Wednesday, April 8, 2009

26.- La inocencia del culpable

Todos los políticos son culpables, o casi todos. Si los juzgara un tribunal formado por hombres “en el buen sentido de la palabra” buenos –como decía Machado–, nueve de cada diez darían con sus huesos y sus delitos en la cárcel. El poder corrompe y pocos pasan por la Casa de Gobierno sin ensuciarse, con dinero o con sangre, las manos; por eso crean leyes con puertas falsas, dictan normas especiales y tejen un entramado jurídico que garantiza su impunidad.

En el Perú, un tribunal civil ha condenado al ex presidente Alberto Fujimori a veinticinco años de prisión como “autor mediato” de una serie de crímenes que incluyen el secuestro, la tortura y el asesinato. ¿Somos acaso una excepción? ¿El poder judicial peruano, donde los jueces honrados son las honradas excepciones y en el que la justicia “es una subasta”, ha sabido alzarse sobre sus propias miserias para dictar un fallo histórico, o Fujimori –el primer presidente democrático condenado por crímenes contra la humanidad en Latino América– ha sido vencido por las mismas circunstancias que lo encumbraron?

¿Es Fujimori culpable? Un tribunal formado por tres jueces dice que sí y no le faltan razones de hecho ni de derecho para justificar su sentencia en más de setecientas páginas. Mañana, los juristas discutirán sobre la legalidad del fallo y el veredicto se caerá por sus incongruencias o permanecerá por su solidez; pero hoy, al menos hoy, Fujimori es culpable. ¿Es el único culpable?

El año 1990, en las postrimerías del primer gobierno de Alan García, el Perú andaba al borde del abismo, empujado al barranco por la inflación desbordada a niveles africanos, la corrupción voraz y descarada, y la violencia asesina y salvaje de Sendero Luminoso (amén de los secuestros y bombazos del MRTA y de la impunidad mafiosa del paramilitar Comando Rodrigo Franco). Entonces, la esperanza era una mala palabra y pensar que los jóvenes pudieran rehacerse y rehacer un país desolado era tanta ficción como pretender una noche entera sin apagones, sin coches bomba, sin asesinatos selectivos o masivos, sin la sangre chorreándose por todos los costados de la república.

Fujimori se convirtió en presidente de un país en medio del caos. Llegó al poder porque las circunstancias se lo permitieron; venció a Vargas Llosa merced a una campaña de terror (sembrando más miedo en el miedo) financiada por el aprismo y dirigida por el mismo García (según él mismo ha confesado hace poco). Fujimori llegó al poder y combatió y derrotó al terrorismo y a la inflación, esos dos monstruos que lo devoraban todo. Pero para hacerlo convocó a sus propios monstruos: la autocracia criminal y la corrupción rebobinada.

Nadie nos va a contar qué es salir a la calle sin saber si nos va a reventar una bomba a media cuadra o si mañana alguien que conocemos va a ser asesinado. Nadie va a contarles, tampoco, a las decenas de comunidades campesinas, lo que es vivir entre dos fuegos, entre el horror del terrorismo en nombre de la revolución y la bestialidad del terrorismo en nombre de la democracia; ellos, que no sabían si los iba a matar un comando de Sendero Luminoso o una patrulla del Ejército, recuerdan también.

Verdad es que Fujimori rescató al Perú cuando el país se deshacía en medio del pánico inútil de la derecha egoísta y de la inutilidad política de la izquierda pasmada, verdad es que hubo gente honrada –y sí que la hubo– que durante el fujimorismo trabajó desinteresadamente por salvar al Perú; pero también son verdades los crímenes, la corrupción, los asesinatos, la captura del poder, la desfachatez de quienes se sentían intocables, la perversión de la sociedad, la arrogancia de los que tenían las botas y las armas, y la soberbia de un vencedor que no tuvo la grandeza –ni el valor ni la decencia– de irse a su casa.

Fujimori nos devolvió el país para quitárnoslo; eso es lo que se condena más allá de la jurisdicción de los jueces. No se puede combatir el terror con el terror ni la miseria con acciones miserables, no se puede salvar a un país para convertirlo, por complicidad o por miedo, en el botín de una banda de ladrones.

Fujimori es víctima de su soberbia. Regresó de su exilio japonés creyéndose invencible y la correlación de fuerzas, el ajedrez político, esas circunstancias que hace diecinueve años le dieron la victoria, ahora lo condenan.

La política generalmente es un asco y la peruana, tan plagada de ignorantes, ladrones y traidores, no es una excepción. A Fujimori le debemos haber recuperado el país pero, también, nos debe él muchos crímenes que podrán o no demostrarse ante un tribunal. ¿Tenemos, acaso, que olvidar la corrupción, los asesinatos y el envilecimiento de la política, tenemos que “dejar hacer, dejar pasar”, tenemos que aceptar que fue “el mal menor” y decirle “gracias”, tenemos que voltear la página en nombre de la reconciliación nacional, tenemos que tragarnos el asco y decir que “sí”, que “se la debemos”? Esa es la gran pregunta que cada quien responderá ante el tribunal de su propia conciencia, si la tiene.

Más allá de los tecnicismos, la condena es justa porque quien combate el mal ajeno para implantar su mal, no tiene nada de inocente. ¿Sus enemigos son peores? A lo mejor. Habrá que pelear porque ellos también vayan presos y porque a la gente buena alguna vez se le haga justicia.

Fujimori es culpable y ya está escrito; tal vez su única, su irreversible inocencia, fue creer que sus enemigos iban a tener con él menos ferocidad que la que él tuvo con ellos cuando las circunstancias lo apañaban.

1 comment:

Che said...

José Luis:

Totalmente de acuerdo contigo.

El fin no debe justificar los medios, si estos son iguales o quiza
peores que el mal para cuyo combate se emprenden tales acciones.

La democracia exige respeto a todos los derechos y respeto a los
derechos de todos.

Quiien equivoca el camino - los medios - yerra en el fin.

Saludos

Charly