Monday, May 25, 2009

32.- Tokio, metro y puertas cerradas

Cada estación del metro de Tokio (telaraña que pareciera interminable y que funciona con la precisión de un reloj suizo) tiene una personalidad especial. El turista que tuviera el tiempo necesario podría dedicarse a bajar en cada uno de los paraderos, subir a la superficie y recorrer las calles de los alrededores para descubrir los muchos “japones” que alberga la ciudad (se dice que “Japón es mucho más que Tokio”; habría que agregar que “no hay un solo Tokio” sino que la capital es de una diversidad sorprendente).

Como pasar por todas las estaciones requeriría media vida, visitar cuatro o cinco permite al turista darse una idea de lo que sucede “allá arriba”, en las diferentes partes de esa inmensa metrópoli. Shibuya, por ejemplo, es una estación “normal”, con gente común y silvestre andando por las calles atestadas e invadiendo comercios de todo tipo. Ginza es la “fashion”, una estación donde se congregan los más grandes locales de las tiendas “de marca” y donde todo parece brillar un poco más. Shinjuku es la de los jóvenes, tiene un aire provocador y rebelde, abundan las tiendas “para adultos” y no es raro que, haciéndose el distraído, algún sujeto te ofrezca mujeres (dicho sea de paso, fue el único lugar en donde había un patrullero). Kannai quiere parecerse a Shinjuku pero con menos pretensiones (será porque queda a las afueras de Tokio y aún conserva, si es posible, un aire algo más provinciano). Por último, la estación central de Yokohama (una ciudad que ha sido absorbida por el crecimiento urbano de Tokio) es un poco de todo, con centros comerciales, tiendas, restaurantes, cines, supermercados, karaokes, bares y especímenes humanos de todo tipo.

Alrededor de la estación de Yokohama se levanta un sinnúmero de edificios de 5 ó 6 pisos en una especie de maraña interminable que incluye pasajes estrechos, callejuelas oscuras, trastiendas con botaderos y todo lo que podría poblar la imaginación postmodernista y urbana de cualquier autor de novelas de suspenso policial protagonizadas por mujeres libérrimas y atractivas, guardias de mirada torva, sujetos de evidente malvivir, jóvenes drogadictos y, claro, la Yakuza, la “Cosa Nostra” japonesa.

Un tipo de negocio llamó mi atención. Se trataba de discretas puertas cerradas, con uno o varios matones vestidos de escrupuloso traje negro que controlaban la entrada. Un letrero anunciaba algo en japonés y había fotos de chicas y precios en yenes. Lo primero que podría uno pensar es que se trataba de un bar de mujeres dispuestas (tipo los “gogo bar” de Tailandia) pero los montos anunciados (entre 30 y 70 dólares) eran muy tímidos para una de la ciudades más caras del mundo.

Intenté entrar en varios de ellos; en todos me di con el sujeto inmenso que cruzaba los brazos en forma de equis sobre el pecho (lo que significa “no”) y repetía “onli yápanis” que, después lo comprobé, era la única frase en inglés que se habían aprendido. Recorrí las calles y hallé muchos de estos establecimientos y fui rechazado en todos, en algunos casos ni siquiera podía acceder al edificio que anunciaba varios locales porque el “onli yápanis” y los brazos cerrados me impedían el paso de inmediato.

No sé cuántas puertas toqué ni en cuántas ocasiones volví sobre mis pasos, lo cierto es que, por una sola vez, comprendí y me sentí solidario con el vendedor que va de casa en casa sin perder la sonrisa tras sucesivos rechazos.

Finalmente, la terquedad, un letrero en cristiano (“Bambina”), una puerta entreabierta, un guardia distraído, un administrador al teléfono y un salón vacío jugaron a mi favor. La ausencia del guardia permitió que avanzara más allá de la puerta y que me encontrara cara a cara con quien (eso lo supe después) se hallaba encargado del local. El gerente intentó decirme “no” pero, supongo que obligado por la cortesía de su posición, trató de explicarme la negativa, en su inglés elemental. Aprovechando la confusión que en él causaba su manejo inútil de la lengua de Shakespeare, pasé a la ofensiva. Le respondí que no comprendía su explicación pero que lo único que quería saber era de qué se trataba el negocio “porque soy escritor” (frase mágica que abre puertas tanto como el “soy poeta” solivianta voluntades…).

Cuando ya nos encontrábamos, agotado –él– de intentar ordenar su inglés y preocupado –yo– de que fuera a echarme, pareció suceder algo mágico. Se le iluminó el rostro, dijo “un momento” y se marchó dejando al hombre de negro (que ya había aparecido) “cuidándome” y esperando la orden para expulsarme.

A los cinco minutos apareció una muchacha alta, cuyas formas, desproporcionadamente generosas para el común de las japonesas, resaltaban debajo del ceñidísimo vestido de seda cuyas costuras resistían –indómitas– la presión de las notables curvas.

Mirándome a los ojos, sin pestañar, me extendió la mano y –suave y segura y en perfecto inglés– me dijo: “Hola, me llamo Yuki y te voy a explicar de qué se trata esto”. En ese mismo instante una gota –traidora y perversa– resbalaba por mi mejilla ensuciando para siempre mi segura y estúpida sonrisa...

Tuesday, May 19, 2009

31.- Minifaldas y tacones

Según una amiga chilena (cuyos escotes –es necesario confesarlo– me han distraído repetidamente en las últimas lunas), las mujeres orientales lucen las piernas porque no pueden mostrar lo que Natura (tan generosa con ella) les negó a las hijas de Asia. La verdad es que ya no sé si fue ella o fui yo quien hizo la afirmación, es más, recuerdo que en la misma noche y en la misma charla, una hermosa china participaba explicándonos algo que ahora me es imposible recordar con claridad y que bien pudo ser lo que arbitrariamente le acabo de atribuir a la santiaguina. Sucede que –sigamos con las confesiones– la minifalda negra de la amable descendiente de Confucio me distrajo, sin contemplaciones, de los botones agobiados de la blusa de encajes de la compatriota de Neruda, y sus extremidades –caprichosamente entrelazadas– se impusieron, haciendo del norte sur, consiguiendo que mi concentración –ya de natural limitada y vaga– se dispersara sin reparo en paraísos que la palabra –por desgracia y felizmente– no puede reproducir.

No será difícil, entonces, imaginar cómo anduvo congestionado mi raciocinio paseando por las calles de Tokio y Yokohama en las que turbas desenfrenadas de jóvenes japonesas ponían en tela de juicio mi ya improbable serenidad.

Yo no sé por qué, si será porque es lo que mejor pueden lucir o si será por tradición, por vanidad, por necesidad, por el alma calurosa o por alguna razón que se pierde en la noche de los tiempos (pienso en posibilidades que van desde alguna costumbre arrastrada desde los días de los samuráis hasta la consecuencia directa de la ocupación norteamericana después de esas aberraciones que fueron Hiroshima y Nagasaki), lo cierto es que las mujeres japonesas, despreciando el frío feroz de diciembre, lucían las piernas con minifaldas que en algunas sociedades serían poco menos que escandalosas (ni qué decir del Irán de los ayatolas, donde acabarían en la cárcel, o del Afganistán de los talibanes, donde las lapidarían; sin olvidar, claro, a los fanáticos cristianos y católicos que –como ya no pueden quemar a nadie con el pretexto de la brujería– se santiguarían espantados y encenderían hogueras morales donde piadosamente las achicharrarían a todas, junto con los que no piensen o actúen como ellos).

No se trata de la minifalda que lucen muchas mujeres en nuestras tierras cuando –coquetas ellas– van a una fiesta, a una discoteca o a una reunión más o menos importante en la que desean impresionar a alguno o algunos de los invitados. No. Se trata de un uso absolutamente generalizado, masivo, común, multitudinario, tanto así que ver a una mujer con faldas largas o pantalones resulta, de alguna manera, provocador.

Claro que ni todas las piernas son conmovedoras ni todos los andares dignos de la pasarela, sin embargo, ninguna se desanima. Llama la atención que no sean pocas las que tienen un transitar “patichueco” que a un occidental le parecería bastante desagradable pero que en Japón no incomoda y hasta gusta. Una japonesa me dijo que había las de “piernas abiertas” y las de “piernas cerradas”, según la dirección, hacia adentro o hacia fuera, a la que apuntaran sus piernas al avanzar libérrima y gloriosamente por las calles.

Las minifaldas van siempre acompañadas de tacos feroces, inmensos y reveladores, que encumbran a las féminas hasta alturas que hacen de una sencilla caminata una exhibición punzante pero arrulladora. Todo ejecutado con sobriedad y sin dudas, como quien sabe lo que hace y por qué lo hace.

Es de celebrar que no exista ningún remilgo puritano en estas mujeres que deambulan dueñas de su mundo, sin reparar en nadie. Y es que en Japón todos parecen ser mutua y correspondientemente invisibles, por eso del “espacio del otro” y la “privacidad” nadie hace contacto visual, las miradas no se intersecan y la gente ha desarrollado un talento atroz para mirar a través del otro como si verdaderamente no interrumpiera su campo visual –algo que, dicho sea al pasar, un obeso irrecuperable pudiera encontrar deliciosamente novedoso–. Sin duda en ese ignorarse (llámese indiferencia o respeto) reside mucha de la libertad de las bisnietas posmodernas de la Eva desnuda y trasgresora de nuestras culposas y púberes lecturas bíblicas.

En estas chicas no hay sonrojos, no hay melindres ni gazmoñerías, avanzan confiadas en sí mismas. Si tienen que sentarse, lo hacen, sin aspavientos; cruzan generosamente las piernas y siguen su rutina, sin vergüenzas ni mojigaterías. No vi a ninguna que anduviera (como sí lo hacen nuestras latinas asustadas por eso de la culpa y del pecado, del “qué dirán” y de “lo debido”) jalándose la falda hacia abajo, doblando incómodamente las piernas, pretendiendo esconder en el pequeño continente de la tela el contenido desbordante de los muslos, como si a último momento, en la hora undécima, se arrepintieran de sus minúsculas prendas.

Ni en Tokio ni en Yokohama –habrá que agradecerlo–, caminan las muchachas pidiendo disculpas; saben lo que hacen o, al menos, parecen saberlo. Deambulan, ni escandalosas ni acomplejadas, mostrando libremente lo que se les antoja mostrar y por esa maravillosa emancipación del “porque me da la gana”.

Saturday, May 9, 2009

30.- Madre

Es difícil hablar de la madre sin caer en la cursilería o en la exageración grandilocuente. Tendemos a convertirlas en íconos de lo venerable y hasta nos las arreglamos para ponerle una madre a Dios, humanizándolo y haciéndolo nacer de una mujer “inmaculada”.

La madre enciende pasiones y con ella nadie puede competir (“todito te lo consiento / menos faltarle a mi madre”, dice el poema). Ella está sobre todas las cosas y se debe mantener fuera de cualquier disputa. Su sola mención en la boca del enemigo (“con mi madre no te metas”), abre las puertas de la furia y anuncia la tragedia (porque “la madre es sagrada”).

Juramos en su nombre como se jura ante la divinidad (“por mi madre”) y el más descastado de los criminales puede emocionarse frente a la anciana de mirada extraviada en la vejez que, si pudiera hablar (y si se diera cuenta y si fuera honrada), le diría lo arrepentida que está de no haberlo abortado. Porque todos tuvimos madre y muchas de ellas deben haberse preguntado “qué hice tan mal” cuando vieron las fieras en las que se convirtieron sus hijos.

Hay buenas madres y hay madres perversas, madres que se prostituyen por sus hijos y madres que prostituyen a sus hijas, madres que son capaces de tolerar la peor humillación porque sus hijos no tengan que sufrirla y madres que lanzan a sus hijos a la infamia porque son ambiciosas. Hay madres que dan alas y crean seres humanos libres y madres que castran y crían acomplejados. Madres que enseñan dignidad con el ejemplo y madres que hacen de sus hijos lobos para disfrutar –ellas– de sus presas. Hay para todos los gustos y, generosas o avarientas, ejemplares o viles, dedicadas o egoístas, monógamas o promiscuas, todas son madres.

La maternidad es un hecho biológico que se repite incansablemente sobre la tierra; nos reproducimos por la necesidad de seguir existiendo y el sexo (y el goce de la sexualidad, eso que tanto condenan –o envidian– algunos tonsurados) no es sino el mecanismo con el que la naturaleza nos convence amablemente de seguir embarazándonos y pariéndonos.

Las fiestas sirven para celebrar, pero también justifican nuestros olvidos. Podemos tener postergada a la madre todo el año pero si la llamamos en “su día”, nos sentimos bien. Pasa con ella, pero también pasa con el padre, los hermanos o los amigos. No olvidarse de “la fecha” suele interpretarse como una virtud y hacerlo, aunque del mejor hijo se trate, coloca al desmemoriado en la vergüenza (la culpa es religiosa pero la alimentan muy bien los comerciantes).

La celebración del “día de la madre” se remonta a los tiempos de los griegos y probablemente ya se festejaba antes. La primera madre es la tierra, la madre de todos, y la tierra siempre se identificó con lo femenino, con la fertilidad y la reproducción, esas cualidades sin las cuales esta vida no existiría y este planeta azul sería nada más que un páramo yermo como tantos miles.

Cada país escoge la fecha que mejor le acomoda; muchos celebran el segundo domingo de mayo porque los mercaderes se pusieron de acuerdo en prostituir el día que la norteamericana Ana Jarvis quiso (en recuerdo de la muerte de su propia madre) que estuviese dedicado a cada una de las progenitoras que en el mundo son o han sido; otros escogieron el primer domingo y otros se decidieron por el 10 de mayo (que fue la fecha original sugerida por Jarvis aunque luego se cambió –supongo que por razones prácticas– al domingo más próximo). Muchas naciones prefieren que coincida con alguna celebración “femenina”, ya sea civil, como el día de la mujer (8 de marzo) o la primavera boreal (21 de marzo), o religiosa, como la Asunción (15 de agosto) o la Inmaculada Concepción (8 de diciembre). Y no faltan los que aprovechan alguna festividad nacional, el recuerdo de alguna sacrificada heroína o el nacimiento de la reina para conmemorar a todas las progenitoras del reino, del sultanato o de la república.

En Indonesia, hoy, amanece otro domingo más (acá el día de la madre es el 22 de diciembre) y a nadie le importa que en Lima –y en muchas grandes ciudades “del otro lado”– miles de hijos olvidadizos o poco previsores estén buscando desesperados un regalo (descubriendo, una vez más, que no saben qué regalarle a sus madres porque ignoran sus gustos y porque jamás conversan con ellas).

Yo, de alguna forma estaré allá (cuando acá sea la noche y allá amanezca), acompañando a mis hermanas y a mi hermano, al pie del acantilado donde hace nueve años arrojamos las cenizas de nuestra madre, cinco años después de las de nuestro padre. Nosotros, que no vivimos una sola jornada sin pensarlos, estaremos allí (donde jamás he vuelto y donde acabaré mis pasos), con las rojas rosas de siempre, celebrándolos.

Sunday, May 3, 2009

29.- Japón o el silencio

Llegar a Japón es llegar al silencio. La conversación bullanguera, esa que en muchos pueblos es indispensable (y que a los latinos nos acompaña desde la sala de partos hasta el velatorio), parece haber sido erradicada como si de un estigma se tratara.

El respeto por la paz de los demás (que, en buen romance, es la otra cara de la moneda de la obsesión nipona por la propia tranquilidad) llega a niveles casi esquizofrénicos para quienes hallamos en el bullicio un compañero de jornada que simboliza que estamos rodeados de seres humanos y que seguimos vinculados al mundo de los vivos. El silencio es la ley de los cementerios (y solo cuando ha concluido el funeral y todos se han marchado).

Ni bien se baja del avión en el aeropuerto de Narita, amables damas de sonrisa fabricada y rostro pétreo te indican por dónde ir. Una vez en Migraciones, el encargado de aceptarte o no en el Imperio del Sol Naciente revisa los pasaportes con empeño detallista pero sin emitir palabra; al comprobar la veracidad de las visas, pone el sello y con la misma gélida amabilidad concede el paso. Recoger el equipaje es el mismo silencioso procedimiento y, si nada hay que declarar, la salida será guiada por más corteses, fríos y callados uniformados. Al atravesar la puerta que lleva a la sala donde en los aeropuertos latinoamericanos esperan decenas de familiares y taxistas peleándose por llevarnos (o llevarse nuestra maleta), en el aeropuerto de Tokio no hay nadie, o casi nadie.

Comprar el boleto para bus que se dirige a Yokohama o esperarlo bajo el frío del invierno implica estar rodeado del mismo mutismo. Viajar en el trasporte público, sea en el metro –esa maravillosa, eficiente, limpia y funcional telaraña– o en los buses –que pasan a la hora establecida y en los cuales a nadie se le ocurre sentarse en los asientos reservados para las embarazadas o los ancianos– es una experiencia traumática para cualquiera que relacione el bullicio con el hecho elemental de saberse vivo.

Pregunté a algunos japoneses (con los que pude comunicarme que, contrariamente a lo que uno pudiera suponer, la inmensa mayoría o no sabe o no quiere hablar en inglés) por las razones de su conducta, por los motivos de ese obsesivo deseo de no interrumpir la paz ajena, de no violar, con palabras de más, con ruidos molestos o con intervenciones en voz alta, esa pública intimidad de quienes caminan por las calles como aislados por cápsulas invisibles e impenetrables. Pocos pudieron explicarlo, alguno dijo “educación”, alguno pronunció “respeto”, pero varios aceptaron –sobre todo los más jóvenes y después de las insidiosas preguntas de rigor– que la razón pasaba, sí, de alguna manera, por la cortesía con el vecino pero que, en el fondo y en realidad, había una gran presión social, un temor reverencial a la censura, “al que dirán” de esos mayores que miran –siempre en silencio– con ojos de desaprobación. No sentí que era por el “es bueno respetar a los demás” sino que, más bien, era por el “no quiero que los demás se metan conmigo” que la gran mayoría se comportaba así.

Un ejemplo claro de esa consciencia de “hacerlo así porque es así como se hace” se encuentra en la respuesta que un japonés le dio a mi amigo Eddie. Estaban ambos por cruzar la pista, en una esquina, frente a un semáforo, por la línea de cebra, era tarde y, a pesar de que no había un automóvil alrededor ni a lo lejos, el nipón no movía ni un músculo esperando, inconmovible, que la luz pasara del rojo prohibitivo al verde permisivo para atravesar la calle. Curioso y temiendo violar alguna norma, mi amigo argentino le preguntó “¿hay alguna multa por cruzar cuando el semáforo está en rojo?”, a lo que el súbdito de Akihito contestó parco, “no creo”; “¿entonces, si no viene ningún carro y no hay multa, por qué no cruza”, “porque sería estúpido”, respondió el japonés amable y seco.

Al contrario de Singapur, no se trata de que exista (como en la isla-estado) el punitivo rigor de las multas feroces (por ejemplo, los 350 dólares que cuesta ser sorprendido comiendo en el metro), es que existe el rigor, más feroz, más poderoso, más disuasivo, de la censura pública, de avergonzarse y avergonzar a la familia siendo el “estúpido” que no hace lo que “se tiene que hacer” y rompe las reglas.

Los jóvenes (que suelen ser los que andan dinamitando normas y costumbres por esa saludable necesidad de ir contra la corriente) tampoco transgreden las fórmulas establecidas por el tiempo, y van callados. Sin embargo, se han atrincherado en la modernidad (esa arma que manejan con una habilidad que horroriza a los mayores), rompen el claustro (acá se entiende lo de “claustrofóbico”) y escapan del silencio por las rendijas digitales de sus celulares (que todos tienen), agarrándose feroces de los millones de mensajes de texto que lanzan al mundo desde esos teléfonos (con los timbres callados y los vibradores como única y sensual advertencia). Como modernos robinsones, arrojan miles de botellas al mar del ciberespacio para decirle a quien quiera escucharlos (o, más bien, leerlos) que están vivos, que tienen palabras y que la comunicación –que todos sabemos que corre el riesgo, sí, de hacerse tan ruidosa que nadie escuche– es mejor, siempre es mucho mejor, que ese silencio que convierte el cuerpo en una isla y el alma en un cementerio.

Monday, April 27, 2009

28.- Papa Noel en bikini

El gringo es mi amigo y tiene en Bangkok tanto tiempo como yo tengo en Yakarta; es diciembre y esos cinco meses han sido para él toda una vida, toda una nueva vida. Ha descubierto este mundo desbordado de mujeres entusiasmadas (por la paga o por la visa) y se encuentra encantado.

Hemos quedado en reunirnos en un centro comercial (uno de las decenas de centros comerciales superpoblados que tiene la capital de Tailandia); es 24 de diciembre y eso no significa nada para los budistas. Pero los comerciantes, que son budistas pero no son tontos, saben complacer a los clientes en un país con tantos turistas occidentales. Abundan los adornos alusivos a la fecha (los que no tienen contenido religioso), así, campean los árboles con nieve artificial, los renos de plástico y el sobrealimentado Papa Noel con sus incomprensibles y coloradas ropas polares en medio de calor tropical.

El gringo que me va a presentar a su chica. La conoció en un lugar de nombre extraño para un país oriental, “Soi Cowboy”, “ella trabaja allí, luego te explico”, me había dicho por teléfono. Tomamos el metro aéreo que, después de estar peleándonos con las explicaciones, no nos parece tan complicado (no por la abundancia de líneas, que son pocas, sino por lo caótico del lugar). Bajamos en algún punto que él ya conocía (“aunque salgo pocas veces de la zona en donde vivo”) y caminamos.

Pasamos, primero, por un restaurante irlandés. La cerveza dura poco porque de tanto conversar la hora nos ha traicionado. “Debemos ir antes de que alguien más se la lleve”, “¿antes de que otro se la lleve?, ¿acaso no trabaja allí?”, “ya vas a entender”, replica mientras paga la cerveza y salimos como apurados. Es caminar unas cuantas cuadras, atravesar una pista amplia y congestionada, y llegamos.

Hay una especie de portal que se abre ante una calle colorida, bulliciosa, carnavalesca, llena de luces titilantes (“normalmente hay muchas luces, pero hoy hay un poco más, ¿será por la Nochebuena?”). En la entrada hay un gran aviso como de bienvenida que reza “Soi Cowboy”. Atravesamos la puerta imaginaria y entramos a una calle muy parecida a las que abundan en Pattayá. Muchos locales, uno tras el otro, con decenas de chicas en la puerta que, moviendo al aire sus ropas ligeras (muchas veces disfraces de enfermeras o de escolares) nos invitan a pasar a los “go-go dancers”.

Yo me ahogo en ese mar de mujeres pero el gringo no se distrae. Eso que las hay de todo tipo. En su mayoría, son más jóvenes y más atractivas que las de la playa. “Acá están las mejores chicas”, afirma mi amigo, “están controladas por el gobierno que hace inspecciones regulares y todas pasan por exámenes médicos; además estas chicas son absolutamente confiables, están registradas y nunca se van a arriesgar a perder el trabajo engañándote o robándote”.

El lugar lo había conocido a las pocas semanas de haber arribado a Bangkok. Fue arrastrado por unos compañeros de trabajo que intentaban matar el estrés semanal “con algunas cervezas y buena compañía”.

“Llegamos y, como ahora lo estamos haciendo tú y yo, vinimos directamente a este local, que dicen que es el mejor. Éramos media docena de extranjeros y tomamos muchísimo alcohol, así que todos estaban contentos. Las chicas nos rodeaban y nos bailaban; en la barra, en algún punto de la noche, que fue larga, todas estaban desnudas. Ese día nadie hizo nada, no pasamos de jugar un poco con ellas y nos fuimos. Yo regresé, solo, una semana después. A mi chica la había visto desde ese viernes y volví por ella. Se sentó conmigo y me explicó –con su inglés elemental– cómo era que funcionaba exactamente el sistema. Antes, me pidió que le comprara un trago, porque esa es parte de sus obligaciones, hacer que nosotros, los clientes, tomemos mucho y que, además, les invitemos todas las bebidas que nos pidan, cuanto más, mejor. Uno puede pasarse toda la noche con la chica, como si fuera tu novia, solo tienes que comprarle cada cierto tiempo otra bebida. Las chicas sonríen mucho y se ponen cada vez más amables, la idea, claro, es entusiasmarte lo suficiente como para que quieras irte con ellas y eso tiene sus procedimientos. Una vez que has decidido pasar la noche acompañado, tienes que hablar con la mama-san, la madame del lugar. Con ella negocias el precio de la salida –que suele estar entre los 20 y 30 dólares, aunque esa noche, en nombre del nacimiento del dios de los cristianos, le había recargado un treinta por ciento– y, una vez que pagas, la chica es tuya. Claro, es tuya, quiere decir que puede salir contigo, pero allí tienes que iniciar una segunda rueda de negociaciones, ahora con la susodicha elegida, para determinar cuánto le pagarás por irse contigo a tu casa. Generalmente cobran entre 70 y 80 dólares por toda una noche, con todos los servicios incluidos. Una vez terminado el trámite ella se convierte en tu novia y actúa como tal, puedes irte a cenar primero o a tomarte un café y después puedes irte a la casa y ella se comporta como si realmente fuera tu pareja. No hay riesgo alguno, porque, como te he dicho, todo está muy controlado…”.

En esa calle curva hay unos veinte establecimientos, además de unos diez restaurantes donde también las chicas esperan clientes. Entramos al local preferido de mi amigo y me presenta a su novia (“a ella le encanta decir que es mi novia, he pasado con ella como tres fines de semana; vengo los viernes, la saco, pago para liberarla de ir al bar por dos noches y me la llevo hasta el domingo; salimos al cine, vamos a comprar al centro comercial, hacemos vida de pareja hasta el domingo en la tarde que la pongo en su taxi y se va a su casa”). La joven es muy atractiva (y muy joven). El gringo no tiene clara su edad pero no puede tener más de veintiuno o veintidós años (lo que explica mucho mejor el encandilamiento de mi muy cincuentón amigo norteamericano).

Nos sentamos los tres y yo hago las veces del violinista voyeur. Ella, rápidamente y después de los saludos y sonrisas de rigor, pasa a los mimos y a los gestos coquetos; el gringo no resiste ni cinco minutos. Me dice, “anda viendo cuál te gusta” y se va donde la mama-san “a negociar, porque esta noche es más cara la salida”.

En la barra bailan, con pretensiones sensuales y a un metro de altura, seis muchachas (des)cubiertas con mínimos bikinis de llamativos colores. Ninguna es fea; una o dos son tan jóvenes y tan atractivas como “Suni” (que creo que así se llama la chiquilla de mi amigo). En el lugar habemos una docena de parroquianos y, según veo, los que se entusiasman con alguna la llaman y ella deja la barra y se dedica a embriagar al cliente y alegrarlo lo suficiente como para que se sienta compelido a llevársela a algún espacio más privado (si bien me han explicado que allí uno tiene que “ser formal” en el trato con las muchachas, pronto veo a un par de borrachines cuyas manos entusiastas van bastante más allá de lo que se pudiera considerar “formal” aún en estas particulares condiciones). Cuando una de las bailarinas abandona la barra, aparece, de no sé dónde, otra que completa el “cuerpo de baile” mientras otras muchas deambulan alrededor de lugar tratando de pescar a algún cliente.

Hay una, con un rostro particularmente bello y unas curvas acentuadas, que me descubre mirándola. La música suena y, entre todas, es la más sensual en esos movimientos ondulatorios. Nunca he creído en la hipnosis pero se me hace difícil desprenderme de su mirada. Yo bebo, como siempre, agua (que cuesta lo mismo que un güisqui) y creo que una gota escapa estúpidamente de mis labios. Parpadeo, por fin, y la muchacha, que esa noche trae –además del bikini– un gorrito rojo de Papa Noel, ya está a mi costado.

Nunca la frase “feliz navidad” había sido dicha tan irreverentemente perfecta…

Sunday, April 19, 2009

27.- El mercado flotante

El mercado flotante es uno de los atractivos de Tailandia que se halla en las antípodas de esa idea de “paraíso de turismo sexual” que (no sin razón) le ha dado tanta fama al antiguo reino de Siam.

Si bien Joe –el taxista– estaba más interesado en las expediciones nocturnas a bares y cabarets, tampoco desaprovechaba la ocasión de ofrecerme sus servicios diurnos, aunque me hubiera dejado en el hotel a las dos o tres de la mañana. Estando en Asia uno tiene la impresión de que los choferes no duermen porque están disponibles a cualquier hora (como sus ingresos son miserables –Joe me cobraba 15 dólares por todo un día y a eso hay que descontarle el alquiler del carro, que no era suyo, y la gasolina–, ellos se multiplican y completan la jornada con las comisiones que restaurantes, tiendas, servicios turísticos, fondas, cantinas y salones de masajes ofrecen por cada turista “capturado”).

“Por la mañana toca el mercado flotante”, me había señalado cuando regresábamos de una de esas salidas noctívagas y no supe decirle que no. “Vengo a las ocho”, “…pero, Joe, ¡eso es dentro de cinco horas!”, “no hay problema, duermes en el camino, porque es más de una hora de viaje y hay que evitar el tráfico”, zanjó decidido. Antes de las ocho ya me estaba esperando.

Del camino no tengo mucho que contar; carreteras, fábricas, edificios y casas para todos los gustos, nuevos, viejos, grandes, chicos, ostentosos y miserables. Al menos eso fue lo que vi los primeros minutos mientras trataba –angustiosamente– de colocarme el cinturón de seguridad y Joe aceleraba como si una estampida de elefantes estuviera por alcanzarnos. Después vino la noche, mi noche, y me quedé absolutamente dormido. Desperté solo cuando abandonamos la carretera y el camino de tierra me indicó que ya habíamos llegado.

Un gran estacionamiento sin asfaltar, unos baños públicos endebles, una construcción de madera con dudoso techo de paja, una mesa y, en ella, el encargado de cobrar a los turistas por el servicio, era todo el paisaje. “El servicio” no era otra cosa que un viaje de unos noventa minutos a través de una serie de canales en una especie de Venecia tropical en unos botes semejantes a los “peque-peque” (esas viejas embarcaciones cuya madera el agua del río Amazonas no termina de descomponer), con un motor “fuera de borda” que impulsaba, no sin esfuerzo, el barco que mi sobrepeso asentaba con firmeza sobre las aguas ennegrecidas de lo que debió ser alguna vez un conjunto de mansos y escuálidos ríos azules.

El asunto es sencillo, el “capitán” maneja su bote a través de una telaraña de canales y riachuelos; con la habilidad que dan los años, esquiva a los que vienen en sentido contrario y avanza silencioso. Cada tantos metros se detiene en una especie de tienda “al paso” en la cual los turistas pueden comprar recuerdos y chucherías.

Al comienzo las tiendas están distanciadas y los precios, para apurados que quieren comprarlo todo de una vez o para arrepentidos que por andar regateando demasiado no compraron aún lo que tanto querían, son altos y las señoras que allí venden están menos dispuestas a rebajarlos. Esas pequeñas tiendas, que solo pueden recibir una embarcación por vez, son menos especializadas, son una especie de resumen de lo que uno verá más adelante.

Después el canal empieza a ancharse y la navegación se hace más sencilla, el barco recorre el lugar, para, sobre para o sigue de largo siguiendo las indicaciones de quien ha pagado por el viaje. Si por ellos fuera se detendrían en cada lugar diez minutos hasta que la insistencia de las vendedoras convenciera al comprador de llevarse eso que está en oferta, por eso hay que ser firme en las instrucciones.

Al rato se llega “al mercado”, al verdadero y original mercado que, como todo mercado, tiene de todo en puestos especializados. Allí el tránsito se complica y las barcas se multiplican. A los puestos “anclados” en la ribera hay que agregarle las tiendas ambulantes, embarcaciones como las que llevan a los turistas pero que, en lugar de seres humanos, transportan frutas, verduras, jugos y una variedad infinita de alimentos. Allí uno puede quedarse detenido por el “tráfico” varios minutos, así que lo mejor es comprarse una botella de agua, acomodarse y distraerse tratando de comprar a un precio razonable alguna de las infinitas cosas que allí se ofertan.

El turista puede hallar de todo en estas “avenidas de agua”, desde fotografías enmarcadas (del mercado, de la selva, de amaneceres, de estatuas de Buda, de niños monjes durmiéndose en medio de los tediosos rezos) hasta carteras coloridas de las más variadas formas y tamaños. Hay “de todo, como en botica” y para todos los gustos; los nostálgicos de los tiempos coloniales pueden comprar “especias” con las cuales preparar exquisiteces asiáticas en sus casas (y los más sibaritas pueden agregar a la especias algunos de los tantos menjunjes artesanales y embotellados que allí se ofrecen); los turistas compulsivos pueden hacerse de infinidad de baratijas (llaveros, monederos, imanes, marcadores de libros, postales) que llevan convenientemente impresas las palabras “floating market” y “Thailand” como indudable “valor agregado”; los amantes de los objetos de madera hallarán suficientes miniaturas talladas y pequeñas estatuas como para pagar un considerable sobrepeso en el vuelo de regreso a casa; las amas de casa compulsivas se sentirán tentadas por los manteles, las servilletas y los adornos para la mesa; las más vanidosas podrán adquirir telas para hacerse vestidos o blusas o pañuelos; las que aman la ropa de cama encontrarán sábanas y almohadones bellamente estampados; y hasta los que tienen complejo de guerrero arcaico se sentirán satisfechos con la oferta de arcos, flechas, cuchillos y hasta espadas samuráis que allí hallarán.

También se puede ver, a lo largo de todo el recorrido, varios carteles que anuncian tres de las grandes atracciones turísticas tailandesas que la falta de tiempo (o de ganas) me hizo postergar para un próximo viaje –o para siempre–; el paseo por la selva en elefante, el enfrentamiento entre cobras y seres humanos, y los combates de Muay Thai o “box tailandés”, tan antiguo y venerado en el país como tan popular y cinematográfico en occidente (versión “jóliwud”, claro).

En el mercado flotante hay precios para todos los bolsillos y el regateo es indispensable. El mismo producto puede costar diez acá y dos más allá, todo es cuestión del “¿cuánto cuesta?” y el “por qué tan caro” de rigor. El “precio real”, ese que paga el valor del objeto (los materiales, el costo de su producción, el transporte, etc.) y le permite una justa ganancia al comerciante, es un misterio. Es una tentación afirmar, como dicen muchos, “si pueden bajar tantos los precios es que en realidad te cobran exageradamente para que le pidas descuento, ellos siempre ganan”; por otro lado, pensar que “si no venden, no almuerzan” pareciera más acertado cuando se ven las condiciones precarias en las que viven los comerciantes. En todo caso, quien no quiera sentirse ni estafado ni asaltante, que regatee un poco, pero no tanto.

El tiempo pasa veloz y quienes sufren las urgencias de una vejiga muy pequeña bien pueden detenerse a mitad del recorrido en un restaurante construido entre la tierra y el río donde es posible, además de gorrear el baño, almorzar una comida típica tailandesa o tomarse una cerveza observando por la ventana el paisaje de una selva –jamás sometida completamente por la brutal mano humana– en la cual los barquitos parecen de juguete. Es entonces cuando se comprende lo vano, pasajero e inútil de la vanidad del hombre que quiere –y no podrá nunca, porque desaparecerá en el intento– apoderarse de los reinos milenarios de la flora tropical y sus aguas maravillosas e infinitas.

Wednesday, April 8, 2009

26.- La inocencia del culpable

Todos los políticos son culpables, o casi todos. Si los juzgara un tribunal formado por hombres “en el buen sentido de la palabra” buenos –como decía Machado–, nueve de cada diez darían con sus huesos y sus delitos en la cárcel. El poder corrompe y pocos pasan por la Casa de Gobierno sin ensuciarse, con dinero o con sangre, las manos; por eso crean leyes con puertas falsas, dictan normas especiales y tejen un entramado jurídico que garantiza su impunidad.

En el Perú, un tribunal civil ha condenado al ex presidente Alberto Fujimori a veinticinco años de prisión como “autor mediato” de una serie de crímenes que incluyen el secuestro, la tortura y el asesinato. ¿Somos acaso una excepción? ¿El poder judicial peruano, donde los jueces honrados son las honradas excepciones y en el que la justicia “es una subasta”, ha sabido alzarse sobre sus propias miserias para dictar un fallo histórico, o Fujimori –el primer presidente democrático condenado por crímenes contra la humanidad en Latino América– ha sido vencido por las mismas circunstancias que lo encumbraron?

¿Es Fujimori culpable? Un tribunal formado por tres jueces dice que sí y no le faltan razones de hecho ni de derecho para justificar su sentencia en más de setecientas páginas. Mañana, los juristas discutirán sobre la legalidad del fallo y el veredicto se caerá por sus incongruencias o permanecerá por su solidez; pero hoy, al menos hoy, Fujimori es culpable. ¿Es el único culpable?

El año 1990, en las postrimerías del primer gobierno de Alan García, el Perú andaba al borde del abismo, empujado al barranco por la inflación desbordada a niveles africanos, la corrupción voraz y descarada, y la violencia asesina y salvaje de Sendero Luminoso (amén de los secuestros y bombazos del MRTA y de la impunidad mafiosa del paramilitar Comando Rodrigo Franco). Entonces, la esperanza era una mala palabra y pensar que los jóvenes pudieran rehacerse y rehacer un país desolado era tanta ficción como pretender una noche entera sin apagones, sin coches bomba, sin asesinatos selectivos o masivos, sin la sangre chorreándose por todos los costados de la república.

Fujimori se convirtió en presidente de un país en medio del caos. Llegó al poder porque las circunstancias se lo permitieron; venció a Vargas Llosa merced a una campaña de terror (sembrando más miedo en el miedo) financiada por el aprismo y dirigida por el mismo García (según él mismo ha confesado hace poco). Fujimori llegó al poder y combatió y derrotó al terrorismo y a la inflación, esos dos monstruos que lo devoraban todo. Pero para hacerlo convocó a sus propios monstruos: la autocracia criminal y la corrupción rebobinada.

Nadie nos va a contar qué es salir a la calle sin saber si nos va a reventar una bomba a media cuadra o si mañana alguien que conocemos va a ser asesinado. Nadie va a contarles, tampoco, a las decenas de comunidades campesinas, lo que es vivir entre dos fuegos, entre el horror del terrorismo en nombre de la revolución y la bestialidad del terrorismo en nombre de la democracia; ellos, que no sabían si los iba a matar un comando de Sendero Luminoso o una patrulla del Ejército, recuerdan también.

Verdad es que Fujimori rescató al Perú cuando el país se deshacía en medio del pánico inútil de la derecha egoísta y de la inutilidad política de la izquierda pasmada, verdad es que hubo gente honrada –y sí que la hubo– que durante el fujimorismo trabajó desinteresadamente por salvar al Perú; pero también son verdades los crímenes, la corrupción, los asesinatos, la captura del poder, la desfachatez de quienes se sentían intocables, la perversión de la sociedad, la arrogancia de los que tenían las botas y las armas, y la soberbia de un vencedor que no tuvo la grandeza –ni el valor ni la decencia– de irse a su casa.

Fujimori nos devolvió el país para quitárnoslo; eso es lo que se condena más allá de la jurisdicción de los jueces. No se puede combatir el terror con el terror ni la miseria con acciones miserables, no se puede salvar a un país para convertirlo, por complicidad o por miedo, en el botín de una banda de ladrones.

Fujimori es víctima de su soberbia. Regresó de su exilio japonés creyéndose invencible y la correlación de fuerzas, el ajedrez político, esas circunstancias que hace diecinueve años le dieron la victoria, ahora lo condenan.

La política generalmente es un asco y la peruana, tan plagada de ignorantes, ladrones y traidores, no es una excepción. A Fujimori le debemos haber recuperado el país pero, también, nos debe él muchos crímenes que podrán o no demostrarse ante un tribunal. ¿Tenemos, acaso, que olvidar la corrupción, los asesinatos y el envilecimiento de la política, tenemos que “dejar hacer, dejar pasar”, tenemos que aceptar que fue “el mal menor” y decirle “gracias”, tenemos que voltear la página en nombre de la reconciliación nacional, tenemos que tragarnos el asco y decir que “sí”, que “se la debemos”? Esa es la gran pregunta que cada quien responderá ante el tribunal de su propia conciencia, si la tiene.

Más allá de los tecnicismos, la condena es justa porque quien combate el mal ajeno para implantar su mal, no tiene nada de inocente. ¿Sus enemigos son peores? A lo mejor. Habrá que pelear porque ellos también vayan presos y porque a la gente buena alguna vez se le haga justicia.

Fujimori es culpable y ya está escrito; tal vez su única, su irreversible inocencia, fue creer que sus enemigos iban a tener con él menos ferocidad que la que él tuvo con ellos cuando las circunstancias lo apañaban.