Todo lo que yo quería era comerme un plato de “fish and chips”. Luego de tres días en Londres y medio harto del pantagruélico “English breakfast” (que el hotel incluía en su infame costo por noche), le dije a Martín, el jefe de botones, muy español y muy agradable, “no puedo irme sin comerme un pescado con papas fritas…” y él, como quien sabe, me dijo, “el mejor lugar es Simpson, por Picadilly Circus, cerca del Támesis”.
Arrastrado por la ignorancia de mi propia fantasía, me imaginé “el mejor pescado de Londres” debían venderlo en una taberna vieja con sillas desvencijadas, mesas cuarteadas, una barra llena de borrachines, humo por todas partes y baños hirientes. Creí estar yendo al Londres ciego de neblina que aparece en las películas y en donde, en cualquier esquina, puede esperarte algún heredero distraído de Jack, el destripador.
“Puesto que me voy a un lugar infame donde a lo mejor me asaltan, lo haré con clase…”, pensé idiotizado por mis delirios novelescos. Así que tomé un taxi porque me daba mucha flojera caminar los saludables (y helados) quince minutos que me separaban de la estación de “Baker street”. Como sufro de una narcolepsia antojadiza que me hace dormir profundamente cada vez que subo al bus, al tren, al avión o a un automóvil cualquiera, no vi las veinte libras de calles que me separaban del lugar y reaccioné con el “hemos llegado”, seco y malhumorado del taxista.
Por afuera el lugar engañaba, es decir, una puerta amplia, un edificio antiguo, una entrada que anunciaba un lugar entrado en decadencia hacía décadas. Me equivoqué.
Yo, que saliendo del hotel me había encontrado con una bodega donde hallé los dulces que me habían encargado, entré al lugar vestido de turista, con mi “jean”, mis zapatillas gastadas, una inmensa casaca color amarillo eléctrico, una abrigadora y olorosa bufanda de lana de alpaca arropándome el cuello y, siniestra en la siniestra, la bolsa de plástico contaminante que me dieron en la bodega con el montón de dulces adentro.
A unos diez metros, después de un amplio recibidor donde se lucía la foto del chef principal, me encontré con un señor de esos que tienen pinta de nobles empobrecidos que terminan de anfitriones de restaurantes aristocráticos y que, si han extraviado la fortuna, no han perdido ni un milímetro de su soberbia. No me miró, me inspeccionó. Un gesto extraño cruzó su rostro mientras me invitaba, con la mayor amabilidad que le era posible, a dejar “su saco” en el guardarropa, donde un encargado me esperaba con cara de “otro más”.
Cuando me disponía a entrar al salón, el anfitrión me preguntó si no deseaba lavarme las manos con ese tono condescendiente que empezaba a darme urticaria. Fui al baño, en el segundo piso. Vi, al pasar, un hermoso bar que, en ese momento, estaba vacío. Me lavé las manos y arreglé un poco las pocas mechas que me quedan todavía en la cabeza. Bajé dubitativo, mirando los cuadros donde estaban los planos del lugar, las remodelaciones, las fotos de más gente, preguntándome qué diablos había entendido Martín cuando le pregunté por “el mejor lugar para comer pescado con papas fritas”.
Otra vez llegué hasta la puerta del salón. El anfitrión la abrió amable y displicente, y me encontré con un gran comedor lleno de gente muy bien puesta en el cual un sinnúmero de mozos elegantemente uniformados deambulaban atendiendo a los comensales. Me recibieron los acordes que salían de un viejo y majestuoso piano que un pianista (más viejo y menos majestuoso) tocaba sin gracia pero con talento.
Me sentaron en una de esas odiosas mesas para dos que quedan entre dos mesas grandes. A mi derecha había una familia más o menos joven y a mi izquierda dos parejas, una de ancianos y otra de personas entradas en la cuarentena. Todos tenían un cierto aire aristocrático, sus ropas eran bastante formales y los gestos y las joyas eran suficientes como para entender que las lámparas de cristales, las mamparas talladas y el enchapado de cedro o caoba estaban para ellos y no para mí. La gente me miraba, con desconfianza y curiosidad. Me acomodé con sigilo, tanto como pueden acomodarse ciento veinticinco kilos en una de esas delicadas sillas sin desbaratarlas ni golpear al vecino, y coloqué discretamente mi bolsa de plástico a mi siniestra. La amable septuagenaria, que había estado siguiendo mis movimientos por el rabillo del ojo, bajó discretamente su brazo derecho, buscó su cartera y la alejó cautelosamente de mí…
Mientras tanto, el mozo ya se había acercado y me había ofrecido vino y dije que no, me ofreció luego agua mineral y dije que no, después insistió con un jugo natural y dije que no mientras cortaba su lista de frutas de la estación con un “coca-cola-diet-con-hielo-plis” que, por la cara que puso, debió causarle calambre en algún músculo facial. Se marchó medio ofendido, abandonándome con el menú en la mano donde me topé con una serie de nombres que de haber estado escritos en sánscrito hubieran sido igual de crípticos para mí. Agoté varias veces las letras del menú buscando ansioso el “fish and chips” que me había llevado hasta allá, ¡no había!
Lo demás lo pueden imaginar. Almorcé un “roast beef” demasiado sangrante porque mi idea de “midium” no tenía nada que hacer con la que tenía el señor que lo servía (en un encantador carrito de metal y con todos los malabares del caso). La atención dejaba mucho que desear, la comida demoró y, si bien mi ánimo no era el más favorable para hacer juicios, en general hallé que el servicio era bastante mediocre para tanto postín.
Cuando terminé con la carne cruda (al menos con toda aquella parte que no había mancillada por una agria y odiosa salsa que el sujeto no entendió que la quería “a un lado”), las verduras –que abandoné casi invictas– y un pan seco e inflado, una luz de esperanza llenó el lugar. Una muchacha, joven y hermosa, la única en medio de ese mar de mozos viejos o envejecidos, se me acercó sonriente con la carta de los postres. Miré la lista y cuando, un instante después, alcé los ojos, la mujer (y con ella mi esperanza), había desaparecido. Luego la vi andar por otras mesas pero a mí no me sonrió más.
Finalmente, después de unos helados que redimieron en parte todo un almuerzo que andaba camino al desastre, pedí un capuchino, y me trajeron un expreso. Lo bebí amargo y en silencio. Solo fueron expeditivos al cobrarme. Cuando me trajeron la cuenta ni siquiera la miré, ofrecí mi tarjeta con un gesto displicente y agradecí enormemente que el plástico resistiera el embate sin hacerme pasar vergüenzas. Me levanté con la prudencia que ordenan mis kilos y, aunque la mesa dudó, se mantuvo firme. Recogí mi casaca y me fui, sin dar propina, prometiéndome no volver.
La calle me recibió con sus vientos fríos pero con su gente común andando despreocupada y desprevenida. Entonces caminé y caminé por avenidas inundadas de seres humanos y llegué, como el náufrago que pisa la arena, a los callejones turbios y a las escaleras estrechas del Soho donde la vida no es elegante, no es glamorosa, no es segura ni es santa, pero, definitivamente, es vida.
Saturday, March 6, 2010
Saturday, February 27, 2010
38.- Londres (y el teatro)
Si tuviera que elegir una razón para volver a Londres no sería por la majestuosidad de sus monumentos y palacios, ni por sus museos interminables, ni por sus bibliotecas infinitas, ni siquiera por las minifaldas agresivas de sus mujeres arrogantes y hermosas (aunque más de un amigo prefiera cabelleras californianas, caderas brasileñas, ojos italianos, o delicadas y firmes manos asiáticas). Si tuviera que dar una sola razón para volver a Londres, sería por sus teatros.
Caminar por el “West End” es una delicia, a cada paso aparecen teatros en los que, si bien abundan los musicales, también pueden verse obras de Shakespeare o Moliere, de Beckett o de Pinter. Entre los teatros abundan los cafés, los bares, los restaurantes donde, antes o después de la función, puede uno calentarse con un capuchino o entusiasmarse con una cerveza o engañar el hambre con un muy británico “fish and chips”.
Lo primero que debe hacerse es tomar una decisión y entonces Hamlet llega con todos sus ímpetus y el “ser o no ser” se apodera de uno inmisericorde. ¿“Noche de reyes” o “El fantasma de la ópera”? ¿“Stomp” o “Chicago”? ¿“Esperando a Godot” o “Los miserables”? Cuando se tiene tanta variedad el asunto se pone complicado. Es como enfrentarse a uno de esos “buffets” inmensos (en uno en esos hoteles de plástico en Las Vegas) o a una carta interminable de vinos (que no tomo). Felizmente, como la zona atiende a más de un millón de espectadores cada mes y como no todos los teatros tienen funciones todos los días, la decisión se aliviana entre los “ya no quedan entradas” y los “hoy no hay función”. Resuelto aquello hay que proceder a comprar.
Adquirir una entrada para una obra de teatro es un rito, no un trámite. Por esa razón, si bien en las calles abundan las tiendas y los quioscos que venden boletos rebajados y “llamadores” que ofrecen “los mejores sitios” y “los mejores precios”; desprecié esa opción. Comprar en esos puestos es como hacerse de una novela en un supermercado. Algo parecido me pasa con la adquisición de entradas “on line”, eso que los precavidos realizan con meses de anticipación, la misma noche que separan el boleto de avión o reservan la habitación del hotel; cierto, son compras reales, simples y prácticas, pero sin alma, sin linaje, espurias como los libros digitales, el café descafeinado y el sexo con preservativo (y no nos pongamos melodramáticos que en cien años, anticuados y postmodernos, cardiacos y deportistas, precavidos e irresponsables, estaremos amable y definitivamente muertos).
Para comprar un boleto de teatro hay que caminar, ir a la puerta misma, pasar por los carteles, respirar el aire del lugar y acercarse con incertidumbre. ¡Si hasta resulta placentero es encontrarse con los letreros de “entradas agotadas”! (no porque sufra de algún “masoquismo esquizofrénico” –si eso existe-, sino porque anima ver cómo la gente llena las salas). Por supuesto que es mucho más emocionante aún acercarse a la ventanilla de los teatros que no tienen los avisos de “todas las localidades vendidas” y preguntar qué sitios quedan para la función de la noche y escoger ese lugar que no es el mejor (porque los mejores, o ya fueron tomados o, si alguno nos coquetea, es impagable) pero que, como alguien dijo, “no importa, porque esos teatros están bien construidos y en un buen teatro todos los sitios son buenos”. O, es todavía más hermoso, decirse por “esa” obra, no dejarse amilanar por las malas nuevas y atreverse a hacer una paciente fila en la calle del al lado (cerca de la puerta por donde entran los actores), a dos grados sobre cero, para ver si es posible capturar las devoluciones de alguno que perdió el vuelo o el tren o la paciencia y no llegará a tiempo a recoger sus entradas.
La primera noche en Londres debe ser para Shakespeare. “Noche de reyes” es una deliciosa comedia de identidades equivocadas que, con una actualidad permanente (en estos tiempos de mil falsas personalidades en Internet), hace reír al público y lo solidariza con unos personajes, lo enemista con otros, lo conmueve con las penas de amor y lo emociona con los amores realizados. Los actores impecables, el vestuario preciso, las luces adecuadas, todo contribuyendo a un ambiente que ilumina hasta los adentros de uno y nos envuelve en esa magia invencible y milenaria del buen teatro.
No escuché un solo teléfono interrumpir los monólogos de Shakespeare, no oí los cuchicheos irritantes de los idiotas que creen que es inteligente contestar para decir “estoy-en-el-teatro-no-puedo-hablar” (y repetirlo tres veces porque el cretino del otro lado del auricular no entiende nada), no hubo ninguna indiscreta luz de celular deslumbrándome mientras alguna subnormal cree responder discretamente el mensaje que el pretendiente de turno le envía, no me perturbó el ruido de ningún troglodita atragantándose en medio de la obra y nadie salió ni entró de la sala cuando la función había comenzado. Una delicia.
La noche siguiente fue “Los Miserables”, el musical basado en la obra de Víctor Hugo. El protagonismo de Jean Valjean es impecable y la cándida belleza de Cosette resulta inolvidable, sin embargo, el espectáculo se lo roban los Thénardier, esos odiosos, sucios y repudiables, taberneros provincianos que hacen de su actuación un fluir de emociones que van desde el desprecio más profundo hasta la más espantosa –pero paradójicamente cómica– familiaridad. La música es extraordinaria, las voces limpias y apasionadas, la obra, como un todo, completa. De todas las escenas, tres son impagables, la de las obreras que condenan a Fantine por cuidar cobarde y egoístamente de sus miserias, la de la cantina de los Thénardier donde el mesonero se muestra en su más simpática y despreciable realidad y, la mejor de todas, la del llamado que realizan los jóvenes idealistas al pueblo de Francia para que respalde la rebelión y alce las barricadas “de los que se niegan a ser esclavos nuevamente”.
Por no ser (o hacer) menos, la última noche elegí a Beckett y esa obra maestra del absurdo en la que Vladimir y Estragón esperan inútilmente a aquel que jamás llega. Previsor, fui al teatro al promediar la tarde y compré el boleto. Tenía tres o cuatro horas y me lancé por las calles del Soho a curiosear.
Anduve por callejuelas y pasajes poco transitados, subí y bajé escaleras estrechas y empinadas, abrí y cerré puertas, vi gente, mucha gente, gente de todas partes, buscando la felicidad o el momento (que me empiezan a parecer lo mismo), reí y rieron, conversé y me conversaron, y el tiempo (ese canalla) se me escapó sin darme cuenta. Y así, sin demasiado remordimiento, está vez fui yo el que dejó a Godot esperando…
Caminar por el “West End” es una delicia, a cada paso aparecen teatros en los que, si bien abundan los musicales, también pueden verse obras de Shakespeare o Moliere, de Beckett o de Pinter. Entre los teatros abundan los cafés, los bares, los restaurantes donde, antes o después de la función, puede uno calentarse con un capuchino o entusiasmarse con una cerveza o engañar el hambre con un muy británico “fish and chips”.
Lo primero que debe hacerse es tomar una decisión y entonces Hamlet llega con todos sus ímpetus y el “ser o no ser” se apodera de uno inmisericorde. ¿“Noche de reyes” o “El fantasma de la ópera”? ¿“Stomp” o “Chicago”? ¿“Esperando a Godot” o “Los miserables”? Cuando se tiene tanta variedad el asunto se pone complicado. Es como enfrentarse a uno de esos “buffets” inmensos (en uno en esos hoteles de plástico en Las Vegas) o a una carta interminable de vinos (que no tomo). Felizmente, como la zona atiende a más de un millón de espectadores cada mes y como no todos los teatros tienen funciones todos los días, la decisión se aliviana entre los “ya no quedan entradas” y los “hoy no hay función”. Resuelto aquello hay que proceder a comprar.
Adquirir una entrada para una obra de teatro es un rito, no un trámite. Por esa razón, si bien en las calles abundan las tiendas y los quioscos que venden boletos rebajados y “llamadores” que ofrecen “los mejores sitios” y “los mejores precios”; desprecié esa opción. Comprar en esos puestos es como hacerse de una novela en un supermercado. Algo parecido me pasa con la adquisición de entradas “on line”, eso que los precavidos realizan con meses de anticipación, la misma noche que separan el boleto de avión o reservan la habitación del hotel; cierto, son compras reales, simples y prácticas, pero sin alma, sin linaje, espurias como los libros digitales, el café descafeinado y el sexo con preservativo (y no nos pongamos melodramáticos que en cien años, anticuados y postmodernos, cardiacos y deportistas, precavidos e irresponsables, estaremos amable y definitivamente muertos).
Para comprar un boleto de teatro hay que caminar, ir a la puerta misma, pasar por los carteles, respirar el aire del lugar y acercarse con incertidumbre. ¡Si hasta resulta placentero es encontrarse con los letreros de “entradas agotadas”! (no porque sufra de algún “masoquismo esquizofrénico” –si eso existe-, sino porque anima ver cómo la gente llena las salas). Por supuesto que es mucho más emocionante aún acercarse a la ventanilla de los teatros que no tienen los avisos de “todas las localidades vendidas” y preguntar qué sitios quedan para la función de la noche y escoger ese lugar que no es el mejor (porque los mejores, o ya fueron tomados o, si alguno nos coquetea, es impagable) pero que, como alguien dijo, “no importa, porque esos teatros están bien construidos y en un buen teatro todos los sitios son buenos”. O, es todavía más hermoso, decirse por “esa” obra, no dejarse amilanar por las malas nuevas y atreverse a hacer una paciente fila en la calle del al lado (cerca de la puerta por donde entran los actores), a dos grados sobre cero, para ver si es posible capturar las devoluciones de alguno que perdió el vuelo o el tren o la paciencia y no llegará a tiempo a recoger sus entradas.
La primera noche en Londres debe ser para Shakespeare. “Noche de reyes” es una deliciosa comedia de identidades equivocadas que, con una actualidad permanente (en estos tiempos de mil falsas personalidades en Internet), hace reír al público y lo solidariza con unos personajes, lo enemista con otros, lo conmueve con las penas de amor y lo emociona con los amores realizados. Los actores impecables, el vestuario preciso, las luces adecuadas, todo contribuyendo a un ambiente que ilumina hasta los adentros de uno y nos envuelve en esa magia invencible y milenaria del buen teatro.
No escuché un solo teléfono interrumpir los monólogos de Shakespeare, no oí los cuchicheos irritantes de los idiotas que creen que es inteligente contestar para decir “estoy-en-el-teatro-no-puedo-hablar” (y repetirlo tres veces porque el cretino del otro lado del auricular no entiende nada), no hubo ninguna indiscreta luz de celular deslumbrándome mientras alguna subnormal cree responder discretamente el mensaje que el pretendiente de turno le envía, no me perturbó el ruido de ningún troglodita atragantándose en medio de la obra y nadie salió ni entró de la sala cuando la función había comenzado. Una delicia.
La noche siguiente fue “Los Miserables”, el musical basado en la obra de Víctor Hugo. El protagonismo de Jean Valjean es impecable y la cándida belleza de Cosette resulta inolvidable, sin embargo, el espectáculo se lo roban los Thénardier, esos odiosos, sucios y repudiables, taberneros provincianos que hacen de su actuación un fluir de emociones que van desde el desprecio más profundo hasta la más espantosa –pero paradójicamente cómica– familiaridad. La música es extraordinaria, las voces limpias y apasionadas, la obra, como un todo, completa. De todas las escenas, tres son impagables, la de las obreras que condenan a Fantine por cuidar cobarde y egoístamente de sus miserias, la de la cantina de los Thénardier donde el mesonero se muestra en su más simpática y despreciable realidad y, la mejor de todas, la del llamado que realizan los jóvenes idealistas al pueblo de Francia para que respalde la rebelión y alce las barricadas “de los que se niegan a ser esclavos nuevamente”.
Por no ser (o hacer) menos, la última noche elegí a Beckett y esa obra maestra del absurdo en la que Vladimir y Estragón esperan inútilmente a aquel que jamás llega. Previsor, fui al teatro al promediar la tarde y compré el boleto. Tenía tres o cuatro horas y me lancé por las calles del Soho a curiosear.
Anduve por callejuelas y pasajes poco transitados, subí y bajé escaleras estrechas y empinadas, abrí y cerré puertas, vi gente, mucha gente, gente de todas partes, buscando la felicidad o el momento (que me empiezan a parecer lo mismo), reí y rieron, conversé y me conversaron, y el tiempo (ese canalla) se me escapó sin darme cuenta. Y así, sin demasiado remordimiento, está vez fui yo el que dejó a Godot esperando…
Saturday, February 20, 2010
37.- Londres (antes Múnich y Praga)
Múnich y Praga serán, en mi memoria, dos amables ciudades cubiertas de nieve. En menos de veinticuatro horas es difícil hacerse una idea clara de las cimas y simas de los pueblos. Pero siempre puede decirse algo.
Algo frío hay en los alemanes. Aún al final del viaje, cuando empezaba a escribir estas líneas en el aeropuerto de Frankfurt, esperando el avión que me regresó a los calores indonesios (y de sus indonesias), resentía mis espaldas un vientecillo frío que no tenía relación con la nieve que empezaba a caer, modosa, sin demasiadas ganas de arruinarme el vuelo. No era, como quise creerlo, alguna imperfección en las selladas ventanas del imponente aeropuerto, era, más bien (o “más mal”), la amabilidad eficiente pero congelada de las encargadas de la aerolínea. Personas correctas, educadas, pero con una sonrisa fallida que fracasa al querer transmitir esa sensación de “realmente me importa” que los latinos, por ejemplo, podemos contagiar con tanta facilidad (y, a veces, falsedad). En todo caso, los alemanes pueden no tener ninguna posibilidad en un concurso de simpatía pero son eficientes y mi paso –fugaz por Múnich y efímero por Frankfurt– me dejó la idea de una sociedad que, sin demasiadas delicadezas, funciona y funciona bien.
De Praga conocí literalmente el aeropuerto, el colegio que visité, el hotel y las avenidas que me llevaron de uno a otro lugar. Sin embargo, habiendo visto tan poco, Praga se me antoja caótica, mucho más “como nosotros”, mucho más tirada al “así está bien” o al “como salga” que me devuelven a mi país y a nuestros propios desórdenes. De todo el viaje, en el único hotel donde las reservas no existían (aunque luego aparecieron cuando intervino el gerente) fue en Praga. El único lugar donde registrarnos nos tomó más de una hora, donde la llave electrónica no funcionaba, donde la atención se aproximaba a lo lamentable, fue en Praga (“y eso que estamos en uno de los mejores hoteles del país”, dijo alguna, “y eso que en Alemania y en Bélgica nos alojamos en hotelitos mucho más modestos pero largamente mejor organizados”, pensé yo). Lo paradójico es que, aunque el poco orden visible amenazaba con desbaratarse en cualquier momento, la gente hizo la diferencia. El praguense (que así se dice) se me dio más humano, y las praguenses más calurosas y más preocupadas porque nos sintiéramos bien (aunque hicieran todo tan amablemente mal). No vi el centro, que dicen que es maravilloso e inolvidable, pero me quedaron ganas de volver y eso dice mucho de un país. Algo más a su favor. En el aeropuerto hallé libros fundamentales para ellos (como el de las “Leyendas judías de Praga” o algunas obras de Kafka) traducidos en varios idiomas (francés, inglés, español) y pude leer, en la lengua de Cervantes, la leyenda de “El Golem” que tantas veces había disfrutado antes en el poema homónimo de Borges.
Hay que decir que en ambas ciudades la belleza de sus mujeres es sorprendente, no obstante, las diferencias de carácter crean abismos. Por ejemplo, entre la joven que estaba a cargo del comedor en Múnich y la muchacha que me atendió en el restaurante del hotel en Praga, había varios mundos de distancia. La eficiente frialdad de la alemana, que hizo todo perfecto y sin una sonrisa, palideció frente a la joven que se demoró en atenderme, se equivocó en el pedido, se le enredaron las cuentas y, sin embargo, me hizo creer, con la magia de sus gestos y con esos ojos que brillaban como espejismos, que esas papas refritas y ese “clud sanduish” graciosa (y grasosamente) mal acomodado, eran algo así como la máxima expresión de la culinaria checa.
Contemplando a las mujeres europeas (con el descaro y la libertad que dan los años), no pude dejar de recordar esos versos de Chocano –el malamente olvidado poeta peruano– que hablan de “la tristeza del Inca” enamorado de esa mujer que “tiene añil en las venas, un trigal en los bucles y en la boca un coral”. Sospechaba, sentado en el restaurante del aeropuerto de Múnich, viendo pasar a las muchachas de piernas interminables, caderas fuertes, pechos ágiles, rostros imposibles y ojos luminosos, lo que incas y aztecas, nuestros tatarabuelos, habrían sentido al enfrentar esa belleza tan extraña a los que eran sus propios modelos de hermosura. Intuí también cómo, de la misma manera y en exacta e inversa proporción, los rubios conquistadores que se lanzaron por el mundo a engordar sus imperios, sucumbieron ante lo exótico de estas muchachas de pies breves como un sueño, de formas ligeras como el viento, de piel bronceada como la caoba, de ojos concentrados como la noche, que transformaron el ideal grecolatino de la belleza por algo, para ellos, mucho más fresco, cálido y natural.
“Queremos lo que no tenemos” dice el dicho y eso de la bíblica prohibición de desear “a la mujer de tu prójimo” no es sino el límite civilizatorio que quiere ponérsele a nuestra natural tentación por lo ajeno. Sin embargo, en el caso de las razas, el hombre que desea a la mujer de rasgos diferentes o la muchacha que suspira ante los colores distintos del varón de la otra tribu, hacen bien, porque nos ofrecen un mestizaje que no es solo estéticamente hermoso sino que es, sobre todo, humanamente indispensable. Será por eso que los adoradores de esa estupidez llamada “pureza racial” se me antojan no solo idiotas sino enemigos de la naturaleza que tan deliciosamente hace atractivo lo distinto y permite una mezcla que es hasta genéticamente saludable.
Así, distraído por la belleza de sus mujeres y pensando, sin haberme ido, en regresar a Europa, llegué a Londres.
Marisol y Manuel, dos queridos y cosmopolitas amigos míos, me hablaron maravillas de la capital de Inglaterra. Para Marisol (que tiene un alma argentinísima que la pone en esa paradójica situación de amar lo inglés a pesar de las Malvinas), Londres es “la ciudad” y Picadilly Circus “el lugar”. Para Manuel, más “niuyorquino” y más crítico, Londres es la capital de un viejo imperio que, majestuosa aún, está llena de lugares famosos y estatuas y monumentos dignos de verse.
Armado de sus recomendaciones encaré a la “Rubia Albión”, tomándola por asalto desde el aeropuerto de Heathrow, que es inmenso, o me lo pareció, y donde uno tiene la sensación de que aún no ha pisado Londres pero que, inevitablemente, va a perderse...
Algo frío hay en los alemanes. Aún al final del viaje, cuando empezaba a escribir estas líneas en el aeropuerto de Frankfurt, esperando el avión que me regresó a los calores indonesios (y de sus indonesias), resentía mis espaldas un vientecillo frío que no tenía relación con la nieve que empezaba a caer, modosa, sin demasiadas ganas de arruinarme el vuelo. No era, como quise creerlo, alguna imperfección en las selladas ventanas del imponente aeropuerto, era, más bien (o “más mal”), la amabilidad eficiente pero congelada de las encargadas de la aerolínea. Personas correctas, educadas, pero con una sonrisa fallida que fracasa al querer transmitir esa sensación de “realmente me importa” que los latinos, por ejemplo, podemos contagiar con tanta facilidad (y, a veces, falsedad). En todo caso, los alemanes pueden no tener ninguna posibilidad en un concurso de simpatía pero son eficientes y mi paso –fugaz por Múnich y efímero por Frankfurt– me dejó la idea de una sociedad que, sin demasiadas delicadezas, funciona y funciona bien.
De Praga conocí literalmente el aeropuerto, el colegio que visité, el hotel y las avenidas que me llevaron de uno a otro lugar. Sin embargo, habiendo visto tan poco, Praga se me antoja caótica, mucho más “como nosotros”, mucho más tirada al “así está bien” o al “como salga” que me devuelven a mi país y a nuestros propios desórdenes. De todo el viaje, en el único hotel donde las reservas no existían (aunque luego aparecieron cuando intervino el gerente) fue en Praga. El único lugar donde registrarnos nos tomó más de una hora, donde la llave electrónica no funcionaba, donde la atención se aproximaba a lo lamentable, fue en Praga (“y eso que estamos en uno de los mejores hoteles del país”, dijo alguna, “y eso que en Alemania y en Bélgica nos alojamos en hotelitos mucho más modestos pero largamente mejor organizados”, pensé yo). Lo paradójico es que, aunque el poco orden visible amenazaba con desbaratarse en cualquier momento, la gente hizo la diferencia. El praguense (que así se dice) se me dio más humano, y las praguenses más calurosas y más preocupadas porque nos sintiéramos bien (aunque hicieran todo tan amablemente mal). No vi el centro, que dicen que es maravilloso e inolvidable, pero me quedaron ganas de volver y eso dice mucho de un país. Algo más a su favor. En el aeropuerto hallé libros fundamentales para ellos (como el de las “Leyendas judías de Praga” o algunas obras de Kafka) traducidos en varios idiomas (francés, inglés, español) y pude leer, en la lengua de Cervantes, la leyenda de “El Golem” que tantas veces había disfrutado antes en el poema homónimo de Borges.
Hay que decir que en ambas ciudades la belleza de sus mujeres es sorprendente, no obstante, las diferencias de carácter crean abismos. Por ejemplo, entre la joven que estaba a cargo del comedor en Múnich y la muchacha que me atendió en el restaurante del hotel en Praga, había varios mundos de distancia. La eficiente frialdad de la alemana, que hizo todo perfecto y sin una sonrisa, palideció frente a la joven que se demoró en atenderme, se equivocó en el pedido, se le enredaron las cuentas y, sin embargo, me hizo creer, con la magia de sus gestos y con esos ojos que brillaban como espejismos, que esas papas refritas y ese “clud sanduish” graciosa (y grasosamente) mal acomodado, eran algo así como la máxima expresión de la culinaria checa.
Contemplando a las mujeres europeas (con el descaro y la libertad que dan los años), no pude dejar de recordar esos versos de Chocano –el malamente olvidado poeta peruano– que hablan de “la tristeza del Inca” enamorado de esa mujer que “tiene añil en las venas, un trigal en los bucles y en la boca un coral”. Sospechaba, sentado en el restaurante del aeropuerto de Múnich, viendo pasar a las muchachas de piernas interminables, caderas fuertes, pechos ágiles, rostros imposibles y ojos luminosos, lo que incas y aztecas, nuestros tatarabuelos, habrían sentido al enfrentar esa belleza tan extraña a los que eran sus propios modelos de hermosura. Intuí también cómo, de la misma manera y en exacta e inversa proporción, los rubios conquistadores que se lanzaron por el mundo a engordar sus imperios, sucumbieron ante lo exótico de estas muchachas de pies breves como un sueño, de formas ligeras como el viento, de piel bronceada como la caoba, de ojos concentrados como la noche, que transformaron el ideal grecolatino de la belleza por algo, para ellos, mucho más fresco, cálido y natural.
“Queremos lo que no tenemos” dice el dicho y eso de la bíblica prohibición de desear “a la mujer de tu prójimo” no es sino el límite civilizatorio que quiere ponérsele a nuestra natural tentación por lo ajeno. Sin embargo, en el caso de las razas, el hombre que desea a la mujer de rasgos diferentes o la muchacha que suspira ante los colores distintos del varón de la otra tribu, hacen bien, porque nos ofrecen un mestizaje que no es solo estéticamente hermoso sino que es, sobre todo, humanamente indispensable. Será por eso que los adoradores de esa estupidez llamada “pureza racial” se me antojan no solo idiotas sino enemigos de la naturaleza que tan deliciosamente hace atractivo lo distinto y permite una mezcla que es hasta genéticamente saludable.
Así, distraído por la belleza de sus mujeres y pensando, sin haberme ido, en regresar a Europa, llegué a Londres.
Marisol y Manuel, dos queridos y cosmopolitas amigos míos, me hablaron maravillas de la capital de Inglaterra. Para Marisol (que tiene un alma argentinísima que la pone en esa paradójica situación de amar lo inglés a pesar de las Malvinas), Londres es “la ciudad” y Picadilly Circus “el lugar”. Para Manuel, más “niuyorquino” y más crítico, Londres es la capital de un viejo imperio que, majestuosa aún, está llena de lugares famosos y estatuas y monumentos dignos de verse.
Armado de sus recomendaciones encaré a la “Rubia Albión”, tomándola por asalto desde el aeropuerto de Heathrow, que es inmenso, o me lo pareció, y donde uno tiene la sensación de que aún no ha pisado Londres pero que, inevitablemente, va a perderse...
Sunday, February 7, 2010
36.- Bruselas
Pisar por primera vez Europa y hacerlo por Bélgica, es lo más acertado. Solo el viaje inicial en el taxi es toda una bienvenida. Amanecer un domingo en una ciudad sosegada, amable y acogedora, hace que las casi quince horas de vuelo que separan Yakarta de Bruselas se desvanezcan.
Cuando supe que iba a pasar por Bruselas le escribí a mi amigo Luc. “Tengo medio día, ¿qué hago?”, pregunté. Eficiente, respondió con tal cantidad de buenos lugares que, conocerlos, demandaría de unas largas vacaciones y no este paso fugaz y laboralmente obligado. “Luc –le dije– en tan poco tiempo solo tengo dos propósitos, comprar chocolates y comer papas fritas”.
El hotel es casi un albergue, pequeño y suficiente, a veinte minutos del centro. Es muy temprano y la habitación aún no está libre así que hay que caminar un poco. Los casi cero grados de temperatura no son excusa suficiente y a quince minutos andando me aguarda (como si hubiera estado toda la vida esperándome) un mercado dominguero.
Es un descubrimiento delicioso. Todo está limpio y todo es fresco; los mangos peruanos, las manzanas españolas, las mandarinas ecuatorianas y los plátanos caribeños. Veo aceitunas en todos sus colores, quesos en todas sus texturas, embutidos en toda su gama de grasas, ¡y panes! Inmensos, olorosos, calentitos, recién salidos de un horno que no puede andar muy lejos. Y pollos sabrosísimos y dulces que no empalagan y verduras nuevas y tulipanes ansiosos. Es un mercadillo dominical donde la gente parece conocerse desde siempre. Una anciana le entrega la bolsa al vendedor y en la bolsa está la billetera y en la billetera el dinero y el vendedor cobra y guarda el vuelto en la cartera y devuelve la bolsa, con lo comprado, con la naturalidad del nieto frente a la abuela que siempre hace el mismo pedido. Solo ese mercado sería razón suficiente para vivir en Bélgica.
Antes de abandonarlo, me cruzo con dos muchachas hermosas (dos más, porque esa ciudad está sobre poblada de belleza) que, sonrientes, me ofrecen pan relleno de chocolate. La tentación es grande (y es doble) y no pienso y pago y me confundo entre los ojos verdes de la morena y los azules de la rubia que me miran entre agradecidos y condescendientes.
“Anda a la Gran Plaza y allí puedes caminar hasta que te aburras” –me había aconsejado Luc– “allí encontrarás las papas y los chocolates”. La plaza, como dice su nombre, es grande, y está llena de gente. Hay una iglesia. Camino. Me encuentro con una figura de una diosa femenina empotrada en una pared. Parece famosa porque todos se toman foto con ella. “Es que trae buena suerte en el amor”, me dice alguien en un delicioso francés que no entiendo. “Lo más representativo de Bruselas son la plaza y el niño que orina”, aclara alguien más (en un piadoso y mordido inglés) y me acuerdo de la decepción que se llevó mi madre hace cuarenta años “con esa estatua pequeñita y perdida en una esquina”.
No sé si es porque es domingo pero todas esas calles están cerradas para los vehículos y la caminata por el empedrado me recuerda a los viejos pueblos de las provincias peruanas. Pasan a mi lado familias, grupos de jóvenes, chicas inolvidables y perros, muchos perros, con sus dueños y sus cadenas y paseando orondos y casi civilizados.
Sí, es verdad. El niño que orina es una estatua minúscula casi extraviada en una calle repleta de tiendas y de turistas que lo andan buscando. Tomo una foto sin mucho entusiasmo y, liberado, entro en varias de las innumerables tiendas de chocolates.
“Los Leonidas son los que más me gustan”, me había dicho Luc. Una muchacha muy simpática me atiende. Compro una cantidad infame y le digo a la chica que necesito que estén en latas “porque el viaje hasta Yakarta es muy largo”. Diez minutos después ella comprende que soy peruano, que vivo en Indonesia, que Java es una isla y que queda en Asia; y hasta promete sonriente que algún día me visitará. Aprovechando la sonrisa, disparo una pregunta odiosa: “sé que estos son los mejores chocolates belgas” –adulo–, “pero, ¿cuáles son los más caros?”. Me mira extrañada, sostengo la mirada, tonto pero firme, y ella, que no sabe si seguir sonriendo, responde en automático: “los Marcolini”. No la dejo pensar más y huyo atarantándola con una catarata de “gracias”. Es que me resulta demasiado embarazoso explicarle que todo esto es por una muchacha de ojos inmensos (que me dijo graciosamente, “de dos tipos, los más sabrosos y los más caros”, cuando le pregunté “qué chocolates belgas quieres”).
La tienda no está cerca, pero está. Es elegante, las cajas negras y sólidas, y los chocolates un asalto. Pierre Marcolini levanta no uno sino dos grandes locales en la Plaza de Sablón. Allí también está Godiva y cerca Neuhaus, Leónidas, Cote D'Or, Guylian y un montón de otras marcas famosas de “verdaderos chocolates belgas” (en Bélgica, donde jamás ha crecido una planta de cacao) que compiten con otras tantas tiendas de chocolates artesanales. Rodeado de chocolaterías, huyo por las calles, estrechas, sucias a veces, cálidas siempre, con pasajes abandonados que no dan miedo y con paredes repletas de grafitis que regalan sus colores.
Huyo de los chocolates y me encuentro con “friterías”. Basta caminar un poco para hallar las papas fritas y los cucuruchos de papel y las toneladas de mayonesa y el sabor, áspero y generoso, pero que, sin embargo, no se aproxima al de las inolvidables papas que Luc prepara en Yakarta con su vieja freidora y que tan bien adereza con amistad y afecto.
Si Europa es Bélgica y si Bélgica es Bruselas, yo quiero mudarme.
Quiero visitar la biblioteca y los teatros y el museo que presenta una muestra de Frida Kahlo. Quiero pasear por esas calles donde los pájaros no se asustan con los transeúntes, donde los cafés cortan amablemente el paso con sus sillas, donde un cine ofrece películas francesas e iraníes, donde se puede andar en bicicleta, donde venden crepas al paso, donde las gitanas quieren leerme la eterna suerte y donde las estatuas Quijote y Sancho cuidan el sueño de Aída, la ecuatoriana –ilegal– que vende artesanías mientras espera, como tantos, que esto, que este sueño que amenaza terminarse en cualquier rato, se haga realidad.
Cuando supe que iba a pasar por Bruselas le escribí a mi amigo Luc. “Tengo medio día, ¿qué hago?”, pregunté. Eficiente, respondió con tal cantidad de buenos lugares que, conocerlos, demandaría de unas largas vacaciones y no este paso fugaz y laboralmente obligado. “Luc –le dije– en tan poco tiempo solo tengo dos propósitos, comprar chocolates y comer papas fritas”.
El hotel es casi un albergue, pequeño y suficiente, a veinte minutos del centro. Es muy temprano y la habitación aún no está libre así que hay que caminar un poco. Los casi cero grados de temperatura no son excusa suficiente y a quince minutos andando me aguarda (como si hubiera estado toda la vida esperándome) un mercado dominguero.
Es un descubrimiento delicioso. Todo está limpio y todo es fresco; los mangos peruanos, las manzanas españolas, las mandarinas ecuatorianas y los plátanos caribeños. Veo aceitunas en todos sus colores, quesos en todas sus texturas, embutidos en toda su gama de grasas, ¡y panes! Inmensos, olorosos, calentitos, recién salidos de un horno que no puede andar muy lejos. Y pollos sabrosísimos y dulces que no empalagan y verduras nuevas y tulipanes ansiosos. Es un mercadillo dominical donde la gente parece conocerse desde siempre. Una anciana le entrega la bolsa al vendedor y en la bolsa está la billetera y en la billetera el dinero y el vendedor cobra y guarda el vuelto en la cartera y devuelve la bolsa, con lo comprado, con la naturalidad del nieto frente a la abuela que siempre hace el mismo pedido. Solo ese mercado sería razón suficiente para vivir en Bélgica.
Antes de abandonarlo, me cruzo con dos muchachas hermosas (dos más, porque esa ciudad está sobre poblada de belleza) que, sonrientes, me ofrecen pan relleno de chocolate. La tentación es grande (y es doble) y no pienso y pago y me confundo entre los ojos verdes de la morena y los azules de la rubia que me miran entre agradecidos y condescendientes.
“Anda a la Gran Plaza y allí puedes caminar hasta que te aburras” –me había aconsejado Luc– “allí encontrarás las papas y los chocolates”. La plaza, como dice su nombre, es grande, y está llena de gente. Hay una iglesia. Camino. Me encuentro con una figura de una diosa femenina empotrada en una pared. Parece famosa porque todos se toman foto con ella. “Es que trae buena suerte en el amor”, me dice alguien en un delicioso francés que no entiendo. “Lo más representativo de Bruselas son la plaza y el niño que orina”, aclara alguien más (en un piadoso y mordido inglés) y me acuerdo de la decepción que se llevó mi madre hace cuarenta años “con esa estatua pequeñita y perdida en una esquina”.
No sé si es porque es domingo pero todas esas calles están cerradas para los vehículos y la caminata por el empedrado me recuerda a los viejos pueblos de las provincias peruanas. Pasan a mi lado familias, grupos de jóvenes, chicas inolvidables y perros, muchos perros, con sus dueños y sus cadenas y paseando orondos y casi civilizados.
Sí, es verdad. El niño que orina es una estatua minúscula casi extraviada en una calle repleta de tiendas y de turistas que lo andan buscando. Tomo una foto sin mucho entusiasmo y, liberado, entro en varias de las innumerables tiendas de chocolates.
“Los Leonidas son los que más me gustan”, me había dicho Luc. Una muchacha muy simpática me atiende. Compro una cantidad infame y le digo a la chica que necesito que estén en latas “porque el viaje hasta Yakarta es muy largo”. Diez minutos después ella comprende que soy peruano, que vivo en Indonesia, que Java es una isla y que queda en Asia; y hasta promete sonriente que algún día me visitará. Aprovechando la sonrisa, disparo una pregunta odiosa: “sé que estos son los mejores chocolates belgas” –adulo–, “pero, ¿cuáles son los más caros?”. Me mira extrañada, sostengo la mirada, tonto pero firme, y ella, que no sabe si seguir sonriendo, responde en automático: “los Marcolini”. No la dejo pensar más y huyo atarantándola con una catarata de “gracias”. Es que me resulta demasiado embarazoso explicarle que todo esto es por una muchacha de ojos inmensos (que me dijo graciosamente, “de dos tipos, los más sabrosos y los más caros”, cuando le pregunté “qué chocolates belgas quieres”).
La tienda no está cerca, pero está. Es elegante, las cajas negras y sólidas, y los chocolates un asalto. Pierre Marcolini levanta no uno sino dos grandes locales en la Plaza de Sablón. Allí también está Godiva y cerca Neuhaus, Leónidas, Cote D'Or, Guylian y un montón de otras marcas famosas de “verdaderos chocolates belgas” (en Bélgica, donde jamás ha crecido una planta de cacao) que compiten con otras tantas tiendas de chocolates artesanales. Rodeado de chocolaterías, huyo por las calles, estrechas, sucias a veces, cálidas siempre, con pasajes abandonados que no dan miedo y con paredes repletas de grafitis que regalan sus colores.
Huyo de los chocolates y me encuentro con “friterías”. Basta caminar un poco para hallar las papas fritas y los cucuruchos de papel y las toneladas de mayonesa y el sabor, áspero y generoso, pero que, sin embargo, no se aproxima al de las inolvidables papas que Luc prepara en Yakarta con su vieja freidora y que tan bien adereza con amistad y afecto.
Si Europa es Bélgica y si Bélgica es Bruselas, yo quiero mudarme.
Quiero visitar la biblioteca y los teatros y el museo que presenta una muestra de Frida Kahlo. Quiero pasear por esas calles donde los pájaros no se asustan con los transeúntes, donde los cafés cortan amablemente el paso con sus sillas, donde un cine ofrece películas francesas e iraníes, donde se puede andar en bicicleta, donde venden crepas al paso, donde las gitanas quieren leerme la eterna suerte y donde las estatuas Quijote y Sancho cuidan el sueño de Aída, la ecuatoriana –ilegal– que vende artesanías mientras espera, como tantos, que esto, que este sueño que amenaza terminarse en cualquier rato, se haga realidad.
Sunday, January 31, 2010
35.- En contra de la esperanza
Cuando Pandora cerró el ánfora y logró retener a la Esperanza dejándonos a los mortales con los bienes en estampida y los males infestando el mundo a su antojo, ¿nos hizo un favor o cumplió –total, los griegos eran predeterministas– con un macabro plan que el incontinente Zeus había trazado, rencoroso y enfurecido con la generosidad de Prometeo para con los humanos? Eso no está claro, pero muchos siglos después de que esa creencia se hiciera mitología, José Zorrilla escribió “la esperanza es de los cielos / precioso y funesto don” y bien pueden esos versos servir de respuesta.
Recuerdo que en mi casa había, cuando éramos chicos, un hermoso libro cuyas tapas estaban forradas en pan de oro. Alguien, ya no sé quién, se lo regaló a mi hermano. El libro, que no era tal sino un montón de hojas en blanco bellamente empastadas, contenía, escritas a mano, una serie de frases y refranes. “El que vive de esperanza, muere desesperanzado”, decía una de sus páginas y siempre me he preguntado qué tan cierto es aquello.
En Haití, por ejemplo, y esto me lo contaba Giori que se ha ido allí a ayudar de verdad a los que lo necesitan y no se queda, como nosotros –en nuestras cómodas casas– o como los periodistas mercenarios –atrincherados cobardemente en los hoteles–, veinte mil personas han quedado mutiladas después del terremoto, y otros miles de niños, también, se han quedado sin padre sin madre o sin ambos, mutilados de familia. ¿Debieran ellos tener esperanza?
Las generalidades no ayudan; el sufrimiento de muchos no es el sufrimiento de nadie en concreto y bien podemos soslayarlo distrayéndonos con el ruido ensordecedor de las ciudades. Pongámosles cara y nombre y lugar y espacio y preguntémonos, entonces, si esas personas deben abrigar esperanzas o si hacerlo solo prolonga su sufrimiento.
Cindy, la chiquilla filipina que dejó los estudios y emigró y terminó vendiendo helados en Macao para tener un permiso legal de residencia. Cindy, que se la pasa parada todo el día soportando los avances de todos los chinos corruptos y nuevos ricos que van allí a gastarse lo que no pueden gastarse en Pekin o Shangai. Cindy, que después de su jornada se queda hasta la una o dos de la mañana limpiando casas –ilegalmente– para tener un poco más de efectivo para enviárselo a su madre que cría a la hija que tuvo con ese novio flamígero que desapareció apenas escuchó la palabra embarazo. ¿Debe Cindy tener esperanza?
Obdulia, la provinciana peruana que limpia casas de ricachones en Miami y vive en un cuarto con sus dos hijos. Obdulia, la del marido al que ella ayudó, con sus ahorros, a llegar hasta “el sueño americano” y que luego, porque él no regresaba, fue a buscarlo para tener a toda la familia junta y lo encontró con la querida. Obdulia, cuyo marido ya tiene la residencia porque se casó con una cubana para sacar los papeles y que, divorciado ya, no le da la gana de casarse con ella (porque era su marido y no su esposo) y más bien la amenaza, cada vez que se atreve a reclamarle lo de la amante, con que la va a denunciar para que la deporten y le va a quitar a los hijos (que sí tienen residencia porque llevan el apellido del padre). ¿Debe Obdulia tener esperanza?
Lucy o Susy o Wendy o como se llame en realidad la prostituta tailandesa que emigró a Singapur y que espera a sus clientes solo a dos cuadras del centro de Orchard Road. Lucy, que vive lejos de su aldea y que solo aguarda ahorrar un poco para regresar. Lucy que debe, antes, pagarle al que tramita las visas, al agiotista que le prestó para el pasaje, al dueño del cuarto en donde duerme con otras tantas Lucys en las mismas condiciones. Lucy, que sabe que será prostituta toda la vida o, al menos, hasta que el cuerpo alcance o la mate el sida o vengan otras, mismas Lucys pero más jóvenes, a quitarle el sitio. ¿Debe Lucy tener esperanza?
Josefina, la mujer que limpia las habitaciones en ese hotel barato para largas estadías en La Condesa, en México. Josefina, que trabaja todo el día, todos los días, que descansa una vez a la semana y dedica ese domingo a ordenar su casa para que no se venga abajo. Josefina, a quien el marido engaña con otra y no quiere irse y no paga nada y vive de ella y más de una vez le ha levantado la mano. Josefina la de la hija quinceañera que, abotargada por la propaganda, la imbecilidad reinante y los líos entre sus padres, cree que está gorda y ha practicado tanto la bulimia que su cuerpo ha convertido el vomitar en una costumbre que ahora es automática y ya no retiene alimentos y la desnutrición la está matando. Josefina, que no tiene el dinero para la operación indispensable y que sabe que la hija se le muere en cualquier rato. ¿Debe Josefina tener esperanza?
Nacemos solos y morimos solos. A veces, muchas veces, vivimos solos. Hagamos lo que hagamos allí está el fin, la muerte, la última soledad, vigilando –acechando– nuestra existencia como la espada de Damocles. ¿Deberíamos tener esperanza?
¿No es la esperanza –como la fe– ese “opio del pueblo” tantas veces denunciado? ¿No nos adormece la esperanza? Dante colocó un letrero en las puertas del infierno, “el que entre aquí abandone toda esperanza” y a veces dan ganas de creer que eso habría que escribir en los portales de todas las maternidades. Sin embargo, quiero creer que los que se tientan a pensar como yo se equivocan, quiero creer que –una vez más– estoy equivocado.
Giori, aquel que dejó la comodidad de su oficina para irse a cargar sacos de harina y repartirlos entre los desamparados de Haití, me envía, desde ese infierno, donde ciento cincuenta mil cadáveres se pudren y un millón de personas lo han perdido todo, unas fotos maravillosas de unos niños sonriendo, con los ojos de luna llena, como diciéndole el “no pasarán” a la desesperanza y a la muerte que los cercan.
Quizá allí esté el secreto, en la alegría de esos niños, en su sonrisa, en eso tan humano. Esa misma sonrisa que, por instantes –luminosos instantes– he visto aparecer en los rostros de las Cindys, las Lucys, las Obdulias y las Josefinas que han cruzado por mi vida.
Quién sabe si la alegría sea la verdadera cara de la esperanza.
Recuerdo que en mi casa había, cuando éramos chicos, un hermoso libro cuyas tapas estaban forradas en pan de oro. Alguien, ya no sé quién, se lo regaló a mi hermano. El libro, que no era tal sino un montón de hojas en blanco bellamente empastadas, contenía, escritas a mano, una serie de frases y refranes. “El que vive de esperanza, muere desesperanzado”, decía una de sus páginas y siempre me he preguntado qué tan cierto es aquello.
En Haití, por ejemplo, y esto me lo contaba Giori que se ha ido allí a ayudar de verdad a los que lo necesitan y no se queda, como nosotros –en nuestras cómodas casas– o como los periodistas mercenarios –atrincherados cobardemente en los hoteles–, veinte mil personas han quedado mutiladas después del terremoto, y otros miles de niños, también, se han quedado sin padre sin madre o sin ambos, mutilados de familia. ¿Debieran ellos tener esperanza?
Las generalidades no ayudan; el sufrimiento de muchos no es el sufrimiento de nadie en concreto y bien podemos soslayarlo distrayéndonos con el ruido ensordecedor de las ciudades. Pongámosles cara y nombre y lugar y espacio y preguntémonos, entonces, si esas personas deben abrigar esperanzas o si hacerlo solo prolonga su sufrimiento.
Cindy, la chiquilla filipina que dejó los estudios y emigró y terminó vendiendo helados en Macao para tener un permiso legal de residencia. Cindy, que se la pasa parada todo el día soportando los avances de todos los chinos corruptos y nuevos ricos que van allí a gastarse lo que no pueden gastarse en Pekin o Shangai. Cindy, que después de su jornada se queda hasta la una o dos de la mañana limpiando casas –ilegalmente– para tener un poco más de efectivo para enviárselo a su madre que cría a la hija que tuvo con ese novio flamígero que desapareció apenas escuchó la palabra embarazo. ¿Debe Cindy tener esperanza?
Obdulia, la provinciana peruana que limpia casas de ricachones en Miami y vive en un cuarto con sus dos hijos. Obdulia, la del marido al que ella ayudó, con sus ahorros, a llegar hasta “el sueño americano” y que luego, porque él no regresaba, fue a buscarlo para tener a toda la familia junta y lo encontró con la querida. Obdulia, cuyo marido ya tiene la residencia porque se casó con una cubana para sacar los papeles y que, divorciado ya, no le da la gana de casarse con ella (porque era su marido y no su esposo) y más bien la amenaza, cada vez que se atreve a reclamarle lo de la amante, con que la va a denunciar para que la deporten y le va a quitar a los hijos (que sí tienen residencia porque llevan el apellido del padre). ¿Debe Obdulia tener esperanza?
Lucy o Susy o Wendy o como se llame en realidad la prostituta tailandesa que emigró a Singapur y que espera a sus clientes solo a dos cuadras del centro de Orchard Road. Lucy, que vive lejos de su aldea y que solo aguarda ahorrar un poco para regresar. Lucy que debe, antes, pagarle al que tramita las visas, al agiotista que le prestó para el pasaje, al dueño del cuarto en donde duerme con otras tantas Lucys en las mismas condiciones. Lucy, que sabe que será prostituta toda la vida o, al menos, hasta que el cuerpo alcance o la mate el sida o vengan otras, mismas Lucys pero más jóvenes, a quitarle el sitio. ¿Debe Lucy tener esperanza?
Josefina, la mujer que limpia las habitaciones en ese hotel barato para largas estadías en La Condesa, en México. Josefina, que trabaja todo el día, todos los días, que descansa una vez a la semana y dedica ese domingo a ordenar su casa para que no se venga abajo. Josefina, a quien el marido engaña con otra y no quiere irse y no paga nada y vive de ella y más de una vez le ha levantado la mano. Josefina la de la hija quinceañera que, abotargada por la propaganda, la imbecilidad reinante y los líos entre sus padres, cree que está gorda y ha practicado tanto la bulimia que su cuerpo ha convertido el vomitar en una costumbre que ahora es automática y ya no retiene alimentos y la desnutrición la está matando. Josefina, que no tiene el dinero para la operación indispensable y que sabe que la hija se le muere en cualquier rato. ¿Debe Josefina tener esperanza?
Nacemos solos y morimos solos. A veces, muchas veces, vivimos solos. Hagamos lo que hagamos allí está el fin, la muerte, la última soledad, vigilando –acechando– nuestra existencia como la espada de Damocles. ¿Deberíamos tener esperanza?
¿No es la esperanza –como la fe– ese “opio del pueblo” tantas veces denunciado? ¿No nos adormece la esperanza? Dante colocó un letrero en las puertas del infierno, “el que entre aquí abandone toda esperanza” y a veces dan ganas de creer que eso habría que escribir en los portales de todas las maternidades. Sin embargo, quiero creer que los que se tientan a pensar como yo se equivocan, quiero creer que –una vez más– estoy equivocado.
Giori, aquel que dejó la comodidad de su oficina para irse a cargar sacos de harina y repartirlos entre los desamparados de Haití, me envía, desde ese infierno, donde ciento cincuenta mil cadáveres se pudren y un millón de personas lo han perdido todo, unas fotos maravillosas de unos niños sonriendo, con los ojos de luna llena, como diciéndole el “no pasarán” a la desesperanza y a la muerte que los cercan.
Quizá allí esté el secreto, en la alegría de esos niños, en su sonrisa, en eso tan humano. Esa misma sonrisa que, por instantes –luminosos instantes– he visto aparecer en los rostros de las Cindys, las Lucys, las Obdulias y las Josefinas que han cruzado por mi vida.
Quién sabe si la alegría sea la verdadera cara de la esperanza.
Saturday, January 23, 2010
34.- Yapanisonli
¿Cuál es la diferencia entre la represión y el autocontrol? En ambos casos se trata de dominar los naturales impulsos a los que, animales al fin, estamos inclinados. Desde las más antiguas sociedades, la fuerza –o la amenaza de su uso–, ha sido un persuasivo efectivo. Nadie se metía con la mujer del jefe de la tribu porque nadie quería terminar con la cabeza partida de un mazazo. A su vez, y por más hambre que tuviera, nadie se comía las ofrendas de los dioses porque nadie quería que le achacasen las próximas calamidades, ni soportaba la idea de sufrir el desprecio social, algo peor que la celosa maza abriéndonos el cráneo.
El miedo nos controla hasta donde puede controlarnos. Enmarcamos nuestras actuaciones públicas dentro de los límites que imponen los códigos, ya sean los legales o los sociales, pero no más. Dueños de nuestra intimidad, donde ni el Estado ni la sociedad pueden ingresar, damos allí rienda suelta a nuestros arranques y a nuestra fantasía. Eso me pareció entender en Japón.
La formalidad rige la vida de la gente. El silencio –ese que a nuestra latinidad se le antoja un monstruo– es una norma; se respeta escrupulosamente en los buses, en el metro, en el supermercado. Aún en una sala de juegos, donde los aparatos chillan anunciando ganancias, la gente se mantiene callada, sin grandes expresiones de frustración o de alegría, como si solo el ruido metálico de las máquinas estuviera permitido.
Se respetan las normas “porque hay que respetarlas” y, como le contestaron a mi amigo Eddie cuando le preguntó a un japonés por qué no cruzaba la pista, aún con el semáforo peatonal en rojo, si era obvio que no venían automóviles por la calle, “porque no soy estúpido”.
No hay policías. En una semana, paseando de noche y buscando, como siempre, zonas complicadas (toléreseme el eufemismo) solo vi un patrullero en Shinjuku. En pleno mediodía un auto policial había detenido un coche y estaba interviniendo al conductor. Nadie parecía fijarse en el hecho, el “si no es tu asunto, no te metas” es una norma no escrita.
Sin embargo, como Hamlet sospechaba, “algo se pudre en Dinamarca”. Algo sucede que no sabemos pero que vislumbramos, algo “diferente” subyace bajo tanta civilización. Tanta rigidez, tanto acartonamiento, tanto deber y tanta tradición, no son indefinidamente soportables. Una olla a presión estallaría si no tuviera un “desahogo” (curiosa palabra utilizada en el México de las masajistas extrovertidas) que liberara –discretamente– el vapor acumulado.
Entonces es cuestión, como sentenció Yuki, de echarse a andar y hallar, por ejemplo, a la salida del metro de Yokohama, una tienda donde venden revistas de manga (la famosa historieta o cómic). Si resulta interesante saber que allí no hay ni un solo muchacho leyendo al odioso ratón “Miqui”, más llamativo resulta confirmar que la inmensa mayoría de los miles de ejemplares que allí se ofrecen contienen las más variadas, malabáricas y lascivas fantasías. En esas publicaciones despunta la presencia protagónica de célibes muchachitas adolescentes vestidas casi invariablemente de escolares. Es el paraíso de las Lolitas libinidosas que, a veces consintiendo desde el principio y otras forzadas por algún depravado al que luego miman, se someten a las más alucinantes variaciones sexuales. Los primeros planos y la proliferación de fluidos esparcidos por todas páginas terminan siendo tan hastiantes y empalagosos como una de esas películas pornográficas donde hasta el camarógrafo interviene entusiasta.
Esa fascinación por la “inocencia” se halla también en tiendas de lencería que, en vez de complicados encajes negros o escarlatas o en vez de sedas y transparencias, abundan en prendas casi infantiles, de algodón, blancas o en todas las tonalidades del rosado, con mariposas y florecillas, absolutamente castas, tanto como las púberes imaginadas que aparecen inmortalizadas en los libros de manga.
El área de Shinjuku es toda una experiencia. Junto a tiendas de electrodomésticos y cafés, se levantan, por ejemplo, cinco pisos que contienen la más grande tienda de películas pornográficas con la que me he cruzado en la vida (más grande aún que esas inacabables “sex shops” de Miami que tienen toda una sección dedicada a lo más variado del cine de la triple X). Cinco pisos de videos donde las diferencias se hallan en los colores de las portadas pero que –según se observaba en las pantallas que exhibían los “priviús”– dan vueltas, con uno que otro giro, al eterno tema de la mujer –casi siempre con cara inocente y falda minúscula– enfrentada a los instintos más o menos rampantes de media docena de actores.
Poco más allá, protegido por la discreción de lo subterráneo, se puede encontrar un cine en el sótano de un edificio donde se proyectan películas “para adultos”. En lo que me recordó a las tardes más decadentes de los cines Colón o Brasil de mi adolescencia, hallé allí, en una sala a media luz, un par de docenas de ancianos que trataban de robarle a la proyección algo de calor que los protegiera del viento invernal y penetrante que afuera corría.
Para los más tímidos –que los japoneses piensan en todo– se encuentran, cuadras más, cuadras menos, varias tiendas de alquiler de películas. La única diferencia es que el cliente no se lleva el video sino que lo renta para verlo allí, en unos cubículos por los que se paga por hora. No vi a nadie entrar emparejado, así que supongo que se trataba, como en todos los casos anteriores, de otro reino del onanismo más o menos público, más o menos supuesto, más o menos aceptado. Reino de abandonados y solitarios en un Tokio donde nadie conversa con nadie, donde nadie mira a nadie y donde los seres humanos son mutuamente transparentes e ignorados.
Finalmente vienen los famosos clubes, los “water business”, los “soap lands”, los “host club”, los “fuzoku”, las casas de masaje tailandés, los burdeles clandestinos y todos esos lugares de los cuales Yuki me habló. Poco o nada puedo decir de ellos; en cada entrada recibí un “no”, en cada puerta me detuvieron haciendo una cruz con los brazos, en cada umbral uno o varios tipos con cómico aspecto de criminales de película (lentes oscuros, terno negro, pelo corto y pintado) repitieron el “yapanísonli” que impidió a este gris cronista de callejones y lupanares entrevistar a alguna amable señorita para tener algo más que compartir con sus curiosos lectores.
El miedo nos controla hasta donde puede controlarnos. Enmarcamos nuestras actuaciones públicas dentro de los límites que imponen los códigos, ya sean los legales o los sociales, pero no más. Dueños de nuestra intimidad, donde ni el Estado ni la sociedad pueden ingresar, damos allí rienda suelta a nuestros arranques y a nuestra fantasía. Eso me pareció entender en Japón.
La formalidad rige la vida de la gente. El silencio –ese que a nuestra latinidad se le antoja un monstruo– es una norma; se respeta escrupulosamente en los buses, en el metro, en el supermercado. Aún en una sala de juegos, donde los aparatos chillan anunciando ganancias, la gente se mantiene callada, sin grandes expresiones de frustración o de alegría, como si solo el ruido metálico de las máquinas estuviera permitido.
Se respetan las normas “porque hay que respetarlas” y, como le contestaron a mi amigo Eddie cuando le preguntó a un japonés por qué no cruzaba la pista, aún con el semáforo peatonal en rojo, si era obvio que no venían automóviles por la calle, “porque no soy estúpido”.
No hay policías. En una semana, paseando de noche y buscando, como siempre, zonas complicadas (toléreseme el eufemismo) solo vi un patrullero en Shinjuku. En pleno mediodía un auto policial había detenido un coche y estaba interviniendo al conductor. Nadie parecía fijarse en el hecho, el “si no es tu asunto, no te metas” es una norma no escrita.
Sin embargo, como Hamlet sospechaba, “algo se pudre en Dinamarca”. Algo sucede que no sabemos pero que vislumbramos, algo “diferente” subyace bajo tanta civilización. Tanta rigidez, tanto acartonamiento, tanto deber y tanta tradición, no son indefinidamente soportables. Una olla a presión estallaría si no tuviera un “desahogo” (curiosa palabra utilizada en el México de las masajistas extrovertidas) que liberara –discretamente– el vapor acumulado.
Entonces es cuestión, como sentenció Yuki, de echarse a andar y hallar, por ejemplo, a la salida del metro de Yokohama, una tienda donde venden revistas de manga (la famosa historieta o cómic). Si resulta interesante saber que allí no hay ni un solo muchacho leyendo al odioso ratón “Miqui”, más llamativo resulta confirmar que la inmensa mayoría de los miles de ejemplares que allí se ofrecen contienen las más variadas, malabáricas y lascivas fantasías. En esas publicaciones despunta la presencia protagónica de célibes muchachitas adolescentes vestidas casi invariablemente de escolares. Es el paraíso de las Lolitas libinidosas que, a veces consintiendo desde el principio y otras forzadas por algún depravado al que luego miman, se someten a las más alucinantes variaciones sexuales. Los primeros planos y la proliferación de fluidos esparcidos por todas páginas terminan siendo tan hastiantes y empalagosos como una de esas películas pornográficas donde hasta el camarógrafo interviene entusiasta.
Esa fascinación por la “inocencia” se halla también en tiendas de lencería que, en vez de complicados encajes negros o escarlatas o en vez de sedas y transparencias, abundan en prendas casi infantiles, de algodón, blancas o en todas las tonalidades del rosado, con mariposas y florecillas, absolutamente castas, tanto como las púberes imaginadas que aparecen inmortalizadas en los libros de manga.
El área de Shinjuku es toda una experiencia. Junto a tiendas de electrodomésticos y cafés, se levantan, por ejemplo, cinco pisos que contienen la más grande tienda de películas pornográficas con la que me he cruzado en la vida (más grande aún que esas inacabables “sex shops” de Miami que tienen toda una sección dedicada a lo más variado del cine de la triple X). Cinco pisos de videos donde las diferencias se hallan en los colores de las portadas pero que –según se observaba en las pantallas que exhibían los “priviús”– dan vueltas, con uno que otro giro, al eterno tema de la mujer –casi siempre con cara inocente y falda minúscula– enfrentada a los instintos más o menos rampantes de media docena de actores.
Poco más allá, protegido por la discreción de lo subterráneo, se puede encontrar un cine en el sótano de un edificio donde se proyectan películas “para adultos”. En lo que me recordó a las tardes más decadentes de los cines Colón o Brasil de mi adolescencia, hallé allí, en una sala a media luz, un par de docenas de ancianos que trataban de robarle a la proyección algo de calor que los protegiera del viento invernal y penetrante que afuera corría.
Para los más tímidos –que los japoneses piensan en todo– se encuentran, cuadras más, cuadras menos, varias tiendas de alquiler de películas. La única diferencia es que el cliente no se lleva el video sino que lo renta para verlo allí, en unos cubículos por los que se paga por hora. No vi a nadie entrar emparejado, así que supongo que se trataba, como en todos los casos anteriores, de otro reino del onanismo más o menos público, más o menos supuesto, más o menos aceptado. Reino de abandonados y solitarios en un Tokio donde nadie conversa con nadie, donde nadie mira a nadie y donde los seres humanos son mutuamente transparentes e ignorados.
Finalmente vienen los famosos clubes, los “water business”, los “soap lands”, los “host club”, los “fuzoku”, las casas de masaje tailandés, los burdeles clandestinos y todos esos lugares de los cuales Yuki me habló. Poco o nada puedo decir de ellos; en cada entrada recibí un “no”, en cada puerta me detuvieron haciendo una cruz con los brazos, en cada umbral uno o varios tipos con cómico aspecto de criminales de película (lentes oscuros, terno negro, pelo corto y pintado) repitieron el “yapanísonli” que impidió a este gris cronista de callejones y lupanares entrevistar a alguna amable señorita para tener algo más que compartir con sus curiosos lectores.
Saturday, January 16, 2010
33.- Yuki
Yuki tiene veinticinco años y trabaja en un “cabakura”, una especie de club. El local está bajo la protección de la “yakuza” (los chicos malos de Japón) y ella puede hacer un promedio de cinco mil dólares al mes en una jornada de cinco horas diarias, seis días a la semana. Todo esto sucede cerca de la estación Yokohama, en el puerto del mismo nombre.
Yuki puede atender visitas de extranjeros porque estudió en los Estados Unidos “hasta los veintiún años” y habla inglés, algo que sus compañeras no pueden hacer pero que tampoco necesitan, casi todos los clientes, salvo algún cronista curioso o extraviado, son japoneses. Le pagan como veinticinco dólares por cada hora y recibe comisiones por todos los vasos de alcohol que consigue que le inviten.
Yuki se ufana de sus muchos “clientes fijos”, esos que en Latinoamérica serían “parroquianos”, visitantes consuetudinarios que se sienten perdidamente atraídos por ella y que gastan cientos y miles de dólares por gozar de algunas horas de su compañía. Cuatro de cada diez repite el plato y se convierte en reincidente. Esos gastan más porque se empeñan en complacer los gustos de la redondeada muchacha (algo extraño en un Japón sintético y despótico, si se comprende aún ese juego de palabras pasado de moda, como yo).
Yuki, que primero dice que no tiene angustias económicas porque el papá es arquitecto y la madre “importadora de cosméticos”, le paga la universidad a su hermano. La mamá de Yuki, antes de dedicarse al comercio exterior era “maiko”, aprendiz de geisha, y se enamoró del padre de Yuki, un cliente persistente con el que finalmente se casó.
Yuki sueña con tener el dinero suficiente para hacer un cabakura para mujeres, dice que de eso no hay en Japón, que es una sociedad machista. Cuando lo piensa un poco más confiesa que no sabe lo que quiere pero que un bar así “sería un buen negocio”. Su “vida útil” en este trabajo es corta, podrá permanecer cinco año más, hasta los treinta.
Yuki cuenta que para empezar en uno de estos clubes es necesario que alguien te reclute, hay sujetos que andan buscando jovencitas hermosas y medianamente preparadas para este empleo. Por cada chica que llevan, los dueños de los cabakuras les dan una comisión.
Yuki tiene que invertir en su apariencia, las uñas sobredimensionadas y pintadas de forma estrambótica “están de moda” y son una obligación. “Si no me pinto las uñas o si no me hago un peinado cada día, me multan”, es decir, se lo descuentan de su salario.
Yuki se ríe, “¿japoneses reprimidos?, de alguna manera, pero no”, lo que abunda en Japón son los lugares “de tolerancia”. “Las prostitutas están en Ginza”, allí empezaron a acudir las jovencitas japonesas que se alquilaban para regocijo de las tropas vencedoras norteamericanas después de las bombas atómicas. También producto de la necesidad de “relajar” a las tropas democráticas del tío Sam surgieron plazas de tolerancia en Tailandia (Pattaya) y en Hong Kong (Wan Chai), y solo son ejemplos.
Yuki dice que los “water business”, los “soap lands”, los “host club”, los “fuzoku” están en Ginza y en Shinjyuku, si vas por Tokio, “pero también acá cerca, en Kannai, encontrarás esos lugares” donde el sexo se vende (se alquila) más o menos explícitamente.
Yuki me explica que “la gente viene para hablar” y parece cierto. Hay varias chicas que acompañan, en otras mesas, a una serie de clientes. Al contrario de cualquier otro espacio público en Japón, allí las personas hablan desenvueltas, levantan el tono de voz, se ríen a carcajadas, escandalosamente, como sucedería en cualquier país de Latinoamérica. Los japoneses parecen relajados por primera vez. “Vienen directamente del trabajo, salen de la oficina y se vienen para acá, por eso la actividad comienza como a las seis de la tarde”, no se trata de gente de bajos recursos, “para venir acá hay que ser ejecutivo, hay gente que gasta cientos de dólares en una noche, vienen, se sientan con nosotras, nos miran, juegan a enamorarse y, sobre todo, conversan, conversan de todo, del trabajo, de los problemas de la oficina, de la casa, de la mujer que también es ejecutiva y con la cual no puede comunicarse porque esta es una sociedad muy competitiva”.
Yuki señala que “por eso no entran extranjeros, porque no entienden cómo funciona este lugar, no comprenden que se pueden gastar muchos de dólares y, en el mejor de los casos, si la chica quiere, podrán agarrarle la mano o acariciarla”.
Yuki dice que tiene una vida propia y un novio. Vive tranquila, sus padres saben en qué trabaja porque “no hago nada malo” y, además, “acá aprendo mucho porque toda esta gente es educada, acá vienen banqueros y economistas y me hablan de todas sus cosas”.
Yuki cree que trabaja en “en un lugar decente” y, de alguna manera, es verdad. Cada media hora (porque, como en un estacionamiento para automóviles o un karaoke, cobran por tiempo) se acerca uno de los encargados y muy amablemente informa que cargarán treinta minutos más (y sus respectivos yenes) a la cuenta.
Yuki también es decente (como sus jefes) y generosa (como su escote). Parece que le caigo en gracia, que eso de “voy a escribir un artículo” la entusiasma. Solo ha bebido un whisky, “porque tengo que pedir algo para estar contigo”, y es el trago más barato del lugar. Se lo agradezco.
Yuki no sabe quién es pero no tiene tiempo para esas preguntas. “En Japón todos somos ateos, porque si hubiera dios este mundo sería mejor”, dice sonriendo con amargura mientras yo me despido sin contar el vuelto que dejo sobre la mesa, en el mismo sobre blanco y elegante en el que me lo han dado.
Yuki puede atender visitas de extranjeros porque estudió en los Estados Unidos “hasta los veintiún años” y habla inglés, algo que sus compañeras no pueden hacer pero que tampoco necesitan, casi todos los clientes, salvo algún cronista curioso o extraviado, son japoneses. Le pagan como veinticinco dólares por cada hora y recibe comisiones por todos los vasos de alcohol que consigue que le inviten.
Yuki se ufana de sus muchos “clientes fijos”, esos que en Latinoamérica serían “parroquianos”, visitantes consuetudinarios que se sienten perdidamente atraídos por ella y que gastan cientos y miles de dólares por gozar de algunas horas de su compañía. Cuatro de cada diez repite el plato y se convierte en reincidente. Esos gastan más porque se empeñan en complacer los gustos de la redondeada muchacha (algo extraño en un Japón sintético y despótico, si se comprende aún ese juego de palabras pasado de moda, como yo).
Yuki, que primero dice que no tiene angustias económicas porque el papá es arquitecto y la madre “importadora de cosméticos”, le paga la universidad a su hermano. La mamá de Yuki, antes de dedicarse al comercio exterior era “maiko”, aprendiz de geisha, y se enamoró del padre de Yuki, un cliente persistente con el que finalmente se casó.
Yuki sueña con tener el dinero suficiente para hacer un cabakura para mujeres, dice que de eso no hay en Japón, que es una sociedad machista. Cuando lo piensa un poco más confiesa que no sabe lo que quiere pero que un bar así “sería un buen negocio”. Su “vida útil” en este trabajo es corta, podrá permanecer cinco año más, hasta los treinta.
Yuki cuenta que para empezar en uno de estos clubes es necesario que alguien te reclute, hay sujetos que andan buscando jovencitas hermosas y medianamente preparadas para este empleo. Por cada chica que llevan, los dueños de los cabakuras les dan una comisión.
Yuki tiene que invertir en su apariencia, las uñas sobredimensionadas y pintadas de forma estrambótica “están de moda” y son una obligación. “Si no me pinto las uñas o si no me hago un peinado cada día, me multan”, es decir, se lo descuentan de su salario.
Yuki se ríe, “¿japoneses reprimidos?, de alguna manera, pero no”, lo que abunda en Japón son los lugares “de tolerancia”. “Las prostitutas están en Ginza”, allí empezaron a acudir las jovencitas japonesas que se alquilaban para regocijo de las tropas vencedoras norteamericanas después de las bombas atómicas. También producto de la necesidad de “relajar” a las tropas democráticas del tío Sam surgieron plazas de tolerancia en Tailandia (Pattaya) y en Hong Kong (Wan Chai), y solo son ejemplos.
Yuki dice que los “water business”, los “soap lands”, los “host club”, los “fuzoku” están en Ginza y en Shinjyuku, si vas por Tokio, “pero también acá cerca, en Kannai, encontrarás esos lugares” donde el sexo se vende (se alquila) más o menos explícitamente.
Yuki me explica que “la gente viene para hablar” y parece cierto. Hay varias chicas que acompañan, en otras mesas, a una serie de clientes. Al contrario de cualquier otro espacio público en Japón, allí las personas hablan desenvueltas, levantan el tono de voz, se ríen a carcajadas, escandalosamente, como sucedería en cualquier país de Latinoamérica. Los japoneses parecen relajados por primera vez. “Vienen directamente del trabajo, salen de la oficina y se vienen para acá, por eso la actividad comienza como a las seis de la tarde”, no se trata de gente de bajos recursos, “para venir acá hay que ser ejecutivo, hay gente que gasta cientos de dólares en una noche, vienen, se sientan con nosotras, nos miran, juegan a enamorarse y, sobre todo, conversan, conversan de todo, del trabajo, de los problemas de la oficina, de la casa, de la mujer que también es ejecutiva y con la cual no puede comunicarse porque esta es una sociedad muy competitiva”.
Yuki señala que “por eso no entran extranjeros, porque no entienden cómo funciona este lugar, no comprenden que se pueden gastar muchos de dólares y, en el mejor de los casos, si la chica quiere, podrán agarrarle la mano o acariciarla”.
Yuki dice que tiene una vida propia y un novio. Vive tranquila, sus padres saben en qué trabaja porque “no hago nada malo” y, además, “acá aprendo mucho porque toda esta gente es educada, acá vienen banqueros y economistas y me hablan de todas sus cosas”.
Yuki cree que trabaja en “en un lugar decente” y, de alguna manera, es verdad. Cada media hora (porque, como en un estacionamiento para automóviles o un karaoke, cobran por tiempo) se acerca uno de los encargados y muy amablemente informa que cargarán treinta minutos más (y sus respectivos yenes) a la cuenta.
Yuki también es decente (como sus jefes) y generosa (como su escote). Parece que le caigo en gracia, que eso de “voy a escribir un artículo” la entusiasma. Solo ha bebido un whisky, “porque tengo que pedir algo para estar contigo”, y es el trago más barato del lugar. Se lo agradezco.
Yuki no sabe quién es pero no tiene tiempo para esas preguntas. “En Japón todos somos ateos, porque si hubiera dios este mundo sería mejor”, dice sonriendo con amargura mientras yo me despido sin contar el vuelto que dejo sobre la mesa, en el mismo sobre blanco y elegante en el que me lo han dado.
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