cómodos sofás que abundaban a lo largo de esos ciento cincuenta metros y dos pisos de tiendas y restaurantes. Mis intestinos empezaron a reclamar y escogí, entre las variadas opciones, una cafetería “sel-serviz” donde unas simpáticas muchachas cobraban y se encargaban de calentar los sánguches y de preparar los distintos tipos de café. Conversé con ellas, no eran neozelandesas, sino que venían de las pequeñas islas de las inmediaciones cuyos nombres ahora olvido (“las inmediaciones” es un decir, hablamos de varios cientos de kilómetros que separan Nueva Zelanda de Micronesia, Polinesia y Melanesia, zonas de donde proceden los inmigrantes). Vivían “al otro lado”, como ellas mismas dijeron, porque “en este lado” viven los locales y “más allá” –más lejos– “los foráneos”. Las tres eran jóvenes, las tres eran madres y solo una había terminado la secundaria; criar hijos y seguir de camareras era su único futuro. No les molestaba la idea y me pareció entender, entre sus sonrisas a veces cómplices y a veces avergonzadas, que “el futuro” no era un tema que se plantearan muy a menudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguí caminando y me encontré con un ambiente en el que no había reparado, muy cerca del teléfono que debía utilizar a las nueve. Era una especie de escritorio circular con espacio como para unas seis u ocho personas con sillas, tomacorrientes, papeles y hasta algún lapicero para hacer anotaciones. Estaba vacío, o casi, un solitario personaje revisaba, absorto en sus pensamientos, la pantalla llena de números de su computadora; lo interrumpí. Me explicó amablemente que era un lugar público desde el cual podía trabajar y conectándome gratuitamente a la red de redes. Feliz con mi descubrimiento, tomé posesión de uno de los sitios, abrí mi maletín, saqué la computadora –cuya batería hace rato se hallaba en coma– y no pude conectarla. “Ah”, recordé, “en este lado del mundo usan otro modelo de enchufe” y busqué triunfal el adaptador “para el Asia” que había comprado. Torpe de mí, solo entonces reparé que estaba en Oceanía y allá los tomacorrientes son de lo más rocambolescos, paseé por tres tiendas y sólo en la última hallé los adaptadores, así, treinta minutos después me pude comunicar con el mundo –mi mundo–. María Teresa –madrugadora o noctámbula, ya no me acuerdo– fue mi interlocutora, todos los demás andaban “off”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando dieron las nueve de la mañana, luego de haber tonteado varias horas frente a la máquina agotando sus posibilidades comunicativas, tras el inútil intento de escribir un artículo sobre la importancia de la visita de los escritores a los colegios donde los estudiantes los leen porque los maestros han tenido a bien ordenar que compren sus libros tras la convincente charla de las promotoras editoriales (sin cuyo trabajo no me hubiera leído ni Macuito en mi país) y después de una batería inmoral de chocolates neozelandeses y globalizadas gaseosas, cerré la máquina, la guardé en el maletín y me dirigí, con el ingenuo entusiasmo de los que van a la guerra creyendo que regresarán en una sola pieza, hacia el tantas veces mentado teléfono blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marqué el anexo correspondiente –que tan ordenadamente anunciaba y explicaba un cartelito allí colocado– y traté de hacerme entender en mi inglés de “Tarzán visita Nueva York”. Fueron minutos agónicos, de esos que transcurren sin que uno sepa exactamente qué es lo realmente está sucediendo, hasta que la dama, al otro lado de la línea, pareció entender lo que le explicaba, “sí, aparentemente sí hay espacio en el vuelo de las doce, pero no puedo hacer nada por usted por teléfono, le pido que acuda al counter de la compañía en la misma puerta de embarque. El personal de la aerolínea debe estar llegando entre las diez y las diez y quince, solo entonces podrán informarle si es que es posible hacer el cambio de vuelo y cuáles serán las nuevas condiciones…”, “¿cuál será la puerta de embarque para el vuelo de las doce, señorita?”, “ah, eso no lo sabemos todavía, le recomiendo que revise la pantalla de los monitores colocados en la zona de pasajeros en tránsito y le agradecemos por su preferencia”, dicho lo cual, muy amablemente, me colgó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dioses –y alguien me dijo después que en la torcida voluntad de algunas divinidades esto es anuncio de buena suerte– se empeñaban en mantenerme en vilo. Dudé entre presentarme o no, cambiar el vuelo o no, aceptar o no las “nuevas condiciones” que me anunciaban, dudé y dudé. Aburrido de tanta incertidumbre y ante la alternativa de dejar las cosas como estaban o enredarlas más, me decidí por el enredo. Dantón y eso de “audacia, audacia y más audacia”, siempre han guiado mis pasos, lentos en la realidad de mi cuerpo sobre poblado pero ligeros, como los pies de Mercurio, en la imaginación y la fantasía que jamás me abandonan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La espera fue larga, dieron las diez y quince y nada aparecía en la pantalla. Un amabilísimo anciano que estaba de turno en la caseta de “informes” me dijo “en los aeropuertos, jovencito, hay que ser paciente”, así que seguí su consejo y me puse a conversar con él que trabaja con “como otros cien” de voluntario “porque si no en la casa me aburro y el aburrimiento siempre mata”. Cuando el reloj llegó a las diez y veinte se apiadó de mí y me dijo “no siempre sucede, pero la mayoría de las veces el vuelo de esa aerolínea hacia Singapur sale de la puerta número diez”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí raudo, había que atravesar medio aeropuerto y lo hice tan rápido como mis excesos me lo permitieron, las ruedas del maletín de mi computadora giraban entusiastas y el corazón, presagiando tormentas o protestando por el esfuerzo, latía acelerado como demandando más oxígeno. Llegué a la puerta número diez. En la sala de espera no había un alma pero detrás del mostrador, distraída en la universal manía de revisar la pantalla, se alzaba, como la imagen de lo bello, una rubia de un metro ochenta que, al sentir mi presencia, levantó el rostro para inundarme con el mar azul de su mirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El “espere un momento que aún no atendemos”, me devolvió a la realidad, seca y pasmada.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-5683880821406660639?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/5683880821406660639/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=5683880821406660639' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5683880821406660639'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5683880821406660639'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/08/5-la-puerta-nmero-diez.html' title='5- La puerta número diez'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-8439901141595264254</id><published>2008-08-23T08:38:00.000-07:00</published><updated>2008-08-30T10:19:59.371-07:00</updated><title type='text'>4- Mil setecientos cincuenta y seis</title><content type='html'>Como si de una escena en cámara lenta se tratara, escuché la voz de la encargada de la línea aérea, "el costo por el nuevo pasaje…", sentía el latido de mi corazón cada vez más acelerado, "…descontando la parte proporcional…", ella parecía disfrutar cada una de las sílabas que sus labios pintados de rojo iban soltando, "…no utilizada del pasaje anterior…", como telón de fondo, los últimos pasajeros abordaban el avión sin percatarse de mi existencia, "…asciende a la suma de…", ¡definitivamente estaba sonriendo!, "…mil setecientos cincuenta seis dólares…".  "¿Perdón?", "mil setecientos cincuenta y seis dólares americanos", "pero…", "¿va a cancelar en efectivo?", "señorita, ¿usted cree que yo cargo mil setecientos dólares en los bolsillos?", "mil setecientos cincuenta y seis, señor" (y seguía sonriendo), "pero, ¿y este pasaje?", decía yo defendiéndome con el boleto anterior en la mano, blandiéndolo como la inútil espada de mi salvación.  "Como ya le dije (con mirada furibunda de "¿este tipo será tarado?"), el boleto anterior ha sido considerado como parte de pago y el saldo es…", "sí, sí, mil setecientos cincuenta y seis".  "Exactamente.  ¿Con qué tarjeta pagará?".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve diez segundos fuera de este mundo, deambulando en mis propios pensamientos, preguntándome si así iban a ser las cosas, si había hecho bien en emprender esta hégira, este nuevo exilio (el tercero en tres años) a tierras tan distantes, tan desconocidas.  Debo confesar que rendirme fue la opción, tirar la toalla como en el boxeo, reconocer, como un buen jugador de ajedrez, que más allá de los próximos diez movimientos el jaque mate era inevitable y acostar al rey antes de la humillación, entregarme a las aguas como el náufrago que ya no rema porque sabe que el mar es infinito y no hay tierra firme que lo ampare.  La derrota, esa bruja fea que se disfraza de muchacha hermosa, me sonreía impúdica y lujuriosa.  ¿A qué seguir, a qué andar esos miles de kilómetros, a qué empeñarse en un viaje que empezaba tan complicado, como el mal agüero de de sí mismo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero solo fueron diez segundos, luego sonreí, me sacudí los malos presagios, espanté a los buitres y mirándola con ojos de Clark Gable en la escena final de "Lo que el viento se llevó" le dije "realmente, querida…" y saqué raudo, como quien desenfunda primero, la billetera y de ella, ¡oh bendición de esta plástica modernidad!, la tarjeta dorada que Emma me había dado como contraparte generosa de mis alicaídos ahorros. La puse displicente sobre el mostrador justo en el momento en que llegaba "el cajero móvil", que no era él sino ella, una dulce chilenita  con sonrisa de bienvenida que alivió por un instante mi mal rato antes de soltar el "firme acá, señor" y ofrecerme un recibo por no sé qué exorbitante cifra en cientos de miles de pesos que se me atragantó en el alma (si me permiten la figura).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al mal paso darle prisa, así que firmé sin pensar demasiado, ya en Indonesia vería quién asumía el costo, en el peor de los casos, pagar esa horripilante suma era mejor que quedarse sin trabajo.  Enseguida me entregaron los boletos nuevos que desviaban mi ruta original por territorios que no requerían –al menos para pasajeros en tránsito– el odioso trámite de la visa, sello infame que en nombre de bonanzas y escaseces separa a los países que en el mundo son.  "Sólo hay una salvedad", me dijo la muchacha que de pronto pareció afearse, "los boletos del subsiguiente tramo no han podido ser emitidos y, llegando a Auckland, deberá acercarse al &lt;span style="font-style: italic;"&gt;counter&lt;/span&gt; de tránsito, le darán todos los &lt;span style="font-style: italic;"&gt;bordinpás&lt;/span&gt; que le faltan…".  ¿La pesadilla empezaba de nuevo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tuve tiempo de pensarlo. "Debe abordar de inmediato", me dijo la encargada distrayéndome de los malos pensamientos.  "Necesito saber a qué hora llego a Yakarta, señorita, porque me están esperando el viernes a las siete…", "su vuelo está programado para aterrizar en la capital de Indonesia el sábado a las ocho de la mañana…", "¡el sábado a las ocho!", repetí pasmado y ella se limitó a responder con un automático "sí, señor, a las ocho", "¡tengo que avisar!", "pero el vuelo ya va a partir…", "pero…", "no podemos esperar demasiado, señor, ya se dio la última llamada y en unos minutos cerraremos las puertas…", "¡ya vengo!", dije atolondradamente mientras corría a mi teléfono público; el aparato seguía allí, esperándome.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Saqué como pude las tarjetas del bolsillo, el papel con el número de Gaby, y comencé, otra vez, el procedimiento inacabable, los cien mil dígitos, la grabación odiosa y los errores inevitables.  Tres veces, tantas como Pedro negó al Cristo de los creyentes, tres veces tuve que marcar esa relación infinita de números y, por fin, a la tercera, me contestó Carlos, alegre y positivo como siempre, "¿y gordito, te quedas en Chile?", me dijo y yo, ¡malcriado de mí!, respondí seco y cortante, "Carlitos, se va el avión, pásame a Gaby".  Él, que además de un gran amigo, es un ejecutivo práctico, puso a Gabriella en el auricular y le dije "copia" y ella, amorosa y paciente, amiga noble que un indigno neurótico como yo no merece, copió el correo electrónico de mi jefe y el mensaje que dicté cual texto de antiguos telegramas: "problemas visa australia cambio vuelo llego sábado ocho a eme", mensaje absurdo que ella, luego lo supe cuando leí la copia que envió a mi propia dirección, convirtió en una maravillosa carta donde explicaba en perfecto inglés, concisa y precisa, mis penurias y la solución alcanzada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Colgar casi sin despedirme, salir corriendo arrastrando el maletín de la computadoras y el libro de quinientas páginas que iba a leer durante el viaje, pasar por el último control, avanzar por la manga abandonada ya, llegar jadeando a la puerta del avión y encontrarme con una aeromoza espectacular cuya sonrisa de propaganda (¿o fue la minifalda?) me devolvió el aliento.  Por supuesto que el avión estaba lleno, que mi sitio era pequeño e incómodo, que en los compartimientos no había lugar para mi maletín que terminó quién sabe dónde y que yo, que siempre especulo más de lo recomendable, empecé a preguntarme si habría hecho todo este desgaste de energías para nada, si el avión, como ocurre una en tantas, decidía no levantar la nariz y retirarse del negocio con el detalle un poco angustiante de retirarnos, por el mismo precio, de la profesión de estar vivos.  Un par de brasileras que desafiaban el frío santiaguino con sus breves prendas, tuvieron la bendita labor de distraerme y el pájaro de acero venció la ley gravedad una vez más y volamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿El viaje? ¿Vale la pena contar el tedio de catorce horas sentado en un avión incómodo? Felizmente, dormí poco la noche anterior y el ajetreo del cambio de vuelo me cansó lo suficiente para pasármela como un zombi durante la mayor parte del camino.  La computadora, el libro de las quinientas páginas y hasta algún papel en el cual garabatear algunos malos versos, estaban irremediablemente fuera de mi alcance en el maletín que la aeromoza guardó en algún lugar de la nave; el control de la pequeña pantalla que tenía al frente, para variar, no funcionaba; mi vecino era aburrido y las brasileñas dormían como ángeles cuyo sueño no me hubiera atrevido interrumpir.  Ergo, dormí.  Mi oído, finamente adiestrado, me despertó cada vez que pasaba cerca el carrito de la comida y el resto del trayecto fue un infinito deambular por el mundo de las sombras, hundido en el sopor de mis propios pensamientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hablaré de los ataques de desesperación, de la pequeñez violenta de los asientos, del dolor del cuello, de las rodillas ateridas, de las manos hinchadas, de articulaciones quejumbrosas ni de la espalda que cada tanto me recordaba que odiar a los de "feirst" y "biznes" no era pecaminoso.  No hablaré de mis pensamientos, de mis ilusiones y de mis fantasías, de mis ocupaciones y preocupaciones, de mis intestinos en son de rebeldía ni de mi paladar seco como el desierto de Atacama después de varias horas aspirando ese detestable aire acondicionado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solo diré que el vuelo llegó a Nueva Zelanda, que allí me recibieron amables, que una vez más me revisaron el maletín y el celular por si era un terrorista encubierto que viajaba alrededor del mundo y que, cuando pregunté por el "&lt;span style="font-style: italic;"&gt;counter&lt;/span&gt; de tránsito" se demoraron en entender mi mal inglés tanto como yo me demoré en comprender sus instrucciones.  Solo cuando llegué al mostrador que me habían indicado y la señora muy amablemente me lo hizo notar, me di cuenta de que eran las dos de la mañana y que mi vuelo, que había sido preparado por la gentil encargada de la compañía aérea en Chile, salía rumbo a Singapur a las once de la noche…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-8439901141595264254?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/8439901141595264254/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=8439901141595264254' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8439901141595264254'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/8439901141595264254'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/08/mil-setecientos-cincuenta-y-seis.html' title='4- Mil setecientos cincuenta y seis'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-5587524579894461067</id><published>2008-08-19T01:57:00.000-07:00</published><updated>2008-08-30T10:19:27.443-07:00</updated><title type='text'>3- La diferencia</title><content type='html'>Solo cuando uno se halla en circunstancias verdaderamente graves sucede un fenómeno que los físicos sabrán explicar mejor que yo, el tiempo pasa con una velocidad impresionante y, sin embargo, cada minuto es eterno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El reloj se acercaba a la hora definitiva, el embarque había comenzado y yo continuaba en la misma incertidumbre. Los pasajeros de primera (a quienes es lícito odiar profundamente cuando el vuelo dura más de cuatro horas) ya se hallaban acomodando sus humanidades en los mullidos asientos que, de cualquier manera, no me esperaban. El avión era uno de esas inmensidades que me recordaba a las fortalezas voladoras de la Segunda Guerra Mundial, así que el ingreso de “feirst” y “biznes” prolongaría aún mi implacable agonía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sujeto del doble pasaporte brasileño que había robado largamente la atención de la señorita con cara de supervisora que allí atendía, solucionó su problema a fuerza de malos entendidos. Nadie llegó a comprender que él no tenía mayor conexión con Australia que la visa en un documento olvidado en su casa en Río de Janeiro, pero entre las idas y venidas de las llamadas telefónicas, el inglés mordido de las chilenas, el “ingleñés” del brasileño y el acento inconfundible –y a veces ininteligible– de los australianos, llegaron a la conclusión de que sí podía embarcarse. El “si no puedes convencerlos, confúndelos”, funcionó de maravillas; bien por él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Bueno, señor”, me dijo la señorita que acaba de liberarse del carioca cuando vio mi rostro de desesperación asomarse por enésima vez por sobre el mostrador, “estamos haciendo todo lo posible por cambiarle de vuelo para que no tenga que pasar por territorio australiano, es probable que pueda viajar a través de Auckland, pero aún el departamento de ventas no nos da una respuesta”. Ni siquiera esperó que yo le contestara, se hundió en la pantalla de la computadora como buscando un refugio que la liberara de mi mirada, así como hacemos nosotros cuando manejamos por las calles de nuestros países, buscamos distraernos en la radio o en espejo con tal de no ver la cara de la miseria que nos toca la ventana pidiéndonos unas monedas. “Lo que no se sabe, no duele”, me dijeron una vez. ¿Será verdad? Habrá que preguntárselo a los amantes impunes que los otros –torpes o confiados– conocen bien el rigor feroz del desengañado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando escuché eso de “ahora invitamos a abordar a los pasajeros de la fila cuarenta y cinco a la sesenta” sufrí una primera contracción intestinal. En medio de los tiempos muertos de la espera (en esas horas que había dispuesto para leer las quinientas páginas de mi “gramática castellana para principiantes”, a manera de repaso y como para reconciliarme con la teoría odiosa de la lengua que amo), ya había hecho las averiguaciones pertinentes y sabía que de Santiago de Chile no salía ningún avión hacia Asia (delicioso juego de palabras que no es mío sino de Cardenal, el nicaragüense). En buen romance, o me trepaba a ese avión o Carlos y Gaby, mis infinitos amigos, tendrían una ya no tan inesperada visita al borde de la medianoche de ese miércoles que presagiaba la desgracia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Jakarta, hacía rato avanzaba la mañana del jueves y seguramente Joe, el Gerente de Recursos Humanos, detallaba las coordinaciones con la compañía de transporte para pasar por mí al aeropuerto internacional Soekarno-Hatta al atardecer del siguiente día (el asunto no me hubiera preocupado demasiado de no haber sabido que en las próximas treinta y seis horas medio centenar de expatriados teníamos previsto pisar Indonesia provenientes de los cuatro puntos cardinales y que Joe y Meg –su eficiente, dulce y amable asistente– tenían andando ya muchos días con pocas horas de sueño tratándonos de hacer más sencilla la papelería burocrática).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Resistí los rigores de los calambres abdominales, conté hasta diez como enseña el manual, me acerqué al mostrador de la aerolínea y pregunté sin esperar que me dieran la palabra, “señorita, ¿hay alguna novedad?, el avión está por partir y no tengo ninguna respuesta”. La encargada miraba en dirección a donde yo estaba pero no me miraba a mí, en otras circunstancias me habría halagado sentirme tan delgado, casi transparente, pero allí me exasperó. “Señorita…”, insistí, ya no con el tono gentil del que busca encantar o conmover sino mordiendo la palabra, con la boca casi cerrada, el labio superior derecho contraído y los dientes casi juntos, como quien emite un gruñido. Ella se defendió, “señor, justamente estoy en el teléfono coordinando ese asunto”. ¿Sería verdad? No lo sé, lo único cierto es que dos minutos después, mientras yo rumiaba mi desesperación viendo a decenas de viajeros abordar “mi” avión, con la misma nostalgia de quien ve partir el último tren, la dama se me acercó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿Señor?, estoy con el departamento de ventas en el teléfono, hay una solución, puede tomar este vuelo pero deberá desembarcar en Auckland para desde allí realizar una conexión a Jakarta vía Singapur; es nuestro deber consultar con usted…”. Confieso que en ese momento mi cultura geográfica se vio derepente obnubilada, ya no entendía si iba de este a oeste o de sur a norte o de cualquier otra posible combinación entre los puntos cardinales, solo escuché “Jakarta” y dije “sí”, sin dejar que la encargada terminara la frase. Ella, que solo esperaba la respuesta que la liberara del “gordo odioso de la visa”, sonrió satisfecha y dijo: “Entonces, espere un momento que debo llamar al cajero móvil”, “¿al qué?”, “al cajero móvil, señor”, “¿un cajero que se mueve?”, “exactamente, un cajero que le pueda cobrar”, “¿qué me pueda cobrar?”, “exactamente”, “¿cobrar qué?”, “la diferencia”, “¿la diferencia?”, “sí, la diferencia…”, “¡qué diferencia!”, “la diferencia que hay entre lo que usted abonó por el boleto vía Sydney y lo que debe abonar por el boleto vía Auckland”, “¿me está diciendo que debo pagar por un error que no fue mío?”, “como ya se le explicó, señor, la empresa vende pasajes y es responsabilidad…”, “como sea, señorita, si así fuera la empresa no debió permitir que me embarcara en Lima y que mis maletas fueran enviadas a Indonesia, ¿o no?”, “por eso mismo, estamos buscando una solución”, “¿una solución, cobrarme es una solución?”, “exacto, le acabamos de dar una solución, es su decisión tomarla o no…”, “¿y si no la tomo?”, “entonces no puede embarcarse esta noche y deberá regresar a su punto de origen”, “¿a mi punto de origen?”, “sí, al aeropuerto Jorge Chávez, de Lima”, “señorita, creo que mejor me comunica con el supervisor”, “señor, la supervisora soy yo”, “¿y si quiero hacer un reclamo a su superior?”, “pues tendría que hacerlo desde Lima…”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ignoro si el diálogo fue así de surrealista, pero hoy me parece que sí. La dama era inexpugnable y la técnica de “mírala fijo a los ojos con cara de jefe hasta que te baje la mirada”, no funcionó. Estaba decidida en sostener su empeño y no hallé ni argumento para persuadirla ni amenaza para intimidarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente cedí: “perfecto, voy a pagar la diferencia, dígame cuánto es…”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No puedo decir que sea cierto pero creí ver cómo se dibujó una imperceptible sonrisa en sus labios y cómo sus ojos brillaron celebrando discretamente su victoria mientras saboreaba una por una las letras de la suma con la que estaba a punto de dispararme a quemarropa…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-5587524579894461067?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/5587524579894461067/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=5587524579894461067' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5587524579894461067'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5587524579894461067'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/08/la-diferencia.html' title='3- La diferencia'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-5625344042686768545</id><published>2008-08-13T03:31:00.000-07:00</published><updated>2008-08-30T10:19:05.182-07:00</updated><title type='text'>2- Estamos haciendo todo lo posible...</title><content type='html'>Mientras veía a los encargados de la compañía perderse detrás de una puerta que conducía a quién sabe dónde, sucedían varios procesos en mi cerebro, me acordaba de Adrián y su mala suerte en sus viajes, pensaba en mi jefe que ya había coordinado todo y prometió "encontrarnos en el aeropuerto el viernes a las siete" y me preguntaba qué tan buen augurio era éste que me detenía en el Arturo Merino Benites de Santiago un miércoles a las nueve de la noche justo al comienzo de esta aventura que debía llevarme a Java, cuya única referencia anterior que guardada mi memoria era su vecina Krakatoa, cuyo volcán estalló feroz a fines del XIX.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vuelo que iba a Australia partía a las once, yo me hallaba técnicamente desembarcado y mis maletas rumbo a Jakarta, sin mí. Si bien cada día me desapego más de las cosas, no pude evitar cierta angustia cuando recordé eso de "en Indonesia es muy difícil encontrar tallas grandes" que me habían advertido reiteradas veces. ¿Llegar a Indonesia y no tener conmigo más que las dos mudas arrugadas que a regañadientes y a última hora había incluido en el maletín de la computadora? ¿Qué haría, cómo trabajaría, con qué me vestiría? Me habían dicho que en Indonesia todos eran "muy pequeños" y yo, seducido por el cine en blanco y negro, me sentía ya como el nuevo Johnny Weissmüller en taparrabos desplazándose veloz en medio de una multitud de un metro cincuenta… ¿Podría dictar clases así?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Divagaba entre Tarzán y mis desgracias cuando –¡eureka!– la luz llegó. "¡Si estoy en Chile!", grité en el abandonado mostrador y me dirigí hacia la puerta de embarque revisando mis bolsillos. Casi ni me di cuenta del policía que controló que no llevara ninguna bomba encima (me pregunto, ¿cuando me pasan el detector de metales por el vientre lo hacen porque es el procedimiento de rutina o porque sospechan que mis excesos ocultan un poderoso artefacto explosivo?).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegué a la sala de embarque habiendo revisado todos mis bolsillos y todos los del maletín de mi computadora, "si yo lo guardé por acá", me decía mientras avanzaba sin rumbo por los pasillos como un alcohólico en su peor momento. "¡Maldita sea!, ¿por qué no traje una agenda?", me preguntaba y me respondía "porque yo no tengo agenda"; entonces me di cuenta que todos mis teléfonos se esfumaron esa misma mañana cuando, al abandonar Lima, dejé, como quien suelta las últimas amarras, el teléfono apagado, muerto, irreversiblemente sordo y mudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero los viejos dioses nunca me han abandonado por completo y siempre han tenido, al menos, una rendija por la cual he podido huir de los malos ratos. Doblado y envejecido, hallé, entre las mil tarjetas inútiles de mi billetera, un viejo papel donde, al viajar a Chile hace tres o cuatro años, había anotado el puñado de teléfonos indispensables y, entre ellos, el de Gabriella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre un nombre de mujer ha iluminado mis sombras y ésta no fue la excepción. Gabriella trabaja en la aerolínea que me tenía varado en el aeropuerto de Santiago y siempre ha sido impresionante su capacidad de resolver problemas –razón por la cual los trabajos le llueven y los jefes se pelean por tenerla como la más eficiente asistente a la que se puede aspirar–.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En medio de mi voladora alegría llegó el aterrizaje forzoso –panzazo incluido– en las tierras áridas de la realidad. "¿Cómo la llamo?", los teléfonos públicos me pedían pesos "o tarjetas inteligentes" y, por donde pasaba, las tiendas se hallaban cerradas o cerrando como en una de esas películas donde alguien se empeña en bloquearle, al infeliz desafortunado, cada camino que logra abrirse. Empezaba a desesperarme, el sudor corría por mi frente en esa fría y desolada noche santiaguina y los corredores se hacían interminables, la presión andaría ya pasándome la factura y el pulso se encontraría construyéndome el ataque tan temido. Entre el ahogo y la cólera, deambulaba como uno de esos locos de mirada desorbitada que evitamos, cruzando la calle, cuando lo vemos venir por donde vamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez más, la luz. La luz de una tienda abierta me llenó de esperanzas. "¿Tiene tarjetas para hablar por teléfono?" y la señorita comenzó con una lista de no sé cuántas tarjetas y compañías resumiendo sus virtudes y sonriendo después de "pesos" que pronunciaba al revelar el misterio del costos de cada producto. La corté –tratando de ser amable, con mi mejor sonrisa, con el gesto preciso, sosteniendo, como mi padre me enseñó de niño, la mirada–, "lo único que necesito, señorita, es una tarjeta que me permita hacer un par de llamadas a un teléfono celular". Sonrió –disimulando mal su desagrado– y me dijo "son tres mil pesos". Pagué en dólares, me dieron pesos y salí raudo hacia "mi" teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De todos los aparatos había escogido uno, ¿por qué? No tengo la menor idea, algún sociólogo explicará que se trata de una "apropiación de objetos públicos" ligada a alguna desesperada búsqueda de seguridad. No lo sé. Lo cierto es que mi teléfono me esperaba paciente. Los minutos pasaban y ya serían como las nueve de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cualquiera que alguna vez han tratado de utilizar un teléfono apelando a estas benditas tarjetas sabe del suplicio que significa. Primero, hay que marcar un número "normal" de ocho o nueve dígitos, luego hay que soportar la odiosa voz electrónica que empieza con eso de "si desea las instrucciones en español, marque uno; if you want…". Luego, "ingrese usted el número de PIN" y el bendito guarismo tiene, en el mejor de los casos, una docena de dígitos cuyo desordenado azar y su tamaño minúsculo hacen del asunto una odisea. Finalmente, cuando la máquina te dice "ingrese en número de teléfono", es imposible hallar el papelito que "para que no se me caiga" uno puso demasiado diligente en el último bolsillo que revisamos. Hacerlo "a la primera" sin cometer errores debiera otorgar minutos extras…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"¡Gaby!". Mi saludo sonó a grito de auxilio. "Hola, ¿de dónde me llamas?", "del aeropuerto", "¿ha pasado algo?" y contar la historia y explicar y pedir "si puedes llamar a alguien" y la máquina que te interrumpe, "le quedan dos minutos" y Gabriella, amorosa y amable, "llámame en diez minutos". Y la voz electrónica de nuevo "le queda un minuto" y colgar y salir rumbo a la tienda a comprar otra tarjeta y ver, a lo lejos, que la puerta corrediza metálica se halla ya a media altura, hacer piruetas de contorsionista ruso (con el bendito maletín de la computadora en una mano, los papeles en la otra y el sobrepeso que, a esa hora y en esas circunstancias, es mayor que nunca), entrar a la tienda desfalleciente, rogar, "necesito, por favor, otra tarjeta", ver el rostro impávido de la dependiente que mira hacia el fondo a un sujeto que parece el gerente, que ha escuchado todo y que, solidario o ambicioso, afirma con la cabeza. "Son diez mil pesos", me dice cuando le pido "la más cara". Dólares van, pesos vienen, sigue el baile.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cuántas veces llamé a Gabriella esa noche? No lo sé, era un miércoles y el reloj iba andando sin la menor piedad. "No logro comunicarme con el aeropuerto", "la persona encargada que yo conozco no está de guardia", "estoy llamando al responsable de turno", "nadie me responde", "ya hablé con quien podría ayudarte pero está de licencia", "me dicen que deben estar ya en la puerta de embarque" y, entre cada respuesta, diez o veinte minutos de espera, remarcar los cien mil malditos números, equivocarme veinte veces, ver la hora correr, pensar en mis maletas y entender que la buena voluntad de mi queridísima Gabriella se estrellaba contra la muralla de hierro del "estamos fuera de las horas de oficina".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidí ir a la puerta embarque. Medio centenar de personas ya estaban allí esperando la llamada final. En el mostrador se hallaban la misma mujer y el mismo sujeto que atendían en la sala de los "boletos de trasbordo". Conversaban de quién sabe qué y tenían una fila de diez personas esperando, yo fui el undécimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los minutos no tenían la menor intención de durar más de sesenta segundos, así que el tiempo empezaba a estrangular la poca paciencia que me quedaba. Nueve o diez en la fila fueron despachados de inmediato con alguna respuesta de esas como para salir del paso. El décimo, que se encontraba discutiendo sobre algo de un pasaporte, era brasileño, no sabía español y hablaba un mal inglés (peor que el mío, si es posible), mientras que los chilenos no entendían ni media palabra de portugués y preguntaban en un inglés más masticado que el mío. El sujeto era brasileño y se había olvidado de su otro pasaporte, aquel donde estaba su visa a Australia, los chilenos entendieron que él tenía un pasaporte australiano que se le perdió en Brasil y todo se hizo un enredo que incluyó una llamada interminable a la Oficina de Migraciones de Sydney mientras yo entraba, sin darme cuenta, en un estado de excitación tal que mis piernas comenzaron a temblar casi epilépticamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pude más, la sangre agolpada en mi cerebro no me dejó más espacio a la racionalidad y me acerqué con el gesto torcido, el maxilar tenso y la mirada torva. Interrumpí al encargado que se hallaba revisando su pantalla y le dije "señor, el avión parte en cuarenta minutos y no tengo ninguna respuesta". El sujeto me miró como preguntándose "¿quién diablos es este energúmeno?" y yo, balbuceando de cólera, le conté de nuevo todo como si el infeliz no se acordara de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No varió su expresión. Me miró displicente, me dijo "estamos haciendo todo lo posible" y volvió a mirar su pantalla mientras yo lo empezaba a odiar irremediablemente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-5625344042686768545?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/5625344042686768545/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=5625344042686768545' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5625344042686768545'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/5625344042686768545'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/08/estamos-haciendo-todo-lo-posible.html' title='2- Estamos haciendo todo lo posible...'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-1394369470598759213.post-540140303344727767</id><published>2008-08-05T06:37:00.000-07:00</published><updated>2008-08-30T10:18:17.354-07:00</updated><title type='text'>1- El bienestar de nuestros pasajeros</title><content type='html'>Mudarse a Indonesia cerca de la cuarentena puede parecerle, a cualquiera que juzgue desde nuestra limitada visión de occidentales clasemedieros y endeudados, una locura, una insania o sencillamente una de esas “huídas hacia adelante” que rara vez consiguen otra cosa que no sea prolongar aquello de lo que se escapa. “¿No pudiste escoger un lugar más lejano?”, me preguntó quien a preguntar aún tiene derecho y yo respondí “no, Indonesia es, kilómetros más o menos, la antípodas del Perú” (y solo “masomenos” porque me dice mi primo Michael que la antípodas Lima se halla en las Filipinas).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Razones puede uno inventarse las que quiera y explicaciones también, pero no quiero, como decía mi abuela Livia “nomedalagana”. He llegado a esta maravillosa edad –a veces terrorífica–en la que no tengo que rendirle cuentas a nadie y eso, como me dijo Beni en México cuando le conté que mi vida entera entraba en cuatro maletas, “es una maravilla, gordo, ¿no te das cuenta de la libertad que tienes? Yo, aunque quisiera, no podría irme, estoy encadenado a mis comodidades, a mi casa en Interlomas, a mi departamento en Acapulco, a mi camioneta y a mi estilo de vida, soy un voluntario esclavo del lujo”, lo que me convierte en algo así como en un liberado sin más posesiones que un poco de ropa “extralarsch”, algunos libros y esta máquina desde la que escribo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no soy hijo y dudo que sea padre; es verdad que tengo hermanos que amo y amigos entrañables que le dan sentido a mi existencia, mujeres que quiero y que me quieren, nombres que recuerdo y nombres que seguramente ya me olvidaron. Sin embargo, nada me ata a la geografía y esos afectos seguirán creciendo en la distancia, o se diluirán en el tiempo, aunque jamás me mueva de la casa que fue de mis padres. Entonces, ¿por qué no?, ¿por qué no partir, volar, andar, emprender, lanzarse –al menos una vez– a la aventura –más o menos controlada, más o menos segura– en un país absolutamente ajeno, en un continente desconocido, en esta tierra que es para nosotros el fin del mundo aunque para los nativos de estas islas sea el sitio sagrado donde empezó la existencia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidida, entonces, mi suerte, dejé que los dados rodaran por donde el azar los conducía y me puse a trabajar en la tarea de poner mi humanidad en Yakarta, un lugar tan misterioso y desconocido para mí como Katmandú o Tanganica. Tras varios meses de saludos, felicitaciones, agradecimientos, visados, papeleos, pasajes electrónicos, contactos y coordinaciones, me encontré ese miércoles en la mañana con las maletas listas y el taxi esperando puntual a la puerta de la casa. Cualquiera que me conozca sabe que soy un maniático, que detesto llegar tarde, que los aeropuertos me ponen sensiblemente nervioso, que detesto las colas, que odio las revisiones de seguridad, que las salas de espera me son insoportables, que volar –a lo que parezco estar condenado por dioses traviesos o sádicos que se empeñan en ponerle alas a mi sobrepeso– me recuerda constantemente la vanidad de Ícaro (y sus consecuencias). Por eso, cuando decidí ir al aeropuerto “solo y en taxi” cuatro horas antes, a nadie le llamó demasiado la atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supe que las cosas andarían mal desde el comienzo, escoger la fila equivocada para chequearse en el mostrador de la aerolínea fue un mal augurio, aunque la señorita de uniforme apretado que fungía de ordenadora me dijera ese “nohayproblema” que solo se creen los turistas y los niños de tres años. Cuando al fin llegué, tras una larga cola de bulliciosas familias felices listas para sobregirar la tarjeta de crédito, la rubia veinteañera que recibió mi pasaporte demoró más de lo previsto tecleando nombres y códigos en la máquina; al parecer, la pantalla era incapaz de responder sus dudas. “¿Sucede algo?”, interrogué curioso. “No puedo emitir sus tickets hasta el destino final”, y después de un comprometedor silencio agregó la pregunta con la que dejaba en evidencia el profundo conocimiento de su trabajo, “¿en dónde queda Yakarta?”. Creo que mi lacónico “es la capital de Indonesia” la mantuvo en la misma ignorancia porque la luz no se hizo en su mirada y se fue donde alguien más a saciar su sed de conocimientos. Volvió con una repuesta reveladora, “su reserva no figura porque usted llega a su destino después de cuarenta y ocho horas de haber iniciado el viaje y el sistema lo bloquea. Voy a boletearlo hasta Santiago y, llegando, en el counter de tránsito, le darán todos los &lt;span style="font-style: italic;"&gt;bordinpas&lt;/span&gt; que le faltan”. Desconfiado insistí, “¿está segura de que no hay ningún inconveniente?”, y ella, ya dueña de su universo, “absolutamente, señor, lo que tiene que hacer es muy sencillo, llegando a Santiago le darán todos los permisos de abordar que faltan, gracias por volar con nosotros…”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro silencio, teclas que suenan, sillas que se mueven, pantalla que parpadea. “¿Todo ése es su equipaje?”, no supe bien si el tono era de reproche o de sorpresa, y respondí más lacónico aún: “sí, todo”. Más silencio, más teclas, más pantallazos, “bueno, señor, como usted sabe hay un límite y…”, “no se preocupe –interrumpí con toda la amabilidad con la que se puede interrumpir a alguien que te habla como si fueras retardado mental– pagaré el sobrepeso”, ella sonrió y yo también. Pesó, midió, calculó, revisó, consultó y me disparó una suma alta (pero previsible) con la que hubiera podido viajar a Santiago o Buenos Aires para visitar a los buenos amigos que allá tengo abandonados hace tanto tiempo. “¿Esta tarifa es por todo el viaje?”, pregunté. “Sí, señor, es el pago del sobrepeso hasta Yakarta, usted ya no debe preocuparse por las maletas, irán directamente a su destino final y no tendrá que pagar nada más. Para que no tenga problemas en ninguno de los aeropuertos por donde pasará, le estoy haciendo un recibo electrónico, si en algún lugar le quieren cobrar por el exceso de equipaje, les muestra esta constancia de haber pagado en Lima y eso bastará. Nuevamente, gracias por escoger nuestra línea aérea y volar con nosotros…”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les ahorraré las tres horas de espera, los últimos correos electrónicos, el jugo de naranja, los turistas distraídos, el embarque, lento y odioso. Subí al avión y dormí todo el vuelo, llegué a Santiago a tiempo y caminé sin apuro hacia la zona de “pasajeros en tránsito”. Con más de dos horas por delante no tenía ningún sentido preocuparse, total, bastaba con que me acercara al mostrador de la aerolínea para que emitieran los boletos que desde Lima ya se habían coordinado a través del sistema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegué a la fila cuando ya eran veinte los que se hallaban, al parecer, en las mismas circunstancias. Algunos solucionaban el asunto más o menos rápido, otros se demoraban y hacían tediosa la espera, sin embargo, un par de gringas que desafiaban con sus pocas ropas el frío santiaguino me distrajeron lo suficiente como para que nada me preocupara. Lo que me sobraba era tiempo, estaba de buen humor y hasta el lujo me di de cederle mi sitio a una curvilínea brasileña –morena y de ojos verdes– a quien los hijos –una niña que correteaba por la sala perseguida por la abuela y un niño en un cochecito de bebés– no habían causado el menor estrago (o, al menos, eso parecía enfundada en esos pantalones apretados y esa atrevida blusita consentidora).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me tocó el turno frente al mostrador, un sujeto con cara de pocos amigos y menos palabras me pidió el pasaporte “y su &lt;span style="font-style: italic;"&gt;bordinpas&lt;/span&gt;”. Le expliqué lo sucedido en Lima y empezó otea vez el baile de las teclas, las pantallas y las dudas. Vio, revisó, miró y escribió para volver a ver, revisar, mirar y escribir sin que, al parecer, hallara respuesta a su interrogante. Cinco minutos después pregunté “¿hay algún problema?”, y el individuo, por toda respuesta, levantó el auricular del teléfono y empezó a hablar con no sé quién al que le dictaba mi nombre. Los minutos pasaban, ya no quedaba nadie en el mostrador y la señorita que atendía en el sitio del costado –ahora vacío– se acercó a su compañero con un “¿qué onda con ese pasaje?” que empezó a inquietarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El empleado colgó el teléfono, levantó la mirada, me vio con cara de “te voy a dar una mala noticia y en realidad no me importa” y disparó: “lo que sucede, señor, es que usted no tiene visa para pasar por Australia…”, lo interrumpí para explicarle que no necesitaba, que de acuerdo a la agencia de viajes donde adquirí el pasaje (la agencia que contrata directamente la institución para la cual trabajo) no se requería de una visa para estar seis horas en el aeropuerto de Sídney y que, en todo caso, la línea aérea –“en la que usted trabaja”– me había permitido embarcar en Lima lo que demostraba que yo estaba en lo cierto. El agente, con esa cara de facciones caninas y con el labio superior derecho ligeramente levantado, prosiguió impertérrito con un discurso que seguramente aprendió de memoria: “… por lo que es imposible que se embarque. Es deber del cliente verificar la necesidad o no de visado en cada país, nosotros solo vendemos pasajes, sin embargo, como nuestra empresa siempre piensa en el bienestar de nuestros pasajeros, estamos coordinando con el departamento de ventas para cambiar su vuelo y evitar que aterrice en territorio australiano rumbo a su destino final,…”, quise interrumpir de nuevo, pero no me dejó, continuó como si fuera uno de esos mensajes telefónicos grabados que ignoran completamente a su interlocutor, “…por lo que le pedimos que espere en la sala de embarque”. Dicho lo cual terminó de echar llave a un cajón donde guardó quién sabe qué y salió raudo acompañado de su compañera de trabajo. “Pero…”, alcancé a decir. “No hay nada más que hacer, señor, tiene que esperar, nosotros estaremos allí una hora antes del vuelo”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/1394369470598759213-540140303344727767?l=desdejava.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://desdejava.blogspot.com/feeds/540140303344727767/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=1394369470598759213&amp;postID=540140303344727767' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/540140303344727767'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/1394369470598759213/posts/default/540140303344727767'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://desdejava.blogspot.com/2008/08/el-bienestar-de-nuestras-pasajeros.html' title='1- El bienestar de nuestros pasajeros'/><author><name>Jose Luis Mejia</name><uri>https://profiles.google.com/105888267505216039628</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-VJGaCJ-WmiY/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/B8UwqBmx9p0/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
