Mi primera experiencia en charlas "para sobrevivir al choque cultural" fue cuando mis circunstancias me hicieron mudarme de la plastificada Miami al vertiginoso D.F. Empujado por la burocracia –y por eso del "escoge tus batallas" de mi padre–, participé de la "charla para expats" que una corporación organizó y tuve que soplarme los pobrísimos conocimientos de la historia mexicana e hispanoamericana de los que hizo gala la narcótica dama a cargo.
Lo único cierto es que en esas horas interminables me hicieron tantas advertencias y recomendaciones que –ahora comprendo la neurosis de algunos– empecé a preguntarme si iba a mudarme al Distrito Federal o a Kabul en pleno bombardeo. Cualquier latinoamericano medianamente pensante puede intuir la realidad mexicana asimilándola como parte de nuestro proceso histórico. Somos más o menos parecidos y por eso nos comprendemos y por eso –seguramente– también nos peleamos.
Cuando me dijeron, ya en Yakarta, "charla para expatriados", sonreí sospechoso. "Más de lo mismo", me dije y me senté a escuchar, escéptico, los "no-deben" y los "no-es-recomendable-que" con los que nos avisan o nos advierten del mundo que hallaremos –"hermoso pero peligroso"– al traspasar la protección dorada del hotel de cinco estrellas que nos alberga por tres días con sus guardias armados y sus detectores de metales en todas las puertas.
Algo había leído sobre Indonesia, su vida como colonia, la voracidad holandesa (que explotó las especias, el café y la azúcar por más de tres siglos), su independencia tardía (1945), su participación en "el milagro asiático" (el enorme crecimiento económico en los setentas), su desastrosa crisis económica (que a fines de los noventa precipitó la salida de Suharto, después de treinta y dos años en el poder), su recuperación (lenta pero sostenida, en la última década), y el golpe que significaron los atentados terroristas en Bali y Yakarta con su saldo de muertos y el deterioro de la imagen de paraíso asiático donde todos los "bulé" son recibidos amablemente. Sabía que es una nación formada por miles de islas (unas diecisiete mil quinientas con aproximadamente seis mil habitadas) y millones de seres humanos (entre doscientos veinte y doscientos cincuenta), donde el 85% de la población es musulmana. Pero esos datos, fríos como la pantalla donde los escribo, no dicen nada, no significan nada, no sirven en solitario y necesitan de la urgente inmersión en la realidad para comprender lo que en verdad representan.
Estereotipar a los indonesios a partir de lo que vemos en la isla de Java sería un atrevimiento reduccionista y peligroso, pretender entender la idiosincrasia de los pobladores de esta nación tomando en cuenta solo lo que ocurre en Yakarta (que con sus diez o doce millones no representa ni el 5% de la población) sería una muestra de feroz ignorancia. Sin embargo, resulta indispensable empezar por algún lado y allí estábamos escuchando las experiencias de un extranjero en estas tierras que, como primera impresión o dato aceptado "con beneficio de inventario", fue una reveladora reseña.
"No conocen el significado de la palabra puntualidad". Absolutamente cierto, al menos en lo que a mi limitadísima experiencia se refiere. Botón de muestra: Vivo en un hermoso departamento, en un edificio en construcción… El condominio (en el cual el colegio nos aloja) debió estar listo en mayo, estamos en setiembre y, nos informan que "probablemente" terminen con todos los trabajos para enero, mientras tanto un brigada infinita de obreros martilla sin piedad las paredes, rompe, repara, arregla y desarregla a un destiempo maravilloso.
"Nadie respeta las colas", nadie, absolutamente nadie, ninguna cola, ni la del cajero del supermercado, ni la del cine, ni la de los coches en la calle; cada espacio, cada partícula de espacio que queda libre, es una posibilidad para que, silenciosamente, sin aspavientos y sin violencia alguna, pero con un desparpajo digno del más envalentonado, se cuelen por entre la rendija de luz entre tu cuerpo y el siguiente y termines atrasado sin darte cuenta. Asumido como un sistema válido, nadie parece molestarse cuando ocurre.
"Nunca se sabe que hay debajo de su sonrisa", jamás. El tema de la sonrisa es digno de un análisis largo y mi teoría es que está ligada a los muchos años de coloniaje (un coloniaje diferente al nuestro, más sectario hasta donde entiendo, sin el mestizaje abrumador que caracteriza a los países latinoamericanos). Difícil definirlo en dos líneas pero me atrevo a decir que esa sonrisa no deja de ser un formalismo, tan formalismo como el "buenos días" con que nosotros saludamos al cretino del vecino bullanguero y pleitista al que solo le deseamos la peor de las jornadas.
"Son curiosos y conversadores", al grado sumo. Si uno, por amabilidad, se detiene un segundo más del indispensable para el "selamat sore" con el que se saluda al llegar en la tarde, ellos de inmediato toman la iniciativa y empiezan, "de dónde vienes, dónde trabajas, con quién vives" y todo lo que se les ocurra. Si no preguntan más es porque no saben más inglés y uno no tiene idea del indonesio (por ende, practicar bahasa, cuando se aprende, implica aceptar un constante e infinito interrogatorio). Otro botón: Hace unos días vinieron a instalarme Internet en el departamento, mientras yo conversaba con el encargado que me hacía llenar el contrato, la chica que lo acompañaba se puso a mirar unas fotografías que tengo expuestas en la sala y dio media vuelta y, sin mediar trámite, empezó a pedirme que le explicara quiénes eran las personas que allí aparecían.
"El personal de servicio siempre está en grupo, funciona como una red de información". Cierto, todos se conocen, hablan, chismean, intercambian datos, crean o confirman historias; el chofer es esposo de la cocinera y la cocinera es prima de la señora que lava la ropa y cuñada de la que cuida al niño y ellas, a su vez, tienen un parentesco lejano con el vigilante de la puerta del edificio o con el que cuida carros al frente. Cuando Ima, la señora que trabaja en mi departamento (que, dicho sea de paso cocina deliciosamente) vino a entrevistarse conmigo, llegó acompañada del antiguo chofer de Gerardo (quien me la recomendó), "porque habla mejor inglés" y resultó que trabaja ahora con otro profesor, aunque se ofreció a conducir el carro que no tengo "cuando lo compre". Ellos lo saben todo y lo ven todo; en un mundo donde el extranjero más infeliz gana en dólares (a casi nueve mil quinientas rupias por dólar) y puede alquilar una casa con chofer y cocinera, el sistema informal de monitoreo está garantizado.
¿Les suena parecido? La charla continuó y miraba cómo los norteamericanos se sorprendían con cada una de las explicaciones. Yo, que tenía a mi lado a una encantadora y rubicunda venezolana de veinticinco años que, como es previsible, es profesora de primaria, volteé y le dije, "pero, ¿te das cuenta?, nos están describiendo a nosotros".
El paso de los días me daría la razón y, claro, la rubia no.
Thursday, September 25, 2008
Sunday, September 14, 2008
7- Más allá del aeropuerto
Pasar más allá de los controles de un aeropuerto es como abrir la puerta de un nuevo mundo, mientras uno es un “pasajero en tránsito” (bienvenido o no, maltratado o no, ignorado o no), uno solo percibe esa porción de realidad que los burócratas locales han decidido presentar como “la imagen” de un país. Aún el más sencillo puerto aéreo tiene algún afiche, alguna foto, alguna propaganda con alguna chica sonriente con la que las autoridades están decididas a mostrarnos las bondades del lugar que pisamos; una especie de “primera impresión” maravillosamente tendenciosa que pretende convencernos de los encantos locales. Pero todo se termina cuando uno traspasa las puertas de seguridad y entra a la vorágine de una ciudad –cualquiera– que ni detiene su ritmo ni se lava la cara para recibirnos.
El aeropuerto de Yakarta, con sus desórdenes, sus taxistas esperando y prometiendo tarifas insuperables, sus cargadores de maletas, sus casas de cambio, sus cientos de pasajeros yendo y viniendo, sus tiendas y sus formas, me pareció, en mucho, el Jorge Chávez de hace unos años; no el del desorden con olor a nuevo que caracteriza al remodelado aeropuerto peruano sino al otro, al desgastado, al gris y sombrío que guarda mi memoria, donde las bancas estaban incompletas, las paredes sucias y los baños hediendo como reclamando, a berridos, que reconecten, ¡por favor!, el servicio de agua. Esa fue mi impresión pero puede ser un espejismo o una injusticia, tres días de viaje le nublan la buena voluntad a cualquiera.
Yakarta de noche, al menos la Yakarta que recibe a los pasajeros que salen del aeropuerto, es triste. Unas avenidas largas y oscuras, en plena reparación en varios tramos, van dejando ver el rostro gris de la ciudad, grandes descampados, muros, rejas, construcciones que se divisan apenas detrás de las paredes y donde puedo imaginar fábricas que no se detienen y obreros que trabajan por esa nada que los gobiernos denominan con el eufemismo de “salario mínimo”. Me sentía en casa.
El chofer manejaba en silencio, no me mira a los ojos pero mantiene una sonrisa casi permanente. “En Indonesia el jefe es jefe y el empleado es empleado”, me explica alguien después, tautológicamente, como para hacerme comprender que no se debe confraternizar demasiado. En un “manual para expatriados” (de esos que aparecen en Internet) leo: “con los sirvientes hay que tener un trato amable pero distante para evitar sorpresas incómodas”, lo que supongo que significa “tú eres el jefe, él es el empleado y en esta parte del mundo jefes y empleados no son iguales y no son amigos”. Me sigo sintiendo en casa y la vergüenza es un gusano que comienza a treparme por la cara. La misma miseria pero en diferente idioma. Los casi dieciocho mil kilómetros que separan Lima de Yakarta son solo un accidente geográfico, no es difícil sospechar que, en nuestras sombras, somos parecidos. Yo me encuentro con lo mismo pero más grande, la misma gente pero más gente, la misma pobreza pero más pobres, las mismas ganas de largarse pero más silencio, la misma angustia pero –y el secreto, me dicen, se halla en sus creencias– una sonrisa, como la del chofer del taxi, que no cede ni a terremotos, ni a tsunamis.
Nada de esto lo entienden los “verdaderos occidentales”, pero yo sí, que vengo de una América Morena, tan morena como la piel de las muchachas que deambulan por esta ciudad que me recibe como si estuviera volviendo de un viaje largo del cual ya ni me acuerdo. Sin embargo, por ahora soy diferente, soy, a simple visto, otro expatriado con buena suerte y cuatro maletas que se dirige a un hotel de cinco estrellas donde encontraré el bar atestado de muchachas radiantes. ¿Cómo le explico a esas indonesias veinteañeras que ven en cada “bulé” –extranjero– una posibilidad y un pasaporte, que en mi país a ellas las llamarían “bricheras”, con un tono sarcástico y despectivo, y que yo, simple sudaca de eventual pellejo blanco, necesito tantas visas como ellas para visitar al Pato Donald o “hacer la América” limpiando baños en algún restaurante de comida rápida en algún suburbio norteamericano?
Abandono mis pensamientos y regreso a esta realidad donde la avenida, que no puedo llamar carretera, sigue avanzando. Mis impresiones son las de quien maneja (aunque el timón no esté en mis manos porque acá, como en Inglaterra y en un tercio de los países del planeta, el timón se encuentra a la derecha). Ocupo el sitio que es del piloto en los otros dos tercios de las naciones del globo y, al ser mi primera vez, me siento manejando en medio de la gris oscuridad de las calles mal iluminadas en uno de esos carros futuristas que avanzan guiados por sensores sin que yo tenga que preocuparme de esa minucia que es conducir. Solo cuando volteo, me encuentro de nuevo con el chofer cuya sonrisa parece que no se pudiera desdibujar con nada.
Estamos al norte de la ciudad y el recorrido nos llevará hasta el centro, a la zona comercial, moderna, occidentalizada, donde abundan los hoteles. El camino es largo y los minutos pasan y lo que empezó siendo una vía más o menos abandonada pronto se llena de coches y ómnibus que demoran nuestro avance (“y eso que llegaste de noche, de día el tráfico es insufrible”, me advertirá alguien después). Empezamos a recorrer algunas calles que, misteriosamente se van anchando y van convirtiéndose en modernas y anchas avenidas cada vez más congestionadas y sometidas a la tiranía de los semáforos. Nos detiene una luz roja.
A través de la ventana veo un número incontable de sombras que empiezan a rodear el taxi descaradamente y me siento, de pronto, como en la carreta aquella que va tranquila por el campo llevando a la doncella y que inesperadamente se ve obligada (la carreta, no la doncella) a atravesar el bosque huyendo de los bandidos a caballo que la persiguen (a la carreta) y pretenden abordarla (acá es donde empiezan los verdaderos problemas de la doncella). Incómodo por los malos pensamientos del fatalista que me habita, miro a mi derecha y hallo que el conductor se mantiene impávido, sonriendo, ignorando (o fingiendo ignorar) el peligro que mi imaginación ha construido. Entonces mi presión se agita, los pensamientos empiezan a ajustarme y me siento James Bond en la necesidad de tomar decisiones inmediatas después de haber sido embaucado por los encantos de la deliciosa mujer que resulta ser cómplice de sus enemigos (que, claro, son comunistas). ¿Será una celada?, ¿habré caído torpemente en una trampa para tontos?, ¿mis días en Indonesia serán tan breves que serán horas? Hago el repaso de los hechos. Llegué al aeropuerto, vi un letrero y me trepé a un taxi sin entender media palabra de lo que me dijo, entre sonrisas, el chofer. ¿Acaso le pedí que se identificara?, ¿acaso pregunté quién lo enviaba o cual era mi destino? Fueron instantes angustiosos en los que mi alucinada imaginación construyó un capítulo de las aventuras de un “doble-ou-ceben” tercermundista, distraído y con sobre peso que, y eso era lo que me indignaba, no iba a perder la vida en manos de la curvilínea enemiga ante cuyos embrujos había sucumbido sino frente a un sonriente, flaco y sudoroso taxista indonesio de cincuenta años que difícilmente llegaba al metro sesenta.
La tensión de disipó de pronto. La luz cambió a verde y los motociclistas (que eran las sombras que me rodeaban) avanzaron raudos ignorándome soberanamente. Vi un poco más allá y me di cuenta que esas decenas de luces que se movían agitadas a los lejos eran más y más motos que en Yakarta suman millones (literalmente, pero eso lo supe después cuando leí en el diario que son casi tres millones y medio de motocicletas que ocasionan casi el noventa por ciento de los accidentes de tránsito en la ciudad).
Me reí de buena gana de mi propia neurosis y en medio de mis carcajadas nos detuvimos en el control de seguridad del hotel. El taxista y los guardias reían conmigo (yo de mi idiotez, ellos de mi risa), se reían despacio, sin escándalo, casi discretamente, porque por estas partes todos sonríen pero jamás se escuchan carcajadas.
El aeropuerto de Yakarta, con sus desórdenes, sus taxistas esperando y prometiendo tarifas insuperables, sus cargadores de maletas, sus casas de cambio, sus cientos de pasajeros yendo y viniendo, sus tiendas y sus formas, me pareció, en mucho, el Jorge Chávez de hace unos años; no el del desorden con olor a nuevo que caracteriza al remodelado aeropuerto peruano sino al otro, al desgastado, al gris y sombrío que guarda mi memoria, donde las bancas estaban incompletas, las paredes sucias y los baños hediendo como reclamando, a berridos, que reconecten, ¡por favor!, el servicio de agua. Esa fue mi impresión pero puede ser un espejismo o una injusticia, tres días de viaje le nublan la buena voluntad a cualquiera.
Yakarta de noche, al menos la Yakarta que recibe a los pasajeros que salen del aeropuerto, es triste. Unas avenidas largas y oscuras, en plena reparación en varios tramos, van dejando ver el rostro gris de la ciudad, grandes descampados, muros, rejas, construcciones que se divisan apenas detrás de las paredes y donde puedo imaginar fábricas que no se detienen y obreros que trabajan por esa nada que los gobiernos denominan con el eufemismo de “salario mínimo”. Me sentía en casa.
El chofer manejaba en silencio, no me mira a los ojos pero mantiene una sonrisa casi permanente. “En Indonesia el jefe es jefe y el empleado es empleado”, me explica alguien después, tautológicamente, como para hacerme comprender que no se debe confraternizar demasiado. En un “manual para expatriados” (de esos que aparecen en Internet) leo: “con los sirvientes hay que tener un trato amable pero distante para evitar sorpresas incómodas”, lo que supongo que significa “tú eres el jefe, él es el empleado y en esta parte del mundo jefes y empleados no son iguales y no son amigos”. Me sigo sintiendo en casa y la vergüenza es un gusano que comienza a treparme por la cara. La misma miseria pero en diferente idioma. Los casi dieciocho mil kilómetros que separan Lima de Yakarta son solo un accidente geográfico, no es difícil sospechar que, en nuestras sombras, somos parecidos. Yo me encuentro con lo mismo pero más grande, la misma gente pero más gente, la misma pobreza pero más pobres, las mismas ganas de largarse pero más silencio, la misma angustia pero –y el secreto, me dicen, se halla en sus creencias– una sonrisa, como la del chofer del taxi, que no cede ni a terremotos, ni a tsunamis.
Nada de esto lo entienden los “verdaderos occidentales”, pero yo sí, que vengo de una América Morena, tan morena como la piel de las muchachas que deambulan por esta ciudad que me recibe como si estuviera volviendo de un viaje largo del cual ya ni me acuerdo. Sin embargo, por ahora soy diferente, soy, a simple visto, otro expatriado con buena suerte y cuatro maletas que se dirige a un hotel de cinco estrellas donde encontraré el bar atestado de muchachas radiantes. ¿Cómo le explico a esas indonesias veinteañeras que ven en cada “bulé” –extranjero– una posibilidad y un pasaporte, que en mi país a ellas las llamarían “bricheras”, con un tono sarcástico y despectivo, y que yo, simple sudaca de eventual pellejo blanco, necesito tantas visas como ellas para visitar al Pato Donald o “hacer la América” limpiando baños en algún restaurante de comida rápida en algún suburbio norteamericano?
Abandono mis pensamientos y regreso a esta realidad donde la avenida, que no puedo llamar carretera, sigue avanzando. Mis impresiones son las de quien maneja (aunque el timón no esté en mis manos porque acá, como en Inglaterra y en un tercio de los países del planeta, el timón se encuentra a la derecha). Ocupo el sitio que es del piloto en los otros dos tercios de las naciones del globo y, al ser mi primera vez, me siento manejando en medio de la gris oscuridad de las calles mal iluminadas en uno de esos carros futuristas que avanzan guiados por sensores sin que yo tenga que preocuparme de esa minucia que es conducir. Solo cuando volteo, me encuentro de nuevo con el chofer cuya sonrisa parece que no se pudiera desdibujar con nada.
Estamos al norte de la ciudad y el recorrido nos llevará hasta el centro, a la zona comercial, moderna, occidentalizada, donde abundan los hoteles. El camino es largo y los minutos pasan y lo que empezó siendo una vía más o menos abandonada pronto se llena de coches y ómnibus que demoran nuestro avance (“y eso que llegaste de noche, de día el tráfico es insufrible”, me advertirá alguien después). Empezamos a recorrer algunas calles que, misteriosamente se van anchando y van convirtiéndose en modernas y anchas avenidas cada vez más congestionadas y sometidas a la tiranía de los semáforos. Nos detiene una luz roja.
A través de la ventana veo un número incontable de sombras que empiezan a rodear el taxi descaradamente y me siento, de pronto, como en la carreta aquella que va tranquila por el campo llevando a la doncella y que inesperadamente se ve obligada (la carreta, no la doncella) a atravesar el bosque huyendo de los bandidos a caballo que la persiguen (a la carreta) y pretenden abordarla (acá es donde empiezan los verdaderos problemas de la doncella). Incómodo por los malos pensamientos del fatalista que me habita, miro a mi derecha y hallo que el conductor se mantiene impávido, sonriendo, ignorando (o fingiendo ignorar) el peligro que mi imaginación ha construido. Entonces mi presión se agita, los pensamientos empiezan a ajustarme y me siento James Bond en la necesidad de tomar decisiones inmediatas después de haber sido embaucado por los encantos de la deliciosa mujer que resulta ser cómplice de sus enemigos (que, claro, son comunistas). ¿Será una celada?, ¿habré caído torpemente en una trampa para tontos?, ¿mis días en Indonesia serán tan breves que serán horas? Hago el repaso de los hechos. Llegué al aeropuerto, vi un letrero y me trepé a un taxi sin entender media palabra de lo que me dijo, entre sonrisas, el chofer. ¿Acaso le pedí que se identificara?, ¿acaso pregunté quién lo enviaba o cual era mi destino? Fueron instantes angustiosos en los que mi alucinada imaginación construyó un capítulo de las aventuras de un “doble-ou-ceben” tercermundista, distraído y con sobre peso que, y eso era lo que me indignaba, no iba a perder la vida en manos de la curvilínea enemiga ante cuyos embrujos había sucumbido sino frente a un sonriente, flaco y sudoroso taxista indonesio de cincuenta años que difícilmente llegaba al metro sesenta.
La tensión de disipó de pronto. La luz cambió a verde y los motociclistas (que eran las sombras que me rodeaban) avanzaron raudos ignorándome soberanamente. Vi un poco más allá y me di cuenta que esas decenas de luces que se movían agitadas a los lejos eran más y más motos que en Yakarta suman millones (literalmente, pero eso lo supe después cuando leí en el diario que son casi tres millones y medio de motocicletas que ocasionan casi el noventa por ciento de los accidentes de tránsito en la ciudad).
Me reí de buena gana de mi propia neurosis y en medio de mis carcajadas nos detuvimos en el control de seguridad del hotel. El taxista y los guardias reían conmigo (yo de mi idiotez, ellos de mi risa), se reían despacio, sin escándalo, casi discretamente, porque por estas partes todos sonríen pero jamás se escuchan carcajadas.
Sunday, September 7, 2008
6- Complain
La muchacha y su gélida belleza me detuvieron un instante, pero la Desesperación, madre de la Audacia, me impulsó de nuevo. Allí me encontraba otra vez, en el aeropuerto de esta encantadora isla, perdida en el Pacífico, contando –en mi imposible inglés– lo sucedido desde Lima.
A partir de ese instante, sobrevinieron los lugares acostumbrados: el golpeteo nervioso sobre el teclado, la revisión obsesiva de la pantalla, la llamada telefónica inevitable y el "espere un momento" de rigor, que me terminó enviando a la más cercana de las confortables bancas que me cercaban. Segundos, minutos, impaciencia, pasajeros que empiezan a llegar y a ocupar los vacíos espacios a mi alrededor, otros que se acercan al mostrador y salen –sonrientes– con su "bórdinpas" en la mano, el piloto canoso sonriente y copiloto bisoño con aires de pavo real, los encargados que ocupan el mostrador, maletas que van y vienen, y yo, esperando impaciente. El aburrimiento, el cansancio, el temor a no embarcarme, la gente a mi alrededor feliz y satisfecha, las familias que iban o venían de vacaciones, los ejecutivos, las ejecutivas (una, sobre todo, de largo abrigo negro y piernas interminables), los vendedores viajeros y los extraviados (entre ellos, un delicioso grupo de bolivianos que se dirigían a no sé qué olvidable isla de los alrededores "a trabajar en petróleo"), eran todos más o menos lo mismo hasta que, como quien es partícipe de una revelación, empezó el más extraño desfile que mis ojos han visto en una sala de embarque.
Llegaron despacio, como quien pasea; el moño y la sonrisa eran los mismos que tienen todas las aeromozas del mundo, pero no ellas ni la indumentaria. Ninguna medía menos de un metro setenta ni sobrepasaba los treinta años (miento, había una mayor que luego supe que era algo así como una supervisora), todas poseían rasgos orientales, ligeros y delicados, claros pero no profundos, con las líneas suavizadas que en todas las razas produce el mestizaje (luego lo comprobé, Rose, cuyo nombre asiático –que he extraviado en mi desmemoria– era algo así como "sol del amanecer", era hija de una dama de Singapur con un inmigrante inglés, la mezcla genética –eso que los histéricos y neuróticos racistas consideran una infamia– dio lugar –según lo comprobé in situ– a una mujer fabulosa, de rostro fino y exótico, cuyas proporciones –precisas y preciosas– hubieran sido aprobadas sin dilación por Buonarroti como modelo para sus famosos estudios sobre la anatomía humana). A todo esto agréguesele el uniforme, un vestido largo y ceñido de una sola pieza multicolor cuyo objetivo notorio –y notablemente alcanzado– era resaltar las formas amables de esas inolvidables mujeres.
Solo después de la tercera o cuarta vez que lo dijo, me di cuenta de que la rubia andaba pronunciando mi nombre. Regresé del éxtasis que esas mujeres ofrecían y me acerqué sonriente. Me dijo: "no hay problema, puede viajar en el vuelo del mediodía" y cuando mi sonrisa se iba a completar agregó: "solo hay un inconveniente". Me explicó que el cambio de ticket en Chile generaba "nuevas obligaciones" puesto que "la política de equipaje en esta empresa es diferente" y que "por el exceso de peso" debía hacer un pago adicional de "solamente setecientos cincuenta dólares". No voy a transcribir las palabras (castizas y amargas) que se me quedaron atracadas en la boca pero sí diré que la mirada azul de la muchacha se enturbió de pronto. No obstante, una vez más mis reflejos estuvieron a la altura de las circunstancias. Asumí una actitud serena, la miré respetuoso pero firme y le dije, mientras sacaba de mi bolsillo posterior derecho mi billetera, "no tengo ningún problema en realizar el pago, sin embargo, en Lima me cobraron ya por el exceso de equipaje, me dieron un recibo y me aseguraron que no tendría que realizar más desembolsos, solo le ruego que me diga a quién debo dirigirme para plantear una queja una vez que llegue a mi destino".
Es interesante cómo en algunos lugares la palabra "queja" tiene aún un poder mágico. La dama me dijo "espere un momento, por favor", yo sonreí, ella se dirigió a un hombre que tenía cara de supervisor y conversaron, él revisó los papeles, hizo una llamada y se me acercó. "Señor, no se preocupe, ha habido un error administrativo y le pedimos disculpas, usted no tiene que realizar ningún pago adicional por su equipaje".
Todo lo demás, hay que decirlo, fue divertido y agradable. Las más de diez horas de viaje entre Auckland y Singapur se pasaron con la velocidad del rayo en un avión que hacía honor a la frase "lujo oriental". Solo al subir, así como cuando se entra en un restaurante japonés, nos dieron toallitas húmedas y tibias para lavarnos las manos. Las comidas fueron deliciosas (el almuerzo hasta incluyó helado de postre), la atención de primera, los asientos espaciosos, el avión comodísimo y el viaje un placer. No pasé por "primera clase" (esa sección se hallaba lejos de mi radio de acción y estuvo cerrada permanentemente), pero "bísnez" era ya una encantadora exageración en esto de brindar un agradable vuelo a los clientes.
Llegar a Singapur fue otro descubrimiento. El aeropuerto –que luego supe que tiene varias secciones construidas sobre el mar– es inmenso y cómodo, se encuentra perfectamente señalizado y sobran personas. Los baños (tanto los del aeropuerto como los del avión que esta vez –como nunca antes– me atreví a visitar) se hallaban impecables, prístinos, con olor a limpio. Los grandes corredores eran amplios y hasta hallé (en el aeropuerto, que no en el avión) un servicio de "Internet gratis" donde pude avisar a mi gerente de Recursos Humanos del último cambio de horario que me permitía arribar a Yakarta cerca de la medianoche del viernes para poder asistir, desde el principio, a las charlas programadas sobre "cómo sobrevivir en Indonesia".
El vuelo entre Singapur y Yakarta fue breve (sin embargo, la atención no decayó y no faltaron las toallitas para lavarse las manos ni la cena ligera pero sabrosa) y todo transcurrió sin contratiempos. Ya en Indonesia, los oficiales de Migraciones fueron muy amables (los peruanos no necesitamos visa para visitar el país de las diecisiete mil islas), mis maletas llegaron completas, y en aduanas –sección de la cual me habían contado terribles cosas– no tuve ningún contratiempo. Busqué al que tenía actitudes de jefe y le dije "soy profesor y vengo a trabajar a Indonesia, en mis maletas hay ropa y libros". Parece ser que el medio centenar de docentes extranjeros que en las últimas horas me había antecedido hizo que mi camino fuera limpio y franco, bastó decir "profesor" para que mis maletas no pasaran por los "rayos X" (los días me han enseñado que por estas tierras la seguridad es más aparente que real) y me dijeran "bienvenido".
Salí y nadie me esperaba, al menos eso sentí. Un minuto después vi un letrero con el nombre de la institución para la cual trabajo, un taxista, uniformado y sonriente, venía a mi rescate.
A partir de ese instante, sobrevinieron los lugares acostumbrados: el golpeteo nervioso sobre el teclado, la revisión obsesiva de la pantalla, la llamada telefónica inevitable y el "espere un momento" de rigor, que me terminó enviando a la más cercana de las confortables bancas que me cercaban. Segundos, minutos, impaciencia, pasajeros que empiezan a llegar y a ocupar los vacíos espacios a mi alrededor, otros que se acercan al mostrador y salen –sonrientes– con su "bórdinpas" en la mano, el piloto canoso sonriente y copiloto bisoño con aires de pavo real, los encargados que ocupan el mostrador, maletas que van y vienen, y yo, esperando impaciente. El aburrimiento, el cansancio, el temor a no embarcarme, la gente a mi alrededor feliz y satisfecha, las familias que iban o venían de vacaciones, los ejecutivos, las ejecutivas (una, sobre todo, de largo abrigo negro y piernas interminables), los vendedores viajeros y los extraviados (entre ellos, un delicioso grupo de bolivianos que se dirigían a no sé qué olvidable isla de los alrededores "a trabajar en petróleo"), eran todos más o menos lo mismo hasta que, como quien es partícipe de una revelación, empezó el más extraño desfile que mis ojos han visto en una sala de embarque.
Llegaron despacio, como quien pasea; el moño y la sonrisa eran los mismos que tienen todas las aeromozas del mundo, pero no ellas ni la indumentaria. Ninguna medía menos de un metro setenta ni sobrepasaba los treinta años (miento, había una mayor que luego supe que era algo así como una supervisora), todas poseían rasgos orientales, ligeros y delicados, claros pero no profundos, con las líneas suavizadas que en todas las razas produce el mestizaje (luego lo comprobé, Rose, cuyo nombre asiático –que he extraviado en mi desmemoria– era algo así como "sol del amanecer", era hija de una dama de Singapur con un inmigrante inglés, la mezcla genética –eso que los histéricos y neuróticos racistas consideran una infamia– dio lugar –según lo comprobé in situ– a una mujer fabulosa, de rostro fino y exótico, cuyas proporciones –precisas y preciosas– hubieran sido aprobadas sin dilación por Buonarroti como modelo para sus famosos estudios sobre la anatomía humana). A todo esto agréguesele el uniforme, un vestido largo y ceñido de una sola pieza multicolor cuyo objetivo notorio –y notablemente alcanzado– era resaltar las formas amables de esas inolvidables mujeres.
Solo después de la tercera o cuarta vez que lo dijo, me di cuenta de que la rubia andaba pronunciando mi nombre. Regresé del éxtasis que esas mujeres ofrecían y me acerqué sonriente. Me dijo: "no hay problema, puede viajar en el vuelo del mediodía" y cuando mi sonrisa se iba a completar agregó: "solo hay un inconveniente". Me explicó que el cambio de ticket en Chile generaba "nuevas obligaciones" puesto que "la política de equipaje en esta empresa es diferente" y que "por el exceso de peso" debía hacer un pago adicional de "solamente setecientos cincuenta dólares". No voy a transcribir las palabras (castizas y amargas) que se me quedaron atracadas en la boca pero sí diré que la mirada azul de la muchacha se enturbió de pronto. No obstante, una vez más mis reflejos estuvieron a la altura de las circunstancias. Asumí una actitud serena, la miré respetuoso pero firme y le dije, mientras sacaba de mi bolsillo posterior derecho mi billetera, "no tengo ningún problema en realizar el pago, sin embargo, en Lima me cobraron ya por el exceso de equipaje, me dieron un recibo y me aseguraron que no tendría que realizar más desembolsos, solo le ruego que me diga a quién debo dirigirme para plantear una queja una vez que llegue a mi destino".
Es interesante cómo en algunos lugares la palabra "queja" tiene aún un poder mágico. La dama me dijo "espere un momento, por favor", yo sonreí, ella se dirigió a un hombre que tenía cara de supervisor y conversaron, él revisó los papeles, hizo una llamada y se me acercó. "Señor, no se preocupe, ha habido un error administrativo y le pedimos disculpas, usted no tiene que realizar ningún pago adicional por su equipaje".
Todo lo demás, hay que decirlo, fue divertido y agradable. Las más de diez horas de viaje entre Auckland y Singapur se pasaron con la velocidad del rayo en un avión que hacía honor a la frase "lujo oriental". Solo al subir, así como cuando se entra en un restaurante japonés, nos dieron toallitas húmedas y tibias para lavarnos las manos. Las comidas fueron deliciosas (el almuerzo hasta incluyó helado de postre), la atención de primera, los asientos espaciosos, el avión comodísimo y el viaje un placer. No pasé por "primera clase" (esa sección se hallaba lejos de mi radio de acción y estuvo cerrada permanentemente), pero "bísnez" era ya una encantadora exageración en esto de brindar un agradable vuelo a los clientes.
Llegar a Singapur fue otro descubrimiento. El aeropuerto –que luego supe que tiene varias secciones construidas sobre el mar– es inmenso y cómodo, se encuentra perfectamente señalizado y sobran personas. Los baños (tanto los del aeropuerto como los del avión que esta vez –como nunca antes– me atreví a visitar) se hallaban impecables, prístinos, con olor a limpio. Los grandes corredores eran amplios y hasta hallé (en el aeropuerto, que no en el avión) un servicio de "Internet gratis" donde pude avisar a mi gerente de Recursos Humanos del último cambio de horario que me permitía arribar a Yakarta cerca de la medianoche del viernes para poder asistir, desde el principio, a las charlas programadas sobre "cómo sobrevivir en Indonesia".
El vuelo entre Singapur y Yakarta fue breve (sin embargo, la atención no decayó y no faltaron las toallitas para lavarse las manos ni la cena ligera pero sabrosa) y todo transcurrió sin contratiempos. Ya en Indonesia, los oficiales de Migraciones fueron muy amables (los peruanos no necesitamos visa para visitar el país de las diecisiete mil islas), mis maletas llegaron completas, y en aduanas –sección de la cual me habían contado terribles cosas– no tuve ningún contratiempo. Busqué al que tenía actitudes de jefe y le dije "soy profesor y vengo a trabajar a Indonesia, en mis maletas hay ropa y libros". Parece ser que el medio centenar de docentes extranjeros que en las últimas horas me había antecedido hizo que mi camino fuera limpio y franco, bastó decir "profesor" para que mis maletas no pasaran por los "rayos X" (los días me han enseñado que por estas tierras la seguridad es más aparente que real) y me dijeran "bienvenido".
Salí y nadie me esperaba, al menos eso sentí. Un minuto después vi un letrero con el nombre de la institución para la cual trabajo, un taxista, uniformado y sonriente, venía a mi rescate.
Sunday, August 31, 2008
5- La puerta número diez
“¿Veintiún horas en el aeropuerto?”, la amable señora movió la cabeza afirmativamente mientras me observaba con esa comprensiva mirada de abuela que bien puede interpretarse como un “¿pero, criatura, en qué andabas pensando cuando te dieron el boleto?”, porque, claro, ella no sabía que yo, en el momento en que era desvalijado por las circunstancias en el aeropuerto de Santiago, solo conmigo y mis decisiones, no tuve cabeza como para ponerme a hacer otro cálculo que no fuera el de mi hora de arribo a Yakarta donde un contrato de trabajo me esperaba. Frente a ella, con la lucidez que le da a uno la sola idea de pasarse un día entero en un aeropuerto, atiné a preguntarle, “¿y no sale ningún vuelo más temprano?” Ella, paciente, me dijo “creo que sí, al medio día”, y aclaró algo que en mi distracción no había reparado, “pero este mostrador no corresponde a esa aerolínea, esa empresa no tiene atención en la sala de tránsito, debes llamar desde el teléfono que ves enfrente”. Volteé y divisé un teléfono blanco –de esos de “fri-col”– abandonado en una sala solitaria, hice el ademán de despedirme y salir corriendo a su encuentro cuando la dama, sin cambiar en ningún momento el tono acogedor, dijo, “pero no llegan sino hasta las nueve, tendrás que esperar…”.
¿Era el momento indicado para empezar a leer el libro de gramática española de quinientas páginas? ¿Debía empezar a escribir mis infames memorias del viaje? ¿Dormir, comer, pasear? ¡No! Tenía que revisar mis correos, leer el mensaje que Gaby ya habría enviado al Gerente de Recursos Humanos y, sobre todo, quería saber su respuesta. En las instrucciones de contratación habían sido muy claros, “los nuevos empleados deberán llegar el día veinticinco, no garantizamos el apoyo de esta oficina ni antes ni después de la fecha”. Vi unas computadoras y resultaron ser de esas, modernas y atrevidas, que te van consumiendo dólares con más entusiasmo que la chica desconocida que te trata en el bar –mientras le invitas un trago y te acaloras– como si fueras el viejo amigo de la infancia. Gaby envió un correo impecable donde explicaba, sin rastro de confusión, mis contratiempos. Por su parte, un lacónico “tomo nota del cambio” no me dejaba claro cómo habían procesado mi situación en Yakarta. Nada más en la pantalla. En Nueva Zelanda eran como las tres de la mañana y juro –por quien jurar se precise– que no tenía ni la más remota idea de qué hora era en las otras ciudades del mundo. El hecho de haber salido del aeropuerto de Santiago un miércoles por la noche y hallarme, catorce horas después, en la madrugada de un jueves, me desconcertó y me dejó extraviado en esta burbuja de comodidad y paz que resultó ser el aeropuerto de Auckland.
Al rato, cuando se me terminaron los billetes para seguir alimentando la voracidad de la computadora, me paré, fui al baño (materia fascinante la de los baños, que hoy dejaré pasar) me refresqué y empecé a recorrer curioso los alrededores. La zona en la que me encontraba estaba repleta de “gente en tránsito”, familias enteras, grupos de jóvenes, señoras de vacaciones, infinidad de personas esperando el siguiente vuelo quién sabe a dónde. Comían pizza, bebían gaseosas, deambulaban o dormían en los cómodos sofás que abundaban a lo largo de esos ciento cincuenta metros y dos pisos de tiendas y restaurantes. Mis intestinos empezaron a reclamar y escogí, entre las variadas opciones, una cafetería “sel-serviz” donde unas simpáticas muchachas cobraban y se encargaban de calentar los sánguches y de preparar los distintos tipos de café. Conversé con ellas, no eran neozelandesas, sino que venían de las pequeñas islas de las inmediaciones cuyos nombres ahora olvido (“las inmediaciones” es un decir, hablamos de varios cientos de kilómetros que separan Nueva Zelanda de Micronesia, Polinesia y Melanesia, zonas de donde proceden los inmigrantes). Vivían “al otro lado”, como ellas mismas dijeron, porque “en este lado” viven los locales y “más allá” –más lejos– “los foráneos”. Las tres eran jóvenes, las tres eran madres y solo una había terminado la secundaria; criar hijos y seguir de camareras era su único futuro. No les molestaba la idea y me pareció entender, entre sus sonrisas a veces cómplices y a veces avergonzadas, que “el futuro” no era un tema que se plantearan muy a menudo.
Seguí caminando y me encontré con un ambiente en el que no había reparado, muy cerca del teléfono que debía utilizar a las nueve. Era una especie de escritorio circular con espacio como para unas seis u ocho personas con sillas, tomacorrientes, papeles y hasta algún lapicero para hacer anotaciones. Estaba vacío, o casi, un solitario personaje revisaba, absorto en sus pensamientos, la pantalla llena de números de su computadora; lo interrumpí. Me explicó amablemente que era un lugar público desde el cual podía trabajar y conectándome gratuitamente a la red de redes. Feliz con mi descubrimiento, tomé posesión de uno de los sitios, abrí mi maletín, saqué la computadora –cuya batería hace rato se hallaba en coma– y no pude conectarla. “Ah”, recordé, “en este lado del mundo usan otro modelo de enchufe” y busqué triunfal el adaptador “para el Asia” que había comprado. Torpe de mí, solo entonces reparé que estaba en Oceanía y allá los tomacorrientes son de lo más rocambolescos, paseé por tres tiendas y sólo en la última hallé los adaptadores, así, treinta minutos después me pude comunicar con el mundo –mi mundo–. María Teresa –madrugadora o noctámbula, ya no me acuerdo– fue mi interlocutora, todos los demás andaban “off”.
Cuando dieron las nueve de la mañana, luego de haber tonteado varias horas frente a la máquina agotando sus posibilidades comunicativas, tras el inútil intento de escribir un artículo sobre la importancia de la visita de los escritores a los colegios donde los estudiantes los leen porque los maestros han tenido a bien ordenar que compren sus libros tras la convincente charla de las promotoras editoriales (sin cuyo trabajo no me hubiera leído ni Macuito en mi país) y después de una batería inmoral de chocolates neozelandeses y globalizadas gaseosas, cerré la máquina, la guardé en el maletín y me dirigí, con el ingenuo entusiasmo de los que van a la guerra creyendo que regresarán en una sola pieza, hacia el tantas veces mentado teléfono blanco.
Marqué el anexo correspondiente –que tan ordenadamente anunciaba y explicaba un cartelito allí colocado– y traté de hacerme entender en mi inglés de “Tarzán visita Nueva York”. Fueron minutos agónicos, de esos que transcurren sin que uno sepa exactamente qué es lo realmente está sucediendo, hasta que la dama, al otro lado de la línea, pareció entender lo que le explicaba, “sí, aparentemente sí hay espacio en el vuelo de las doce, pero no puedo hacer nada por usted por teléfono, le pido que acuda al counter de la compañía en la misma puerta de embarque. El personal de la aerolínea debe estar llegando entre las diez y las diez y quince, solo entonces podrán informarle si es que es posible hacer el cambio de vuelo y cuáles serán las nuevas condiciones…”, “¿cuál será la puerta de embarque para el vuelo de las doce, señorita?”, “ah, eso no lo sabemos todavía, le recomiendo que revise la pantalla de los monitores colocados en la zona de pasajeros en tránsito y le agradecemos por su preferencia”, dicho lo cual, muy amablemente, me colgó.
Los dioses –y alguien me dijo después que en la torcida voluntad de algunas divinidades esto es anuncio de buena suerte– se empeñaban en mantenerme en vilo. Dudé entre presentarme o no, cambiar el vuelo o no, aceptar o no las “nuevas condiciones” que me anunciaban, dudé y dudé. Aburrido de tanta incertidumbre y ante la alternativa de dejar las cosas como estaban o enredarlas más, me decidí por el enredo. Dantón y eso de “audacia, audacia y más audacia”, siempre han guiado mis pasos, lentos en la realidad de mi cuerpo sobre poblado pero ligeros, como los pies de Mercurio, en la imaginación y la fantasía que jamás me abandonan.
La espera fue larga, dieron las diez y quince y nada aparecía en la pantalla. Un amabilísimo anciano que estaba de turno en la caseta de “informes” me dijo “en los aeropuertos, jovencito, hay que ser paciente”, así que seguí su consejo y me puse a conversar con él que trabaja con “como otros cien” de voluntario “porque si no en la casa me aburro y el aburrimiento siempre mata”. Cuando el reloj llegó a las diez y veinte se apiadó de mí y me dijo “no siempre sucede, pero la mayoría de las veces el vuelo de esa aerolínea hacia Singapur sale de la puerta número diez”.
Salí raudo, había que atravesar medio aeropuerto y lo hice tan rápido como mis excesos me lo permitieron, las ruedas del maletín de mi computadora giraban entusiastas y el corazón, presagiando tormentas o protestando por el esfuerzo, latía acelerado como demandando más oxígeno. Llegué a la puerta número diez. En la sala de espera no había un alma pero detrás del mostrador, distraída en la universal manía de revisar la pantalla, se alzaba, como la imagen de lo bello, una rubia de un metro ochenta que, al sentir mi presencia, levantó el rostro para inundarme con el mar azul de su mirada.
El “espere un momento que aún no atendemos”, me devolvió a la realidad, seca y pasmada.
¿Era el momento indicado para empezar a leer el libro de gramática española de quinientas páginas? ¿Debía empezar a escribir mis infames memorias del viaje? ¿Dormir, comer, pasear? ¡No! Tenía que revisar mis correos, leer el mensaje que Gaby ya habría enviado al Gerente de Recursos Humanos y, sobre todo, quería saber su respuesta. En las instrucciones de contratación habían sido muy claros, “los nuevos empleados deberán llegar el día veinticinco, no garantizamos el apoyo de esta oficina ni antes ni después de la fecha”. Vi unas computadoras y resultaron ser de esas, modernas y atrevidas, que te van consumiendo dólares con más entusiasmo que la chica desconocida que te trata en el bar –mientras le invitas un trago y te acaloras– como si fueras el viejo amigo de la infancia. Gaby envió un correo impecable donde explicaba, sin rastro de confusión, mis contratiempos. Por su parte, un lacónico “tomo nota del cambio” no me dejaba claro cómo habían procesado mi situación en Yakarta. Nada más en la pantalla. En Nueva Zelanda eran como las tres de la mañana y juro –por quien jurar se precise– que no tenía ni la más remota idea de qué hora era en las otras ciudades del mundo. El hecho de haber salido del aeropuerto de Santiago un miércoles por la noche y hallarme, catorce horas después, en la madrugada de un jueves, me desconcertó y me dejó extraviado en esta burbuja de comodidad y paz que resultó ser el aeropuerto de Auckland.
Al rato, cuando se me terminaron los billetes para seguir alimentando la voracidad de la computadora, me paré, fui al baño (materia fascinante la de los baños, que hoy dejaré pasar) me refresqué y empecé a recorrer curioso los alrededores. La zona en la que me encontraba estaba repleta de “gente en tránsito”, familias enteras, grupos de jóvenes, señoras de vacaciones, infinidad de personas esperando el siguiente vuelo quién sabe a dónde. Comían pizza, bebían gaseosas, deambulaban o dormían en los cómodos sofás que abundaban a lo largo de esos ciento cincuenta metros y dos pisos de tiendas y restaurantes. Mis intestinos empezaron a reclamar y escogí, entre las variadas opciones, una cafetería “sel-serviz” donde unas simpáticas muchachas cobraban y se encargaban de calentar los sánguches y de preparar los distintos tipos de café. Conversé con ellas, no eran neozelandesas, sino que venían de las pequeñas islas de las inmediaciones cuyos nombres ahora olvido (“las inmediaciones” es un decir, hablamos de varios cientos de kilómetros que separan Nueva Zelanda de Micronesia, Polinesia y Melanesia, zonas de donde proceden los inmigrantes). Vivían “al otro lado”, como ellas mismas dijeron, porque “en este lado” viven los locales y “más allá” –más lejos– “los foráneos”. Las tres eran jóvenes, las tres eran madres y solo una había terminado la secundaria; criar hijos y seguir de camareras era su único futuro. No les molestaba la idea y me pareció entender, entre sus sonrisas a veces cómplices y a veces avergonzadas, que “el futuro” no era un tema que se plantearan muy a menudo.
Seguí caminando y me encontré con un ambiente en el que no había reparado, muy cerca del teléfono que debía utilizar a las nueve. Era una especie de escritorio circular con espacio como para unas seis u ocho personas con sillas, tomacorrientes, papeles y hasta algún lapicero para hacer anotaciones. Estaba vacío, o casi, un solitario personaje revisaba, absorto en sus pensamientos, la pantalla llena de números de su computadora; lo interrumpí. Me explicó amablemente que era un lugar público desde el cual podía trabajar y conectándome gratuitamente a la red de redes. Feliz con mi descubrimiento, tomé posesión de uno de los sitios, abrí mi maletín, saqué la computadora –cuya batería hace rato se hallaba en coma– y no pude conectarla. “Ah”, recordé, “en este lado del mundo usan otro modelo de enchufe” y busqué triunfal el adaptador “para el Asia” que había comprado. Torpe de mí, solo entonces reparé que estaba en Oceanía y allá los tomacorrientes son de lo más rocambolescos, paseé por tres tiendas y sólo en la última hallé los adaptadores, así, treinta minutos después me pude comunicar con el mundo –mi mundo–. María Teresa –madrugadora o noctámbula, ya no me acuerdo– fue mi interlocutora, todos los demás andaban “off”.
Cuando dieron las nueve de la mañana, luego de haber tonteado varias horas frente a la máquina agotando sus posibilidades comunicativas, tras el inútil intento de escribir un artículo sobre la importancia de la visita de los escritores a los colegios donde los estudiantes los leen porque los maestros han tenido a bien ordenar que compren sus libros tras la convincente charla de las promotoras editoriales (sin cuyo trabajo no me hubiera leído ni Macuito en mi país) y después de una batería inmoral de chocolates neozelandeses y globalizadas gaseosas, cerré la máquina, la guardé en el maletín y me dirigí, con el ingenuo entusiasmo de los que van a la guerra creyendo que regresarán en una sola pieza, hacia el tantas veces mentado teléfono blanco.
Marqué el anexo correspondiente –que tan ordenadamente anunciaba y explicaba un cartelito allí colocado– y traté de hacerme entender en mi inglés de “Tarzán visita Nueva York”. Fueron minutos agónicos, de esos que transcurren sin que uno sepa exactamente qué es lo realmente está sucediendo, hasta que la dama, al otro lado de la línea, pareció entender lo que le explicaba, “sí, aparentemente sí hay espacio en el vuelo de las doce, pero no puedo hacer nada por usted por teléfono, le pido que acuda al counter de la compañía en la misma puerta de embarque. El personal de la aerolínea debe estar llegando entre las diez y las diez y quince, solo entonces podrán informarle si es que es posible hacer el cambio de vuelo y cuáles serán las nuevas condiciones…”, “¿cuál será la puerta de embarque para el vuelo de las doce, señorita?”, “ah, eso no lo sabemos todavía, le recomiendo que revise la pantalla de los monitores colocados en la zona de pasajeros en tránsito y le agradecemos por su preferencia”, dicho lo cual, muy amablemente, me colgó.
Los dioses –y alguien me dijo después que en la torcida voluntad de algunas divinidades esto es anuncio de buena suerte– se empeñaban en mantenerme en vilo. Dudé entre presentarme o no, cambiar el vuelo o no, aceptar o no las “nuevas condiciones” que me anunciaban, dudé y dudé. Aburrido de tanta incertidumbre y ante la alternativa de dejar las cosas como estaban o enredarlas más, me decidí por el enredo. Dantón y eso de “audacia, audacia y más audacia”, siempre han guiado mis pasos, lentos en la realidad de mi cuerpo sobre poblado pero ligeros, como los pies de Mercurio, en la imaginación y la fantasía que jamás me abandonan.
La espera fue larga, dieron las diez y quince y nada aparecía en la pantalla. Un amabilísimo anciano que estaba de turno en la caseta de “informes” me dijo “en los aeropuertos, jovencito, hay que ser paciente”, así que seguí su consejo y me puse a conversar con él que trabaja con “como otros cien” de voluntario “porque si no en la casa me aburro y el aburrimiento siempre mata”. Cuando el reloj llegó a las diez y veinte se apiadó de mí y me dijo “no siempre sucede, pero la mayoría de las veces el vuelo de esa aerolínea hacia Singapur sale de la puerta número diez”.
Salí raudo, había que atravesar medio aeropuerto y lo hice tan rápido como mis excesos me lo permitieron, las ruedas del maletín de mi computadora giraban entusiastas y el corazón, presagiando tormentas o protestando por el esfuerzo, latía acelerado como demandando más oxígeno. Llegué a la puerta número diez. En la sala de espera no había un alma pero detrás del mostrador, distraída en la universal manía de revisar la pantalla, se alzaba, como la imagen de lo bello, una rubia de un metro ochenta que, al sentir mi presencia, levantó el rostro para inundarme con el mar azul de su mirada.
El “espere un momento que aún no atendemos”, me devolvió a la realidad, seca y pasmada.
Saturday, August 23, 2008
4- Mil setecientos cincuenta y seis
Como si de una escena en cámara lenta se tratara, escuché la voz de la encargada de la línea aérea, "el costo por el nuevo pasaje…", sentía el latido de mi corazón cada vez más acelerado, "…descontando la parte proporcional…", ella parecía disfrutar cada una de las sílabas que sus labios pintados de rojo iban soltando, "…no utilizada del pasaje anterior…", como telón de fondo, los últimos pasajeros abordaban el avión sin percatarse de mi existencia, "…asciende a la suma de…", ¡definitivamente estaba sonriendo!, "…mil setecientos cincuenta seis dólares…". "¿Perdón?", "mil setecientos cincuenta y seis dólares americanos", "pero…", "¿va a cancelar en efectivo?", "señorita, ¿usted cree que yo cargo mil setecientos dólares en los bolsillos?", "mil setecientos cincuenta y seis, señor" (y seguía sonriendo), "pero, ¿y este pasaje?", decía yo defendiéndome con el boleto anterior en la mano, blandiéndolo como la inútil espada de mi salvación. "Como ya le dije (con mirada furibunda de "¿este tipo será tarado?"), el boleto anterior ha sido considerado como parte de pago y el saldo es…", "sí, sí, mil setecientos cincuenta y seis". "Exactamente. ¿Con qué tarjeta pagará?".
Tuve diez segundos fuera de este mundo, deambulando en mis propios pensamientos, preguntándome si así iban a ser las cosas, si había hecho bien en emprender esta hégira, este nuevo exilio (el tercero en tres años) a tierras tan distantes, tan desconocidas. Debo confesar que rendirme fue la opción, tirar la toalla como en el boxeo, reconocer, como un buen jugador de ajedrez, que más allá de los próximos diez movimientos el jaque mate era inevitable y acostar al rey antes de la humillación, entregarme a las aguas como el náufrago que ya no rema porque sabe que el mar es infinito y no hay tierra firme que lo ampare. La derrota, esa bruja fea que se disfraza de muchacha hermosa, me sonreía impúdica y lujuriosa. ¿A qué seguir, a qué andar esos miles de kilómetros, a qué empeñarse en un viaje que empezaba tan complicado, como el mal agüero de de sí mismo?
Pero solo fueron diez segundos, luego sonreí, me sacudí los malos presagios, espanté a los buitres y mirándola con ojos de Clark Gable en la escena final de "Lo que el viento se llevó" le dije "realmente, querida…" y saqué raudo, como quien desenfunda primero, la billetera y de ella, ¡oh bendición de esta plástica modernidad!, la tarjeta dorada que Emma me había dado como contraparte generosa de mis alicaídos ahorros. La puse displicente sobre el mostrador justo en el momento en que llegaba "el cajero móvil", que no era él sino ella, una dulce chilenita con sonrisa de bienvenida que alivió por un instante mi mal rato antes de soltar el "firme acá, señor" y ofrecerme un recibo por no sé qué exorbitante cifra en cientos de miles de pesos que se me atragantó en el alma (si me permiten la figura).
Al mal paso darle prisa, así que firmé sin pensar demasiado, ya en Indonesia vería quién asumía el costo, en el peor de los casos, pagar esa horripilante suma era mejor que quedarse sin trabajo. Enseguida me entregaron los boletos nuevos que desviaban mi ruta original por territorios que no requerían –al menos para pasajeros en tránsito– el odioso trámite de la visa, sello infame que en nombre de bonanzas y escaseces separa a los países que en el mundo son. "Sólo hay una salvedad", me dijo la muchacha que de pronto pareció afearse, "los boletos del subsiguiente tramo no han podido ser emitidos y, llegando a Auckland, deberá acercarse al counter de tránsito, le darán todos los bordinpás que le faltan…". ¿La pesadilla empezaba de nuevo?
No tuve tiempo de pensarlo. "Debe abordar de inmediato", me dijo la encargada distrayéndome de los malos pensamientos. "Necesito saber a qué hora llego a Yakarta, señorita, porque me están esperando el viernes a las siete…", "su vuelo está programado para aterrizar en la capital de Indonesia el sábado a las ocho de la mañana…", "¡el sábado a las ocho!", repetí pasmado y ella se limitó a responder con un automático "sí, señor, a las ocho", "¡tengo que avisar!", "pero el vuelo ya va a partir…", "pero…", "no podemos esperar demasiado, señor, ya se dio la última llamada y en unos minutos cerraremos las puertas…", "¡ya vengo!", dije atolondradamente mientras corría a mi teléfono público; el aparato seguía allí, esperándome.
Saqué como pude las tarjetas del bolsillo, el papel con el número de Gaby, y comencé, otra vez, el procedimiento inacabable, los cien mil dígitos, la grabación odiosa y los errores inevitables. Tres veces, tantas como Pedro negó al Cristo de los creyentes, tres veces tuve que marcar esa relación infinita de números y, por fin, a la tercera, me contestó Carlos, alegre y positivo como siempre, "¿y gordito, te quedas en Chile?", me dijo y yo, ¡malcriado de mí!, respondí seco y cortante, "Carlitos, se va el avión, pásame a Gaby". Él, que además de un gran amigo, es un ejecutivo práctico, puso a Gabriella en el auricular y le dije "copia" y ella, amorosa y paciente, amiga noble que un indigno neurótico como yo no merece, copió el correo electrónico de mi jefe y el mensaje que dicté cual texto de antiguos telegramas: "problemas visa australia cambio vuelo llego sábado ocho a eme", mensaje absurdo que ella, luego lo supe cuando leí la copia que envió a mi propia dirección, convirtió en una maravillosa carta donde explicaba en perfecto inglés, concisa y precisa, mis penurias y la solución alcanzada.
Colgar casi sin despedirme, salir corriendo arrastrando el maletín de la computadoras y el libro de quinientas páginas que iba a leer durante el viaje, pasar por el último control, avanzar por la manga abandonada ya, llegar jadeando a la puerta del avión y encontrarme con una aeromoza espectacular cuya sonrisa de propaganda (¿o fue la minifalda?) me devolvió el aliento. Por supuesto que el avión estaba lleno, que mi sitio era pequeño e incómodo, que en los compartimientos no había lugar para mi maletín que terminó quién sabe dónde y que yo, que siempre especulo más de lo recomendable, empecé a preguntarme si habría hecho todo este desgaste de energías para nada, si el avión, como ocurre una en tantas, decidía no levantar la nariz y retirarse del negocio con el detalle un poco angustiante de retirarnos, por el mismo precio, de la profesión de estar vivos. Un par de brasileras que desafiaban el frío santiaguino con sus breves prendas, tuvieron la bendita labor de distraerme y el pájaro de acero venció la ley gravedad una vez más y volamos.
¿El viaje? ¿Vale la pena contar el tedio de catorce horas sentado en un avión incómodo? Felizmente, dormí poco la noche anterior y el ajetreo del cambio de vuelo me cansó lo suficiente para pasármela como un zombi durante la mayor parte del camino. La computadora, el libro de las quinientas páginas y hasta algún papel en el cual garabatear algunos malos versos, estaban irremediablemente fuera de mi alcance en el maletín que la aeromoza guardó en algún lugar de la nave; el control de la pequeña pantalla que tenía al frente, para variar, no funcionaba; mi vecino era aburrido y las brasileñas dormían como ángeles cuyo sueño no me hubiera atrevido interrumpir. Ergo, dormí. Mi oído, finamente adiestrado, me despertó cada vez que pasaba cerca el carrito de la comida y el resto del trayecto fue un infinito deambular por el mundo de las sombras, hundido en el sopor de mis propios pensamientos.
No hablaré de los ataques de desesperación, de la pequeñez violenta de los asientos, del dolor del cuello, de las rodillas ateridas, de las manos hinchadas, de articulaciones quejumbrosas ni de la espalda que cada tanto me recordaba que odiar a los de "feirst" y "biznes" no era pecaminoso. No hablaré de mis pensamientos, de mis ilusiones y de mis fantasías, de mis ocupaciones y preocupaciones, de mis intestinos en son de rebeldía ni de mi paladar seco como el desierto de Atacama después de varias horas aspirando ese detestable aire acondicionado.
Solo diré que el vuelo llegó a Nueva Zelanda, que allí me recibieron amables, que una vez más me revisaron el maletín y el celular por si era un terrorista encubierto que viajaba alrededor del mundo y que, cuando pregunté por el "counter de tránsito" se demoraron en entender mi mal inglés tanto como yo me demoré en comprender sus instrucciones. Solo cuando llegué al mostrador que me habían indicado y la señora muy amablemente me lo hizo notar, me di cuenta de que eran las dos de la mañana y que mi vuelo, que había sido preparado por la gentil encargada de la compañía aérea en Chile, salía rumbo a Singapur a las once de la noche…
Tuve diez segundos fuera de este mundo, deambulando en mis propios pensamientos, preguntándome si así iban a ser las cosas, si había hecho bien en emprender esta hégira, este nuevo exilio (el tercero en tres años) a tierras tan distantes, tan desconocidas. Debo confesar que rendirme fue la opción, tirar la toalla como en el boxeo, reconocer, como un buen jugador de ajedrez, que más allá de los próximos diez movimientos el jaque mate era inevitable y acostar al rey antes de la humillación, entregarme a las aguas como el náufrago que ya no rema porque sabe que el mar es infinito y no hay tierra firme que lo ampare. La derrota, esa bruja fea que se disfraza de muchacha hermosa, me sonreía impúdica y lujuriosa. ¿A qué seguir, a qué andar esos miles de kilómetros, a qué empeñarse en un viaje que empezaba tan complicado, como el mal agüero de de sí mismo?
Pero solo fueron diez segundos, luego sonreí, me sacudí los malos presagios, espanté a los buitres y mirándola con ojos de Clark Gable en la escena final de "Lo que el viento se llevó" le dije "realmente, querida…" y saqué raudo, como quien desenfunda primero, la billetera y de ella, ¡oh bendición de esta plástica modernidad!, la tarjeta dorada que Emma me había dado como contraparte generosa de mis alicaídos ahorros. La puse displicente sobre el mostrador justo en el momento en que llegaba "el cajero móvil", que no era él sino ella, una dulce chilenita con sonrisa de bienvenida que alivió por un instante mi mal rato antes de soltar el "firme acá, señor" y ofrecerme un recibo por no sé qué exorbitante cifra en cientos de miles de pesos que se me atragantó en el alma (si me permiten la figura).
Al mal paso darle prisa, así que firmé sin pensar demasiado, ya en Indonesia vería quién asumía el costo, en el peor de los casos, pagar esa horripilante suma era mejor que quedarse sin trabajo. Enseguida me entregaron los boletos nuevos que desviaban mi ruta original por territorios que no requerían –al menos para pasajeros en tránsito– el odioso trámite de la visa, sello infame que en nombre de bonanzas y escaseces separa a los países que en el mundo son. "Sólo hay una salvedad", me dijo la muchacha que de pronto pareció afearse, "los boletos del subsiguiente tramo no han podido ser emitidos y, llegando a Auckland, deberá acercarse al counter de tránsito, le darán todos los bordinpás que le faltan…". ¿La pesadilla empezaba de nuevo?
No tuve tiempo de pensarlo. "Debe abordar de inmediato", me dijo la encargada distrayéndome de los malos pensamientos. "Necesito saber a qué hora llego a Yakarta, señorita, porque me están esperando el viernes a las siete…", "su vuelo está programado para aterrizar en la capital de Indonesia el sábado a las ocho de la mañana…", "¡el sábado a las ocho!", repetí pasmado y ella se limitó a responder con un automático "sí, señor, a las ocho", "¡tengo que avisar!", "pero el vuelo ya va a partir…", "pero…", "no podemos esperar demasiado, señor, ya se dio la última llamada y en unos minutos cerraremos las puertas…", "¡ya vengo!", dije atolondradamente mientras corría a mi teléfono público; el aparato seguía allí, esperándome.
Saqué como pude las tarjetas del bolsillo, el papel con el número de Gaby, y comencé, otra vez, el procedimiento inacabable, los cien mil dígitos, la grabación odiosa y los errores inevitables. Tres veces, tantas como Pedro negó al Cristo de los creyentes, tres veces tuve que marcar esa relación infinita de números y, por fin, a la tercera, me contestó Carlos, alegre y positivo como siempre, "¿y gordito, te quedas en Chile?", me dijo y yo, ¡malcriado de mí!, respondí seco y cortante, "Carlitos, se va el avión, pásame a Gaby". Él, que además de un gran amigo, es un ejecutivo práctico, puso a Gabriella en el auricular y le dije "copia" y ella, amorosa y paciente, amiga noble que un indigno neurótico como yo no merece, copió el correo electrónico de mi jefe y el mensaje que dicté cual texto de antiguos telegramas: "problemas visa australia cambio vuelo llego sábado ocho a eme", mensaje absurdo que ella, luego lo supe cuando leí la copia que envió a mi propia dirección, convirtió en una maravillosa carta donde explicaba en perfecto inglés, concisa y precisa, mis penurias y la solución alcanzada.
Colgar casi sin despedirme, salir corriendo arrastrando el maletín de la computadoras y el libro de quinientas páginas que iba a leer durante el viaje, pasar por el último control, avanzar por la manga abandonada ya, llegar jadeando a la puerta del avión y encontrarme con una aeromoza espectacular cuya sonrisa de propaganda (¿o fue la minifalda?) me devolvió el aliento. Por supuesto que el avión estaba lleno, que mi sitio era pequeño e incómodo, que en los compartimientos no había lugar para mi maletín que terminó quién sabe dónde y que yo, que siempre especulo más de lo recomendable, empecé a preguntarme si habría hecho todo este desgaste de energías para nada, si el avión, como ocurre una en tantas, decidía no levantar la nariz y retirarse del negocio con el detalle un poco angustiante de retirarnos, por el mismo precio, de la profesión de estar vivos. Un par de brasileras que desafiaban el frío santiaguino con sus breves prendas, tuvieron la bendita labor de distraerme y el pájaro de acero venció la ley gravedad una vez más y volamos.
¿El viaje? ¿Vale la pena contar el tedio de catorce horas sentado en un avión incómodo? Felizmente, dormí poco la noche anterior y el ajetreo del cambio de vuelo me cansó lo suficiente para pasármela como un zombi durante la mayor parte del camino. La computadora, el libro de las quinientas páginas y hasta algún papel en el cual garabatear algunos malos versos, estaban irremediablemente fuera de mi alcance en el maletín que la aeromoza guardó en algún lugar de la nave; el control de la pequeña pantalla que tenía al frente, para variar, no funcionaba; mi vecino era aburrido y las brasileñas dormían como ángeles cuyo sueño no me hubiera atrevido interrumpir. Ergo, dormí. Mi oído, finamente adiestrado, me despertó cada vez que pasaba cerca el carrito de la comida y el resto del trayecto fue un infinito deambular por el mundo de las sombras, hundido en el sopor de mis propios pensamientos.
No hablaré de los ataques de desesperación, de la pequeñez violenta de los asientos, del dolor del cuello, de las rodillas ateridas, de las manos hinchadas, de articulaciones quejumbrosas ni de la espalda que cada tanto me recordaba que odiar a los de "feirst" y "biznes" no era pecaminoso. No hablaré de mis pensamientos, de mis ilusiones y de mis fantasías, de mis ocupaciones y preocupaciones, de mis intestinos en son de rebeldía ni de mi paladar seco como el desierto de Atacama después de varias horas aspirando ese detestable aire acondicionado.
Solo diré que el vuelo llegó a Nueva Zelanda, que allí me recibieron amables, que una vez más me revisaron el maletín y el celular por si era un terrorista encubierto que viajaba alrededor del mundo y que, cuando pregunté por el "counter de tránsito" se demoraron en entender mi mal inglés tanto como yo me demoré en comprender sus instrucciones. Solo cuando llegué al mostrador que me habían indicado y la señora muy amablemente me lo hizo notar, me di cuenta de que eran las dos de la mañana y que mi vuelo, que había sido preparado por la gentil encargada de la compañía aérea en Chile, salía rumbo a Singapur a las once de la noche…
Tuesday, August 19, 2008
3- La diferencia
Solo cuando uno se halla en circunstancias verdaderamente graves sucede un fenómeno que los físicos sabrán explicar mejor que yo, el tiempo pasa con una velocidad impresionante y, sin embargo, cada minuto es eterno.
El reloj se acercaba a la hora definitiva, el embarque había comenzado y yo continuaba en la misma incertidumbre. Los pasajeros de primera (a quienes es lícito odiar profundamente cuando el vuelo dura más de cuatro horas) ya se hallaban acomodando sus humanidades en los mullidos asientos que, de cualquier manera, no me esperaban. El avión era uno de esas inmensidades que me recordaba a las fortalezas voladoras de la Segunda Guerra Mundial, así que el ingreso de “feirst” y “biznes” prolongaría aún mi implacable agonía.
El sujeto del doble pasaporte brasileño que había robado largamente la atención de la señorita con cara de supervisora que allí atendía, solucionó su problema a fuerza de malos entendidos. Nadie llegó a comprender que él no tenía mayor conexión con Australia que la visa en un documento olvidado en su casa en Río de Janeiro, pero entre las idas y venidas de las llamadas telefónicas, el inglés mordido de las chilenas, el “ingleñés” del brasileño y el acento inconfundible –y a veces ininteligible– de los australianos, llegaron a la conclusión de que sí podía embarcarse. El “si no puedes convencerlos, confúndelos”, funcionó de maravillas; bien por él.
“Bueno, señor”, me dijo la señorita que acaba de liberarse del carioca cuando vio mi rostro de desesperación asomarse por enésima vez por sobre el mostrador, “estamos haciendo todo lo posible por cambiarle de vuelo para que no tenga que pasar por territorio australiano, es probable que pueda viajar a través de Auckland, pero aún el departamento de ventas no nos da una respuesta”. Ni siquiera esperó que yo le contestara, se hundió en la pantalla de la computadora como buscando un refugio que la liberara de mi mirada, así como hacemos nosotros cuando manejamos por las calles de nuestros países, buscamos distraernos en la radio o en espejo con tal de no ver la cara de la miseria que nos toca la ventana pidiéndonos unas monedas. “Lo que no se sabe, no duele”, me dijeron una vez. ¿Será verdad? Habrá que preguntárselo a los amantes impunes que los otros –torpes o confiados– conocen bien el rigor feroz del desengañado.
Cuando escuché eso de “ahora invitamos a abordar a los pasajeros de la fila cuarenta y cinco a la sesenta” sufrí una primera contracción intestinal. En medio de los tiempos muertos de la espera (en esas horas que había dispuesto para leer las quinientas páginas de mi “gramática castellana para principiantes”, a manera de repaso y como para reconciliarme con la teoría odiosa de la lengua que amo), ya había hecho las averiguaciones pertinentes y sabía que de Santiago de Chile no salía ningún avión hacia Asia (delicioso juego de palabras que no es mío sino de Cardenal, el nicaragüense). En buen romance, o me trepaba a ese avión o Carlos y Gaby, mis infinitos amigos, tendrían una ya no tan inesperada visita al borde de la medianoche de ese miércoles que presagiaba la desgracia.
En Jakarta, hacía rato avanzaba la mañana del jueves y seguramente Joe, el Gerente de Recursos Humanos, detallaba las coordinaciones con la compañía de transporte para pasar por mí al aeropuerto internacional Soekarno-Hatta al atardecer del siguiente día (el asunto no me hubiera preocupado demasiado de no haber sabido que en las próximas treinta y seis horas medio centenar de expatriados teníamos previsto pisar Indonesia provenientes de los cuatro puntos cardinales y que Joe y Meg –su eficiente, dulce y amable asistente– tenían andando ya muchos días con pocas horas de sueño tratándonos de hacer más sencilla la papelería burocrática).
Resistí los rigores de los calambres abdominales, conté hasta diez como enseña el manual, me acerqué al mostrador de la aerolínea y pregunté sin esperar que me dieran la palabra, “señorita, ¿hay alguna novedad?, el avión está por partir y no tengo ninguna respuesta”. La encargada miraba en dirección a donde yo estaba pero no me miraba a mí, en otras circunstancias me habría halagado sentirme tan delgado, casi transparente, pero allí me exasperó. “Señorita…”, insistí, ya no con el tono gentil del que busca encantar o conmover sino mordiendo la palabra, con la boca casi cerrada, el labio superior derecho contraído y los dientes casi juntos, como quien emite un gruñido. Ella se defendió, “señor, justamente estoy en el teléfono coordinando ese asunto”. ¿Sería verdad? No lo sé, lo único cierto es que dos minutos después, mientras yo rumiaba mi desesperación viendo a decenas de viajeros abordar “mi” avión, con la misma nostalgia de quien ve partir el último tren, la dama se me acercó.
“¿Señor?, estoy con el departamento de ventas en el teléfono, hay una solución, puede tomar este vuelo pero deberá desembarcar en Auckland para desde allí realizar una conexión a Jakarta vía Singapur; es nuestro deber consultar con usted…”. Confieso que en ese momento mi cultura geográfica se vio derepente obnubilada, ya no entendía si iba de este a oeste o de sur a norte o de cualquier otra posible combinación entre los puntos cardinales, solo escuché “Jakarta” y dije “sí”, sin dejar que la encargada terminara la frase. Ella, que solo esperaba la respuesta que la liberara del “gordo odioso de la visa”, sonrió satisfecha y dijo: “Entonces, espere un momento que debo llamar al cajero móvil”, “¿al qué?”, “al cajero móvil, señor”, “¿un cajero que se mueve?”, “exactamente, un cajero que le pueda cobrar”, “¿qué me pueda cobrar?”, “exactamente”, “¿cobrar qué?”, “la diferencia”, “¿la diferencia?”, “sí, la diferencia…”, “¡qué diferencia!”, “la diferencia que hay entre lo que usted abonó por el boleto vía Sydney y lo que debe abonar por el boleto vía Auckland”, “¿me está diciendo que debo pagar por un error que no fue mío?”, “como ya se le explicó, señor, la empresa vende pasajes y es responsabilidad…”, “como sea, señorita, si así fuera la empresa no debió permitir que me embarcara en Lima y que mis maletas fueran enviadas a Indonesia, ¿o no?”, “por eso mismo, estamos buscando una solución”, “¿una solución, cobrarme es una solución?”, “exacto, le acabamos de dar una solución, es su decisión tomarla o no…”, “¿y si no la tomo?”, “entonces no puede embarcarse esta noche y deberá regresar a su punto de origen”, “¿a mi punto de origen?”, “sí, al aeropuerto Jorge Chávez, de Lima”, “señorita, creo que mejor me comunica con el supervisor”, “señor, la supervisora soy yo”, “¿y si quiero hacer un reclamo a su superior?”, “pues tendría que hacerlo desde Lima…”.
Ignoro si el diálogo fue así de surrealista, pero hoy me parece que sí. La dama era inexpugnable y la técnica de “mírala fijo a los ojos con cara de jefe hasta que te baje la mirada”, no funcionó. Estaba decidida en sostener su empeño y no hallé ni argumento para persuadirla ni amenaza para intimidarla.
Finalmente cedí: “perfecto, voy a pagar la diferencia, dígame cuánto es…”.
No puedo decir que sea cierto pero creí ver cómo se dibujó una imperceptible sonrisa en sus labios y cómo sus ojos brillaron celebrando discretamente su victoria mientras saboreaba una por una las letras de la suma con la que estaba a punto de dispararme a quemarropa…
El reloj se acercaba a la hora definitiva, el embarque había comenzado y yo continuaba en la misma incertidumbre. Los pasajeros de primera (a quienes es lícito odiar profundamente cuando el vuelo dura más de cuatro horas) ya se hallaban acomodando sus humanidades en los mullidos asientos que, de cualquier manera, no me esperaban. El avión era uno de esas inmensidades que me recordaba a las fortalezas voladoras de la Segunda Guerra Mundial, así que el ingreso de “feirst” y “biznes” prolongaría aún mi implacable agonía.
El sujeto del doble pasaporte brasileño que había robado largamente la atención de la señorita con cara de supervisora que allí atendía, solucionó su problema a fuerza de malos entendidos. Nadie llegó a comprender que él no tenía mayor conexión con Australia que la visa en un documento olvidado en su casa en Río de Janeiro, pero entre las idas y venidas de las llamadas telefónicas, el inglés mordido de las chilenas, el “ingleñés” del brasileño y el acento inconfundible –y a veces ininteligible– de los australianos, llegaron a la conclusión de que sí podía embarcarse. El “si no puedes convencerlos, confúndelos”, funcionó de maravillas; bien por él.
“Bueno, señor”, me dijo la señorita que acaba de liberarse del carioca cuando vio mi rostro de desesperación asomarse por enésima vez por sobre el mostrador, “estamos haciendo todo lo posible por cambiarle de vuelo para que no tenga que pasar por territorio australiano, es probable que pueda viajar a través de Auckland, pero aún el departamento de ventas no nos da una respuesta”. Ni siquiera esperó que yo le contestara, se hundió en la pantalla de la computadora como buscando un refugio que la liberara de mi mirada, así como hacemos nosotros cuando manejamos por las calles de nuestros países, buscamos distraernos en la radio o en espejo con tal de no ver la cara de la miseria que nos toca la ventana pidiéndonos unas monedas. “Lo que no se sabe, no duele”, me dijeron una vez. ¿Será verdad? Habrá que preguntárselo a los amantes impunes que los otros –torpes o confiados– conocen bien el rigor feroz del desengañado.
Cuando escuché eso de “ahora invitamos a abordar a los pasajeros de la fila cuarenta y cinco a la sesenta” sufrí una primera contracción intestinal. En medio de los tiempos muertos de la espera (en esas horas que había dispuesto para leer las quinientas páginas de mi “gramática castellana para principiantes”, a manera de repaso y como para reconciliarme con la teoría odiosa de la lengua que amo), ya había hecho las averiguaciones pertinentes y sabía que de Santiago de Chile no salía ningún avión hacia Asia (delicioso juego de palabras que no es mío sino de Cardenal, el nicaragüense). En buen romance, o me trepaba a ese avión o Carlos y Gaby, mis infinitos amigos, tendrían una ya no tan inesperada visita al borde de la medianoche de ese miércoles que presagiaba la desgracia.
En Jakarta, hacía rato avanzaba la mañana del jueves y seguramente Joe, el Gerente de Recursos Humanos, detallaba las coordinaciones con la compañía de transporte para pasar por mí al aeropuerto internacional Soekarno-Hatta al atardecer del siguiente día (el asunto no me hubiera preocupado demasiado de no haber sabido que en las próximas treinta y seis horas medio centenar de expatriados teníamos previsto pisar Indonesia provenientes de los cuatro puntos cardinales y que Joe y Meg –su eficiente, dulce y amable asistente– tenían andando ya muchos días con pocas horas de sueño tratándonos de hacer más sencilla la papelería burocrática).
Resistí los rigores de los calambres abdominales, conté hasta diez como enseña el manual, me acerqué al mostrador de la aerolínea y pregunté sin esperar que me dieran la palabra, “señorita, ¿hay alguna novedad?, el avión está por partir y no tengo ninguna respuesta”. La encargada miraba en dirección a donde yo estaba pero no me miraba a mí, en otras circunstancias me habría halagado sentirme tan delgado, casi transparente, pero allí me exasperó. “Señorita…”, insistí, ya no con el tono gentil del que busca encantar o conmover sino mordiendo la palabra, con la boca casi cerrada, el labio superior derecho contraído y los dientes casi juntos, como quien emite un gruñido. Ella se defendió, “señor, justamente estoy en el teléfono coordinando ese asunto”. ¿Sería verdad? No lo sé, lo único cierto es que dos minutos después, mientras yo rumiaba mi desesperación viendo a decenas de viajeros abordar “mi” avión, con la misma nostalgia de quien ve partir el último tren, la dama se me acercó.
“¿Señor?, estoy con el departamento de ventas en el teléfono, hay una solución, puede tomar este vuelo pero deberá desembarcar en Auckland para desde allí realizar una conexión a Jakarta vía Singapur; es nuestro deber consultar con usted…”. Confieso que en ese momento mi cultura geográfica se vio derepente obnubilada, ya no entendía si iba de este a oeste o de sur a norte o de cualquier otra posible combinación entre los puntos cardinales, solo escuché “Jakarta” y dije “sí”, sin dejar que la encargada terminara la frase. Ella, que solo esperaba la respuesta que la liberara del “gordo odioso de la visa”, sonrió satisfecha y dijo: “Entonces, espere un momento que debo llamar al cajero móvil”, “¿al qué?”, “al cajero móvil, señor”, “¿un cajero que se mueve?”, “exactamente, un cajero que le pueda cobrar”, “¿qué me pueda cobrar?”, “exactamente”, “¿cobrar qué?”, “la diferencia”, “¿la diferencia?”, “sí, la diferencia…”, “¡qué diferencia!”, “la diferencia que hay entre lo que usted abonó por el boleto vía Sydney y lo que debe abonar por el boleto vía Auckland”, “¿me está diciendo que debo pagar por un error que no fue mío?”, “como ya se le explicó, señor, la empresa vende pasajes y es responsabilidad…”, “como sea, señorita, si así fuera la empresa no debió permitir que me embarcara en Lima y que mis maletas fueran enviadas a Indonesia, ¿o no?”, “por eso mismo, estamos buscando una solución”, “¿una solución, cobrarme es una solución?”, “exacto, le acabamos de dar una solución, es su decisión tomarla o no…”, “¿y si no la tomo?”, “entonces no puede embarcarse esta noche y deberá regresar a su punto de origen”, “¿a mi punto de origen?”, “sí, al aeropuerto Jorge Chávez, de Lima”, “señorita, creo que mejor me comunica con el supervisor”, “señor, la supervisora soy yo”, “¿y si quiero hacer un reclamo a su superior?”, “pues tendría que hacerlo desde Lima…”.
Ignoro si el diálogo fue así de surrealista, pero hoy me parece que sí. La dama era inexpugnable y la técnica de “mírala fijo a los ojos con cara de jefe hasta que te baje la mirada”, no funcionó. Estaba decidida en sostener su empeño y no hallé ni argumento para persuadirla ni amenaza para intimidarla.
Finalmente cedí: “perfecto, voy a pagar la diferencia, dígame cuánto es…”.
No puedo decir que sea cierto pero creí ver cómo se dibujó una imperceptible sonrisa en sus labios y cómo sus ojos brillaron celebrando discretamente su victoria mientras saboreaba una por una las letras de la suma con la que estaba a punto de dispararme a quemarropa…
Wednesday, August 13, 2008
2- Estamos haciendo todo lo posible...
Mientras veía a los encargados de la compañía perderse detrás de una puerta que conducía a quién sabe dónde, sucedían varios procesos en mi cerebro, me acordaba de Adrián y su mala suerte en sus viajes, pensaba en mi jefe que ya había coordinado todo y prometió "encontrarnos en el aeropuerto el viernes a las siete" y me preguntaba qué tan buen augurio era éste que me detenía en el Arturo Merino Benites de Santiago un miércoles a las nueve de la noche justo al comienzo de esta aventura que debía llevarme a Java, cuya única referencia anterior que guardada mi memoria era su vecina Krakatoa, cuyo volcán estalló feroz a fines del XIX.
El vuelo que iba a Australia partía a las once, yo me hallaba técnicamente desembarcado y mis maletas rumbo a Jakarta, sin mí. Si bien cada día me desapego más de las cosas, no pude evitar cierta angustia cuando recordé eso de "en Indonesia es muy difícil encontrar tallas grandes" que me habían advertido reiteradas veces. ¿Llegar a Indonesia y no tener conmigo más que las dos mudas arrugadas que a regañadientes y a última hora había incluido en el maletín de la computadora? ¿Qué haría, cómo trabajaría, con qué me vestiría? Me habían dicho que en Indonesia todos eran "muy pequeños" y yo, seducido por el cine en blanco y negro, me sentía ya como el nuevo Johnny Weissmüller en taparrabos desplazándose veloz en medio de una multitud de un metro cincuenta… ¿Podría dictar clases así?
Divagaba entre Tarzán y mis desgracias cuando –¡eureka!– la luz llegó. "¡Si estoy en Chile!", grité en el abandonado mostrador y me dirigí hacia la puerta de embarque revisando mis bolsillos. Casi ni me di cuenta del policía que controló que no llevara ninguna bomba encima (me pregunto, ¿cuando me pasan el detector de metales por el vientre lo hacen porque es el procedimiento de rutina o porque sospechan que mis excesos ocultan un poderoso artefacto explosivo?).
Llegué a la sala de embarque habiendo revisado todos mis bolsillos y todos los del maletín de mi computadora, "si yo lo guardé por acá", me decía mientras avanzaba sin rumbo por los pasillos como un alcohólico en su peor momento. "¡Maldita sea!, ¿por qué no traje una agenda?", me preguntaba y me respondía "porque yo no tengo agenda"; entonces me di cuenta que todos mis teléfonos se esfumaron esa misma mañana cuando, al abandonar Lima, dejé, como quien suelta las últimas amarras, el teléfono apagado, muerto, irreversiblemente sordo y mudo.
Pero los viejos dioses nunca me han abandonado por completo y siempre han tenido, al menos, una rendija por la cual he podido huir de los malos ratos. Doblado y envejecido, hallé, entre las mil tarjetas inútiles de mi billetera, un viejo papel donde, al viajar a Chile hace tres o cuatro años, había anotado el puñado de teléfonos indispensables y, entre ellos, el de Gabriella.
Siempre un nombre de mujer ha iluminado mis sombras y ésta no fue la excepción. Gabriella trabaja en la aerolínea que me tenía varado en el aeropuerto de Santiago y siempre ha sido impresionante su capacidad de resolver problemas –razón por la cual los trabajos le llueven y los jefes se pelean por tenerla como la más eficiente asistente a la que se puede aspirar–.
En medio de mi voladora alegría llegó el aterrizaje forzoso –panzazo incluido– en las tierras áridas de la realidad. "¿Cómo la llamo?", los teléfonos públicos me pedían pesos "o tarjetas inteligentes" y, por donde pasaba, las tiendas se hallaban cerradas o cerrando como en una de esas películas donde alguien se empeña en bloquearle, al infeliz desafortunado, cada camino que logra abrirse. Empezaba a desesperarme, el sudor corría por mi frente en esa fría y desolada noche santiaguina y los corredores se hacían interminables, la presión andaría ya pasándome la factura y el pulso se encontraría construyéndome el ataque tan temido. Entre el ahogo y la cólera, deambulaba como uno de esos locos de mirada desorbitada que evitamos, cruzando la calle, cuando lo vemos venir por donde vamos.
Una vez más, la luz. La luz de una tienda abierta me llenó de esperanzas. "¿Tiene tarjetas para hablar por teléfono?" y la señorita comenzó con una lista de no sé cuántas tarjetas y compañías resumiendo sus virtudes y sonriendo después de "pesos" que pronunciaba al revelar el misterio del costos de cada producto. La corté –tratando de ser amable, con mi mejor sonrisa, con el gesto preciso, sosteniendo, como mi padre me enseñó de niño, la mirada–, "lo único que necesito, señorita, es una tarjeta que me permita hacer un par de llamadas a un teléfono celular". Sonrió –disimulando mal su desagrado– y me dijo "son tres mil pesos". Pagué en dólares, me dieron pesos y salí raudo hacia "mi" teléfono.
De todos los aparatos había escogido uno, ¿por qué? No tengo la menor idea, algún sociólogo explicará que se trata de una "apropiación de objetos públicos" ligada a alguna desesperada búsqueda de seguridad. No lo sé. Lo cierto es que mi teléfono me esperaba paciente. Los minutos pasaban y ya serían como las nueve de la noche.
Cualquiera que alguna vez han tratado de utilizar un teléfono apelando a estas benditas tarjetas sabe del suplicio que significa. Primero, hay que marcar un número "normal" de ocho o nueve dígitos, luego hay que soportar la odiosa voz electrónica que empieza con eso de "si desea las instrucciones en español, marque uno; if you want…". Luego, "ingrese usted el número de PIN" y el bendito guarismo tiene, en el mejor de los casos, una docena de dígitos cuyo desordenado azar y su tamaño minúsculo hacen del asunto una odisea. Finalmente, cuando la máquina te dice "ingrese en número de teléfono", es imposible hallar el papelito que "para que no se me caiga" uno puso demasiado diligente en el último bolsillo que revisamos. Hacerlo "a la primera" sin cometer errores debiera otorgar minutos extras…
"¡Gaby!". Mi saludo sonó a grito de auxilio. "Hola, ¿de dónde me llamas?", "del aeropuerto", "¿ha pasado algo?" y contar la historia y explicar y pedir "si puedes llamar a alguien" y la máquina que te interrumpe, "le quedan dos minutos" y Gabriella, amorosa y amable, "llámame en diez minutos". Y la voz electrónica de nuevo "le queda un minuto" y colgar y salir rumbo a la tienda a comprar otra tarjeta y ver, a lo lejos, que la puerta corrediza metálica se halla ya a media altura, hacer piruetas de contorsionista ruso (con el bendito maletín de la computadora en una mano, los papeles en la otra y el sobrepeso que, a esa hora y en esas circunstancias, es mayor que nunca), entrar a la tienda desfalleciente, rogar, "necesito, por favor, otra tarjeta", ver el rostro impávido de la dependiente que mira hacia el fondo a un sujeto que parece el gerente, que ha escuchado todo y que, solidario o ambicioso, afirma con la cabeza. "Son diez mil pesos", me dice cuando le pido "la más cara". Dólares van, pesos vienen, sigue el baile.
¿Cuántas veces llamé a Gabriella esa noche? No lo sé, era un miércoles y el reloj iba andando sin la menor piedad. "No logro comunicarme con el aeropuerto", "la persona encargada que yo conozco no está de guardia", "estoy llamando al responsable de turno", "nadie me responde", "ya hablé con quien podría ayudarte pero está de licencia", "me dicen que deben estar ya en la puerta de embarque" y, entre cada respuesta, diez o veinte minutos de espera, remarcar los cien mil malditos números, equivocarme veinte veces, ver la hora correr, pensar en mis maletas y entender que la buena voluntad de mi queridísima Gabriella se estrellaba contra la muralla de hierro del "estamos fuera de las horas de oficina".
Decidí ir a la puerta embarque. Medio centenar de personas ya estaban allí esperando la llamada final. En el mostrador se hallaban la misma mujer y el mismo sujeto que atendían en la sala de los "boletos de trasbordo". Conversaban de quién sabe qué y tenían una fila de diez personas esperando, yo fui el undécimo.
Los minutos no tenían la menor intención de durar más de sesenta segundos, así que el tiempo empezaba a estrangular la poca paciencia que me quedaba. Nueve o diez en la fila fueron despachados de inmediato con alguna respuesta de esas como para salir del paso. El décimo, que se encontraba discutiendo sobre algo de un pasaporte, era brasileño, no sabía español y hablaba un mal inglés (peor que el mío, si es posible), mientras que los chilenos no entendían ni media palabra de portugués y preguntaban en un inglés más masticado que el mío. El sujeto era brasileño y se había olvidado de su otro pasaporte, aquel donde estaba su visa a Australia, los chilenos entendieron que él tenía un pasaporte australiano que se le perdió en Brasil y todo se hizo un enredo que incluyó una llamada interminable a la Oficina de Migraciones de Sydney mientras yo entraba, sin darme cuenta, en un estado de excitación tal que mis piernas comenzaron a temblar casi epilépticamente.
No pude más, la sangre agolpada en mi cerebro no me dejó más espacio a la racionalidad y me acerqué con el gesto torcido, el maxilar tenso y la mirada torva. Interrumpí al encargado que se hallaba revisando su pantalla y le dije "señor, el avión parte en cuarenta minutos y no tengo ninguna respuesta". El sujeto me miró como preguntándose "¿quién diablos es este energúmeno?" y yo, balbuceando de cólera, le conté de nuevo todo como si el infeliz no se acordara de mí.
No varió su expresión. Me miró displicente, me dijo "estamos haciendo todo lo posible" y volvió a mirar su pantalla mientras yo lo empezaba a odiar irremediablemente.
El vuelo que iba a Australia partía a las once, yo me hallaba técnicamente desembarcado y mis maletas rumbo a Jakarta, sin mí. Si bien cada día me desapego más de las cosas, no pude evitar cierta angustia cuando recordé eso de "en Indonesia es muy difícil encontrar tallas grandes" que me habían advertido reiteradas veces. ¿Llegar a Indonesia y no tener conmigo más que las dos mudas arrugadas que a regañadientes y a última hora había incluido en el maletín de la computadora? ¿Qué haría, cómo trabajaría, con qué me vestiría? Me habían dicho que en Indonesia todos eran "muy pequeños" y yo, seducido por el cine en blanco y negro, me sentía ya como el nuevo Johnny Weissmüller en taparrabos desplazándose veloz en medio de una multitud de un metro cincuenta… ¿Podría dictar clases así?
Divagaba entre Tarzán y mis desgracias cuando –¡eureka!– la luz llegó. "¡Si estoy en Chile!", grité en el abandonado mostrador y me dirigí hacia la puerta de embarque revisando mis bolsillos. Casi ni me di cuenta del policía que controló que no llevara ninguna bomba encima (me pregunto, ¿cuando me pasan el detector de metales por el vientre lo hacen porque es el procedimiento de rutina o porque sospechan que mis excesos ocultan un poderoso artefacto explosivo?).
Llegué a la sala de embarque habiendo revisado todos mis bolsillos y todos los del maletín de mi computadora, "si yo lo guardé por acá", me decía mientras avanzaba sin rumbo por los pasillos como un alcohólico en su peor momento. "¡Maldita sea!, ¿por qué no traje una agenda?", me preguntaba y me respondía "porque yo no tengo agenda"; entonces me di cuenta que todos mis teléfonos se esfumaron esa misma mañana cuando, al abandonar Lima, dejé, como quien suelta las últimas amarras, el teléfono apagado, muerto, irreversiblemente sordo y mudo.
Pero los viejos dioses nunca me han abandonado por completo y siempre han tenido, al menos, una rendija por la cual he podido huir de los malos ratos. Doblado y envejecido, hallé, entre las mil tarjetas inútiles de mi billetera, un viejo papel donde, al viajar a Chile hace tres o cuatro años, había anotado el puñado de teléfonos indispensables y, entre ellos, el de Gabriella.
Siempre un nombre de mujer ha iluminado mis sombras y ésta no fue la excepción. Gabriella trabaja en la aerolínea que me tenía varado en el aeropuerto de Santiago y siempre ha sido impresionante su capacidad de resolver problemas –razón por la cual los trabajos le llueven y los jefes se pelean por tenerla como la más eficiente asistente a la que se puede aspirar–.
En medio de mi voladora alegría llegó el aterrizaje forzoso –panzazo incluido– en las tierras áridas de la realidad. "¿Cómo la llamo?", los teléfonos públicos me pedían pesos "o tarjetas inteligentes" y, por donde pasaba, las tiendas se hallaban cerradas o cerrando como en una de esas películas donde alguien se empeña en bloquearle, al infeliz desafortunado, cada camino que logra abrirse. Empezaba a desesperarme, el sudor corría por mi frente en esa fría y desolada noche santiaguina y los corredores se hacían interminables, la presión andaría ya pasándome la factura y el pulso se encontraría construyéndome el ataque tan temido. Entre el ahogo y la cólera, deambulaba como uno de esos locos de mirada desorbitada que evitamos, cruzando la calle, cuando lo vemos venir por donde vamos.
Una vez más, la luz. La luz de una tienda abierta me llenó de esperanzas. "¿Tiene tarjetas para hablar por teléfono?" y la señorita comenzó con una lista de no sé cuántas tarjetas y compañías resumiendo sus virtudes y sonriendo después de "pesos" que pronunciaba al revelar el misterio del costos de cada producto. La corté –tratando de ser amable, con mi mejor sonrisa, con el gesto preciso, sosteniendo, como mi padre me enseñó de niño, la mirada–, "lo único que necesito, señorita, es una tarjeta que me permita hacer un par de llamadas a un teléfono celular". Sonrió –disimulando mal su desagrado– y me dijo "son tres mil pesos". Pagué en dólares, me dieron pesos y salí raudo hacia "mi" teléfono.
De todos los aparatos había escogido uno, ¿por qué? No tengo la menor idea, algún sociólogo explicará que se trata de una "apropiación de objetos públicos" ligada a alguna desesperada búsqueda de seguridad. No lo sé. Lo cierto es que mi teléfono me esperaba paciente. Los minutos pasaban y ya serían como las nueve de la noche.
Cualquiera que alguna vez han tratado de utilizar un teléfono apelando a estas benditas tarjetas sabe del suplicio que significa. Primero, hay que marcar un número "normal" de ocho o nueve dígitos, luego hay que soportar la odiosa voz electrónica que empieza con eso de "si desea las instrucciones en español, marque uno; if you want…". Luego, "ingrese usted el número de PIN" y el bendito guarismo tiene, en el mejor de los casos, una docena de dígitos cuyo desordenado azar y su tamaño minúsculo hacen del asunto una odisea. Finalmente, cuando la máquina te dice "ingrese en número de teléfono", es imposible hallar el papelito que "para que no se me caiga" uno puso demasiado diligente en el último bolsillo que revisamos. Hacerlo "a la primera" sin cometer errores debiera otorgar minutos extras…
"¡Gaby!". Mi saludo sonó a grito de auxilio. "Hola, ¿de dónde me llamas?", "del aeropuerto", "¿ha pasado algo?" y contar la historia y explicar y pedir "si puedes llamar a alguien" y la máquina que te interrumpe, "le quedan dos minutos" y Gabriella, amorosa y amable, "llámame en diez minutos". Y la voz electrónica de nuevo "le queda un minuto" y colgar y salir rumbo a la tienda a comprar otra tarjeta y ver, a lo lejos, que la puerta corrediza metálica se halla ya a media altura, hacer piruetas de contorsionista ruso (con el bendito maletín de la computadora en una mano, los papeles en la otra y el sobrepeso que, a esa hora y en esas circunstancias, es mayor que nunca), entrar a la tienda desfalleciente, rogar, "necesito, por favor, otra tarjeta", ver el rostro impávido de la dependiente que mira hacia el fondo a un sujeto que parece el gerente, que ha escuchado todo y que, solidario o ambicioso, afirma con la cabeza. "Son diez mil pesos", me dice cuando le pido "la más cara". Dólares van, pesos vienen, sigue el baile.
¿Cuántas veces llamé a Gabriella esa noche? No lo sé, era un miércoles y el reloj iba andando sin la menor piedad. "No logro comunicarme con el aeropuerto", "la persona encargada que yo conozco no está de guardia", "estoy llamando al responsable de turno", "nadie me responde", "ya hablé con quien podría ayudarte pero está de licencia", "me dicen que deben estar ya en la puerta de embarque" y, entre cada respuesta, diez o veinte minutos de espera, remarcar los cien mil malditos números, equivocarme veinte veces, ver la hora correr, pensar en mis maletas y entender que la buena voluntad de mi queridísima Gabriella se estrellaba contra la muralla de hierro del "estamos fuera de las horas de oficina".
Decidí ir a la puerta embarque. Medio centenar de personas ya estaban allí esperando la llamada final. En el mostrador se hallaban la misma mujer y el mismo sujeto que atendían en la sala de los "boletos de trasbordo". Conversaban de quién sabe qué y tenían una fila de diez personas esperando, yo fui el undécimo.
Los minutos no tenían la menor intención de durar más de sesenta segundos, así que el tiempo empezaba a estrangular la poca paciencia que me quedaba. Nueve o diez en la fila fueron despachados de inmediato con alguna respuesta de esas como para salir del paso. El décimo, que se encontraba discutiendo sobre algo de un pasaporte, era brasileño, no sabía español y hablaba un mal inglés (peor que el mío, si es posible), mientras que los chilenos no entendían ni media palabra de portugués y preguntaban en un inglés más masticado que el mío. El sujeto era brasileño y se había olvidado de su otro pasaporte, aquel donde estaba su visa a Australia, los chilenos entendieron que él tenía un pasaporte australiano que se le perdió en Brasil y todo se hizo un enredo que incluyó una llamada interminable a la Oficina de Migraciones de Sydney mientras yo entraba, sin darme cuenta, en un estado de excitación tal que mis piernas comenzaron a temblar casi epilépticamente.
No pude más, la sangre agolpada en mi cerebro no me dejó más espacio a la racionalidad y me acerqué con el gesto torcido, el maxilar tenso y la mirada torva. Interrumpí al encargado que se hallaba revisando su pantalla y le dije "señor, el avión parte en cuarenta minutos y no tengo ninguna respuesta". El sujeto me miró como preguntándose "¿quién diablos es este energúmeno?" y yo, balbuceando de cólera, le conté de nuevo todo como si el infeliz no se acordara de mí.
No varió su expresión. Me miró displicente, me dijo "estamos haciendo todo lo posible" y volvió a mirar su pantalla mientras yo lo empezaba a odiar irremediablemente.
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